10 ¿Y después de Darwin?
12. Tendencias recientes
En la actualidad, el Neodarwinismo sigue siendo la teoría científica dominante y más comúnmente utilizada para entender a la naturaleza, pero también para comprender el origen y evolución del ser humano. Sin embargo, y como suele suceder en la ciencia, donde las ideas, los conceptos y las teorías han de revisarse continuamente, en los últimos años han surgido algunas polémicas que debaten sobre ciertos aspectos del evolucionismo y que, sin ser definitivos para desechar a la Teoría Sintética, sí han cuestionado algunos de sus fundamentos. Comenta- remos a continuación dos de esas teorías.
La primera es la denominada Teoría de Equilibrio Puntuado. Se trata de una teoría que analiza el ritmo con el que ocurre la evolución. Para Darwin, la evolu- ción era entendida como un proceso lento, gradual, que poco a poco transforma- ba a los organismos haciéndolos cambiar. En su esquema, resultaba muy difícil que la selección natural escogiera variaciones muy grandes, pues lo más seguro es que dichas variaciones resultaran perjudiciales para sus portadores. Así, tanto Darwin como los neodarwinistas veían a la evolución como un proceso donde la selección natural era capaz de integrar pequeñas variaciones en la composición genética de las poblaciones.
En 1972, dos paleontólogos norteamericanos llamados Stephen Jay Gould y Niles Eldredge, publicaron su célebre artículo: La teoría del Equilibrio Puntuado. Una alternativa al gradualismo filético. En él desarrollaron una posición alterna- tiva al problema del ritmo de cambio evolutivo. Afirmaban que las poblaciones normalmente se mantienen estables a lo largo del tiempo y que cuando surgen nuevas especies ello ocurre en periodos breves de tiempo donde se concentra el cambio. A las primeras fases estables las denominaron estásis evolutivas y a los procesos concentrados de cambio los calificaron como puntos. De esta forma, la evolución tendría alternativamente estabilidad y cambios abruptos, por ello también se le conoce como la teoría de los equilibrios intermitentes. Partiendo de su teoría, ambos autores propusieron una teoría de cambio general, aplicable no sólo a la biología, sino también al cambio social, al cambio cultural, e incluso al cambio científico. Largos periodos de cambios mínimos y eventos revolutivos donde se concentra el cambio: así se habla hoy de revoluciones sociales y tam- bién de revoluciones científicas (Eldredge, N. y S. J. Gould, 1972).
Otra de las áreas que ha generado enconadas polémicas entre los biólogos evolucionistas y los antropólogos culturales es el comportamiento humano. ¿Por qué nos comportamos como lo hacemos? ¿Tomamos decisiones de una for- ma completamente libre? ¿Influye nuestra biología en nuestra conducta? Son éstas sólo algunas de las preguntas que se han debatido intensamente desde el surgimiento de un área de la biología evolutiva llamada Sociobiología.
Se trata de una disciplina científica que pretende estudiar al comportamiento como el resultado de un proceso evolutivo. Eso por sí mismo no es nuevo, ya el propio Darwin había establecido los fundamentos de un enfoque similar en
50 Homo sapiens, evolución y trabajo-aprendizaje
su clásico libro La expresión de las emociones en los animales y en el hombre, también naturalistas como Konrad Lorenz y Niko Timbergen, desarrollaron a la etología como el estudio evolutivo del comportamiento, razón por la cual reci- bieron ambos el premio Nóbel. En este caso la novedad surgió con los trabajos del entomólogo de origen estadounidense Edward Wilson y la publicación de su libro Sociobiología. La nueva síntesis, publicado en 1975. En él se afirma que existe una alta correlación entre los genes y el comportamiento, sobre todo en los insectos sociales, aunque también observable en organismos más complejos como los mamíferos, los primates o incluso el ser humano.
Algunas corrientes de la sociobiología llevaron esta postura al extremo y ter- minaron por concebir a los individuos como meros reservorios de genes, donde el comportamiento, el lenguaje, las emociones o los sentimientos eran sólo las estrategias que han desarrollado los genes a lo largo de la evolución para hacer más genes. Equivaldría a pensar, que la gallina no es más que la estrategia que tiene el huevo para hacer más huevos.
Tal postura ha sido duramente criticada no sólo por algunos biólogos evolu- cionistas, sino también por la antropología cultural afirmando que no todo está en los genes. También es cierto, y hay que decirlo, que los estudios evolucionistas del comportamiento son diversos y plurales en cuanto a sus enfoques y que no pueden desecharse como reduccionistas porque muchos no lo son.
No podríamos dejar de destacar otro momento crucial para la historia del pensamiento evolucionista. A partir del nacimiento histórico del “núcleo duro” de toda la biología evolutiva –la selección natural y sus enormes alcances expli- cativos sobre toda la biodiversidad–, la posibilidad misma de pensar la evolución como fenómeno global de la vida (en cuanto a sus condiciones generales de po- sibilidad, sus factores, procesos, causas, ritmos, tendencias, etc.) exigiría de un nuevo nivel de explicación: el de las bases materiales, o más exactamente físico- químicas, del cambio y la permanencia de los seres vivos.
Sobre los cimientos de la teoría de la herencia sentados originalmente por el padre Gregor Mendel, tal como se vio, culminaría en el siglo XX la edificación de la biología molecular. Su logro máximo fue el de comprender la estructura y fun- ción de la “información química” contenida en el núcleo de las células y crucial en la determinación de las características hereditarias de los organismos biológicos mediante la síntesis de proteínas. Nos referimos al fundamento bioquímico de la genética, a través del desvelamiento de las dos “moléculas maestras” del con- trol informático de todos seres vivos –desde las bacterias, hasta los animales–: el ácido desoxirribonucleico (ADN), y el ácido ribonucleico (ARN), éste último en sus tres modalidades funcionales. En 1953, James Watson, biólogo norteameri- cano, y Francis Crick, biólogo molecular inglés, demostraron que la molécula del ADN era una cadena doble de unidades informáticas (llamadas nucleótidos, y compuestas por las sub-unidades de las llamadas bases nitrogenadas: adenina, timina, guanina y citosina o A, T, G y C por sus abreviaturas comunes).
Las interacciones de ambos ácidos nucleicos, permite comprender la síntesis de proteínas y, así, la realización de las principales características físicas (y pro- bablemente conductuales en buena medida) de cada individuo a partir de cierta potencialidad genética dentro ciertas condiciones ambientales; realización final llamada fenotipo (desde el tipo sanguíneo o el color de ojos, p. ej., hasta ciertos rasgos de comportamiento o susceptibilidades a enfermedades). Cuando las se- cuencias del ADN cambian en las células germinales (por factores aleatorios y con efectos que pueden ser benéficos, neutros o bien dañinos), se produce una
mutación, con más o menos probabilidades de ser heredada y, de ahí, fijada en
las poblaciones. Dado que el ADN contiene la información requerida para formar la estructura global de los organismos ha sido reconocido como el “lenguaje” de la vida: “Descifrar el código del ADN ha revelado la posesión de un lenguaje… tan antiguo como la vida misma. Aunque las letras sean invisibles sus palabras están profundamente enterradas en las células de nuestros cuerpos”(en: Ember et al. 2006).
52 Homo sapiens, evolución y trabajo-aprendizaje
Los senderos de la evolución humana no iniciaron con un gran cerebro, sino andando en dos patas. Pisada pre-humana de la localidad de Laetoli, Tanzania, de 3.6 millones de años.