Homo sapiens,
evolución y
trabajo-aprendizaje
Jorge H. Flores
José Luis Vera
2 Homo sapiens, evolución y trabajo-aprendizaje
Primera edición: 2010
D.R. Colegio de Postgraduados / Financiera Rural
Colección: Formación para el financiamiento del desarrollo rural, núm. 3
Homo sapiens, evolución y trabajo-aprendizaje. Hacia una fundamentación antropológica Jorge H. Flores y José Luis Vera
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ISBN 978-607-7533-48-1
Diseño de portada: Antonio A. Cuevas y Jorge Flores
Diseño editorial por Antonio A. Cuevas para LinceBranding.com
Mensaje del Director General, Financiera Rural
Hacer de la banca de desarrollo una fuerza efectiva de acción sobre las condicio-nes objetivas de vida del sector rural, un complejo ámbito con la cuarta parte de la población nacional, implica involucrar múltiples recursos financieros, medios institucionales y materiales, pero, fundamentalmente, potenciar competencias humanas expresables en forma de saberes, habilidades y actitudes en cada actor de los escenarios del desarrollo: en los productores, en los consultores y capa-citadores, así como en el personal de las agencias de Financiera Rural. Hoy en-tendemos que las necesidades de aprendizaje son directamente proporcionales al
horizonte de cambio que seamos capaces de asumir.
Más allá de la necesaria eficiencia administrativa y la prudencia en el otor-gamiento del crédito, la sustentabilidad de Financiera Rural será posible en la medida en que los proyectos de integración económica de los productores rura-les sean, asimismo, objetivamente sustentabrura-les. Nuestro país requiere enfrentar el hecho urgente de que más del 95% de los productores participa tan sólo en la fase de producción primaria, con unidades productivas histórica y sistemá-ticamente desvinculadas, sin escalas ni estándares de calidad que les permitan un acceso más justo a los mercados. Así, la política de integración económica procura la sustentabilidad de los proyectos productivos mediante la articulación estratégica de las empresas rurales, como vía fundamental para hacer del crédito
una verdadera palanca de desarrollo regional sustentable.
La posibilidad real de que los productores rurales logren agregar y retener valor, así como acceder a los mercados de manera justa y equitativa, depende no sólo de mejorar la calidad y productividad en la producción primaria sino, primordialmente, de movilizar las capacidades organizativas de los productores para apropiarse de aquellos eslabones de la cadena productiva y de valor, tales como el abasto de insumos y materias primas, servicios de mecanización, servi-cios financieros, desarrollo de marcas, acopio de la producción, almacenamiento, transporte, mercadeo, beneficio, empaque y comercialización, entre otros. Esta estrategia exige un conjunto de aprendizajes, necesarios para la apro-piación de los procesos técnicos, organizativos, productivos y de capacidades au-togestivas en general. Por este motivo, resulta vital contribuir al desarrollo de las competencias laborales requeridas por los productores rurales, los prestadores de servicios, los promotores de crédito y el personal de nuestras agencias en tanto que profesionales al servicio del campo mexicano.
Estamos comprometidos con la premisa de que la capacitación es un factor estratégico del desarrollo rural, puesto que todo desarrollo implica modificación en las condiciones de trabajo y vida de la población; significa pues, que los cam-bios en las actividades económicas enfrentan necesariamente las exigencias del aprendizaje en todos los sujetos sociales involucrados.
apren-4 Homo sapiens, evolución y trabajo-aprendizaje
dizaje. Por este motivo, el Programa Integral de Formación, Capacitación y
Con-sultoría para Productores e Intermediarios Financieros Rurales, así como sus dos maestrías –en prestación de servicios profesionales, y en gestión financiera para el desarrollo rural–, constituyen instrumentos clave de la Política de Integración Económica; instrumentos de los productores para la identificación, diseño, in-cubación y fortalecimiento de proyectos estratégicos de integración económica. La puesta en marcha de este proyecto formativo, se ha realizado con el concurso de prestigiadas instituciones de educación superior e investigación a través de alianzas como la celebrada con el Colegio de Postgraduados. Como pro-yecto nacido con conocimiento de causa y conciencia de fines, el empeño social y educativo de nuestras maestrías ha evolucionado. La iniciativa de capacitación y formación de profesionales al servicio del campo se encuentra hoy en posibilida-des de renovar sus convicciones originales: para reasumir sus retos; para evaluar la naturaleza de sus logros, necesidades y procesos; para examinar, sobre nuevas bases y evidencias, sus medios y estrategias de acción.
La presente serie documental que hemos titulado “Formación para el Financiamiento del Desarrollo Rural”, halla su principal razón de ser en este complejo y desafiante escenario. Afrontar esta realidad requiere, entre otras exi-gencias superiores, conducir nuestras acciones y decisiones desde los mejores fundamentos, ideas y modelos explicativos de una realidad que nos plantea gran-des demandas y cuestionamientos: ¿qué y cómo aprenden los seres humanos en los procesos globales del trabajo?; ¿qué es exactamente el desarrollo sustentable, y cuáles sus condiciones objetivas de posibilidad?; ¿qué significa hacer de las funciones laborales ámbito de estudio y reflexión?; ¿qué implica el diagnóstico y la planeación en la mente y voluntad de los propios productores? Se trata, pues, de cuestionamientos que son frontalmente acometidos por la presente integra-ción documental.
Para la producción de esta serie, se ha recurrido a especialistas, académi-cos, investigadores y profesionales en áreas tan diversas como las ciencias socia-les, humanas y cognitivas, ciencias económicas y agronómicas; autores que han aportado su conocimiento, su creatividad, su inteligencia teórica y experiencia profesional para ponerlos al servicio de la reflexión, estudio y análisis que reali-zan los estudiantes en ambas maestrías. Se contribuye, así, a enriquecer el abor-daje riguroso de los contenidos curriculares y al fortalecimiento de los cuerpos docentes responsables de la conducción de los procesos formativos.
Hoy, nos hallamos en posibilidad de decir que Financiera Rural, como banca de desarrollo, en alianza estratégica con entidades de educación superior e in-vestigación, reconoce y estimula el papel de la producción del pensamiento y la inteligencia científica como contribución indispensable a los procesos de apren-dizaje para el desarrollo regional sustentable.
Enrique de la Madrid Cordero Director General Financiera Rural
Mensaje del Director General, Colegio de Postgraduados
Resulta por demás significativo para el Colegio de Postgraduados, en su cali-dad de Institución de enseñanza e investigación superior, presentar esta serie de materiales didácticos, mismos que constituyen parte sustancial del proceso formativo de las Maestrías en Prestación de Servicios Profesionales y asimismo en Gestión Financiera para el Desarrollo Rural. El propósito central de ambos programas de postgrado es incrementar la eficiencia y eficacia de los prestadores de servicio así como de los agentes y promotores de crédito, profesionales consa-grados a coadyuvar en el desarrollo de los productores y a la población rural en el esfuerzo por alcanzar su sustentabilidad socioeconómica y ambiental, teniendo el crédito como un factor primordial, y en el marco de una política de integración económica concretada en proyectos estratégicos.
La elaboración de estos documentos forma parte de la instrumentación de cada una de las maestrías, la cual busca, por decisión de ambas instituciones, colocar en el centro del proceso formativo a los alumnos participantes. Ello pue-de constatarse pue-despue-de el diseño pue-del Plan pue-de Estudios pue-de cada maestría, mismo que deriva la estructura de sus contenidos así como la lógica de su tratamiento, directamente de las competencias necesarias para que los alumnos desempeñen sus funciones como agentes de desarrollo, asumiendo como ejes de su formación la problemática de desarrollo rural con enfoque regional y sus condiciones de posibilidad, lo que implica y el desarrollo de aprendizajes en los sujetos sociales con los que trabajan . Así, la metodología que se instrumenta y aplica, toma el proceso de trabajo de los alumnos como referente indispensable del aprendizaje, incorporando los principios de las ciencias sociales, económicas y cognitivas y su correspondiente concreción en criterios metodológicos.
En congruencia con ello, estos documentos constituyen, en su conjunto, un re-curso didáctico que tiene como principal finalidad la de fortalecer puntos estra-tégicos de los planes de estudios, esto es, aportando nuevas ideas al tratamiento de contenidos particulares bajo la intencionalidad de generar cuestionamientos y reflexiones de los alumnos sobre aspectos sustanciales de tres ejes básicos de formación: economía y financiamiento, dimensiones de la sustentabilidad del desarrollo, y desarrollo de los sujetos sociales como sujetos de crédito y apren-dizaje.
De esta manera, para el eje de desarrollo rural se formulan tres materiales, el primero amplía un tema sustancial referente a la política de integración econó-mica, cadenas productivas y proyectos estratégicos; el segundo atiende lo relati-vo al diagnóstico regional con enfoque territorial; el tercero presenta elementos del enfoque de sistemas de producción para la integración económica y el desa-rrollo rural regional sustentable.
Para el eje correspondiente a la teoría económica y financiamiento integral, el primer documento es una guía para uso didáctico de los productos y servicios
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crediticios de Financiera Rural. La segunda aportación afronta analíticamente el concepto de riesgo y administración del crédito. La tercera obra se enfoca a los procesos del marco jurídico de la organización de los productores rurales y del financiamiento rural. Por su parte el cuarto de los materiales aquí agrupado aborda el análisis crítico relativo a la organización de los productores rurales. En cuanto al eje referente al desarrollo de los sujetos sociales, comprometido fundamentalmente con sus aprendizajes y competencias involucradas, un pri-mer libro afronta las implicaciones del vínculo natural trabajo-aprendizaje, y su poder en las dimensiones evolutivo-históricas de nuestra especie. Un segundo aporta herramientas sociales, políticas y culturales en torno al desarrollo rural sustentable. Existe asimismo un material para la profundización el tema de la organización económica de los productores rurales. En el ámbito metodológico, se ofrece un material que apoya la conducción académica de las maestrías en los términos de un manual del equipo académico, enfoque metodológico y plan modular. Por último, podríamos culminar este esbozo sobre la unidad temática de esta serie, mencionando dos temas cardinales aquí desarrollados: el referente a la conversión del trabajo en el objeto de estudio, y aquél que reflexiona la actual producción de tesinas en su la contribución a la metodología.
El Colegio de Postgraduados reconoce que el diseño de este material da pers-pectiva, profundidad y actualidad a cada una de las maestrías, pues al avance logrado en el acercamiento a los alumnos del conocimiento existente se suman contribuciones como conocimientos, natural, pero conscientemente generados en la práctica misma de las maestrías. Al lograr que la mayoría de los autores de los materiales sean al mismo tiempo especialistas con amplio dominio en los temas tratados y asimismo parte constitutiva de los equipos académicos con ex-periencia en el enfoque teórico-metodológico de ambas maestrías –el Método Trabajo-Aprendizaje–, se posibilitan aportaciones que se inscriben en el mismo proceso de recuperación y proyección efectiva de los conocimientos, al mismo tiempo que se responde a los requerimientos específicos de los alumnos. Es importante señalar, finalmente, que el trabajo así materializado, expresa el ánimo y el compromiso de nuestra Institución para continuar contribuyendo a este proceso formativo, vía necesaria para la consecución de los objetivos de la política de integración económica desde la participación de los productores rurales, prioritariamente, aquellos restringidos a las condiciones limitativas de agregación-retención de valor que supone la sola producción primaria. Recono-cemos que este propósito está determinado por las decisiones y competencias de quienes participan como actores centrales de estas maestrías.
Félix Valerio González Cossío. Director General Colegio de Postgraduados.
A Charles Darwin,
evolución para la conciencia humana
A Claude Lévi-Strauss (1908-2009),
Agradecimientos
Nuestro sincera gratitud a las personas e instituciones que han contribuido a la realización de esta obra.
Agradecemos la oportunidad creada por Financiera Rural y por el Colegio de Postgraduados que, al hacer de la educación para el trabajo un compromiso sus-tantivo con el desarrollo de nuestro sector rural, ha concebido estos programas de maestría, consagrados a formar nuevos profesionistas al servicio del campo mexicano; iniciativa en la que este libro halla su principal razón de ser.
Nuestro especial reconocimiento a Eduardo Malagón, Eduardo Ibarra y Erick Quesnel, principales creadores de estas maestrías: por su cabal conciencia, opti-mismo y contagiosa certidumbre de que la imaginación, el método, la ciencia y la voluntad siempre deberán tener un papel decisivo en las mayores aspiraciones humanas de transformación y desarrollo.
Gracias al Dr. Jaime Almonte y al Lic. Arturo Bodenstedt por su apoyo capital. Gra-cias al ingeniero Alierso Caetano de Oliveira del Colegio de Postgraduados, y al licenciado Oscar Velasco por su valioso apoyo y apreciaciones. Jorge Flores desea agradecer a la antropóloga física Elsa López y Zubillaga por la revisión crítica de los manuscritos de los capítulos 1, 4, 5 y 6.
Agradecemos al Dr. Alejandro Terrazas Mata por su amable autorización para obtener las fotos de las reproducciones de algunos de los ejemplares fósiles aquí ilustrados, y pertenecientes al laboratorio de Prehistoria y Evolución Humana del Instituto de Investigaciones Antropológicas de nuestra Máxima Casa de Estu-dios, UNAM. Un sincero reconocimiento asimismo a la licenciada Sandra Olvera por la espléndida obtención de tales fotos.
Prefacio, 15
1. Introducción
Homo sapiens: sobre las dimensiones de lo humano...15
¿Bichos misteriosos?, 20
2. El pensamiento evolucionista:
sus ideas, sus representantes y su significado...25
1. La idea de evolución en la historia, 27 2. Historia del evolucionismo, 28
3. El tiempo, 28 4. La reproducción, 29
5. La sistemática biológica, 30
6. Georges Louis Le Clerc “Conde de Buffon”, 32 7. Georges Cuvier, 35
8. Jean-Baptiste Lamarck, 37 9. Charles R. Darwin, 39 10. ¿Y después de Darwin?, 43
11. La teoría sintética de la evolución (Neodarwinismo), 45 12. Tendencias recientes, 49
3. El orden primate: un lugar para el hombre...53
1. El primer orden zoológico, 54 2. Taxonomía primate, 54
3. La primatología: su historia y aportes, 59
4. La primatología antropológica: los estudios en libertad, 62 5. Los estudios en cautiverio, 65
6. Los argumentos, 67
7. Del hombre como primate al ser humano moderno, 69
12 Homo sapiens, evolución y trabajo-aprendizaje
4. Trabajar, conocer, aprender:
el proceso multidimensional de la praxis...71
1. Trabajo y praxis, 72
2. Trabajo-aprendizaje: sus órdenes de implicación, 78 2.1 Una relación ontológica, 78
2.2 Una relación epistémico-metodológica, 80 2.3 Una relación axiológica, 83
5. De Homo a sapiens: consideraciones sobre evolución humana...87
1. Cultura y praxis, 88
2. Homo sapiens: sobre su naturaleza y origen evolutivo, 90
6. Conclusión
Evolución y trabajo...117
Apéndices...123
Tabla:
Inferencias sumarias sobre la ecología
y comportamiento en la evolución de los homínidos, 124
Mapas, 127
Cuadros temáticos
1. El Paleolítico:
la evidencia material del trabajo en la evolución del hombre, 129 2. Los Neandertales: otra forma de humanidad, 138
3. Neandertales y humanos modernos: ¿fusión o sustitución?, 143 4. El caso del Hombre de Piltdown, 147
Bibliografía...170
Cédulas de algunos especímenes fósiles de la evolución
Prefacio
La presente obra pone a nuestro alcance elementos centrales para comprender la formación del ser humano, articulando, en forma coherente, distintas miradas: la genealogía de la especie Homo sapiens y el papel de su acción consciente frente a la naturaleza, con el trabajo como estrategia sui géneris de supervivencia. Libro que nos fundamenta en forma actualizada, y con la profundidad crítica necesaria, el carácter histórico y específicamente humano del vínculo entre el trabajo, el conocimiento y el aprendizaje.
A partir de la indudable autoridad técnico-científica de los autores, la idea aquí sostenida de que la intervención intencionada en la realidad –obedeciendo a un plan concebido con anterioridad– potencializa la capacidad de los seres huma-nos para comprender y representar esa misma realidad en un proceso de alimen-tación recíproca, constituye un planteamiento que puede asumirse con niveles de comprensión muy diferentes: desde la versión simplista de que “echando a perder se aprende”, hasta la fundamentación racional y clara de algunos de los resortes y puentes con los que la humanidad ha ido desarrollando su capacidad para conocer la realidad, intervenir en ella y aprender del proceso, modificando con ello su propia corporalidad y condición general.
En el crecimiento y desarrollo de las personas (u ontogenia), es palpable que la experiencia acumulada y el tipo de actividades desarrolladas, repercute en la capacidad aeróbica, muscular, de percepciones y reflejos, y asimismo mental de los seres humanos para realizar y potenciar actividades diversas. La neurocien-cia explica estos fenómenos a partir de la interacción de áreas funcionales del sistema nervioso y la dinámica en la conformación de redes neuronales como resultado de la actividad.
Esta obra nos ayuda a entender un proceso similar, aunque definitivamente no igual, de frente a la evolución de nuestra especie (o filogenia). La oposición del pulgar, la bipedestación, la prolongación de la infancia, la encefalización y la reorganización del cerebro, así como el desarrollo del lenguaje doblemente ar-ticulado y la capacidad simbólica, aparecen como cambios corporales y de com-portamiento que se vinculan entre sí e interactúan en la configuración de una misma estrategia de supervivencia de los grupos humanos, frente a un medio ambiente cambiante: el trabajo en su acepción más amplia.
14 Homo sapiens, evolución y trabajo-aprendizaje
Ya en lo que corresponde a nuestra especie, el Homo sapiens, queda claro que las instituciones centradas en el conocimiento, como la investigación científica y la escuela, han potenciado la capacidad de intervención en la realidad de la socie-dad, pero involucran al 1% –si acaso– de la historia de la humanidad. Esto pone en jaque la idea de que el conocimiento es una abstracción especializada que se transmite de una generación a otra, o de una institución a otra. La conciencia de la enorme potencia que tiene convertir una situación de trabajo en situación intencionada de aprendizaje, para darle significado al conocimiento socialmente producido, se basa en la comprensión de nuestra ubicación en la evolución y en la historia de la cultura.
Como antropólogo físico dedicado a la capacitación campesina, y a la docencia desde hace treinta años, considero que esta lectura fundamenta y fortalece la convicción de que existe la pertinencia y la necesidad –usando las palabras del recién desaparecido Claude Levi-Strauss– de “conciliar dominios que (aparente-mente) nada incita a aproximar”.
Erick Quesnel Galván Cd. de México, otoño de 2009
1. Introducción
Homo sapiens: sobre las
dimensiones de lo humano
[…] nadie pudo antes, en la historia del pensamiento humano, imaginar cómo podría surgir el diseño en au-sencia de un diseñador: la máquina sin un ingeniero, el Quijote sin un Cervantes, la sinfonía sin un Beetho-ven. Después del descubrimiento de Darwin, nada ha podido ser ya igual para nosotros los humanos. Hay “grandeur” en esta visión de la vida, decía Darwin; al ser el resultado de un proceso ciego unido a diversas circunstancias que se han dado como podrían no haber ocurrido, en un rincón cualquiera de una galaxia que es una más entre muchísimas, no le debemos nada a nadie y somos dueños de nuestros destinos.
Juan Luis Arsuaga
16 Homo sapiens, evolución y trabajo-aprendizaje
El hombre se contempla a sí mismo –decía Marx– en un mundo creado por él. La mano humana
en la evolución: trabajo, creación y trascendencia. Pintura “al negativo”, en la caverna rupes-tre de Cosquer, Francia (27 mil años antes del presente). Se trata de una de las expresiones de necesidad creativa y simbólica más antiguas hasta ahora conocidas: juego y drama, teoría y poesía, pensamiento y praxis… tal ha sido, desde entonces, la existencia del símbolo en la vida humana.
a ciencia nos ha bautizado Homo sapiens. No tenemos, como especie, más de 200 mil años de existir y definitivamente surgimos en África. Desde entonces hemos crecido mucho; demasiado quizás, y en todo sentido imaginable. Hemos llevado al límite nuestras capacidades totales y las del planeta. Somos una especie desmesurada… profundamente contrastante. No somos sólo producto de fuerzas naturales “ciegas”, sino de actos intencio-nados propios. Aquí, consideramos que el más intencionado y especificamente humano de esos actos es, el trabajo: un hecho humano total. Esta dimensión crea-tiva (y autocreacrea-tiva) sólo inició en nuestra larga e intrincada evolución cuando los actos dirigidos a un objeto para transformarlo partieran de un principio ideal –la idea de un fin claro–, y culminaran con un resultado o producto; tan efectivos y tan reales (ideas, acciones y productos) como la humanización del y en el mun-do; tan reales como nuestra propia existencia. Nada sería igual desde entonces. La antropología puede y debe concebir al trabajo como expresión de todas las necesidades y capacidades humanas, las que sólo se realizan con logros y resul-tados que infinidad de aspiraciones entrañan, prefiguran o anticipan en la mente de los hombres. Es bien conocida la comparación que establece que, a diferencia de otras laboriosas especies animales, antes de ejecutar cualquier acto o cons-trucción, los humanos les proyectamos en nuestro cerebro: “…algo que no tiene una existencia efectiva aún y que, sin embargo, determina y regula los diferentes actos antes de desembocar en un resultado; o sea, la determinación no viene del pasado, sino del futuro”1. Para pensar nuestro futuro, pero sobre todo nuestro
presente, nos asomaremos aquí, muy someramente, a algunos aspectos de nues-tra naturaleza bio-cultural y de nuestro pasado evolutivo.
Trabajo y Conocimiento existen desde siempre en nuestra más profunda na-turaleza y evolución; pero, ¿de qué tipo de nana-turaleza y evolución son de las que hablamos?
En 1871, en su obra El Origen del Hombre el famoso padre del evolucionismo, Charles R. Darwin, sostenía lo siguiente: “De no haber sido el hombre clasificador
de sí mismo, nunca hubiera soñado en fundar un orden separado para recibirlo… no debemos olvidar que el hombre no es más que una de las diversas formas excep-cionales de los Primates” 2. ¿Somos realmente una especie, una criatura aparte de
la naturaleza? Aunque milenaria, la inquietud que entraña esta pregunta no ha sido precisamente una preocupación universal, o sea, una cuestión compartida por todos los pueblos a través de la historia. Más aún, el desarrollo de la ciencia moderna tiende, a través de sus explicaciones, a cuestionar nuestra supuesta ex-cepcionalidad, no tanto a confirmarla; mucho menos a radicalizarla.
L
1 Palabras del Profesor Emérito de nuestra Máxima Casa de Estudios, Dr. Adolfo Sánchez Vázquez. 2 1974 (véanse pp. 164 y 171)
18 Homo sapiens, evolución y trabajo-aprendizaje
Efectivamente, es un hecho que, una a una, hemos ido perdiendo nuestras cada vez más escazas certidumbres de que somos un cosa esencialmente diferente; una forma de existencia “disonante” y “solitaria” en medio de los demás vivientes de la naturaleza en sus diversos ecosistemas y mundos biológicos. Para el pensa-miento propio de la ciencia, hoy, ya no es muy atractivo suponer que seamos algo así como fruto inevitable del flujo de la vida: su culminación. Pero, y esto es una verdad bien conocida, percibir las diferencias, en cualquier nivel de lo real, siem-pre ha sido bastante más simple que entender afinidades profundas. Esto último implicaría, ante el empeño evolucionista de iluminar nuestra naturaleza, no me-nos que poder identificar realidades más hondas y reveladoras en los pliegues, ritmos y tendencias de nuestro devenir y realización evolutiva. Actualmente, se trataría de miradas novedosas desde la biología y la ecología evolucionistas que se pueden combinar a fin de “…disecar los fenómenos engañosamente sencillos pero increíblemente complejos que constituyen el mundo vivo que nos rodea” (Leakey & Lewin 1997, p. 17).
¿Bichos Misteriosos?
De lo anterior surge una importante implicación: naturalizar la “esencia” de lo humano (si es que la hay) promete enseñarnos más de nuestra verdadera con-dición, de nuestros orígenes, potenciales e incluso susceptibilidades. Al menos para esa prestigiada institución productora de conocimientos que es la ciencia, hoy por hoy, parece más interesante entender nuestra unidad y pertenencia al or-den natural de las cosas, que tratar de reencontrar alguna rareza inexplicable en nuestra forma de existir en el mundo, algún rasgo especial que nos dé seguridad ante una realidad universal explicable, por otro lado, mediante los fundamentos de la física y demás ciencias de la naturaleza. Quizás entonces, una pregunta más prudente que la inicial sea ¿tiene sentido aún para la comprensión científica de la realidad intentar recuperar un fundamento superior o excepcional para la “es-pecie elegida”? Quisiéramos mostrar que las diferencias cobran mayor sentido cuando son sobrepuestas a una base de unidad común.
Fue uno de los pensadores más influyentes de la Historia, Platón, quien pro-vocativamente caracterizó al ser humano como un “bípedo áptero” (seres que caminan en dos patas, pero no tienen alas, respectivamente).
Somos animales. Una certidumbre así (decía el antropólogo africano Richard Leakey), no debiera agraviar nuestra humanidad, sino, más bien, estimular nues-tra inteligencia a recomprender y dignificar la animalidad. Al igual que los cara-coles que viven en los jardines, los armadillos o los cocodrilos, somos seres “hete-rótrofos”, dicen los biólogos. Significa que, a diferencia de otro tipo de seres vivos (como las plantas, los hongos o las bacterias), la “animalidad” consiste en poseer cierto tipo de sistemas celulares sumamente especializados que nos permiten vivir “al estilo animal”. Esas células tan especiales se llaman neuronas. Células que –en conglomerados más o menos complejos– nos permiten esencialmente
dos cosas en tanto que animales: percibir diferentes estímulos del entorno vital (mediante “sensoneuronas” que procesan vibraciones, partículas químicas, luz, etc.), así como desplazar nuestra animalidad de forma viable o exitosa por los ecosistemas (mediante las “motoneuronas”), es decir, desplegar un comporta-miento que podemos llamar idóneo, desde el punto de vista de una sobrevivencia basada primariamente en nutrición y en reproducción.
Vayamos pues, en busca de la unidad de lo diverso. ¿Qué hay de común entre una rana y un humano? Sólo los animales tenemos neuronas (que pueden orga-nizarse o no en conglomerados llamados cerebros); sólo los animales nos desen-volvemos sensorial y dinámicamente en el medio ambiente para alimentarnos de otros seres vivos; sólo este tipo de seres vivos tienen comportamiento, fenómeno biológico que nos otorga flexibilidad, adaptabilidad y trascendencia en la natura-leza. Comportamiento cuyo rango de posibilidades va, verdaderamente, desde la regulación térmica, hasta el pensamiento complejo, la educación, la ciencia y la cultura como medios que el animal humano ha desarrollado no sólo para adap-tarse al mundo (como cualquier especie biológica), sino, para adaptar al mundo a sus propias necesidades de existencia y, asimismo, auto-adaptarse a la propia complejidad que ha creado: el universo “supraorgánico” de la vida sociocultural. De hecho –y hay que enfatizarlo– la excepcional adaptación del hombre a la na-turaleza, y a su propia complejidad, se realiza a través de un fenómeno esencial que unifica al pensamiento, al conocimiento y a las más diversas y primordiales formas de aprendizaje. Ese “universo de acción” que vincula y potencia todas las facultades humanas de adaptación y trascendencia es el fenómeno del trabajo (y que hemos de reflexionar aquí antropológicamente en su dimensión evolutiva y en sus nexos humanos más amplios); principio y fin de los aprendizajes más significativos y vitales de la condición humana.
No obstante, antes de abordar lo anterior con su debida profundidad, retome-mos la ruta de nuestras consideraciones. Al interior de reino animalia soretome-mos ma-míferos –al igual que murciélagos, delfines o elefantes–, es decir, experimenta-mos una etapa de nuestro desarrollo postuterino dependiendo de los nutrientes que nuestras madres nos proporcionan mediante glándulas especializadas para la producción de un complicado alimento, balanceado en grasas, proteínas y azú-cares, así como otras moléculas vitales (como los anticuerpos) en la nutrición, el crecimiento y desarrollo de los críos: la leche. Asimismo, al igual que todos los otros mamíferos desarrollamos pelo en forma variable, o, además, presentamos tres huesecillos del oído medio llamados yunque, estribo y martillo. Estas son, entre muchas otras, características sumamente distintivas de esos animales lla-mados mamíferos.
Ahora bien, al interior de la clase de los mamíferos, somos primates. Al igual que otras 250 especies (más o menos) entre las que se encuentran gorilas, mandriles o monos araña, por ejemplo, compartimos adaptaciones evolutivas como son las de una vista “cromática” y en estricta tercera dimensión (captamos colores,
volú-20 Homo sapiens, evolución y trabajo-aprendizaje
menes y profundidades de campo con gran precisión). Como primates, podemos oponer nuestro dedo pulgar al resto de los dedos (tenemos una mano prensil). Con excepción de unas pocas especies de primates llamadas “prosimios”, no tene-mos garras, sino uñas planas. Los primates vivitene-mos en sociedades muy amplias y complicadas (salvo excepciones, como los orangutanes). Tenemos cerebros pro-porcionalmente grandes respecto del tamaño de nuestro cuerpo y presentamos una larga dependencia infantil respecto de progenitores o grupos extendidos de parentesco (algo llamado “altricialidad” por los biólogos). Asimismo, y, a diferen-cia del resto de los mamíferos, los primates no son precisamente cuadrúpedos (aunque se desplacen a cuatro patas apoyando sus manos). Eso se debe a que la mayor parte del peso de un primate se descarga sobre los miembros posteriores. Tal distribución de peso es inversa a la de auténticos cuadrúpedos (como perros, vacas o caballos), animales donde más del 60% de su peso corporal descansa sobre los cuartos delanteros, aspecto que les impide totalmente algo que sí es accesible a prácticamente todos los primates (aunque sólo sea por instantes):
alzarse en dos patas. Cabe aquí comentar, que, desde hace unos 30 mil años, sólo
sobrevive una sola especie de primate que se desplaza permanentemente en dos patas (dejamos la deducción al lector de cuál pudiera ser ese curioso primate). El resto de los primates bípedos que sabemos existieron (más o menos unas 20 especies, según la paleontología humana) se han extinguido en el transcurso de más o menos los últimos seis millones de años. Moverse en dos patas –y no es precisamente el caso de gallinas o tiranosaurios rex– es una adaptación evolutiva llamada bipedalismo o bipedestación.
Bípedos ápteros: animales que además son mamíferos y primates… de la espe-cie Homo sapiens. Animales que tienen una crianza basada en la lactancia (como cualquier cachorro); con 32 dientes (como todos los simios o monos del Viejo Mundo). En efecto, sin embargo, tan fácil e incluso inevitable como es encontrar innumerables afinidades con miles de especies biológicas, por otra parte, las po-sibilidades comparativas se pueden ver dramáticamente limitadas (o incluso im-pedidas) en determinado momento de nuestro empeño por situar la “naturaleza humana” en el orden universal de los seres.
A través de la historia, diversos filósofos, científicos y pensadores han trata-do de encontrar rasgos o características “esenciales” de la condición humana: tenemos vida mental, creatividad virtualmente ilimitada y profundos estados psíquicos, afectivos y espirituales… somos seres “sabios” (sapiens), pero también podemos enfermarnos mentalmente de innumerables formas (o bien, dar cabida a desafiantes comportamientos que no reconoceríamos en otros animales, como la locura, el hedonismo, la desmesura o la estupidez).
Alcanzamos nuestra realización mediante el lenguaje y los infinitos mundos posibles del símbolo (Homo locuens, simbolicus, respectivamente); mediante el juego (Homo ludens)… mediante el trabajo socialmente organizado (Homo
“Devuelto” al universo biológico que no sólo lo explica sino que hiciera surgir la totalidad de sus características (por excepcionales que éstas parezcan), el hombre –re-naturalizado ya desde el Re-nacimiento por la ciencia occidental– puede entonces, y en forma paralela, excluir de la naturaleza, de sus procesos y estructuras, los misteriosos trasfondos humanoides en forma de fines, de planes o designios que únicamente caracterizan (hasta donde hoy sabemos) a una pequeña parte del universo conocido: el cerebro humano. Situar al hombre en las entrañas del mundo físico y biológico para así ser entendido, es, en la historia de las ideas, un proceso inseparable de la “des-humanización” de la naturaleza: no hay planes animistas en ella, más bien, las inmensas posibilidades creativas del “azar y necesidad”, dijera el gran biólogo molecular Jacques Monod. (L’Uomo, “El Hombre”, una evocadora visión de Leonardo sobre una transición histórica: una humanidad geometrizada; empeño racional explicativo ante las esferas sociocultural, económica, política, intelectual, ética, estética y espiritual… las esferas, planos y geometrías de lo humano).
22 Homo sapiens, evolución y trabajo-aprendizaje
Un bípedo áptero que, en todas las épocas y culturas, experimenta algo tan ex-clusivo respecto a millones de especies biológicas, actuales o extintas, como el llanto, un estado ligado a innumerables vivencias mentales y no sólo físicas. Ani-mal que vive los inagotables matices de la risa y la sonrisa dentro de un continuo de tonos afectivos: desde el gozo y el placer más entrañables, hasta el dolor más profundo; desde la ternura más sutil hasta la crueldad más obscena. Un animal que, además del sexo y la sexualidad, ha inventado los géneros y el erotismo (y no sólo los géneros “femenino”/”masculino”, si estamos realmente dispuestos a considerar la diversidad de todos los pueblos de la Tierra). Somos asimismo un primate que depende, a lo largo de toda su vida, de la creatividad y vitalidad del juego: desde los deportes hasta el arte y sus mundos propios. Un animal en dos patas que, además, ha inventado la danza; un primate con lenguaje simbólico que, aparte de usarlo para efectos comunicativos de sobrevivencia e interacción social, le sirve para engendrar inmensidades literarias y poéticas, científicas y filosóficas. Un mamífero con pulgar oponible que, además de aplicarlo a elaborar herramientas para adaptarse a (y adaptar los) ecosistemas, le sirve para verter en un instante la totalidad de su vida psíquica y emocional a través de un piano, un lienzo o una caricia. En fin, un ser biológico, animal, mamífero y primate que, además de trabajar para vivir –al igual que castores, arañas o macacos–, trabaja
creando aprendizajes organizados lógicamente en el patrimonio del conocimiento, potencia simbólica y cognitiva para transformar el objeto y sujeto mismos del tra-bajo realizado. Expresiones y necesidades universales de este “bicho misterioso”,
de este bípedo áptero: ecce Homo.
Por encima de cualquier otra facultad, la sorprendente capacidad humana de flexibilizar y adaptar los comportamientos a partir de interpretar la vertigino-sa complejidad de los entornos (y así poder adoptar las conductas y medidas más exitosas), sólo puede tener un nombre: inteligencia. Comenta en esta tónica el antropólogo español Eloy Gómez Pellón: “Es plausible pensar, y así se ha sosteni-do en numerosas ocasiones… que la facilidad de la mente humana para inventar y descubrir, o si se prefiere, la inteligencia humana, pudiera ser consecuencia de la vida en sociedad, y más concretamente en el seno de los grupos estables, en los que el compromiso y el sacrificio de sus miembros suponen una exigencia constante de superación por parte de los individuos, que van entregando a los demás sus propias conquistas” (2005, p. 149). Quedamos pues ante expresiones elocuentes del “techo” de la inteligencia biológica, principal recurso (e impera-tivo) de la existencia humana, es decir, nuestra creatividad, nuestra conciencia y albedrío, de frente al mundo.
Probablemente una de las mayores enseñanzas de la reflexión científica sobre la evolución humana sea una evidencia como la siguiente: que la singularidad de la especie llamada Homo sapiens dentro de la naturaleza sólo puede ser producto de la especie misma, vía el trabajo, el pensamiento… la cultura, diría el gran an-tropologo francés recientemente desaparecido Claude Lévi-Strauss:
¿Dónde termina la naturaleza? ¿Dónde comienza la cultura? Pueden conce-birse varias maneras de responder a esta doble pregunta […] La cultura no está ni simplemente yuxtapuesta ni simplemente superpuesta a la vida. En un sentido la sustituye; en otro, la utiliza y la transforma para realizar una síntesis de un nuevo orden. (1985, p. 36)
Efectivamente: desde la base material de fósiles descubiertos por paleontólogos de campo, hasta la facultad explicativa que aportan diversas teorías –desde el origen y evolución de la vida, hasta el cambio de las sociedades humanas–, nos revelan una realidad fundamental: la evolución humana (sí, la evolución peculiar de una especie peculiar) ha sido un proceso de cambio que se alimenta de sus
propios desarrollos. Más que en ninguna otra especie, los productos o efectos de
nuestra evolución han “retroalimentado” a sus propias causas; ello en un sentido permanente, radical así como vigente. Creando sus condiciones de vida, nuestra especie –y las de nuestros ancestros ahora extintos– se ha creado a sí misma; replanteando las leyes de la naturaleza, replanteando las leyes de la evolución. Pero, ¿cuáles son los fundamentos científicos de tales ideas sobre nosotros y nuestra evolución? Cabe, aquí, una advertencia.
La existencia social de las ideas científicas (por grandes que éstas sean) entraña cierto riesgo permanente: la traición a los fundamentos de su rigor teórico –tan costoso al pensamiento humano– a través de versiones triviales o erróneamente simplificadas; clichés o lugares comunes que han dado paso a detritos concep-tuales como la noción de “eslabón perdido”, “el hombre desciende del mono”, “la evolución es sólo una teoría”, y otras vulgarizaciones tan machaconamente oídas aquí y allá.
Gravitación, Dialéctica, Relatividad, Evolución, entre otras, son visiones cien-tíficas que han enriquecido la inteligencia (o sea, la capacidad de entender) de la especie humana acerca del tiempo, el espacio, la materia, la energía, la vida, la mente… la condición humana misma. Así, devueltos nosotros al corazón de la naturaleza y la vida para lograr comprendernos mejor, nos mueve a recordar la frase contundente del genetista norteamericano Theodosius Dobzhansky: nada
en biología tiene sentido si no es a la luz de la evolución.
¿Qué es, pues, la Evolución? La evolución es un atributo esencial de la realidad viviente universal y, al mismo tiempo, una invaluable comprensión científica, una teoría para arrojar luz sobre ese universo asombroso que es la Vida: “…infundida originalmente [escribía hace exactamente siglo y medio Charles Robert Darwin en las últimas líneas de El Origen de las Especies] en unas pocas formas o en una sola, y que mientras este planeta andaba rodando de acuerdo con la ley fija de la gravedad, de tan simple principio se desprendieron y evolucionan aún infinitas formas bellísimas y maravillosas”.
24 Homo sapiens, evolución y trabajo-aprendizaje
El famoso “Niño de Taung”: ejemplar infantil de la especie Australopithecus africanus, descubierto por el profesor Raymond Dart en 1924 en Sudáfrica; hallazgo fundacional en los estudios de nues-tra evolución.
2. El pensamiento
evolucionista
Sus ideas, sus representantes
y su significado
Al considerar el origen de las especies, es completamente lógico que un naturalista, reflexionando sobre las afini-dades mutuas de los seres orgánicos, sobre sus relaciones embriológicas, su distribución geográfica y sucesión geo-lógica, pueda llegar a la conclusión de que las especies no han sido independientemente creadas, sino que han descendido como las variedades de otras especies.
Charles R. Darwin
1. La idea de evolución en la historia
xisten ideas fundamentales en el contexto de ciencias particulares, pero pocas de ellas trascienden a las disciplinas donde fueron concebidas y se constituyen en ideas que forman parte de la cosmovisión de los diferen-tes grupos humanos, ese es el caso del evolucionismo, que con Charles Darwin tomó carta de identidad y se popularizó como una de las teorías científicas más importantes de la biología y la antropología, pero que claramente es una idea que ha acompañado la historia de Occidente desde al menos dos siglo atrás.
Se dice que el evolucionismo, las ideas de cambio y de progreso fueron cen-trales como motor de movilidad social durante los siglos XIX y XX y en muchos sentidos hoy siguen siéndolo (Bury, J., 1971; Nisbet, R, 1991).
Las ideas sobre el cambio evolucionista tuvieron que ir en contra de ideas fijistas del mundo, ideas que aceptaban que el mundo había sido creado y no podría transformarse. De este modo, las especies eran estables, pero también las sociedades humanas, la cultura y cualquier manifestación humana, entre ellas por supuesto, también el orden social, lo cual era una idea útil para los sectores sociales a los que no convenía la posibilidad de transformación social, pues con ello podrían perder sus privilegios.
Así pues, una cosa era el nacimiento de una teoría que desde la biología im-pactaría con su capacidad de explicar el mundo natural a otras ciencias y otra las ideas de cambio que formaron parte de la cosmovisión de Occidente a lo largo de su historia (Ruse, M. 1979, 1983, 1985).
En el contexto de la ciencia, vale la pena preguntarse ¿Cuál es la importancia del pensamiento evolucionista? ¿Por qué a 200 años del nacimiento de Char-les Darwin se realizan tantos homenajes en todo el mundo? ¿CuáChar-les fueron los aportes del pensamiento darwinista a otras disciplinas científicas? ¿Por qué se habla de una revolución darwiniana? ¿Es vigente el pensamiento darwinista? ¿Fue Darwin el fundador de evolucionismo o hubo antecedentes? ¿Cuáles son los aportes del darwinismo para entender al ser humano? ¿Cuáles son las polémicas contemporáneas del pensamiento evolucionista? ¿Qué dijo Darwin sobre el ser humano y qué fue lo que no dijo? ¿Qué sentido tiene pensar evolutivamente el mundo?
Al final, el ser humano es el resultado de un largo proceso evolutivo, lo que nos diga la ciencia sobre nuestro origen y evolución, seguramente permitirá en-tendernos mejor como especie y sobre nuestro lugar en el mundo. No se trata sólo de narraciones sobre viajeros que descubrieron mundos diferentes a los co-nocidos, se trata de nosotros y en ese sentido el pensamiento evolucionista nos incumbe, de ahí su importancia.
En las siguientes páginas se presentará la historia del pensamiento evolucio-nista, resaltando el papel que algunos naturalistas tuvieron en la historia de la
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consolidación del evolucionismo como una de las teorías más importantes de la historia de la humanidad. Advertimos que no están todos, pero sin duda sí los más representativos. En todos los casos se mencionará la posición que tuvo cada uno de ellos respecto de cual es el lugar del hombre en la naturaleza.
2. Historia del evolucionismo
Hay quien opina que en el mundo clásico podemos encontrar el origen de casi cualquier teoría científica del mundo. Parece que si uno rasca un poco siempre encontrará a un griego al que podamos designar como el antecedente de una teoría moderna. Resulta sin embargo un error hacerlo, aunque algunas ideas básicas, en este caso del evolucionismo sí fueron mencionadas por los griegos clásicos, aunque sería injusto y sobre todo equivocado ver en ellas el origen del evolucionismo moderno (Templado, J. 1974).
El mundo griego concebía a la realidad como cambiante, “todo cambia” era la premisa y todo está en constante transformación. Ello es parte de el fundamento filosófico necesario para entender y explicar cómo cambia el mundo natural y el mundo social humano. Una visión transformista de la realidad sería necesaria para que surgiera una teoría científica de la evolución, aunque no fue el único requisito como veremos (Lovejoy, A. O. 1983).
3. El tiempo
En las sociedades el tiempo es un factor importantísimo para organizar la vida privada, la vida colectiva y la productividad.
El tiempo no sólo es el escenario donde se llevan a cabo las actividades de las sociedades, la concepción que se tenga de él redundará en una visión sobre el contenido de los actos humanos, pero también de la antigüedad del mundo y de la estructura de la historia (Marion, M. 1994).
Las sociedades tradicionales han construido una visión del tiempo a la que se le ha dado en llamar la noción del tiempo cíclico. Si el tiempo se repite, las acciones humanas también, así como la historia. La noción del tiempo como un ciclo se deriva de la observación del mundo natural, a los días les suceden las noches, las estaciones climáticas aparecen una detrás de la otra, primavera, verano, otoño e invierno, y una vez más, el eterno mundo de las repeticiones. Se dice que existen ciclos naturales, como el día y la noche, como los ciclos de siembra y de cosecha, como las fases de la luna, como los ciclos menstruales. De ahí a suponer que las cosas del mundo se repiten y de que el tiempo en cíclico, así como la historia hay un paso muy pequeño (González, L. 1988).
Uno de los aportes más importantes del pensamiento judeocristiano a Occiden-te fue la noción del tiempo lineal o la famosa flecha del tiempo, una noción del tiempo donde unos eventos se suceden a otros como en el ciclo, pero evitando
la eterna repetición. Hay un inicio y un final de la historia y una serie de etapas por las que han de pasar las sociedades humanas en su eterna transformación (Gould, S. J. 1992).
Con la flecha del tiempo surge también la noción de la necesidad histórica, si el tiempo es como una flecha y es entonces continua y tiene una dirección, entonces las sociedades humanas han de pasar por una serie obligada de etapas de desa-rrollo social. Así fue que surgió el tradicional esquema de cambio social que pa-saba de una serie de etapas de barbarie y salvajismo a otras como el comunismo primitivo, el esclavismo, el feudalismo, el capitalismo y el socialismo moderno, característico de la visión marxista de la historia.
El surgimiento de la flecha del tiempo derivó en el planteamiento de preguntas sobre si la historia era un proceso unilineal o multilineal (Bartra, R. 1975). Por otro lado, hubo de surgir lo que se ha dado en llamar una noción del tiempo
profundo, proveniente de la geología y que permitía la visión del tiempo
requeri-do por el evolucionismo para poder operar. El célebre Obispo Usher postuló que el mundo había sido creado hacía 4004 años. Una magnitud de tiempo mucho mayor era necesaria para que los mecanismos que posteriormente propondría Darwin pudieran operar y generar toda la diversidad que podemos observar en el mundo (Gould, S. J. op. cit.).
Así, en el evolucionismo moderno, el tiempo no es sólo el escenario donde se desarrolla la acción de las transformaciones del mundo, la noción del tiempo profundo, y el surgimiento de la flecha del tiempo, marcaron definitivamente una cierta concepción de las magnitudes del tiempo necesarias para que la evolución pudiera suceder, pero también involucraron visiones particulares de los meca-nismos de la evolución y de la historia (Prigogine, I. e I Stengers, 1990).
4. La reproducción
Contra lo que pudiera parecer, el término de evolución no fue utilizado por Darwin en la primera edición de El origen de las especies, curiosamente tampoco fue utilizado por sus contemporáneos inmediatos, ni por los naturalistas que les antecedieron. Prefirieron utilizar términos como transformismo, trasmutación, o simplemente cambio (Gould, S. J. 1985).
Ello, que es en apariencia una paradoja, se explica porque cuando surgió la teoría darwinista, y aun antes, el término de evolución tenía una connotación incluso contradictoria que finalmente enfrentaría Darwin y que es el que hoy to-dos reconocemos. Durante buena parte del siglo XIX y durante casi todo el XVIII la palabra “Evolución” se asociaba a una teoría de la reproducción denominada preformacionismo. Se creía que los organismos se reproducían y generaban des-cendientes parecidos a sí mismos, porque en los espermatozoides o en los óvulos existían pequeños seres perfectamente formados sólo que en un tamaño muy pequeño, de tal forma que cuando se daba la reproducción, estos pequeños seres
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u homúnculos no harían más que crecer, desenvolverse, “evolucionar”. Ello era contradictorio, porque si la evolución permitía entender cómo los organismos se adaptaban a su medio ambiente y ello derivaba en el surgimiento de la diver-sidad, en la teoría preformista, los individuos tenían ya dentro de sí a pequeños seres que contenían a su vez a otros más pequeños y así sucesivamente hasta el final de los tiempos. Incluso la polémica se presentaba entre aquellos que creían que el sujeto preformado se encontraba en los espermatozoides (espermatistas) o aquellos que afirmaban que era en los óvulos (ovistas).
La idea de que lo semejante engendra a lo semejante y que hoy nos parece obvia, no siempre fue entendida así y no resultaba tan obvia. Por ello era común la creencia en la existencia de organismos monstruosos producto de la unión an-tinatural de organismos diversos: un perro que se cruzaba con una vaca y podía generar un híbrido entre las dos especies. La mitología popular europea de los siglos XVI, XVII y XVIII está plagada de narraciones semejantes.
Se ha afirmado que en el imaginario popular, antes del siglo XVII los organis-mos no se reproducían, eran engendrados, y las leyes del engendramiento nada tenían que ver con las leyes de la reproducción (Jacob, F. 1986).
Así pues, no se trataba sólo de una creencia popular, los naturalistas no habían desarrollado una teoría que permitiera entender por qué los organismos gene-raban descendencia parecida a sí mismos. Autores del siglo XVII, como Ambroise Paré, en su célebre tratado sobre los monstruos y los prodigios, afirmaba que éstos eran el resultado de la calidad, estado y cantidad del semen, pues si éste estaba podrido, podía generar seres monstruosos, si su cantidad era en exceso, se podrían generar miembros supernumerarios, si faltaba podrían surgir orga-nismos con carencias en sus órganos. Esto, que podría resultar ridículo a los ojos de un contemporáneo, fue uno de los primeros esfuerzos por entender natural-mente el problema de la reproducción. Al mismo tiempo, Paré afirma que los monstruos podrían surgir por la maldad del demonio o la picaresca de los men-digos itinerantes que iban de pueblo en pueblo simulando ser anómalos para conseguir ayuda de los inocentes transeúntes (Paré, A. 1995).
En este contexto fue que surgió la teoría preformista que luego habría de enfrentarse a la teoría epigenética que afirmaba que los organismos deberían pasar por una serie de fases de desarrollo que no estaban determinadas desde el principio de los tiempos, como sí ocurría con el preformismo. El epigenetismo finalmente triunfaría, y con él, surgió una teoría de la reproducción que permitía entender que las fases de desarrollo de los organismos, podrían afectar el resul-tado en la formación de la descendencia. Eso, como veremos más adelante fue un factor indispensable para que el término de evolución adoptara finalmente el significado que ahora conocemos.
5. La sistemática biológica
moder-no, aunque también podríamos afirmar lo mismo para entender el surgimiento de la biología, fue el desarrollo de la sistemática biológica, es decir, debió surgir un sistema de clasificación ordenado, sistemático de la diversidad de los organis-mos, para que el evolucionismo pudiera explicar el surgimiento y desarrollo de la diversidad de la vida (Llorente, J. 1989).
Ello ocurrió durante el siglo XVIII, particularmente asociado a los aportes de Carl Von Linne, o Lineo en su denominada Taxonomía binominal.
Durante el siglo XVIII, en el contexto de lo que se ha dado en llamar Historia Natural (y que no es más que una fase de desarrollo en la historia de la biología), se concibe que la naturaleza era como un libro, un libro que debíamos intentar leer, pero que para hacerlo haría falta entender el lenguaje en el que estaba escri-to. Aunque algunos pensaron que ese lenguaje era el lenguaje de las matemáti-cas, otros se dieron cuenta que lo primero que se hacía necesario para poder leer el libro de la naturaleza era intentar encontrar en ella un orden. La naturaleza se mostraba a los naturalistas como un todo caótico en su superficie y se asumió que debería existir en la naturaleza una especie de estructura profunda de la vida que al ser descubierta, permitiera ordenarla, describirla y clasificarla. Ello demandaba la búsqueda de semejanzas y diferencias en el mundo, el encontrar regularidades para dilucidar ese orden que no se mostraba fácilmente a los ojos de los seres humanos. Si ese orden se encontraba en la naturaleza, podríamos entonces pensarlo como el orden natural del mundo (Jacob, F. op. cit.).
32 Homo sapiens, evolución y trabajo-aprendizaje
Por ello, todos los sistemas de clasificación de los organismos buscaban reflejar ese orden natural y constituir al método utilizado en un método natural de cla-sificación basado en la búsqueda de semejanzas y diferencias que permitieran, de acuerdo al naciente método comparativo, agrupar a organismos que compar-tieran características. En ello, la valoración del significado de las semejanzas y diferencias fue fundamental y aun más para el naciente evolucionismo que vio en cierto tipo de semejanzas, la prueba de un pasado evolutivo compartido entre los organismos parecidos.
De esta forma, aunque Linneo no fuera expresamente un evolucionista, su sistema de clasificación sentó las bases para pensar la variabilidad de los orga-nismos como el resultado de largos procesos de evolución de la vida y no sólo caprichos de una naturaleza caótica y desordenada.
Por otro lado, el sistema de clasificación lineado era heredero de una vieja tra-dición proveniente originalmente del mundo griego, pero que durante los siglos XVI y XVII se constituyó en uno de los primeros modelos naturalistas de clasifi-cación de la diversidad orgánica: la Gran cadena del ser, también conocida como la Gran escala de los seres. Se trataba de un modelo de clasificación que partía de tres principios griegos: el principio de plenitud o completud: el mundo está formado por todos los seres posibles, el mundo está completo, no tiene huecos, nada que tenga huecos puede ser perfecto y ello se tradujo en el famoso aforismo leibnitziano: “natura non facit saltum” la naturaleza no da saltos. Los otros dos principios eran el de la continuidad. Entre dos seres posibles, dado que el mundo está completo, se podrá siempre encontrar un tercer organismo, así al compa-rar los límites de dos organismos parecidos, estos siempre se sobrepondrán. Por último encontramos el principio de la gradación: dado que el mundo está com-pleto, y que los límites de los organismos adyacentes se sobreponen, entonces la transición de un organismo a otro ocurrirá de manera gradual (Lovejoy op. cit.). Estos tres principios que fueron fundamentales para el sistema lineano de clasificación, serían un referente fundamental del pensamiento evolucionista en general y singularmente del darwinismo algún tiempo después.
Pasemos ahora a hacer un breve resumen de los principales evolucionistas, ini-ciando con Buffon, continuando con Cuvier, siguiendo con Lamarck, para llegar finalmente a Charles Darwin.
6. Georges Louis Le Clerc “Conde de Buffon” (1707-1778)
Buffon es sin duda uno de los naturalistas más importantes para entender la his-toria del pensamiento evolucionista, pero también para entender el origen de la antropología. Nacido en Francia, se dedicó al estudio de la naturaleza, obtenien-do sus mayores logros en el área de la botánica. Fue miembro de la Academia francesa a los 27 años y guardián de los Jardines del Rey.
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Fue uno de los más fervientes defensores del modelo de la Gran escala de los seres, de tal forma que ordenó la diversidad de los organismos a partir no de criterios anatómicos, sino funcionales.
En su monumental “Historia natural”, el naturalista francés escribe más de 40 libros sobre el mundo natural, pero dedica un par de volúmenes fundamentales para entender a los primates y al ser humano. Los libros cuarto y quinto están dedicados a ambos temas.
Si bien Buffon puede a veces ser un campeón del fijismo, en otras establece las bases del pensamiento evolutivo, aunque explícitamente afirmó que el cambio (transformismo) está limitado al interior de las especies.
Buffon cree que la reproducción de los organismos está basada en una especie de molde interno que posibilita que los descendientes se parezcan a sus proge-nitores. Aunque en un sentido abreva del pensamiento preformista, su posición será importante para establecer una teoría de la reproducción de gran importan-cia para el pensamiento evolucionista en general.
Buffon piensa que la evolución puede ocurrir, pero probablemente muy influi-do por la teorías creacionistas, asume que cualquier modificación del prototipo de creación, debería resultar en una pérdida de la perfección original con la que los organismos fueron originalmente creados. Así que la visión evolucionista de Buffon, está caracterizada por una visión degenerativa de la misma. Esta posi-ción tendría fundamental importancia en la interpretaposi-ción sobre las diferencias de los europeos respecto de los americanos, particularmente a través de la polé-mica entre uno de sus pupilos más importantes, Cornelius de Paw que establece-ría con Francisco Javier Clavijero una de las polémicas más importantes para la historia de la antropología americana. Se trataba de la polémica sobre el origen del hombre americano y sobre sus diferencias con los europeos (Gerbi, A. 1982). Buffon pensaba que el clima americano era tal, que provocaba la podredumbre de la materia orgánica y la generación de plagas. Por ello, en el sur del continente americano la flora y fauna eran desmesuradas. No era más que el reflejo de una naturaleza desordenada donde los organismos estaban fuera de toda ley de la vida, incluidos los aborígenes americanos. Por ese tipo de reflexiones y sobre todo por haber incluido al ser humano dentro de sus preocupaciones, Buffon ha sido considerado el padre de la antropología.
De Paw establecería una polémica con Francisco Javier Clavijero, donde desa-rrollaría la tesis de que los americanos son inferiores respecto de los europeos por ser entre otras cosas, lampiños, pequeños, dependientes, sin deseo sexual, en resumen infantiles o degenerados respecto de algún prototipo de creación. En ese esquema, los americanos eran vistos necesariamente como inferiores res-pecto de los europeos.
7. Georges Cuvier (1769-1832)
Naturalista nacido en Francia, fue uno de los iniciadores de la anatomía compa-rada y gran promotor de la paleontología. Fue el primero en clasificar al reino animal basándose sólo en caracteres anatómicos y no fisiológicos como habían hecho la mayoría de sus antecesores.
Cuvier fue sin duda uno de los científicos más importantes de su tiempo y contó con amplio impacto entre sus contemporáneos.
Fue autor de varias teorías fundamentales para su tiempo. Entre otras cosas, Cuvier es el padre de la paleontología moderna. Estableció la llamada Ley de la correlación, donde afirmaba que, los organismos presentan una muy clara co-rrelación entre la forma y la función: de la forma puede inferirse la función, así que aquellos organismos que presentan una estructura determinada puede ésta
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correlacionarse con una función específica y por ello con otros rasgos morfoló-gicos asociados a tal función. Este principio resultaría de gran importancia en la interpretación del registro fósil y en la naciente anatomía comparada (Llorente, J. op. cit.).
Por otro lado, Cuvier fue el autor de la Teoría de las catástrofes, donde afir-maría que el mundo había sido creado y destruido sucesivamente, de tal forma que la existencia de fósiles y la distribución espacial y temporal de la vida pre-sentaría una correlación con su destrucción y nueva creación. Ello en sí mismo no avalaba ninguna teoría evolucionista, pero sin duda justificaba los patrones biogeográficos de distribución de la vida en el planeta, que en otras posiciones era prueba de la creación divina y en particular del diluvio bíblico. Fue así uno de los primeros naturalistas en avalar esquemas de cambio discontinuistas, hecho de gran importancia de acuerdo a las polémicas contemporáneas que se expon-drán más adelante.
También, Cuvier sería célebre por suponer que la inteligencia tenía una alta co-rrelación con el volumen del cerebro, cosa que no siendo idea original suya, fue una de las ideas más profundamente arraigadas en la ciencia occidental y que marcarían uno de los enfoques de la antropología. Hoy sabemos que tal posición está parcialmente equivocada.
8. Jean-Baptiste Lamarck (1744-1829)
Muchas veces la historia parece ser injusta con algunos de sus personajes. Ese es el caso de Lamarck. En la gran mayoría de libros abocados al estudio de la historia del pensamiento evolucionista, Lamarck aparece inmediatamente antes de Darwin como una especie de contrapunto donde parece que, mientras Darwin tuvo éxito y nació en el seno de la burguesía inglesa, él parece ser recordado como una especie de personaje fallido no sólo en términos del antecedente del evolucionismo, sino incluso personalmente.
Veremos que la realidad no fue tan maniquea en ese sentido y que incluso para Darwin, constituyó un importante antecedente que incluso fue citado por él en reiteradas ocasiones (Gould, S. J. 2004).
38 Homo sapiens, evolución y trabajo-aprendizaje
Lamarck, nacido también en Francia, fue el primero en acuñar el término Biolo-gía para referirse al estudio de los seres animados, fue además el fundador de la paleontología de los invertebrados, y en sentido estricto, es el primer autor de una teoría de la evolución de la vida.
En su obra: Filosofía zoológica, publicada en 1809, Lamarck desarrolló el nú-cleo de su teoría.
En un mundo donde se pensaba que la realidad era inmutable, Lamarck pro-puso lo contrario, para él, el mundo estaba en constante transformación y ésta se debía a una serie de mecanismos que generaban la diversidad de la vida. Su pro-puesta central se caracteriza por el enunciado de tres principios fundamentales:
1.- Principio de que la necesidad crea a los órganos. 2.- Principio de uso y desuso de los órganos.
3.- Ley de la transmisión de los caracteres adquiridos.
Para Lamarck, los órganos y las estructuras que conforman a los individuos sur-gen en respuesta inmediata a las necesidades de los mismos y de acuerdo a los requerimientos derivados de las características del medio. De esta forma, el cam-bio será siempre direccional y se dará en correspondencia con el entorno. Una vez surgidos dichos órganos, se desarrollarán hasta aumentar tu tama-ño y complejidad, o reducirán su tamatama-ño hasta desaparecer o hipertrofiarse de acuerdo a su grado de utilización. Si un órgano de utiliza frecuentemente, se de-sarrollará y se volverá más complejo, si no es así podrá desaparecer. Es célebre el ejemplo lamarckiano del cuello de las jirafas donde es la necesidad de alcanzar la comida que se encuentra en las partes altas de los árboles y el constante esfuerzo por comer, lo que llevó a las jirafas a desarrollar tal rasgo anatómico.
Por último, aquellas estructuras que surgieron por la necesidad de los organis-mos y que luego pudieron volverse más complejos, se heredarán a las siguientes generaciones, con lo cual, la noción de evolución en Lamarck era de corte clara-mente progresivo.
Ninguno de los tres principios mencionados tienen actualmente un respaldo empírico que dé algún tipo de confirmación por parte de los modernos biólogos evolucionistas, sin embargo, en su momento, Lamarck gozó de cierto prestigio y en términos de la historia del pensamiento evolucionista fue el primero en pro-poner una serie de mecanismos, de corte natural para entender a la evolución. En otro contexto, para el ámbito de lo social, se habla de una herencia lamarc-kiana, pues aquello que sabemos que no opera para el mundo de los seres orgá-nicos, puede operar y de hecho lo hace en el mundo de las sociedades humanas. Más allá de lo que a la luz de los conocimientos contemporáneos podamos decir de los errores de las teorías lamarckianas, en su momento, la búsqueda de explicaciones materialistas para la evolución de la vida, así como el intento de entender a la evolución como el resultado de procesos de interacción de los
orga-nismos con su entorno, o incluso su posición sobre la importancia del comporta-miento y de los hábitos como causantes de variabilidad, resaltan la importancia de su obra y su impacto en la obra de sus sucesores.
Como se mencionó anteriormente, la mayor parte de la obra de Lamarck fue presentada en su más célebre trabajo: La filosofía zoológica, publicada en 1809, año en que curiosamente vería la luz un pequeño que revolucionaría a la biología e impactaría a muchas otras ciencias, nos referimos a Charles Darwin.
9. Charles R. Darwin (1809-1882)
La obra de Charles Darwin es sin duda uno de los iconos más famosos en la his-toria de la ciencia. Todo mundo ha escuchado hablar de él, aunque hay que decir que sobre su obra y sobre sus ideas en general pesan una serie de preconcepcio-nes que hacen que existan muchos errores sobre lo que dijo o no dijo el natura-lista inglés.
Nieto del célebre Erasmo Darwin, Darwin probó fortuna durante su educación formal en medicina, la que abandono por no tolerar el sufrimiento ajeno y pos-teriormente en la Teología, misma que también abandonaría. En cambio, parecía mostrar gran interés por la naturaleza.
En 1831 fue invitado a un viaje a bordo del barco Beagle, hecho que transfor-maría su vida y nuestros conocimientos sobre la naturaleza. Así pues, se embar-caría durante 5 años en los que viajó alrededor del mundo. Inicialmente como compañía del capitán del Beagle, Fitzroy, y luego como naturalista del mismo.