problemático del mal metafísico.
En el capítulo anterior tratamos la primera estrategia de justificación del mal conforme a las modificaciones producidas en el período tardío. En este capítulo abordaremos la segunda estrategia tal como ha sido presentada en Teodicea. El mal sigue siendo considerado privación y el entendimiento de Dios invocado como su causa última. No obstante, a diferencia de las décadas de 1680 y 1690, Leibniz evita las referencias a la “nada” como origen del mal y en su lugar se refiere sólo a la imperfección original,578 a esta altura identificada con el mal metafísico. Según esto, el
modelo privativo del mal se ha enriquecido con un término novedoso, el “mal metafísico,” cuyo estatus, sin embargo, resulta problemático al tener en cuenta las descripciones ofrecidas por Leibniz.
Así pues, intentaremos mostrar en primer lugar que se han mantenido las tesis sustanciales implicadas en situar la fuente del mal en el entendimiento de Dios. En segundo lugar, ofreceremos algunas interpretaciones que procuran explicar qué conceptos habrían inspirado a Leibniz para que les opusiera la noción de “mal
metafísico.” A la par intentaremos mostrar que el modelo privativo aplicado al mal metafísico arrastra una serie de problemas, vinculados a la extensión imprecisa de ese término y a la relación ambigua con los otros males. Por último, presentaremos una crítica a la lectura “inusual” brindada por Michael Latzer en contra de la tradición
leibniziana que generalmente ha interpretado el mal metafísico como sinónimo de la imperfección original.
a. El entendimiento divino como fuente del mal.
La pregunta acerca de dónde procede el mal es formulada como un problema teológico en Teodicea. A saber: “¿Si Dios existe, de dónde proviene el mal? ¿Si no existe, de dónde proviene el bien?579” En opinión de Leibniz, la respuesta no hay que buscarla en la materia,580 sino en el entendimiento de Dios, por cuanto es, por decirlo de
578No obstante, esta imperfección supone a la nada como fundamento. 579
Teod., I Parte, § 20: “i Deus est, u de alu ? Si o est, u de o u ?
580
Ibidem. Lei izà e io aàa uíàlaà íti aàaàlosà a tiguos (maniqueísmo) y más adelante agrega
190
algún modo, el “receptáculo” de los MP. Nuestro filósofo invoca al Timeo de Platón e insinúa una comparación entre el demiurgo y nuestro Dios. Así como es imposible para el demiurgo erradicar la causa errante y modificar la naturaleza inmutable de las Formas ideales, Dios tampoco “busca” alterar la naturaleza de las verdades eternas que están en su entendimiento o, en todo caso, su voluntad quiere exactamente lo que el entendimiento le ofrece como lo mejor, ni más ni menos (libertad y necesidad moral tienen que coincidir en Dios). En Teodicea, leemos:
“La respuesta es que la causa del mal debe ser buscada en la naturaleza ideal de la
criatura, en tanto que esta naturaleza está encerrada en las verdades eternas que están en el entendimiento de Dios, independientemente de su voluntad. Pues es necesario considerar que hay una imperfección original en la criatura antes del pecado, porque la criatura es limitada esencialmente, de donde procede que no podría saberlo todo, y que puede engañarse y cometer otras faltas. Platón ha dicho en el Timeo que el mundo tuvo su origen en el entendimiento junto a la Necesidad.581”
Es necesario entonces mencionar las tesis implicadas en la atribución del origen del mal al entendimiento de Dios. A saber:
(1) El entendimiento divino es la causa ideal del mal.- Leibniz afirma que en el entendimiento divino “se encuentra no solamente la forma primitiva del bien, sino también el origen del mal.582”Por lo tanto, “esta región es la causa ideal del mal (por así decirlo).583” Dado que el orden ideal está sustraído a la causalidad eficiente (si bien no a una legalidad hipotética que de ser consentida inauguraría el ámbito de las causas eficientes), el entendimiento de Dios puede ser postulado como el origen del mal sin involucrar a la voluntad divina, a cuyo ámbito corresponde propiamente la causalidad eficiente. Tal como dice Leibniz, “lo formal del mal no tiene nada de eficiente.584”
(2) El entendimiento de Dios provee el principio del mal sin estar manchado.- Pese a que el entendimiento divino suministra el principio del mal, lo hace sin ser malo, ya que solamente “representa las naturalezas tal como son en las verdades
581 Teod., I Parte, § 20. 582 Ibidem. 583 Ibidem. 584 Ibidem.
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eternas; es decir, contiene en sí la razón por la cual el mal es permitido.585” Esta razón no es otra que la pecabilidad inherente a las criaturas como resultado de su limitación. En suma, sostener que el entendimiento divino es la fuente del mal equivale a sostener que es la fuente ideal de todas las cosas, es decir, a la coexistencia de los posibles en Dios.
(3) El mal tiene un origen eterno.- Dado que la causa última del mal se asienta en el entendimiento de Dios, el mal como limitación esencial no tiene un inicio que le principie una lógica temporal. Por decirlo así, el “mal no nace,” sino que tiene un
fundamento necesario en Dios.586 Si la imperfección original tuviera un comienzo, es decir, si fuera contingente, la voluntad divina sería responsable por ella. El hecho de que la fuente del mal deba ser eterna587 garantiza que el decreto de Dios no deba responder por algo que excede su facultad resolutiva. En otras palabras, aunque la imperfección original sea la forma más benigna del mal, esto es, un mal metafísico, tiene que tener un fundamento que esté al margen de la contingencia de nuestro mundo.
(4) El mal metafísico no fenece en el entendimiento divino.- Dada la imposibilidad de que la limitación sea separada del ser, el mal no puede constituir un principio independiente, concebido de manera abstracta respecto de las formas o ideas de los posibles. Por ende, el mal es coeterno con las esencias en el entendimiento divino, es decir no tiene fin, ya que el entendimiento de Dios no puede tenerlo. Dios por su sola existencia da cauce a todas las esencias posibles y, dado que perfección e imperfección son como el anverso y el reverso de la misma página de papel, no hay
“tiempo cósmico” que pueda alterar lo que es en Dios. A saber:
“El mal viene más bien de las Formas mismas, pero abstractas, es decir, de las
ideas que Dios no ha producido por un acto de su voluntad, como tampoco los números y las figuras, ni tampoco (en una palabra) todas las esencias posibles, que se deben tener por eternas y necesarias; pues ellas se encuentran en la región ideal de los posibles, es decir, en el entendimiento divino.588”
(5) Las Formas no existen representativamente en Dios.- Los individuos están constituidos ontológicamente en el entendimiento de Dios, lo que significa que no
585 Teod., II Parte, § 149. 586 Teod, I Parte, § 21. 587
Teod., III Parte, § 380.
588
192
son simplemente una representación. En sentido amplio, la representación supone traer a la presencia algo en ausencia. Pero las Formas no tienen una realidad mental semejante a nuestra evocación de un recuerdo. Tampoco Dios las contempla como si fuera el espectador de la proyección de un film que tiene lugar fuera de Él. Valga decir que la cosa, limitada como es, se encuentra “realizada” idealmente y con la potencia de existir. En otras palabras, cada Forma comprendida en el entendimiento divino tiene todos los requisitos de un ser ideal, lo que certifica las credenciales platónicas del pensamiento tardío de Leibniz. En términos de Rateau, “la inteligencia divina es el conocimiento infinito de las cosas porque es el lugar (la «región») donde ellas son, no existentes en acto, sino en potencia, en potencia de existir y tendientes incluso a la existencia.589”
En razón de ello, Leibniz critica la tesis de la visión en Dios de Malebranche,590 según la cual Dios conoce las criaturas tal como ellas son en Él, sin limitaciones ni defectos (las conoce, conociéndose a sí mismo), y no como ellas son en sí mismas, imperfectas y limitadas. La posición de Leibniz es inconcusa al respecto: Dios conoce todas las cosas, pero su visión no puede franquear, retirar ni suprimir la imperfección original que comportan.591 Así pues, las criaturas, tal como son en Dios son en sí mismas y la inteligencia divina las comprende con la cuota de mal ya debitada de su haber ontológico. No obstante, la visión de Dios es reflexiva: pondera sus combinaciones; examina sus grados de perfección e imperfección, los pesa y compara, etc.592 En suma, la inteligencia divina conoce a la perfección todas las cosas, incluidas tanto las relaciones entre ellas como sus limitaciones.593
589 Rateau (2008), 575. 590 Ver: Fernández J.L.,(1992), 305. 591
Extraits de W. Twisse ha iaà àe àG uaà ,à :à In esentia divina res eminentur, in
intellectu aliquid amplius, nempe repraesentative, quia repraesentantur intellectu divino etiam rerum imperfectiones seu limitaciones. Qui cognoscit positiva, perfecte cognoscit et omnes relationes, adeoque et omnes limitationes, adeoque in eo consistit cognitio rerum creatarum in
Deo. à/à Lasà osasàseà e ela àe àlaàese iaàdi i a, algo más en el intelecto que las representa,
puesto que las imperfecciones o limitaciones de las cosas también están representadas en el intelecto divino. Quien conoce la cosa como positiva, la conoce perfectamente así como todas sus relaciones, y hasta tal punto todas las limitaciones, de modo que en esto consiste la cognición de
lasà osasà eadasàe àDios.
592
Teod, II Parte, § 225. 593
Por eso, en algún sentido, cabría decir que su inteligencia está limitada, puesto que los posibles tienen un ser (posible) en sí que se impone al entendimiento divino, como realidades
193
(6) Los lindes metafísicos y su relación con la voluntad de Dios.- Cabe preguntarse si la agencia divina se ve afectada por los lindes metafísicos que limitan a las criaturas. Sabemos que el entendimiento divino está sustraído del control voluntario y que sólo así puede resguardarse a la voluntad de Dios de un compromiso con el mal. Por ese mismo motivo, pues, la voluntad se ve obligada a elegir entre alternativas ya definidas, a cuyo examen se aplica la calculabilidad de esta facultad. Entonces, la inclinación a la existencia de cada MP, por ser inversamente proporcional al grado de imperfección metafísica, tendría en cierto sentido su incidencia en el ámbito de lo voluntario. Aun en el mejor MP, el mecanismo de las fuerzas volitivas no podrá plenificar una serie de efectos en razón de que las cosas queridas llevan en sí los límites que dicha facultad no puede retirarles. En síntesis, la voluntad de Dios no puede obliterar el mal metafísico ni perfeccionar las criaturas a discreción.
Puede verse entonces que en lo sustancial la segunda estrategia de justificación del mal conserva las tesis ya presentes a partir de mediados de los 1680, con excepción de la incorporación del mal metafísico para referirse a la imperfección original. Así pues, el mal sigue siendo remitido en última instancia a la causalidad divina, sin que ninguna de las facultades de Dios se vea opacada por ello. Dios no es el autor de su entendimiento594 ni su voluntad puede someter las Formas ideales a su control. Por consiguiente, nadie podría imputar a Dios la autoría de los males.
b. El estatus problemático del mal metafísico. Caracterización del concepto.
En el capítulo anterior citamos el parágrafo 21 de la primera parte de Teodicea,
donde Leibniz presentó su distinción de tres clases de males. Algunos intérpretes han visto en esta clasificación la influencia de Tomás Campanella,595 citado por Leibniz en ocasión de las tres facultades primordiales de Dios,596 y de William King.597 Más allá de
594
Teod., III Parte, § 380.
595
Según Grua, Leibniz se habría apoyado probablemente en el significado de las tres clases de males que ciertas palabras originales de la doctrina de Campanella parecen haber resumido, a saber: No datu alu , isi espe tivu i ph si is, et p ivativu i o ali us, et egativu i
metaphysicis. /à Elà alà oàseàda,àsi oà o oà espe ti oàe àlo físico, privativo en lo moral y negativo
e àloà etafísi o. à E àG uaà ,à àRateauà o pa teàlaàopi ió àdeàG uaà Rateauà ,à .à E ha a ía,àe à a io,àha laàdeàu aà i flue iaàes asa e teàp o a le à à efie eàaà ueàLei izà
habría conocido de segunda mano el Atheismus Triumphatus de Campanella (1604). [Echavarría (2011), 111]
596
194
una historia de las influencias, para nuestra finalidad resulta importante tratar de
elucidar qué significa la frase de que “el mal metafísico consiste en la simple imperfección.598” La mayoría de los intérpretes, siguiendo la lectura de Bertrand Russell
en A Critical Exposition of the Philosophy of Leibniz (1900),599 coinciden en que la
simple imperfección es sinónimo de la imperfección original de las criaturas600 (punto de vista particular). No obstante, también es posible atribuir el mal metafísico a la imperfección de la totalidad del mundo, ya que en definitiva un agregado compuesto de criaturas limitadas conllevará algún grado de imperfección metafísica (punto de vista
597
Otra influencia importante sobre la distinción de los males, como el mismo Leibniz reconoció en el Apéndice Remarques sur le Livre de l´origine du mal, publié depuis peu en Angleterre, ha sido el libro De Origine mali (1702), escrito en latín por el Arzobispo de Dublin, William King, y traducido al inglés tras la muerte de Leibniz por Edmund Law (1731).
John Hick presenta las claves del tratamiento del mal que hizo ese teólogo reformado como sigue:
elàá zo ispoàKi gàusaàlaàt ipleàdisti ió àdelàfe ó e oàdelàmal como imperfección («la ausencia de aquellas perfecciones o ventajas que existen en otra parte o en otros seres»); el mal natural («dolores e incomodidades, inconvenientes y desarreglos del apetito»); y el mal moral («elecciones viciosas»). En lo que concierne al mal de imperfección –correspondiente al mal metafísico de Leibniz-, la posición de King representa la teodicea agustiniano-tomista en su forma enteramente desarrollada. Los seres creados deben, en la naturaleza del caso, ser menos perfectos que su Creador; deben, pues, ser imperfectos en grados variados; en consecuencia, como el editor de King, E. Law, dice: «concediendo por lo tanto este principio que no puede ser negado (que un efecto debe ser inferior a su causa), sucederá que el mal de imperfección, bajo suposición de la creación, es necesario e inevitable; y por consiguiente, todos los otros males que proceden
e esa ia e teàdeàello,àha àdeàse ài e ita lesàta i ». àHi kà a aàso eàestaài e ita ilidadàlaà ideaàdeà ueà Diosàhaàelegidoàe àelàsiste aàp ese teàdelà u doàloà ejo à ueàe à e dadàpod íaàse , à
tal como lo atestigua el propio King siguie doàaàsa àágustí à Quiz àpod íaàha e àsidoà ejo àe à
algunos detalles, pero no sin algunos nuevos, y probablemente mayores, inconvenientes, los cuales deberían de haber estropeado la belleza del todo,àoàdeàalgu aàpa teà la e. .à Hi kà ,à àYa
e àelàpe íodoàte p a o,àLei izàha íaà ost adoàsuàfilia ió àagusti ia aàe àesteàasu toà Christus dixit oportet,id est, necesse est, scandala evenire/ Cristo dijo es inevitable, o sea, es necesario que
ocurran escándalos à Mateo,à ,à àe àCPh,àáàVIà ,à 25), que volvió a ratificar en su Teodicea al
e io a àloàfa o a leà ueàfueà“a àágustí àaàloà ueàseàpod íaàde i àdeàE a:à Si non errasset, fecerat
illa i us / “i o hu iese e ado, ha ía he ho e os. àTeod.,àIIàPa te,à§à .à
598
Teod., I Parte, § 21.
599
En especial, Russell (2005), §§ 121, 122 y 123.
600
Po àeje plo,àG uaà ,à :à elà alà etafísi oàtie eàun título original, que trata como una
e dade aàp i a ió àlaàause iaàdeàpe fe ió àdi i aàe àlaà iatu a ;àBela alà ,à :à elà alà
metafísicoesàlaàli ita ió àdeàlasà iatu as ;àRutherford (1995), 10: elà alà etafísi oà o sisteàe àlaà e aài pe fe ió àoàlaàli ita ió àe àese iaàdeà ual uie àse àfi ito ;àYaki aà ,à :à elà alà
metafísico, la finitud original y necesaria de la criatura en tanto que es una criatura, su imperfección, es el origendelà al; Hi kà ,à :à elà alà etafísi oà o sisteàe àfi itudàeà i pe fe ió . àI lusoàHick relativiza el valor de las críticas contra el mal metafísico: puedeàse à
(como el padre Sertillanges argumenta) que la finitud, la limitación criatural, y la consiguiente imperfección que el término (=mal metafísico) denota no debiera ser descrita como «mal». En cuanto a nuestro propósito actual, no importa demasiado si la característica básica estructural de la existencia de las criaturas, a la cual los males son remontados, es considerada o no como siendo un
195
global).601 En nuestra opinión, como luego veremos, el hecho de que Leibniz haya concedido un fundamento necesario al mal metafísico parece ratificar la idea de que la
“simple imperfección” refiere prioritariamente a la imperfección original de las criaturas.602
Más allá de la diferencia entre negación y privación (Cap. 7, b), según la cual la imperfección metafísica no debería ser considerada un mal, el estatus problemático del mal metafísico radica en que el término no tiene una extensión precisa, por cuanto suele referir a la imperfección original de las criaturas, pero a veces también a la imperfección del mundo, que incluye desórdenes naturales, monstruosidades, etc.603 Al mismo tiempo, tampoco es posible abordar su relación con los otros males sin un margen de ambigüedad. En razón de esto, ayudará a desbrozar el terreno tratar de ver qué idea habría motivado a que Leibniz se expresara en términos del “mal metafísico.”
601
Jolley (2005), 159.
602
A continuación de la presentación de los tres males, leemos: áho aà ie ,àau ueàelà alàfísico y el mal moral no sean en absoluto necesarios, es suficiente que en virtud de las verdades eternas
sea àposi les. àTeod., I Parte, § 21] Además de destacar que los pecados y sufrimientos son contingentes, la aclaración parece estar destinada también a señalar que el mal metafísico tiene un fundamento necesario por tratarse de la imperfección original de las criaturas.
603
No creemos que el estatus problemático de la definición del mal metafísico pase por la cuestión
deàsiàseàt ataàdeàt esà tipos,à lasesàoespe iesàdeà ales, àoà ie àdelà alà o side adoàdesdeàt esà
puntos de vista diferentes, siguiendo la literalidad del parágrafo 21. Esta idea ha sido sostenida por Echavarría en favor de no identificar el mal metafísico con la imperfección original. Su propuesta es que hay que rechazar la interpretación de que se trata de tres clases de males. Sin embargo, la cuestión de cuál es la definición que corresponde al mal metafísico (en definitiva, si es o no homologable a la imperfección original) no parecer ser un dile aàe t eà u aàdi isió àdelà alà ueà su geàaàpa ti àdeàu aàdisti ió àdeàdi e sosà espe tosàoàpla osàdeà o side a ió à E ha a íaà
,à à à t esàespe iesàdeà al àaàlasà ueàelà o e ta istaà a a te izaàad hoc como
e lu e tesàe t eàsí à Ibidem]. En primer lugar, esto no parece ser un verdadero dilema, ya que optar por cualquiera de los disyuntivos no arroja un esclarecimiento de lo que Leibniz entendió por
si pleài pe fe ió àoà alà etafísi o.àE àsegu doàluga ,àasíàseàt ataseàdeàt esà lasesàdeà ales, no hay razón para agregar arbitrariamente una relación de exclusión entre ellas, contradiciendo el