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Teología del evangelio de san Juan

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Un breve apartado sobre “la teología del cuarto evangelio”, en una introducción al mismo, no puede aspirar a ser una síntesis com- pleta de la doctrina del evangelista. Por esta razón, nos limitaremos a señalar sólo las pistas más relevantes del pensamiento teológico del evangelio de Juan.

1. ¿QUIÉN ESDIOS?

El evangelio de san Juan –se puede afirmar– es por antonomasia “el evangelio de la revelación de Dios como Padre”, y Padre del Verbo encarnado: Jesús2.

Desde el himno al Verbo hecho carne se encuentra ya la identi- ficación de Dios con la persona del Padre y Padre del Verbo, Jesu- cristo: “Y el Verbo se hizo carne y puso su morada entre los hombres, y

hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Único engendrado, lleno de gracia y de verdad” (1,14). Y “la gracia y la verdad nos han llegado por Jesu-Cristo” (1,17).

A partir del capítulo primero, el evangelista va descubriendo poco a poco al Dios de la Escritura como “Padre” y “el Padre de Je- sús”, hasta llegar a la culminación de su revelación en los discursos de despedida, en donde el título “Padre” es mencionado hasta 51 veces (Jn 13,31–17,25).

Íntimamente vinculado con el Padre aparece en el evangelio de Juan “el Paráclito, el Espíritu de la verdad, el Espíritu Santo”, que procede del Padre, y que el Padre dará y enviará a los discípulos de Jesús (Jn 14,17.26; 15,26). Desde esta perspectiva, el evangelio de Juan se revela esencialmente trinitario.

2La palabra “Padre” se registra en el evangelio unas 119 veces, en tanto

que la palabra “Dios” aparece sólo en unas 70 ocasiones. S. Carrillo, “El Padre en el evangelio de san Juan”, en íd., El Padre en la revelación bíblica, Dabar, México 1999, pp. 81-124.

2. ¿QUIÉN ESJESÚS?

El cuarto evangelio se presenta esencialmente como un evan- gelio “cristológico”. Todo él constituye una revelación de quién es Jesús. Su persona está en el centro de su teología3.

Jesús aparece desde el himno inicial como Alguien en relación con Dios. En efecto, Jesús es el Verbo eternamente existente en Dios, y él mismo es Dios (1,1); ese Verbo se hizo carne para habitar en medio de los hombres (1,14); es el Unigénito-Dios que está en el seno del Padre (1,18).

En el cuerpo del evangelio, Jesús aparece ante todo como el Hijo de Dios. Dios es nombrado “Padre” en relación a Jesús 98 veces, y Jesús es llamado “Hijo” 25 veces. Siendo el Hijo uno con el Padre- Dios, no es raro que en varias ocasiones Jesús se proclame en forma absoluta “Yo Soy”, atribuyéndose así el equivalente del nombre di- vino y situándose en el mismo nivel del Dios “Que Es” (8,24.28.58; 13,19; Is 43,10.25; 45,18).

Jesús es también el Hijo del hombre (13 veces), es el Mesías-Rey, el Ungido-Cristo anunciado en la Ley y en los Profetas (1,41.45; 4,26; 20,31); es el Maestro y el Señor (13,13; 20,28).

Finalmente, a lo largo del evangelio Jesús se presenta con siete títulos que manifiestan sus funciones salvíficas en relación a los hombres: “Yo soy el pan de la vida” (6,35.51); “Yo soy la luz del mundo” (8,12); “Yo soy la puerta” (10,7.9); “Yo soy el buen pastor” (10,11.14); “Yo soy la resurrección y la vida” (11,25); “Yo soy el camino y la verdad y la vida” (14,6); “Yo soy la vid verdadera” (15,1.5).

Para completar esta visión del misterio de Jesús es necesario alu- dir a sus relaciones con el Espíritu de Dios. El Espíritu Santo es mencionado trece veces en estrecha relación con Jesús: o que lo re- cibe, o que lo promete, o que lo entrega (1,32.33; 3,5.6.8.34; 7,39; 14,17.26; 15,26; 16,13; 19,30; 20,22).

3. JESÚS,EL CORDERO DE DIOS

Es impresionante cómo la presentación primera que el evan- gelista ofrece de Jesús es como “el Cordero de Dios que quita el peca-

do del mundo” (1,29). La riqueza de este símbolo, uno de los prin-

cipales en la cristología de Juan, sólo es perceptible a la luz de la revelación del Antiguo Testamento.

En efecto, Juan ha fusionado en una sola realidad la imagen del Siervo sobre quien Yahveh puso su Espíritu (Is 42,1) y sobre quien

“descargó la culpa de todos nosotros y el pecado de muchos” (Is 53,6.12),

y la del Cordero expiatorio, víctima de expiación por los pecados (Lv 14,12ss). Además, Juan descubrirá que Jesús es el nuevo Cor- dero de Pascua, símbolo de la liberación de Israel, cuya inmolación en la cruz coincidirá con el momento mismo en que se sacrificaban las víctimas pascuales en el templo de Jerusalén (19,14), y a quien no se le debería romper ningún hueso (Jn 19,36). Parece, finalmen- te, que tras esta presentación de Jesús-Cordero que quita el pecado del mundo, Juan piensa en la víctima cuyo sacrificio sella la nueva Alianza anunciada por los profetas (Jr 31,31.34).

4. ELESPÍRITUSANTO,PRINCIPIO DE PURIFICACIÓN

Pero ¿cómo quita el pecado del mundo? Este misterio de puri- ficación es puesto de manifiesto cuando el evangelista escribe: “El

que me envió a bautizar en agua, ése me dijo: ‘Sobre quien vieres al Espíritu descender y posarse sobre él, ése es el que bautiza en Espíritu Santo’” (1,33). Bautizar es lavar, limpiar, purificar. ¿Cómo purificará

Jesús en Espíritu Santo?

La respuesta se obtiene acudiendo a ciertos textos clave del AT, particularmente de Ezequiel, quien nos da la formulación más pre- cisa: “Os daré un corazón nuevo y pondré en vosotros un espíritu nue-

vo... Pondré dentro de vosotros mi Espíritu y os haré ir por mis man- damientos... y seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios” (Ez 36,26-27;

cf. Is 32,15-19; 44,3-5).

La misión, pues, de Jesús-Mesías, el Siervo de Dios, será purifi- car, lavar, bautizar a los hombres en ese Espíritu, con ese Espíritu, mediante ese Espíritu, con la donación y efusión de ese Espíritu di- vino.

5. LA DONACIÓN DELESPÍRITU Y LA GLORIFICACIÓN DEJESÚS

Pero esa donación estaba condicionada a la glorificación de Je- sús. Así lo expresa claramente Juan en el pasaje en el que presenta a Jesús diciendo: “Si alguno tiene sed, que venga a mí y que beba el que

cree en mí”. Y comenta: “Como dijo la Escritura: ‘De su vientre corre- rán ríos de agua viva’. Esto lo dijo del Espíritu que iban a recibir los que habían creído en él, pues todavía no había Espíritu, porque Jesús aún no había sido glorificado” (Jn 7,37-39).

A la luz de este texto no es difícil encontrar, además del signi- ficado llano, el sentido profundo y simbólico de dos expresiones en el relato de la exaltación de Jesús en la cruz: primero, en el mo- mento de expirar; segundo, cuando brota agua del costado de Jesús muerto.

Juan ha escogido bien los términos para depositar en ellos un sentido profundo, cuando escribe “Y, habiendo inclinado la cabeza,

entregó el Espíritu”. Es una expresión ambivalente: en el sentido

obvio, Jesús expira, entrega el hálito vital, muere; en el sentido profundo, Jesús entrega, da, comunica al mundo el Espíritu, el don de Dios que ha conquistado con la donación voluntaria de su vida.

Y respecto al agua brotada del costado de Jesús muerto, es tam- bién una referencia al Espíritu, ya que en el cuarto evangelio el agua es símbolo del Espíritu (1,32-33; 3,5.8; 4,10.23; 7,37-39). En nues- tro texto, el agua que brota del costado de Jesús es el símbolo del Espíritu que procede de Jesús glorificado (19,34). Es fácil descubrir alusiones discretas al sacramento del “bautismo-nacimiento de lo Alto” en las referencias al Espíritu, simbolizado en el agua que da Jesús.

Desde esta perspectiva, cobra todo su sentido la acción simbóli- ca y eficaz de Jesús resucitado, que sopla sobre sus apóstoles la tarde del domingo de su resurrección y les dice: “Recibid al Espíritu Santo:

a quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos” (20,22-23). El soplo material es un

símbolo del don del Espíritu que Jesús comunica como fruto de la obra salvífica que el Padre le ha encomendado.

Es también el cumplimiento de otra promesa: “Os conviene que

yo me vaya, porque si no me voy el Paráclito no vendrá a vosotros, pero si me voy os lo enviaré” (16,7). En ese momento comenzó una nue-

va creación. El soplo de Jesús es un eco del soplo divino sobre el pri- mer hombre (Gn 2,7). El Espíritu de Dios viene nuevamente, pero ahora enviado también por Jesús, para dar al mundo vida, vida nue- va, vida eterna, vida divina, la vida que brota del Padre y que ha comunicado al Hijo en plenitud (Jn 5,21.26; 6,54; 10,10).

6. ELESPÍRITU,FUENTE DE VIDA ETERNA Y PRINCIPIO DE ADORACIÓN ALPADRE

El agua que Jesús promete a la samaritana es símbolo del Espíritu Santo. Esa agua viva, arcana por su origen, puesto que no viene de un pozo, sino que Jesús la da, es también misteriosa por su natura- leza, pues es “el don de Dios” que quitará la sed para siempre; más aún, se convertirá en quien la beba en una fuente brotante de vida eterna (4,10-14). Ese don de Dios está en el creyente como princi- pio dinámico de un culto nuevo y auténtico, propio de la era me- siánica instaurada por Jesús. Es lo que proclaman las palabras de Je- sús: “Pero llega una hora, y ahora es cuando los verdaderos adoradores

adorarán al Padre en Espíritu y Verdad” (4,23).

7. JESÚS:NUEVA ESCALA,NUEVO ALTAR,NUEVA CASA DEDIOS

Desde el principio del evangelio, Jesús dice a Natanael: “En

verdad, en verdad os digo: Veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre” (1,51). El texto alude al pasa-

je de Jacob en Betel (Gn 28,11-19) y enseña que, en la era mesiá- nica, Jesús mismo será el nuevo Lugar, el auténtico Bet-El (= Casa de Dios y Puerta del cielo) sobre el que los cielos se han abierto. Él será la piedra ungida, el altar donde se localice ahora la presencia divina y los hombres podrán ver a Dios. Él será, finalmente, la nue- va escala que establecerá la comunicación fácil y segura entre Dios y los hombres.

Es lo mismo que Jesús quiso decir cuando pronunció aquella pa- labra enigmática: “Destruid este santuario y en tres días lo levantaré” (2,19), a propósito de lo cual comenta el evangelista: “Pero él ha-

blaba del santuario de su cuerpo” (2,21-22). En la era nueva, en los

tiempos mesiánicos, el nuevo templo –más aún, el nuevo santua- rio, el auténtico y verdadero– es el cuerpo glorificado de Jesús. A él hay que acudir para encontrar a Dios, pero no el Dios del Antiguo Testamento, sino el Dios que Jesús nos ha revelado: “el Padre”.

Por eso, con toda razón, a Felipe, que le instaba a Jesús: “¡Se-

ñor, muéstranos al Padre y nos basta!”, el Maestro le responde: “¿Tanto tiempo ha que estoy con vosotros y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí ha visto al Padre” (14,8-9). Al Padre, pues, se

le encuentra en Jesús. Y la razón última de esto es porque, como él ha dicho, “¡yo y el Padre somos uno!” (10,30), y “creed en las obras

para que sepáis y conozcáis que en mí está el Padre y yo en el Padre”

(10,38). Por eso, si por una parte Jesús es “el camino” y nadie va al Padre sino por él (14,6), por otra él afirma: “Nadie puede venir a mí

si el Padre que me envió no lo atrae” (6,44.65).

8. LA MISIÓN DEJESÚS ES OBRA DELPADRE

Esta unión tan estrecha hace que la misión de Jesús no sea sino la obra misma del Padre (4,34; 5,36; 17,4). Si el Padre y Jesús son uno, de ahí se sigue que el mensaje, la doctrina, las palabras de Je- sús, sean las palabras del Padre: “Yo no hablé de mí mismo, sino que el

Padre que me envió me ordenó qué decir y qué hablar, y yo sé que su mandato es vida eterna. Así pues, lo que yo hablo, como me lo ha dicho el Padre, así lo hablo” (12,49-50; cf. 8,55; 14,10).

Siendo así, se comprende que “si alguno guarda mi palabra, no

gustará la muerte jamás” (8,52), y que los verdaderos discípulos de

Jesús serán aquellos que permanezcan en su palabra (8,31), y por ellos Jesús elevará su oración sacerdotal: “Yo les he dado tu palabra...

Santifícalos en la Verdad. Tu Palabra es Verdad. Por ellos yo me santi- fico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en verdad”

(17,14-19).

Para Juan, Jesús es la Palabra del Padre y es la Verdad del Padre. Por tanto, lo que Jesús afirma es que, al darles a sus discípulos la Pa- labra del Padre, se ha dado a sí mismo, y su oración es que el Padre se digne consagrarlos en la Verdad –o sea, en Jesús mismo, que es la Verdad– como Jesús se santifica, esto es, se consagra al Padre en favor de ellos, es decir, que se separa del mundo y se da y se ofrece voluntariamente en sacrificio para bien de ellos.

9. LA EXALTACIÓN DEJESÚS EN LA CRUZ Y SU GLORIFICACIÓN, CORAZÓN DEL PLAN SALVÍFICO DEDIOS

Aquí se conecta otra idea: la del regreso de Jesús a su Padre a tra- vés de la entrega de su vida en la cruz y la recuperación de la misma por su resurrección y ascensión. Con esto tocamos el punto central de la misión de Jesús y el corazón del plan salvífico de Dios.

Jesús, el Hijo de Dios, vino al mundo porque el Padre lo envió a cumplir una misión, a realizar una obra: “Por eso el Padre me ama,

porque yo doy mi vida para tomarla de nuevo. Nadie me la quita, sino que yo la doy por mí mismo. Tengo poder para darla y tengo poder para

tomarla de nuevo. Este mandato recibí de mi Padre” (10,17-18). Y “su mandato es vida eterna” (12,50).

¿Y por qué da su vida y la vuelve a tomar? Porque Jesús es el pas- tor bueno que entrega su vida por sus ovejas (10,11), para que “ellas

tengan vida y la tengan en abundancia” (10,10). Y él les puede comu-

nicar esa vida porque él mismo es la vida, fuente de la vida, la luz del mundo que proyecta vida (8,12; 9,5; 12,35-46; 14,6), y “como el

Padre tiene vida en sí mismo, así también dio al Hijo tener vida en sí mismo” (5,26). No es de maravillar, por tanto, la solemne afirmación

de Jesús a Marta: “Yo soy la Resurrección” (11,25). Él es la resurrección justamente porque es la Vida, y así puede agregar: “El que cree en mí,

aunque muera, vivirá, y todo el que vive y cree en mí no morirá eterna- mente” (11,25-26).

Pero todo este plan de oblación y de entrega, de donde brotará la vida, está pendiente de un momento determinado que Jesús gusta llamar repetidamente su “hora”, hora para la cual ha venido y que el Padre le ha determinado (12,27); hora en la que le tomarán para darle muerte en la cruz (7,30; 8,30; 12,32), pero una muerte que será “exaltación y glorificación del Hijo del hombre” (12,23.32; cf. 8,28-29), porque no será sino “su paso de este mundo al Padre” (13,1).

Pero no solamente glorificación del Hijo, sino también glorifi- cación del Padre. Por eso exclamó dirigiéndose a él: “¡Padre, ha lle-

gado la hora! Glorifica a tu Hijo para que el Hijo te glorifique a ti!”

(17,1). Y en otro sitio: “¡Padre, glorifica tu nombre!”. Vino entonces una voz del cielo: “Y lo he glorificado y de nuevo lo glorificaré” (12,28; cf. 8,28-29; 13,31-32). El Padre será glorificado con la muerte y glorificación del mismo Jesús. Eso será la manifestación estupenda del amor que el Padre tiene al mundo.

Con esto tocamos uno de los textos más ricos sobre el misterio de Jesús, Hijo del hombre, exaltado en la cruz: “Y como Moisés le-

vantó la serpiente en el desierto, así es preciso que sea levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en él tenga vida eterna. Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio al Hijo unigénito para que todo el que crea en él no perezca, sino tenga vida eterna”

(3,14-16).

Este texto es un condensado del plan salvífico decretado por Dios desde la eternidad, y del que había hecho un anuncio oscuro en la serpiente de bronce levantada en un mástil ante cuya vista

podían mantener la vida los mordidos por las serpientes del de- sierto (Nm 21,9).

Pues bien, la muerte de Jesús en la cruz no es un acontecimiento accidental e imprevisto, sino que obedece a una “necesidad” del plan divino: “es preciso”, dice el texto. Pero esa muerte es una “ele- vación”, una “exaltación”, fuente de glorificación para el Padre y para el mismo Jesús (12,23.28). Y ese misterio de muerte-exaltación lleva una finalidad: dar vida eterna. Con una condición: “creer en Jesús”, aceptarlo y entregarse, sabiendo que quien cree en Jesús no cree en él, sino en el que lo envió, y que quien ve a Jesús ve al que lo envió (cf. 12,44-45).

Pero la razón última que explica satisfactoriamente la “exalta- ción en la cruz” es el amor con el que Dios ha amado de tal mane- ra al mundo que le ha hecho el regalo de su Hijo unigénito. ¡El Hijo de Dios elevado en la cruz es el don espléndido del amor del Padre a la humanidad entera! Hay más: el elevado en la cruz es el Hijo unigénito, sí, pero también es el Hijo del hombre, es decir, un hom- bre para todos los hombres, un hermano para todos los hermanos. De este principio brotan dos consecuencias fundamentales: el uni- versalismo de la salvación y el “nuevo hombre”.

10. UNIVERSALISMO DE LA SALVACIÓN

La humanidad entera es el objeto del amor del Padre y de la obra salvífica de Jesús. Esparcidas a través del cuarto evangelio encon- tramos expresiones que subrayan ese universalismo. Juan Bautista dice al presentar a Jesús: “¡He aquí el Cordero de Dios que quita el

pecado del mundo!” (1,29), esto es, el pecado como tal, en su totali-

dad y en su universalidad.

Los samaritanos confiesan: “Éste es verdaderamente el Salvador del

mundo” (4,42). Jesús mismo dice: “Tengo otras ovejas que no son de este aprisco (Israel); a éstas también es preciso que yo las guíe, y oirán mi voz y se hará un solo rebaño y un solo pastor” (10,16).

Pero ese universalismo salvífico estaba pendiente de la donación de su vida. Ya el evangelista descubre en la palabra del sumo sacer- dote: “Os conviene que un solo hombre muera por el pueblo y no que pe-

rezca toda la nación” (11,50), una profecía según la cual “Jesús iba a morir por la nación, y no sólo por la nación, sino también para congre- gar en uno a los hijos de Dios dispersos” (11,51-52).

Y Jesús mismo lo anuncia cuando dice: “El pan que yo daré es mi

carne por la vida del mundo” (6,51). Y el domingo de las palmas pro-

clama solemnemente la fecundidad de su inmolación en la cruz:

“En verdad, en verdad os digo: Si el grano de trigo caído en la tierra no muere, queda él solo; pero si muere, produce mucho fruto... Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será arrojado

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