E
ste colectivo se encuentra más a gusto detrás del telón. Sienten gran curiosidad y cuchichean entre ellos todo lo que ven. Miran. Acechan. Rumorean. Nunca se pro- nuncian abiertamente, esperan que sean otros los que levanten la voz. Los co(ba)rderos padecen una enfer- medad principal, el miedo:-Miedo a perder su posición. -Miedo a perder su autoridad. -Miedo a perder amigos.
-Miedo a que se desprestigie su imagen.
-Miedo a que se les señale con el dedo.
-Miedo a que se les note el miedo. -Miedo a que no les quieran. En ellos se encierra el pánico que les produce dar la cara.
Los co(ba)rderos, si alguna vez salen a la luz –cosa rara– lo hacen de dos en dos, cogidos de la mano para no per- derse por el camino y, cuando dan su opinión, lo hacen en nombre de todos, como resguardándose de los posibles comentarios adversos. Pero, como digo, raras veces se hacen notar. Esto, sin embargo, no quiere decir que no tengan criterio. Los tie- nen y los esconden. Lo que expresan por su boca no es precisamente lo que creen.
A los co(ba)rderos, ese otro colectivo que habita entre nosotros sumidos en la pasividad, les gusta enterarse de todo aquello que se trama. Dicen no saber nada del asunto en cuestión y escuchan con interés lo que se cuenta para ir luego, corre que te corre, a los suyos, los demás co(ba)rderos del re- baño que permanecen escondidos y pastan a escondidas, se reúnen a es- condidas y, al terminar, se despiden en silencio, como deslizándose entre las sombras para pasar desapercibi- dos. Hasta las miradas con las que vi- gilan son sigilosas.
Los co(ba)rderos se crían y se atraen entre ellos como imanes.
La mejor táctica de la que presumen es la de azuzar a los valientes para que hablen por ellos, como quien dice, tiran la piedra y esconden la mano, ¡ay, porque yo no sé!, ¡ay por- que se me da muy mal!, ¡ay porque tú eres más inteligente!, ¡ay porque te admiro!, ¡ay porque no sé cómo de- cirlo!, ¡ay porque tú te explicas mejor!, ¡ay porque tú tienes la suerte de enterarte de todo!
Los co(ba)rderos tienen sus influen- cias, ahí, tan poquita cosa como pare- cen, van contagiando su enfermedad de boca en boca y por lo bajini. Es así como se forman los grandes pastiza- les de su casta, donde, amparados por un toldo espeso de falsa pulcri- tud, acampan a sus anchas. En cuanto acaban de comerse el pasto fresco, lo único que dejan a su alrededor son sus propios excrementos. Vamos, que ni los más pintados se atreven a pisar su terreno por miedo a pringarse. Si una imagen vale más que mil pala- bras, el silencio de estos encierra la valía peyorativa al menos de 3000, ta- sando a la baja.
¡Cuánto esconden y cuánto silencio abrigan! ¿Les vale la pena consumir la vida sin que se les pueda poner cara?
R Espiritualidad
EL SILENCIO
DE LOS CO(BA)RDEROS
PROTESTANTE DIGITAL Isabel PavónEscritora y parte de la Junta de ADECE (Alianza de Escritores y Co- municadores Evangélicos).
Tan poquita cosa como parecen, van contagiando su enfermedad de boca en boca y por lo bajini.
"Lo más atroz de las cosas malas de la gente mala es el silencio de la gente buena". Mahatma Gandhi
Espiritualidad
Juan Ramón Junqueras
Licenciado en Teología, es- pecializado en medios de comunicación. Escritor.
A
veces me pregunto cómo me gustaría ser recordado cuando ya no esté. Y pienso que, aunque ya no podré escucharlo, me agradaría que alguien sincero pudiera decir "Fue un hombre que quiso cambiar".Hay una gran diferencia entre lo que somos y lo que nos gustaría ser. Esta diferencia puede sumirnos en una paralizante sensación de fra- caso, o darnos el mejor motivo para ponernos en las manos de Dios, para dejarle que vaya haciendo en nosotros —a veces "a pesar de nos- otros"— milagros tan grandes como una resurrección.
Nadie puede cambiar del todo. Ni siquiera con la ayuda de Dios, pues nuestra aceptación de la misma es, como poco, precaria. Estamos de- fectuosos. Por mucho que nos es- forcemos, incluso por claro que ten- gamos que es Dios quien nos cam-
bia, nunca lo lograremos comple- tamente. La transformación humana a imagen y semejanza de Dios será siempre penúltima aquí. Pero eso no debe desesperarnos, ni puede hacer que nos abandonemos a nues- tros impulsos espurios. Porque el creyente sabe que su propia trans- formación, siempre paulatina y mu- chas veces intermitente, no se pro- duce para su salvación —pues no depende de él— sino para sembrar felicidad y luz entre los que lo ro- dean. Y esa es una misión ante la que los cristianos no tenemos dere- cho a bajar los brazos.
Dejarnos transformar para que otros tengan también la oportunidad de hacerlo. Ser portavoces de la feli- cidad de Dios, pero no voceándola sino viviéndola. Ese es el verdadero evangelismo. Todo lo demás corre el riesgo de ser proselitismo y pro- paganda. R
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