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E

n el hinduismo y en ciertas culturas asiáticas se en- tiende por chakras a unas zonas energéticas situadas en diferentes partes sutiles del cuerpo humano. Esta dimen- sión energética del cuerpo es llamada kama rupa (“forma del deseo”) o linga sharira (“cuerpo simbólico”). Ahí se concentra la energía o prana. Hay siete zonas o chakras.

El chakra 1º, llamado muladhara, se localiza entre el ano y los genitales y tiene que ver con la supervivencia y necesidades físicas. El chakra 2º, swadhisthana, se sitúa en el abdomen in- ferior, entre el ombligo y los genitales y está relacionado con el equilibrio emocional y la sexualidad. El chakra 3º, manipura, entre el ombligo y la base del esternón, tiene que ver con el poder personal y la fuerza de voluntad. El chakra 4º, anaha-

ta, centro del pecho, con el amor y las relaciones, el chakra 5º,

centrado en la base del cuello, vishuddha, se relaciona con la comunicación y la autoexpresión, el chakra 6º, por encima del entrecejo, ajna, con la intuición y la sabiduría, y finalmente el chakra 7º, parte superior de la cabeza, llamado sahasrara, está relacionado con la espiritualidad.

Según se asciende, puede observarse, parcialmente, una correspondencia con la Pirámide de necesidades de Maslow. Vemos que el último chakra, que identificamos en la pirámide

con el de autorrealización, es el de la dimensión espiritual. Para un desarrollo completo debe existir un equilibrio energético en cada chakra, cuando no hay equilibrio aparecen las disfuncio- nes y patologías.

Veamos a continuación un método energético que opera en el equilibrio y desarrollo espiritual del individuo a partir del trabajo en cada zona pránica o chakra.

El Reiki fue descubierto –o mejor dicho, redescubierto- por el maestro japonés Mikao Usui, en el siglo XIX, y es, en esen- cia, un método de sanación energética por aplicación de manos. Las manos canalizan la energía universal, sirven de canal para

dirigirla al individuo. La palabra japonesa Reiki está compuesta por dos sílabas. “Rei” significa “universal” y “ki” “energía”. Es, por tanto, una práctica espiritual en la que se ‘mueve’ la energía, la cual sana –equilibra, potencia- al individuo.

El maestro Usui estableció un código ético basado en cinco sencillos -pero ricos- principios: “Sólo por hoy: no te enfades, no te preocupes, da gracias, trabaja honestamente, sé amable.”

El practicante Reiki es iniciado por un maestro. Existen tres niveles, que básicamente son: 1º sanación por las manos, 2º sa- nación a distancia, 3º maestría.

Quizá, el primer prácticamente y maestro de Reiki fue Je- sucristo, quien, como cuentan las leyendas bíblicas, sanaba a través de sus manos.

Yo considero esta práctica realmente poderosa y efectiva, y existen multitud de testimonios de personas que se han sanado, aliviado su dolor o que han adquirido mayor conciencia espiri- tual. La práctica de esta técnica, es, en sí misma, una medita- ción. Bien personal, ya que uno puede hacer autoaplicación, o bien compartida, a través de la imposición de manos del practi- cante o maestro a otra persona. Se aconseja, como en la medi- tación, evitar las ideas mentales, trabajarlo con quietud mental, pero, en definitiva, la energía actúa por sí sola ya que, como hemos dicho, el practicante sólo es un canal, entre la energía universal y el cuerpo al que se aplica.

Conocí el Reiki a los 7 años de edad, me inicié a los 13 y recibí la Maestría a los 16, en el año 1999. Prácticamente desde que tengo uso de razón he estado en contacto con el Reiki y su maravillosa filosofía. Me ha ayudado mucho a crecer espiri- tualmente y me ha dado la oportunidad de ayudar a los demás. Es cierto que a veces nos centramos demasiado en querer ayu- dar a los otros y nos olvidamos de nosotros mismos, algo que sin duda es un gran error.

budismo y del yoga. Por tanto debemos tener en cuenta que cuando se envía Reiki a otra persona uno mismo también se está sanando, está creciendo enormemente.

La segunda matización es que la ayuda a uno mismo, es decir, el amarse así mismo, es la premisa fundamental para la entrega. Pero este amor a uno mismo no debe entenderse como un amor al Ego sino algo que va más allá... es un amor a la Vida y al Ser. Como explica el budismo el Yo es una ilusión y el Ser Verdadero no entiende de identificaciones egotistas. Si nos cuesta abrir para nosotros mismos ese canal de energía del que somos portadores, lo más conveniente sería que reflexionáse- mos sobre el Yo. A veces nos cuesta darnos amor a nosotros mismos porque realmente no sabemos quiénes somos ni qué función nos corresponde en este Plan Universal.

Todos los seres forman parte de una misma Consciencia, la cual está en constante proceso de evolución. Nuestra naturale- za fluye por sí misma (‘prakiti’ en sánscrito), nosotros partici- pamos de esa energía activa de la Consciencia Divina (‘shakti’ en sánscrito). Como dijo Krishnamurti ‘la inteligencia es la ca- pacidad de abordar la vida como una totalidad’, más allá del Yo, más cerca del Todo. Y Krishnamurti agrega ‘el temor es una de las barreras para la inteligencia’. Es decir, nos cuesta concebir esa Totalidad de la que formamos parte porque sentimos mie- do irracional de nuestra propia existencia. Sería conveniente investigar en profundidad tres conceptos fundamentales: el Yo o Ego, el temor y el deseo. Cuando somos capaces de eliminar el temor y el deseo desaparece el Ego y nos abrimos al Ser.