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Teoría del empleo, el dinero, el interés y el proceso capitalista:

el caso miseano contra Keynes

Mi objetivo principal es el de aportar algunas verdades básicas respecto del proceso de desarrollo económico y el papel jugado por el empleo, el dinero y el interés. Tales verdades no son originarias de la Escuela Austríaca de economía, ni son parte integral de su tradición de pensamiento económico exclusivo. De hecho, muchas de ellas vinieron a formar parte de una parcela de lo que hoy se denomina economía clásica, y era el reconocimiento de su validez lo que distinguía a los economistas de los lunáticos. Y, sin embargo, la Escuela Austriaca, en particular Ludwig von Mises y, posteriormente, Murray N. Rothbard, han sido los que han presentado de forma más clara y completa estas verdades.0 Más aún, han presentado su defensa más rigurosa al mostrar que éstas se pueden deducir de proposiciones básicas e incontestables (como que el hombre actúa y que éste sabe lo qué significa actuar) para establecerlas como verdades cuya negación no sólo sería totalmente incorrecta, sino que equivaldría también a caer

0[Una versión ligeramente diferente apareció en Dissent on Keynes:

A Critical Appraisal of Keynesian Economics, editado por Mark Skousen

(New York: Praeger, 1992).] Véase en particular Ludwig von Mises,

Human Action (Chicago: Regnery, 1966); Murray N. Rothbard, Man, Economy, and State (Los Angeles: Nash, 1970).

en contradicciones y absurdos lógico-praxeológicos.0

Primero, reconstruiré sistemáticamente la teoría austriaca del desarrollo económico. Luego, analizaré la “nueva” teoría de Keynes que pertenece, como él mismo no puede evitar reconocer, a la tradición de la economía “marginal” (como el Mercantilismo) y la de los economistas locos (como Silvio Gesell).0 Mostraré que la nueva economía de Keynes también es otra locura: un tejido de falsedades lógico-praxeológicas alcanzadas a través de una jerga retorcida, definiciones cambiantes e inconsistencias lógicas, intentando crear una mentalidad anticapitalista, en 0Véase sobre las bases de la economía Ludwig von Mises, Epistemological Problems of Economics (New York: New York University Press, 1981); idem, Theory and History (Auburn, Ala.: Ludwig von Mises Institute, 1985); idem, The

Ultimate Foundation of Economic Science (Kansas City:

Sheed Andrews and McMeel, 1978); Murray N. Rothbard,

Individualism and the Philosophy of the Social Sciences

(San Francisco: Cato Institute, 1979); Hans-Hermann

Hoppe, Kritik der kausalwissenschaftlichen Sozialforschung.

Untersuchugen zur Grundlegung von Soziologie und Ökonomie (Opladen: Westdeutscher Verlag, 1983); idem, Praxeology and Economic Science (Auburn, Ala.: Ludwig

von Mises Institute, 1988). Sobre el enfoque de la economía que compite con ella, la de la economía positivista, según la cual las leyes económicas son hipótesis sujetas a

confirmación empírica y falsación (como las leyes físicas), véase Milton Friedman, “The Methodology of Positive

Economics,” in idem, Essays in Positive Economics

(Chicago: University of Chicago Press, 1953). 0John Maynard Keynes, The General Theory of

Employment, Interest, and Money (New York: Harcourt,

contra de la propiedad privada y la burguesía.

I.

1. EL EMPLEO

“El desempleo en el libre mercado es siempre voluntario.”0 El hombre trabaja porque prefiere sus resultados de forma anticipada frente al placer derivado de no trabajar y el ocio. Éste “deja de trabajar en ese punto en el cual comienza a valorar el ocio, la ausencia de utilidad del trabajo, más intensamente que el incremento de satisfacción esperado por trabajar más.”0

No cabe duda, pues, Robinson Crusoe, el productor autosuficiente, sólo puede estar desempleado voluntariamente (al preferir permanecer en pausa y consumir bienes presentes en vez de emplear un tiempo adicional de trabajo en la producción de bienes futuros).

La situación tampoco cambia cuando Viernes entre en escena y surge una economía de propiedad privada basada en el reconocimiento, tanto de los derechos de propiedad de cada persona sobre aquellos recursos que éstas hayan reconocido como escasos, apropiándose de ellos por medio del trabajo (y de la apropiación originaría) antes que ningún otro lo hiciera, como sobre todos los bienes producidos a partir de los mismos. En esta situación no sólo se hacen posibles los tipos de cambio—precios—que permiten la compra o alquiler de servicios de trabajo. Habrá empleo siempre que el salario ofrecido sea más valorado por el trabajador que la satisfacción que se deriva de la autosuficiencia y la ausencia de 0Mises, Human Action, p. 599.

trabajo, consumiendo el hombre sus propios recursos (o apropiándose recursos que previamente poseían una utilidad marginal inferior). El empleo crecerá, y los salarios subirán, mientras los empresarios perciban la existencia de sueldos inferiores al valor del producto marginal del trabajo (una vez descontada la preferencia temporal)0 lo cual se espera producir por medio de un incremento de la fuerza de laboral. Por otro lado, habrá desempleo, y éste será cada vez mayor, mientras haya personas que valoren el valor del producto marginal fruto del auto-empleo más que un salario que refleje la productividad marginal de su trabajo.

En este modelo no hay lugar para tal cosa como el desempleo involuntario. Si bien por un lado el empleo siempre es voluntario, también lo es el desempleo (autoempleo).0

El desempleo involuntario sólo es lógicamente posible una vez la situación cambia de forma radical y se introduce una persona o institución que pueda ejercer un control sobre los recursos que éste no haya adquirido de un modo originario, o a través de intercambios voluntarios con los apropiadores originarios. Toda institución que sea ajena al mercado, al imponer, por ejemplo, un salario mínimo más alto que el valor de la productividad marginal del trabajo, puede impedir de modo efectivo que ocurran intercambios entre el proveedor de servicios laborales y el empresario que de otro modo habrían tenido lugar si estos hubieran tenido un control irrestricto sobre sus títulos de propiedad. El trabajador en potencia pasa ahora a estar desempleado muy a su pesar, y el posible empleador se verá forzado a llevar a cabo planes empresariales 0Sobre la preferencia temporal, véase la sección 1.3

menos productivos. De hecho, una institución ajena al mercado puede en principio crear cualquier cantidad de desempleo involuntario. Un salario mínimo, de digamos, un millón de dólares por hora, podría poner en el paro a cualquiera además de condenar al autoempleo y a morir de hambre a la mayor parte de la población.

En ausencia de una institución exenta de las 0La afirmación de que el desempleo involuntario es posible en el marco de una economía de propiedad privada viene caracterizada por una confusión lógico-conceptual de fondo: ésta ignora el hecho de que el empleo es un asunto entre dos partes; es decir, un intercambio que, como cualquier otro intercambio voluntario, sólo puede tener lugar si se considera beneficioso mutua y bilateralmente. No tiene más sentido clasificar a alguien como desempleado involuntario por no encontrar a nadie que quiera atender sus demandas de trabajo fijadas de forma unilateral que llamar a una persona que busca esposa, casa, o un Mercedes soltero, sin techo o peatón involuntario porque nadie quiera casarse con él, proveerle de casa o coche en los términos que esa

persona haya determinado de forma unilateral. Hacer eso

habría de resultar en una contradicción y el absurdo. Si aceptamos esto, también tendremos que aceptar, en tanto que la otra cara de la misma moneda, que el empleador boicoteador, la mujer, o el propietario de la casa o el Mercedes no contraten, se casen o vendan de forma involuntaria porque sus demandas unilaterales no encajen

con las del empleado, posible marido o posibles nuevos propietarios de la casa o el Mercedes. Más aún, si se

clasifica tanto al posible empresario como al trabajador de involuntario por no haber estos podido llegar a un acuerdo mutuo entre ambos, el crear “empleo voluntario” implicaría coaccionar a una o ambas partes para que acepten un intercambio cuyos términos uno o ambos no logran aceptar.

reglas del mercado, el desempleo involuntario es lógicamente imposible, y esto producirá una mayor prosperidad en vez de un mayor empobrecimiento. 2. EL DINERO

El Hombre participa en una economía de intercambios (en vez de permanecer en la soledad autosuficiente) mientras sea capaz de reconocer la mayor productividad de los sistemas de división del trabajo y éste prefiera más bienes a menos. De su participación en el mercado surge a su vez el deseo humano de adquirir un medio de pago (el dinero). De hecho, sólo si asumimos lo humanamente imposible (que el hombre tiene un perfecto conocimiento del futuro), es que no haría falta del empleo de dinero. Porque con todas las incertidumbres esclarecidas, en un tierra mítica en equilibrio perfecto, uno sabría con precisión las condiciones, fechas y localizaciones de todo intercambio futuro y todo podría estar predeterminado de antemano y, por lo tanto, estos tomarían la forma de intercambios directos en vez de indirectos.0 Pero si se tienen en cuenta los límites Por tanto, decir que el desempleo involuntario es posible en el libre mercado es decir que la coerción significa

voluntariedad, y la voluntariedad coerción, lo que es un sinsentido.

0Véase Mises, Human Action, pp. 244-50.En un sistema en reposo donde no se registran cambios o incertidumbre alguna sobre el futuro, nadie necesitaría dinero. Aquí cada individuo sabría qué cantidad de dinero necesitaría en cualquier fecha futura. Esto, por lo tanto, pone al hombre en un posición donde éste puede prestar todos los fondos que reciba de tal manera que los préstamos venzan justo cuando éste los necesite. (p. 249)

que constriñen a la naturaleza humana, el hombre siempre estará sujeto a la incertidumbre, lo que implica que toda acción posee una raíz especulativa, y demandará bienes no sólo por su valor de uso, sino también por su valor como medios de pago.

Si se le pone de cara frente a una situación donde la demanda de algunos bienes o servicios sea baja o inexistente, y donde no sea posible un intercambio satisfactorio debido al problema de la doble coincidencia de necesidades, el hombre siempre considerará la posibilidad de intercambiar bienes propios por bienes que sean más líquidos que los que éste entrega, tal que la posesión de esos bienes facilite la adquisición de otros bienes y servicios que sean útiles en el futuro.

Más aún, dado que la propia función del dinero como medio de cambio es la de facilitar la compra futura de bienes y servicios, el hombre siempre preferirá adquirirlos cuantos más líquidos estos sean, y en última instancia, mayor aceptación tengan, de tal forma que

siempre habrá una tendencia que hará que, dentro de la serie de bienes empleados como medios de cambio, los menos líquidos sean rechazados a favor de los más líquidos hasta llegar a una situación donde ya sólo quede un único bien que sea universalmente aceptado como medio de pago; en una palabra, el dinero.0

De camino hacia este objetivo último, al elegirse un tipo de dinero que cada vez sea más usado, la 0Ludwig von Mises, The Theory of Money and Credit

(Irvington, N.Y.: Foundation for Economic Education, 1971),

pp. 32-33; también Carl Menger, Principles of Economics (New York: New York University Press, 1981); idem, Geld, in Carl Menger, Gesammelte Werke, ed. F.A. Hayek

división del trabajo se amplifica y la productividad se ve incrementada.

No obstante, una vez un bien se ha establecido como medio de cambio universal, y los precios de todos los demás bienes se hallen expresados en función de este dinero (siendo el precio de la unidad monetaria su poder adquisitivo para comprar una serie de bienes no monetarios), el dinero ya no ejercerá una influencia sistemática en la división del trabajo, empleo y producción de los ingresos. Una vez éste se encuentre aceptado por todos, cualquier cantidad de dinero será compatible con cualquier cantidad de empleo e ingresos.0 De hecho, como se explica más arriba, en la tierra mítica del equilibrio perfecto no habría dinero, pero habría empleo e ingresos. Esto demuestra que el dinero, por un lado, y el empleo y los ingresos, por el otro, deben ser considerados conceptos lógico-praxeológicamente independientes. Por ejemplo, si aumenta la cantidad de dinero, permaneciendo todo lo demás igual, lo más probable es que esto tenga efectos redistributivos, dependiendo de cómo y dónde entrase el dinero en la economía; pero de igual manera, también es muy probable que esto no tenga ningún efecto sistemático en la cantidad de empleo y el tamaño del producto social del trabajo. Los precios

0Véase Rothbard, Man, Economy and State, pp. 669-71.Los bienes son útiles y escasos, y cualquier incremento en la cantidad de bienes es un beneficio social. Pero el dinero es útil, no de una forma directa, sino como medio de pago... Donde hay menos dinero, el valor de cambio de la unidad monetaria aumenta; cuando hay más dinero, el valor de cambio de la unidad monetaria cae. Debemos concluir que no existe tal cosa como “poco” o “demasiado” dinero, pues sea cual sea el stock

monetario de la sociedad ésta siempre maximizará su uso. (p. 670)

Véase también Murray N. Rothbard The Mystery of Banking (New York: Richardson and Snyder, 1983).

y los salarios subirán de forma general, y el poder adquisitivo de la unidad monetaria bajará en la misma medida. No obstante, esto no es cierto en lo tocante al empleo y el producto social del trabajo. Estos podrán permanecer igual o registrar cambios. Lo mismo cabe decir en relación a cambios en la demanda de medios de pago. Un incremento de la demanda de dinero (es decir, un mayor valor relativo del dinero adicional en comparación con otros bienes adicionales), cambiaría ciertamente los precios relativos; pero no implicaría nada en lo que al empleo y producto social respecta. Para equilibrar una mayor demanda de dinero con un stock dado, el nivel general de precios y salarios debe bajar, y el poder adquisitivo de la moneda debe subir, mutatis

mutandis. Pero no hay tazón para suponer que esto

tenga impacto en el empleo o los ingresos. Los salarios bajarán, pero de forma simultánea el poder adquisitivo del dinero subirá, dejando los salarios reales y el producto social real totalmente invariable.

El resultado no es diferente si se consideran los cambios en el lado no monetario. Permaneciendo todo lo demás constante, un incremento en la oferta de bienes y servicios, por ejemplo, trae consigo un incremento del poder adquisitivo del dinero; los precios caen. Esto reduce la cantidad de dinero demandado, porque el coste de atesorar dinero en vez de gastarlo en bienes no monetarios ha subido, y esta menor demanda de efectivo representa la tendencia opuesta hacia la subida de precios y una menor capacidad adquisitiva del dinero. Esto deja sin tocar al empleo o el producto social. Tampoco cambian las cosas si consideramos las previsiones. Las expectativas inflacionarias (o deflacionarias) reducen (o incrementan) la demanda de dinero de forma inmediata y, por lo tanto, aceleran el ajuste en

relación a aquello que se había anticipado; y si se ha anticipado mal (es decir, algo que no encaja con la realidad subyacente), entonces el proceso de ajustes auto-correctivos se ve acelerado a través de las expectativas. Pero ninguno de estos fenómenos monetarios tiene ninguna conexión sistemática praxeológica con el empleo o la producción en general, que pueden permanecer igual durante este tipo de cambios. Invariablemente, el dinero es “neutral” con respecto al empleo y el producto social del trabajo.

3. EL INTERÉS

El dinero es “neutro” con respecto al interés. Pero, el interés, a diferencia del dinero, está praxeológicamente relacionado con el empleo y el producto social del trabajo.

De la misma manera en que el dinero tiene su causa en la incertidumbre, el interés constituye el resultado de las preferencias temporales, que son tan esenciales para la acción como la incertidumbre misma (y en un sentido aún mayor que explicaré en breve). Al actuar, el individuo no sólo trata de sustituir un estado menos satisfactorio por otro más satisfactorio de forma permanente o demuestra una preferencia por obtener más en lugar de menos; éste está obligado a valorar sin reposo el tiempo que tardará en lograr sus metas en el futuro (es decir, el tiempo necesario para lograrlo), así como a tener en cuenta la durabilidad y periodos de vida de los bienes y servicios que éste adquiera, y así cada acción pone de manifiesto una preferencia general por bienes presentes sobre bienes futuros, y por los más duraderos en detrimento de los menos duraderos. Cada acción no puede lograr sus objetivos sino es a través del tiempo; y dado que el hombre a veces tiene que consumir y no puede renunciar del todo a

ello, éste siempre será escaso. Así pues, ceteris paribus, los bienes presentes siempre son, y deben ser, más valorados que los futuros.0 De hecho, si el hombre no estuviese limitado por sus preferencias temporales y su única limitación operativa fuese la de preferir más sobre menos, éste siempre elegiría aquellos procesos de producción que rindiesen los mayores resultados, sin importar el tiempo que se tarde para lograrlo. Por ejemplo, en vez de construir una red para pescar primero, Crusoe empezaría a construir un barco pesquero, ya que éste es un medio más eficaz para pescar. El hecho de que nadie, incluyendo a Crusoe, actúe de esta manera hace evidente que el hombre no puede evitar “valorar fracciones de tiempo de igual longitud de manera diferente según se hallen éstas más lejos o más cerca del instante en que el individuo tome la decisión”0

Entonces, limitado como está por preferencias temporales, el hombre sólo intercambiará un bien presente por un bien futuro si anticipa que con ello 0Sobre la teoría del interés basada en las preferencias temporales véase William Stanley Jevons, Theory of

Political Economy (New York: Augustus M. Kelley, 1965);

Eugen von Böhm-Bawerk, Capital and Interest, 3 vols. (South Holland, Ill.: Libertarian Press, 1959); Richard von Strigl, Kapital und Produktion (Vienna: Julius Springer, 1934 [Ingl. trad., Ludwig von Mises Institute, 1988]); Frank Fetter, Capital, Interest, and Rent (Kansas City: Sheed Andrews and McMeel, 1971); Roger Garrison, “In Defense of the Misesian Theory of Interest,” Journal of Libertarian Studies

3, no. 2 (1979); idem, “Professor Rothbard and the Theory of

Interest,” in Walter Block and Llewellyn H. Rockwell, Jr., eds., Man, Economy, and Liberty: Essays in Honor of

Murray N. Rothbard (Auburn, Ala.: Ludwig von Mises

Institute, 1988).

incrementará su cantidad de bienes futuros. La tasa de preferencia temporal, que puede variar en función del individuo y el instante, pero que es siempre positiva para todos, determina de forma simultánea el valor extra que los bienes presentes tienen sobre los futuros, así como la cantidad de ahorro y de inversión. El tipo de interés de mercado es la suma agregada de todas las tasas de preferencias temporales, y refleja, por así decirlo, la tasa social de preferencia temporal y equilibra el ahorro social (es decir, la cantidad de bienes presentes ofrecidos para el intercambio por bienes futuros) y la inversión social (es decir, la demanda de bienes presentes capaz de producir rendimientos futuros).

Es imposible que exista el crédito sin ahorro previo, es decir, sin la abstención de consumo de algún bien presente. Además, no puede haber demanda de crédito si nadie percibiese la oportunidad de emplear bienes presentes de forma productiva (es decir, invertirlos para producir una riqueza en el futuro que supere a la del presente). De hecho, si todos los bienes presentes fuesen consumidos y ninguno fuese invertido en procesos que conllevaran el empleo del tiempo, no existiría ni el interés ni la tasa de preferencia temporal, o el tipo de interés sería infinitamente alto, cosa que fuera del Jardín del Edén equivaldría a condenarnos a una vida primitiva de subsistencia al toparnos con la realidad sólo con las manos desnudas y el deseo de gratificación instantánea.

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