La delimitación en el cerebro de los centros de la sensación y el movimiento fomentó el desa- rrollo de la teoría sensorio-motora del sistema nervioso, de acuerdo con la cual éste es un sistema sensorio-motor reflejo, cuyos componentes se caracterizan por tener una función sen- sorial o motora (Danziger, 1982). De acuerdo con esta teoría, las funciones cognitivas superio- res de la corteza cerebral tienen una fuerte continuidad con las funciones sensorio-motoras inferiores del tallo cerebral y la médula espinal, pues son simplemente elaboraciones más com- plejas de las funciones sensorio-motor reflejas que se hallan en los seres humanos y los ani- males.
Tomas Laycock (1812-1876), profesor de medicina en la Universidad de Edimburgo, fue uno de los primeros en argumentar que los principios que rigen al sistema reflejo del tallo cerebral y la médula espinal deberían extenderse a la corteza cerebral:
El cerebro, aunque es el órgano de la conciencia, está sujeto a las leyes de la acción refleja y […] a este respecto, no difiere de los otros ganglios del sistema nervioso […] Los ganglios dentro del cráneo, al ser una conexión de la médula espinal, deben regularse necesariamente, lo mismo que su reacción en agentes externos, por leyes idénticas a las que rigen las funciones de los ganglios espina- les y a las funciones análogas en los animales inferiores.
—(On the reflex functions of the brain, p. 298). Hughlings Jackson, ex alumno de Laycock, consideró que la sensación y el movimiento eran los elementos básicos de la psicología humana y aseguró que se concretizan en la corteza cerebral como “disposiciones nerviosas que representan impresiones y movimientos” (1931, 1, p. 42). Sostenía que las funciones sensorio-motoras reflejas, antiguamente atribuidas exclusiva- mente al tallo cerebral y la médula espinal, deberían imputarse a la corteza, pues afirmaba que “los procesos sensorio-motores [reflejo] son el lado físico o […] forman el sustrato anatómico de los estados mentales” (1931, vol. 1, p. 49).
Jackson basó su teoría sensorio-motora en autopsias clínicas de afásicos y epilépticos, que revelaban varias formas de enfermedad o daño en la corteza cerebral. Aseveraba que todos los trastornos mentales generados por un padecimiento o un daño en la corteza cerebral, como la afasia, la epilepsia y el delirio, se deben a la “falta o desarrollo desordenado de los procesos sensorio-motores” (1931, 1, p. 26). En contraste con Broca, quien había afirmado que la afasia es un trastorno cognitivo, Jackson sostenía que es un trastorno motor, un defecto de “los movi- mientos articulatorios” (Young, 1990). Ferrier, quien buscó la “reproducción artificial de los
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experimentos clínicos producidos por la enfermedad” (1873, p. 30), se las arregló para generar las convulsiones de la epilepsia estimulando en forma directa el cerebro.
La identificación de los centros corticales de los procesos sensoriales y motores no exigía extender las modalidades de explicación sensorio-motora reflejo a las operaciones cognitivas de la corteza cerebral, o a la fuerte continuidad de las funciones cognitivas y sensorio-motoras que presuponía la teoría sensorio-motora del sistema nervioso. La localización de los centros sensoriales y motores en la corteza era congruente con la existencia de centros cognitivos dis- tintos. Fritsch y Hitzig afirmaban que las regiones frontales anteriores de la corteza son respon- sables del pensamiento abstracto y desempeñan un papel mínimo en el funcionamiento sen- sorio-motor, y Ferrier sostenía que son responsables de la concentración de la atención. Aunque la explicación mecanicista del comportamiento humano y animal minaba la explicación car- tesiana de la conducta voluntaria en términos de la acción libre de un alma inmaterial, era congruente con la explicación de Bain y Müller del comportamiento voluntario, no reflexivo, como conducta aprendida generada independientemente de la estimulación sensorial.
Sin embargo, muchos fisiólogos del siglo XIX adoptaron la teoría sensorio-motora refleja del sistema nervioso y reconocieron el reto que planteaba para las concepciones tradicionales sobre la mente, la conciencia y el comportamiento. Como lo dijera George Croom Robertson, editor de la revista Mind, la neuropsicología del siglo XIX estableció un conjunto de resultados experimentales “que psicólogos y fisiólogos deben tener en cuenta” (Robertson, 1877, p. 92). Muchos fisiólogos y psicólogos médicos del siglo XIX extendieron aquella explicación reflexiva para abarcar las operaciones cognitivas de la corteza cerebral, como la percepción, la memoria, la toma de decisiones, la resolución de problemas y la conducta propositiva, y concentraron sus investigaciones en modalidades de cognición y comportamiento inconscientes y automá- ticas, como la sugestión hipnótica y el sonambulismo. Por ejemplo, Laycock propuso explica- ciones en función de la idea de respuestas reflejas (si bien es cierto que bastante especulativas) de comportamientos complejos, intencionales pero automáticos como la histeria, la demencia impulsiva y la conducta religiosa extraña en términos de reflejos cerebrales (Danziger, 1982).
Comportamiento ideo-motor William Carpenter (1813-1885), profesor de fisiología en el University College de Londres fue autor del libro de texto Principios de fisiología humana (Princi- ples of Human Physiology, 1855), el cual ejerció una gran influencia y ayudó a establecer la fisio- logía como una disciplina autónoma en Gran Bretaña. Siguió a Hartley y Bain al postular que las leyes de la asociación conectan a las ideas con el comportamiento lo mismo que con otras ideas. Según Carpenter, las ideas asociadas con la conducta, o las ideas de comportamiento, llegan a generar éste como consecuencia de la asociación. Identificó una clase de conducta automática pero aparentemente deliberada y en la que mediaban las ideas, a la cual denominó comportamiento ideo-motor (Carpenter, 1874) y recurrió a la asociación para explicar la efi- cacia de la hipnosis y otras formas de sugestión, en las cuales las ideas generan automática- mente un comportamiento sin que el agente desee reaccionar de esa forma o sea consciente de la conexión entre la idea y la conducta. También introdujo la noción de elucubración incons- ciente (que Mill retomó al dar cuenta de la inferencia inconsciente en la percepción) para explicar la atención involuntaria, la resolución inconsciente de problemas y los sueños y las alucinaciones (Danziger, 1982). Su teoría de la sugestión proporcionó el argumento de La pie- dra lunar (The moonstone) de Wilkie Collins, la primera novela detectivesca británica (Reed, 1997).
Aunque afirmaba que ciertos comportamientos humanos son producto de la “autorregula- ción” de la voluntad, Carpenter insistía en que la acción de la voluntad depende por completo de los mecanismos reflejos que rigen el comportamiento ideo-motor. Para Carpenter, la volun- tad nunca inicia directamente la conducta, sino que actúa solamente por medio de la “dirección de la atención” (1874, p. 25), al concentrarse en ideas que la generan automáticamente. La aten- ción fortalece ciertas ideas a expensas de otras, y permite que los individuos determinen qué comportamientos automáticos entran en juego. En contraste, la falta de atención o la inade- cuada dirección de ésta (por ejemplo, concentrada en un libertinaje intencional) pueden ocasio- nar malos hábitos y disolución. En su propia práctica médica, Carpenter recomendaba la pecu- liar mezcla de incitación moral y aprendizaje por memorización dirigido que era característica
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de la moralidad victoriana. Exhortaba a sus pacientes a que concentraran su atención en la pro- mesa de evitar el consumo de alcohol excesivo, las drogas y la prostitución y que arraigaran en ellos buenas conductas por medio de la repetición de comportamientos socialmente aceptados, hasta que éstos se volvieran habituales (o “automáticos y secundarios”, como lo había plan- teado Hartley).
Epifenomenalismo Una consecuencia comúnmente mencionada de la teoría sensorio-mo- tora del sistema nervioso fue la idea de que la mentalidad y la conciencia son simplemente subproductos epifenomenológicos de los mecanismos reflejos del sistema nervioso y que no desempeñan función alguna en la generación de la conducta. Muchos teóricos comprometidos con aquella teoría llegaron a concebir ambos aspectos como las propiedades “coincidentes” o “colaterales” de los estados neurofisiológicos que son responsables de la recepción de la esti- mulación sensorial y la generación del comportamiento (Danziger, 1982).
El biólogo Thomas Huxley defendió esta concepción de la mentalidad y la conciencia en la conferencia que dictó en la reunión de 1874 de la British Association en Belfast, titulada “Sobre la hipótesis de que los animales son autómatas, y su historia”. Huxley afirmaba que Descartes se había equivocado al negar conciencia a los animales, ya que las regiones de la corteza cerebral establecidas como los centros de la conciencia en los seres humanos podían reidentificarse en animales como los simios y los perros, pero sostenía que los progresos del siglo XIX en la neurofisiología sustentaban el tratamiento cartesiano de los animales como autómatas. Aseveraba que la atribución de la conciencia a los animales no es inconsistente con el hecho de tratarlos como autómatas, pues su conciencia es casualmente impotente respecto a su conducta:
La conciencia de las bestias parecería relacionarse con el mecanismo de su cuerpo simplemente como producto colateral de su funcionamiento y carecer completamente de cualquier poder para modificar ese funcionamiento, del mismo modo que el silbido del vapor que acompaña al funcio- namiento del motor de una locomotora carece de la influencia de su maquinaria. Su volición, si acaso tienen alguna, es una emoción indicadora de cambios físicos, no la causa de tales cambios.
—(“Sobre la hipótesis de que los animales son autómatas, y su historia”, p. 575).
Huxley sostenía que lo mismo ocurre en el caso de los seres humanos, a los cuales caracte- rizaba, como a los animales, como autómatas conscientes:
La argumentación que se aplica a las bestias se aplica igualmente bien a los hombres; y, por tanto, […] todos los estados de conciencia en nosotros, como en ellos, se deben inmediatamente a los cambios en la sustancia del cerebro […] de esto se deduce, pues, que nuestras condiciones mentales son simplemente los símbolos en la conciencia de los cambios que tienen lugar automáticamente en el organismo y que, por considerar un ejemplo extremo, el sentimiento que llamamos volición no es un acto voluntario, sino el símbolo de ese estado del cerebro que es la causa inmediata del acto.
—(1874, p. 577). Esta doctrina llegó a conocerse como epifenomenalismo, aunque Huxley nunca empleó dicho término, el cual se utilizó originalmente para caracterizar los síntomas de una enfermedad que no desempeñaban una función causal en el progreso de dicha afección. William James fue el primero en usarlo para caracterizar la “teoría del autómata consciente” propuesta por Huxley (James, 1890, p. 129).
En defensa de sus afirmaciones sobre la impotencia causal de la mentalidad y la concien- cia, este último mencionó casos de animales y seres humanos que realizaban conductas coor- dinadas e intencionales pese a la descortización o falta temporal de conciencia debida a un daño cerebral. Observó que las ranas a las cuales se extirpaba la corteza seguían realizando dichos comportamientos, pese a su supuesta falta de conciencia. Utilizarían sus patas y pies para tratar de eliminar los irritantes químicos que se les aplica en el cuerpo (fenómeno documentado por Stephen Hales (1667-1761) y Whytt en el siglo XVIII). Asimismo, describió el caso de un sar- gento del ejército francés que sufrió una herida en la cabeza y padecía periodos temporales de