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TERCER MOMENTO

Al final del segundo momento, la conciencia de sí no sabe

conscientemente qué es ella. Es una conciencia para sí, pero sólo es para sí

en sí. Para salir de la conciencia ilusoria, la conciencia debe replantear ese doble movimiento como conciencia de sí. Sólo bajo esta condición la relación consigo misma será auténticamente conciencia de sí.

La subjetividad instaurada (para sí en sí) debe presentarse objetivamente frente a sí misma y relacionarse nuevamente consigo misma. Así es como ella se transforma objetivamente para sí misma en aquello que sólo era subjetivamente.

El tercer momento se despliega en un doble movimiento:

Movimiento 3

1) Presentar la objetividad como objetividad (para sí) de la subjetividad (conciencia de sí)

Movimiento 4

2) Presentar la subjetividad (conciencia de sí) como subjetividad de la objetividad (para sí).

Al cabo del movimiento 3, la objetividad (para sí) ha sido planteada como objetividad consciente de sí misma de la subjetividad. Luego del

movimiento 4, la conciencia de sí (para sí en sí) ha sido planteada como subjetividad de su propia objetividad. La realización completa de la conciencia de sí se debe a que la conciencia se constituyó objetivamente en

sí para sí, es decir en sí en tanto que para sí y para sí en tanto que en sí.

En este nivel de unidad, la conciencia realiza la razón de tal manera que podríamos decir, según la fórmula de Hegel que: "El pensamiento es la actividad que consiste en ubicarse frente a sí mismo para ser para sí y ser sí mismo en ese otro sí."

Sobre el principio de este movimiento dialéctico se constituye el

reconocimiento de uno por el otro y del otro por uno tal como la muestra el

esquema L.

Para Hegel, el reconocimiento recíproco se instaura directamente en la dimensión del deseo según un modo dialéctico y está ligado al

advenimiento de la conciencia de sí. Para captar el mecanismo es necesario

explicitar previamente el estatuto del objeto en la conciencia. En efecto, para la conciencia el objeto se apoya en una contradicción ya que es, a la vez, dependiente e independiente de esa conciencia.

Desde cierto punto de vista, la conciencia que se plantea fuera de sí misma como objeto (para sí) hace que ese objeto sea independiente de ella. En efecto, en la autoobjetivación del para sí, el para sí aparece como

independiente del en sí al cabo del primer momento. Pero en otro aspecto este objeto es dependiente de ella en la medida en que la conciencia sólo es conciencia de sí gracias al reflejo de ese objeto en ella misma. En otras pa- labras, la conciencia sólo plantea la independencia del objeto (para sí) para mejor plantear su dependencia (para sí - en sí). Es por esto que a nivel de la conciencia de sí hay una contradicción con respecto al objeto.

La esencia del deseo sólo surge gracias a esta contradicción. La conciencia no deja de desear la independencia del objeto para desear

mejor plantearse a sí misma como conciencia de sí. Para Hegel, la esencia

del deseo es, entonces, contradictoria por naturaleza: se apoya en la relación con otro (para sí) que además tiene que estar en relación con uno mismo (para sí en sí). Alrededor de este punto se puede comprender la relación con el otro que también es relación con uno y la relación con uno que es también relación con el otro. De hecho, la conciencia se instituye sobre un deseo contradictorio. El objeto debe ser, a la vez, diferente en sí mismo de la conciencia en tanto que para sí, pero también tal como debe ser, es decir como ella misma en tanto que para sí-en sí. A través de esta exigencia contradictoria la conciencia encuentra una verdad sobre el objeto de la que no tenía conciencia en un comienzo. Esta verdad es que el objeto

(para sí) que la conciencia plantea como independiente de ella, también es necesariamente una conciencia de sí, es decir, un otro sí que es conciencia de sí. Es necesario, por otra parte, que así sea para que la conciencia puede

reconocerse como conciencia de sí en ese objeto. Sin embargo, sólo puede descubrir esa verdad cuando ha relacionado ese objeto consigo misma; es decir, cuando ese objeto deviene sujeto y ella descubre que ese otro situado frente a ella es ella misma.

De esta contradicción con respecto al objeto y a la verdad que la

conciencia descubre en él resultan algunas consecuencias. En primer lugar, hay que admitir la existencia necesaria de una multiplicidad de

conciencias de sí; en segundo lugar, la dimensión del deseo (de la

conciencia) aparece inevitablemente como deseo del deseo del otro; finalmente, una conciencia sólo puede reconocerse en el otro si el otro se

Si cada conciencia, para constituirse como conciencia de sí, debe poner un objeto fuera de sí misma, y si ese objeto resulta ser necesariamente otra conciencia de sí, se deduce que cada conciencia, al colocar un objeto fuera

de sí misma desea encontrar una conciencia de sí en ese objeto.

Llevándolo a un extremo, cada conciencia desea encontrar un objeto que, a su vez, también desea. Cada conciencia desea ser deseada a través del

objeto que ella desea. En este sentido, el deseo siempre se constituye como deseo del deseo del otro.

La dialéctica del reconocimiento recíproco se fundamenta en la dialéctica del deseo. Si el deseo es deseo del deseo del otro, esto quiere decir que toda conciencia desea reconocerse en el otro en la medida en que el otro desea reconocerse en ella. En esto reside la dialéctica de la

subjetividad: yo deseo reconocerme en el otro; pero como ese otro soy yo, es necesario que ese Otro Yo se reconozca en mí. En otros términos, sólo puedo reconocerme en ese Otro Yo si reconozco que el otro ya se reconoce a sí mismo en mí, es decir, si reconozco que soy el yo del otro.

Hegel denomina a esta problemática del reconocimiento recíproco

conciencia de sí duplicada y constituye el fundamento de los elementos

que Lacan pone en juego en el estadio del espejo y en el esquema L. La ilustración más cabal del reconocimiento recíproco en la obra de Hegel se encuentra en la Dialéctica del amo y del esclavo.

Al comienzo, el hombre no tiene de hombre más que el estatuto de animal vivo, como tal es sólo un ser de necesidades. Para conquistar su identidad tendrá que devenir un ser de deseo, es decir una conciencia deseante o conciencia de sí. Para acceder a la conciencia de sí, el animal vivo se ve en la obligación de suprimir al otro como animal vivo, ya que el advenimiento de la conciencia de sí le impone poder reconocerse en el otro. Pero, inversamente, para lograrlo, el otro tiene que poder reconocerse en ella. La esencia del deseo se va a encontrar expresada aquí en el hecho de que es necesario que uno encuentre en el otro una conciencia que

desea. Se entabla entonces una inevitable lucha a muerte en la que cada

uno desea suprimir al otro en tanto que animal vivo para poder encontrar en el otro una conciencia que desea.

La lucha a muerte no tiene otra salida que transformarse en una lucha de

prestigio dado que uno de los dos protagonistas debe capitular. Dicho de

otro modo, la lucha a muerte culmina con el surgimiento de una relación

de servidumbre. Uno de los combatientes deja la lucha y le muestra al otro

que teme la muerte como animal vivo y que al mismo tiempo renuncia a ser reconocido como conciencia de sí. Así es como el Amo es reconocido por el esclavo y se sabe reconocido por él. A partir de ese momento, el proceso se invierte y entra en la dialéctica de la conciencia servil.

El reconocimiento del Amo por el esclavo es unilateral y por esa razón queda sin efecto. El Amo es reconocido por el esclavo como conciencia de sí, pero no se encuentra de ningún modo como conciencia de sí en el esclavo. Por lo tanto es reconocido como conciencia de sí por una

conciencia que no es conciencia de sí. Por razones análogas, pero inversas, el esclavo tampoco se reconoce en el Amo. Sin embargo, en tanto que conciencia, el esclavo también aspira al reconocimiento y, a pesar de que el temor lo hizo renunciar, su deseo de ser una auténtica conciencia, de sí, persiste aún. El esclavo es, entonces, una conciencia para si-en sí, es decir una conciencia cuyo desarrollo se detuvo en el estadio de la conciencia

ilusoria. Esta conciencia para sí-en sí no puso ese para sí en sí objetivamente para sí, y ese para sí en sí subjetivamente en sí.

Para el esclavo, el reconocimiento se va a efectuar por medio del trabajo servil. El deseo del Amo se encuentra satisfecho gracias a una conciencia que no es reconocida como conciencia deseante sino como conciencia sometida. Por esta razón el deseo del Amo está alienado a la conciencia

del esclavo. Solamente el esclavo puede darle forma humana al objeto

deseado por el Amo. Siendo así, el esclavo da un sentido subjetivo a la

objetividad y, en consecuencia, le da al mismo tiempo un sentido objetivo a su propia subjetividad. En estas condiciones, el para sí se convierte en en

sí y el en sí se transforma en para sí. Esta es precisamente la manera de acceder auténticamente a la conciencia de sí.

En conclusión, resulta claro que cada uno existe como conciencia de sí en tanto que el otro exista como conciencia opuesta a él. El individuo sólo se reconoce como conciencia de sí por intermedio del otro. Ahora bien,

para existir como conciencia de sí hay que negar al otro en tanto que conciencia deseante. La toma de conciencia del sujeto deseante sólo tiene sentido como oposición a otra conciencia deseante de la que exige ser reconocido. Desde el principio, entonces, el deseo se instituye como deseo de ser deseado, como deseo de deseo, deseo del deseo del Otro, como la formulará Lacan, apoyándose en esa concepción hegeliana del deseo. La experiencia analítica demuestra que esa concepción sitúa con precisión la dimensión profunda del deseo humano.

III

EL DESEO