Capítulo 1: HISTORIA Y DETERMINACIONES DE LA RAZóN
2. Tesis sobre la ilustración
De forma sintética, puede afirmarse que Dialéctica de la ilustración
supone el intento de desgranar la simbiosis de racionalidad y organización social sobre la que se eleva la cultura occidental correlacionándola, a su vez, con la naturaleza y el factor humano de dominio sobre ella. A fin de sistematizar lo que constituye el objeto de esta obra, se ha articulado el discurso que Adorno y Horkheimer despliegan en el apartado Concepto de ilustración, aquél donde quedan desplegadas y fijadas las bases teóricas sobre
8 Ibíd., p. 55.
las que se sustenta el conjunto, en torno a cinco tesis. Son las que a continuación se detallan:
- 1ª tesis: el pensamiento ilustrado es instrumental: su modelo consiste en un saber que sea poder.
- 2ª tesis: el saber mítico es ya ilustración a causa de su orientación, mientras que el pensar ilustrado se perpetúa como mitología en tanto que permanece opaco a sí mismo.
- 3ª tesis: el dominio sobre la naturaleza que asegura la autoconservación tiene por condición su extensión al conjunto de las relaciones sociales.
- 4ª tesis: la ilustración es bivalente: en ella, la ley del incesante progreso es también la ley de la regresión.
- 5ª tesis: como principio, la ilustración se encuentra opuesta al dominio porque la reflexión del pensamiento sobre sí implementa el fin constitutivo de la autoconservación.
Mientras que las dos primeras tesis caracterizan el conocimiento positivo que ha ido preparando la cultura occidental a base de relacionarlo con las primeras fases mágico-míticas del saber, la tercera y la cuarta tesis abren el campo a las relaciones entre una racionalidad que ya ha sido perfilada teóricamente y la realidad en sus dimensiones natural y social. Es aquí, en la dialéctica histórica de racionalidad y realidad, donde cobra un especial sentido la cuestión del progreso. Finalmente, la última de las tesis recapitula lo anterior y saca conclusiones de importancia para lo que son los intereses humanos. Así pues, el hilo conductor de estas reflexiones pasa, primero, por elucidar la manera de ser del conocimiento y por exponer la forma de su constitución en la historia al poner de manifiesto su razón y sentido en los primerísimos condicionantes humanos de los que depende la supervivencia para, después, investigar las consecuencias reales en el orden de la vida individual y colectiva de la forma de resolverse una racionalidad que se ha conceptuado como un producto de la interacción del hombre con su entorno y cuya evolución, de forma casi paradójica, ha trastocado profundamente con el tiempo los rasgos iniciales de tal interacción.
1ª TESIS: EL PENSAMIENTO ILUSTRADO ES INSTRUMENTAL: SU MODELO CONSISTE EN UN
SABER QUE SEA PODER.
Bajo su conceptuación de la racionalidad, Adorno y Horkheimer designan con el término ilustración lo que constituye el núcleo funcional que define al pensamiento: su esencial quedar al servicio o estar orientado
respecto al objetivo general de dominar y controlar una naturaleza concebida como aquel conjunto de fuerzas exteriores que forman el entorno del hombre y que ponen en peligro su conservación individual y grupal. Puesto este objetivo de dominio, el pensamiento se ha desplegado históricamente como una potencia sometida a un incesante progreso que ha propiciado asegurar un cada vez mayor control sobre esa exterioridad natural de los hombres. Y en su referencia a las modalidades del saber, la ilustración consiste en el proceso real de la paulatina eliminación y sustitución de un pensamiento mágico y mítico por otro de carácter conceptual y científico causadas por el imperativo de la conservación, que exige instrumentos cada vez más finos y eficaces. La expresión dialéctica de la ilustración alude, pues, a la forma de la historia de la formación de la herramienta humana básica de supervivencia, la razón, desde sus primerísimas objetivaciones como pensamiento mágico hasta su consolidación como conocimiento plenamente operativo y pragmatizado en la ciencia y la técnica.
Para esta dialéctica resulta del máximo interés focalizar los momentos inflexivos que indican el tránsito de uno a otro modelo de conocimiento. A este respecto, constatan Adorno y Horkheimer como el conocimiento cientifista desde sus primeros momentos se autoconceptúa y define en una relación de contrastes con el pensamiento mágico: se presenta a sí mismo como el negador por superación del pensamiento mágico, llamado ya superstición, al entender que éste no es un verdadero saber por no permitir control efectivo alguno sobre las fuerzas naturales. Es esta oposición explícita del saber de orientación cientifista a la magia a través de la cual el hombre formula por primera vez su objetivo de control de la naturaleza la que permite nombrar tal saber como ilustración, sin que con ello se menoscabe, por otro lado, esta tematización teórica de la historia occidental que adivina ya ilustración en la misma magia y, a la contra, elementos míticos en el conocimiento de corte científico, de forma que puede en base a ello destacar o señalar como ilustrador al conjunto del proceso histórico de racionalización. La ilustración pues, cuyo primer representante modélico, según Adorno y Horkheimer, es Bacon por la conciencia que en él ésta gana, comienza con el reconocimiento sin ambages de la manera en que debe procederse en el conocimiento para que el hombre se convierta en la práctica en el amo de la naturaleza. Con esta certidumbre el paradigma ilustrado queda ya perfectamente enmarcado. Frente a un saber titubeante, no riguroso, falto de método y de, sobre todo, consecuencias de orden práctico, el programa ilustrado comienza a soñar con un método infalible que dé por resultado un conocimiento que permita experimentar y operar con la naturaleza. Es la época de Leonardo, Copérnico y Galileo; la hora del origen de la ciencia moderna cuyo primer teórico y profeta fue Bacon: "Bacon ha captado bien el
modo de pensar de la ciencia que vino tras él. La unión feliz que tiene en mente entre el entendimiento humano y la naturaleza de las cosas es patriarcal: el intelecto que vence a la superstición debe dominar sobre la naturaleza desencantada. El saber, que es poder, no conoce límites..."9. La nueva ciencia, pues, tiene su ideal en la instauración de un saber que sean desplegable en la forma de un poder y de un dominio sobre todo aquello que sea su objeto. Tan sólo un saber que proporcione la técnica correspondiente se torna aceptable, legítimo y, en último término, valioso, no sólo práctica sino también epistemológicamente, ya que cualquier forma de conocimiento se define en todo caso por aquello que permite hacer. La técnica se ha convertido de esta forma en la esencia de un conocimiento que se apoya sobre todo en el método. Con el Renacimiento se asiste, pues, al nacimiento de una ciencia experimental que en adelante constituirá el modelo para todo saber. La nueva ciencia se caracteriza, sobre todo, por dos aspectos: la reducción de la naturaleza a una objetividad mensurable y la instauración de un método para asegurar una consolidación acumulativa del conocimiento.
En la ciencia experimental ven pues Adorno y Horkheimer el rasgo sobresaliente de la ilustración: la polarización del conocimiento en torno a la manipulación de la realidad. Si la naturaleza o la realidad en general como lo exterior al hombre puede ser en su estar ahí el acicate para la emergencia de múltiples y variados ejes de interpretación humana, que si bien racionales todos ellos no tienen la misma cualidad cognitiva, que completan un amplio espectro continuo que se tiende entre la ciencia y el arte pasando por diversas formas de conocimiento que hoy sólo pueden denominarse de un modo laxo filosóficas, el hecho es que la ilustración ha llevado a efecto incesantemente un recorte en las formas de aprehensión de la realidad al cargar sobre la modalidad ciencia todo el conocimiento y definirlo sobre ella. Si bien puede haber muchas formas o modalidades de acercarse el sujeto racionalmente a la realidad, la ilustración se ha interesado primordialmente por conocer de ésta la forma de manipularla para utilizarla según fines socialmente establecidos. De esta forma, toda experiencia racional de la realidad que no conduzca inmediatamente a tal consecuencia ha quedado atrofiada históricamente y devaluada epistemológicamente, esto es, escindida de la verdad. El progreso del conocimiento ha sido no tanto el de uno sobre la naturaleza, como el de aquel otro sobre la forma reintervenir sobre ella y explotarla. Entienden Adorno y Horkheimer que con este movimiento de universalización y paradigmatización de la ciencia de hecho se produce un cercenamiento de la posibilidad de producción de significados sobre la realidad a través del uso de
los conceptos y de la lógica discursiva al quedar la cuestión de la verdad ligada la ciencia y a su aparato matemático. Así, por la identificación operada entre conocimiento y ciencia experimental, la ilustración señala como criterio de todo contenido racional aspirante a conocimiento el que sea susceptible de formalización y e incorporación en los algoritmos de cálculo en ella diseñados. De no ser así, un saber no es útil, y lo inútil es para ella sospechoso de superchería. Todo ello conduce a Adorno y a Horkheimer a caracterizar el ideal ilustrado de saber como totalitario, ya que tiende a construir un sistema de conocimiento, una ciencia universal, que debe dar cuenta de todo y al cual todo se debe reducir. En el sistema del saber debe quedar el mundo perfectamente ordenado y clasificado, disciplinado se podría decir. Sólo de tal suerte se puede tener sobre él una disponibilidad absoluta, ya que el número, la cuantificación y la calculabilidad la aseguran. La cuantificación se convierte de esta manera en la esencia del saber: aquello que no es cuantificable no es real, es apariencia producida por un falso saber. Conocer es calcular; el mundo adquiere imperceptiblemente una esencia numérica al definir el saber ilustrado todo criterio de validez en base a la cuantificación. Ella, no obstante, la mejor forma de estatuir una técnica, y con ésta, el dominio correspondiente. Sin embargo, tal calificación de totalitarismo epistemológico de la ilustración no significa en forma alguna postular la falsedad del modelo científico de conocimiento, sino tan sólo denunciar la unilateralidad o parcialidad inscrita en la operación consistente en la reducción de todo saber al modelo de la ciencia, simplificación cuya primera y más fatal consecuencia es abandonar cualquier expectativa de reflexión respecto al rol del conocimiento como instrumento social de control natural y humano. Reduccionismo que, además, ha valorado de forma harto ingenua e idealizante a la ciencia tanto en lo relativo a su solidez teórica y ajuste a la naturaleza como en su pretensión implícita de haber erradicado de su seno todo vestigio metafísico10.
10 En lo relativo a este aspecto llama poderosamente la atención que mucho después del
nacimiento de la ciencia experimental Ernst Mach -junto a Einstein- haya puesto al descubierto de forma incontrovertible aquellos residuos metafísicos de la mecánica newtoniana, el paradigma durante años de toda ciencia, que, sin embargo, le son esenciales al modelo. Se trata del espacio y el tiempo absolutos. ERNST MACH, Die Mechanik in ihrer Entwicklung historisch- kritisch dargestellt, 1883.
2ª TESIS: EL SABER MÍTICO ES YA ILUSTRACIÓN A CAUSA DE SU ORIENTACIÓN,
MIENTRAS QUE EL PENSAR ILUSTRADO SE PERPETÚA COMO MITOLOGÍA EN TANTO QUE
PERMANECE OPACO A SÍ MISMO.
Si la ilustración se ha autodefinido en su pretensión cognitiva mediante su oposición al saber mítico -dentro del cual ha encerrado al discurso filosófico desde los Presocráticos, los primeros en elaborar conceptualmente la simbología del pensamiento mítico, hasta la última escolástica-, Adorno y Horkheimer, sin embargo, descubren la esencia del mito en el mismo programa ilustrado. Ambos, mito e ilustración, responden a un mismo impulso: explicar y controlar la naturaleza a través de su fijación en un sistema simbólico de interacciones y dependencias. Solo que la tendencia que explícitamente se manifiesta en la ilustración, conocer la naturaleza sistemáticamente para después usarla, en el saber mítico permanece solapada entre otras razones porque éste todavía no ha objetivado categorías tales como
objeto, conocimiento, verdad, método... Pero, en todo caso, hay que considerar que en las representaciones míticas se consolida en su primera figura la separación que no irá con el tiempo sino haciéndose más nítida y abrupta entre sujeto y objeto. En efecto, tal como son interpretados por Adorno y Horkheimer, los mitos que en su origen debieron ser las noticias oralmente transmitidas de unos acontecimientos singulares, terminan convirtiéndose en doctrinas cargadas de simbolismo cuya función es explicar un mundo que al objetivarse en virtud de la naciente mediación lingüística, conformadora de la conciencia individual y colectiva, comienza a ser extraño y opaco, un mundo, en fin, que en una misma operación se descubre, se presenta como misterio y, también, se ordena. Todo ello queda claro en el primer excursus de la
Dialéctica de la ilustración dedicado a la interpretación de la Odisea de Homero, documento al que se le otorga un valor paradigmático como expresión de esta fase cultural. En él se dice: "En los estratos homéricos se han depositado los mitos; pero su exposición, la unidad impuesta a las leyendas difusas, es al mismo tiempo la descripción del camino de huida del sujeto se de las potencias míticas… La odisea desde Troya hasta Ítaca es el itinerario del sí mismo -infinitamente débil en el cuerpo frente al poder de la naturaleza y sólo en estado de formación en cuanto autoconciencia- a través de los mitos. El mundo mítico se halla secularizado en el espacio que ese sujeto recorre, y los viejos demonios pueblan las lejanas orillas y las islas del Mediterráneo civilizado, refugiados en las rocas y cavernas de las que salieron un día en el estremecimiento del tiempo primordial. Pero las aventuras dan a cada lugar su nombre, y con ello el espacio queda controlado
racionalmente"11. Tal ordenación de lo natural aportada por este saber mítico, junto a los rituales con él congruentes entre los cuales cobra especial sentido el sacrificio por encarnar el principio de la sustituibilidad -lo sacrificado por lo que representa- en calidad de prístina forma de intercambio o comercio con los dioses, permite la primera forma de dominio sobre la naturaleza: al quedar sus fenómenos expuestos y sus potencias nombradas y simbolizadas ya no parecen tan terribles. Lo que tienen de terribles para la emergente conciencia las fuerzas naturales es la aleatoriedad de su aparición, la imprevisibilidad de su suceder, el azar con el que se manifiestan y el fondo de caos del cual parecen incesantemente emerger. Pero las recreaciones míticas suavizan el miedo porque al nombrar y concatenar los elementos del orden de lo natural desvelan lo apariencial del caos y convierten el entorno humano en morada. Además, con el saber condensado en los mitos, añaden Adorno y Horkheimer, el ser, la naturaleza, se reparte en los dos momentos de la diferencia tendida entre aquello que conoce, nombra y designa, un sujeto ya maestramente conformado consciente de su identidad que busca sobrevivir, y todo lo demás, los elementos dispersos y amenazantes de un cosmos que, sin embargo, comienzan a mostrarse susceptibles de ser identificados, aislados y, en esa misma medida, primero eludidos y después dominados. Esta capacidad del sujeto primigenio para nombrar y ordenar en su saber mítico una naturaleza en la que, además, ya ha comenzado a intervenir con unos útiles y artefactos aún rudimentarios es el índice de un cierto grado de poder real sobre todo lo exterior. Así pues, el lenguaje mismo de los mitos forma parte del primer bagaje cultural con que el hombre enfrentó la naturaleza. Por él, por el poder de nombrar que le es intrínseco, el hombre comienza a levantarse sobre todas las cosas poniéndolas a su servicio, conjurándolas según su interés. Por todas estas razones, el surgimiento del sujeto que acontece con la primera forma de saber condensada en los mitos es considerado por Adorno y Horkheimer en los términos de unas relaciones de poder frente a aquello que se le opone: una naturaleza que se perfila ya como un campo virtual de operaciones.
Pero el giro en la racionalidad que imprime el tránsito del mito al saber positivo con el subsiguiente aumento de poder sobre la naturaleza implica, a la vez, un extrañamiento del hombre respecto a ésta por quedar reducido el mundo exterior a una objetividad dictada por los imperativos de un saber que busca acotar un dominio susceptible de intervención técnica. El sistema modélico al que la ciencia tiende es el modo de conocimiento más apto para manipular el mundo de las cosas, para extraer a éstas su utilidad. Adorno y Horkheimer entienden que el mundo que la ciencia abre al hombre, el campo
todo de objetividad que ésta funda, está acotado por los límites que impone la intervención técnica ya que, en último término, es ésta lo que interesa y a lo que se propende. Si todo conocimiento es ineludiblemente lo formado a partir de un cercenamiento, un sesgo y una deformación sobre el objeto conocido, mientras que el saber mítico no distingue todavía la estructura que completan conocimiento, verdad y poder, la ilustración superadora al ignorar tal condición epistémica se engaña al disfrazar su momento de dominio bajo la apariencia de la búsqueda de la verdad en una objetividad que ella funda, limita y reduce en aras de ese dominio. Alcanzando que el conocimiento genera dominio, la ilustración invierte el sentido de la relación entre verdad y poder: considera el dominio como el correlato natural que cabe esperar de la verdad, aparte de su indicio, siendo, al contrario, antes la verdad de la ciencia un resultado de las tentativas de atesorar dominio. Su momento negativo, falso, no estriba pues en que auspicie conocimientos que permitan una acción técnica, sino en que acote el ilimitado espacio semántico de los significados y de las verdades posibles en los sistemas epistemológicos que generan dominio técnico, la ciencia en suma, e ignore absolutamente que esa restricción es causada por el dominio mismo cuando afirma, con aparente desinterés, que sólo tales sistemas constituyen genuinamente auténtico conocimiento. Si la ilustración vio que el conocimiento es el más potente instrumento para controlar la naturaleza, erró, sin embargo, al identificar todo conocimiento posible, y por ende, toda verdad, con el propio de la ciencia. Adorno y Horkheimer tratan a Kant como el hito descollante de esta dinámica: "La ciencia misma no tiene ninguna conciencia de sí; es un instrumento. Pero la Ilustración es la filosofía que identifica verdad con sistema científico. El intento de fundamentar esta identidad, que Kant emprendió aún con intención filosófica, condujo a conceptos que no tienen científicamente ningún sentido... El concepto de autocomprensión de la ciencia contradice el concepto mismo de ciencia. La obra de Kant transciende la experiencia como mera operatividad... Con la confirmación del sistema científico como figura de la verdad, realizada por Kant como resultado, el pensamiento sella su propia nulidad, puesto que la ciencia es ejercitación técnica, tan alejada de la reflexión sobre sus propios fines como otros tipos de trabajo bajo la presión