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Todas las palabras repiten una sola cosa

Textos para meditar con Thomas Merton*

11. Todas las palabras repiten una sola cosa

El cristianismo es una religión de la Palabra. La Palabra es Amor. Pero a veces olvidamos que la Palabra emerge en primer lugar del silencio. Cuando no hay silencio, la Palabra que Dios pronuncia no se escucha verdaderamente como Amor. Únicamente se oyen «palabras». «Las palabras» no son amor, pues ellas son muchas, y el Amor es Uno. Donde hay muchas palabras, perdemos la conciencia del hecho de que en realidad tan solo hay Una Palabra. La Palabra que Dios pronuncia es Él mismo. Al hablar, se manifiesta como Amor infinito. Su habla y Su escucha son una. Tan silencioso es Su hablar que, a nuestro entendimiento, Su palabra es no palabra, y Su escucha es no escucha. Sin embargo, en Su silencio, en el abismo de Su Amor, Uno, todas las palabras son pronunciadas y todas ellas son escuchadas. Tan solo en este silencio de Amor infinito tienen ellas coherencia y significado. Sin embargo, las sacamos del silencio a fin de separarlas, de hacerlas distintas, de darles un sonido distintivo por el que podamos discernirlas. Eso es necesario. Y, con todo, en todos esos sonidos y conceptos múltiples permanece el poder secreto, oculto, de un silencio y un amor que son la fuerza de Dios. «Cuando un sosegado silencio todo lo envolvía», dice el libro de la Sabiduría (18,14), «y la noche se encontraba en la mitad de su carrera, tu Palabra omnipotente... saltó del cielo, desde el trono real». A través de la acción que tiene lugar en la vida y en la historia, la secreta no acción de la Palabra y su poder manifiestan su realidad. En este profundo silencio, el Amor sigue siendo la base de la historia.

Aunque una persona tenga estudios y un conocimiento profundo de muchos temas, y posea muchas «palabras», todo eso carece de valor si la única Palabra, el Amor, no ha sido escuchada. Esa Palabra se escucha solo en el silencio y en la soledad de un corazón vacío, en olvido de sí, un corazón indiviso, un corazón en paz, desapegado, libre, sin cuidado. En el lenguaje del cristianismo, esta libertad es el ámbito de la fe y de la esperanza, pero, ante todo, de la caridad. «Aunque tuviera plenitud de fe... si no tengo caridad, nada soy» (1 Corintios 13,2). «Quien no ama permanece en la muerte» (1 Juan 3,14).

Cuando la fe cristiana se presenta de forma muy complicada, parece que esta consista en numerosas doctrinas, en un sistema complejo de conceptos que imparten información acerca de lo sobrenatural y que puede responder a todas las posibles preguntas sobre el más allá y la forma de alcanzar la felicidad en el cielo. Aunque esas doctrinas puedan ser muy ciertas, no podrían ser de ningún modo comprendidas si llegamos a pensar que el único objeto de la fe es la información múltiple que comunican muchas doctrinas complejas. De hecho, el objeto de la fe es Uno: Dios, el Amor. Y aunque las doctrinas reveladas sobre Él sean ciertas, lo que nos dicen sobre Él nunca será plenamente adecuado mientras las entendamos de un modo separado, incoherente, faltas de unidad viva en el Amor. Deben converger en el amor al igual que los radios de una rueda convergen en el eje central. Son meros marcos de ventanas a través de las cuales la luz entra en nuestros hogares. El marco de la ventana es preciso y nítido; pero

lo que en realidad vemos nosotros es la misma luz, que es difusa y todo lo penetra hasta el punto de que está en todas partes y en ninguna. No hay mente alguna capaz de comprender la realidad de Dios en sí misma; y si nos acercamos a Él, tenemos que avanzar no solo por medio del saber, sino del no saber. Hemos de aspirar a comunicarnos con Él no solo con palabras, sino sobre todo por medio de un silencio en el que tan solo hay una Palabra, y esa Palabra es Amor infinito y silencio ilimitado.

¿Dónde está el silencio? ¿Dónde la soledad? ¿Dónde el Amor? Todos ellos, en última instancia, no pueden encontrarse en parte alguna, salvo en la base misma de nuestro propio ser. Allí, en las profundidades silenciosas, no cabe ya distinción entre el yo y el no yo. Mora la paz perfecta, porque estamos arraigados en el Amor infinitamente creativo y redentor. Allí encontramos a Dios, a quien ningún ojo puede ver y en el que, como dice san Pablo, «vivimos, nos movemos y existimos» (Hechos 17,28). También en Él encontramos la soledad, como nos dijo san Juan de la Cruz, y caemos en la cuenta de que el todo y la nada se encuentran y son lo mismo.

Si no hay silencio dentro de y más allá de las múltiples palabras de la doctrina, no hay religión, sino tan solo ideología religiosa. Y es que la religión va más allá de las palabras y de los actos y alcanza la verdad última solamente en el silencio y el Amor. Allí donde falta este silencio, allí donde tan solo hay «muchas palabras» y no una sola Palabra, a pesar de todo el trasiego y la actividad, no hay paz, ni pensamiento de hondura, ni comprensión, ni reposo interior. Y donde no hay paz, no hay luz ni Amor. La mente hiperactiva se cree despierta y productiva, pero lo único que hace es soñar, envuelta en fantasías y dudas. Hay que saber cómo volver a la quietud del culto, la paz reverente de la oración, la adoración en la que mi identificación como ego se silencia y se inclina ante la presencia del Dios Invisible para recibir su Palabra de Amor. En estas «actividades», que son «no acciones», el espíritu en verdad se despierta del sueño de una existencia múltiple, confundida y agitada. Asentados en la no acción, quedamos prestos para actuar en todas las cosas.

Precisamente a causa de esa carencia, el moderno hombre occidental teme la soledad. Es incapaz de estar solo, de estar en silencio. Y está comunicando su enfermedad mental y espiritual a los hombres de Oriente. Asia está gravemente tentada por la violencia y el activismo de Occidente y empieza a perder gradualmente su respeto tradicional por la sabiduría silenciosa. Por eso se hace tanto más necesario en este tiempo redescubrir el clima de la soledad y del silencio. No se trata de que todos hayan de apartarse y vivir solos, pero en momentos de silencio, de meditación, de iluminación y de paz, uno aprende a estar en silencio y en soledad en todas partes. Se aprende a morar en un entorno de soledad incluso en medio de la multitud. No «dividido», sino uno con todos en el Amor de Dios. Porque aprendemos a ser alguien que escucha, al tiempo que nadie que escucha; a olvidarnos de todas las palabras para prestar atención únicamente a la Palabra que parece ser una no palabra. Abrimos la puerta interior del corazón a los silencios infinitos del Espíritu, desde cuyo abismo el amor mana sin cesar y se da entero a todo y a todos. En su silencio, el sentido de todo sonido se hace al fin claro. Solo en ese silencio pueden distinguirse las palabras de verdad, no en su

distinción, sino en su forma de remitirnos a la unidad central del Amor. Todas las palabras repiten una sola cosa: que todo es Amor.

(Prefacio a la edición japonesa de Pensamientos en la soledad. En «La voz secreta»: Reflexiones sobre mi obra en Oriente y Occidente, 2015, 158-162).

12. No a la guerra

Si la Verdad me ha de hacer libre, también debo dejar de aferrarme a mí mismo, dejar de retener la semblanza de un yo que es un objeto o una «cosa». También yo he de ser «nada», ninguna cosa. Y cuando no soy nada, estoy en el Todo, y Cristo vive en mí. Pero Aquel que vive en mí son todos cuantos me rodean. El que vive en el mundo caótico de los hombres está escondido en medio de ellos, incognoscible e irreconocible, porque no es «nada». Así, en los cataclismos de nuestro mundo, con sus crímenes, sus mentiras y su tremenda violencia, El que sufre con todos es el Todo que no puede sufrir. Y, sin embargo, Él es el que sufre para que nosotros podamos vivir en Él [...].

Mi monasterio no es un hogar. No es un lugar en el que me encuentre arraigado y establecido en la tierra. No es un entorno en el que sea consciente de ser un individuo, sino más bien un lugar en el que desaparezco del mundo como objeto de interés, a fin de estar en él en todas partes por medio del ocultamiento y la compasión. Para existir en todas partes tengo que ser Nadie.

Pero el monasterio no es una «huida» del mundo. Por el contrario, al estar en el monasterio asumo mi verdadero lote entre todas las luchas y los sufrimientos del mundo. Adoptar una vida que esencialmente no busca la afirmación propia, que es no violenta, una vida de humildad y de paz, es en sí una declaración de la propia postura. Pero cada uno en esa clase de vida puede, por la modalidad personal de su decisión, otorgar a su vida entera una orientación especial. Es mi intención hacer de mi vida entera un rechazo de y una protesta contra los crímenes y las injusticias de la guerra y de la tiranía política que amenazan con destruir a toda la raza humana y al mundo entero.

A través de mi vida monástica y de mis votos digo NO a todos los campos de concentración, a los bombardeos aéreos, a los juicios políticos que son una pantomima, a los asesinatos judiciales, a las injusticias raciales, a las tiranías económicas y a todo el aparato socioeconómico que no parece encaminarse sino a la destrucción global, a pesar de su hermosa palabrería en favor de la paz. Hago de mi silencio monástico una protesta contra las mentiras de los políticos, de los propagandistas y de los agitadores; y cuando hablo, es para negar que mi fe y mi Iglesia puedan estar jamás seriamente alineadas junto a esas fuerzas de injusticia y destrucción. Pero es cierto, a pesar de ello, que la fe en la que creo también la invocan muchas personas que creen en la guerra, que creen en la injusticia racial, que justifican como legítimas muchas formas de tiranía. Mi vida debe, pues, ser una protesta, ante todo, contra ellas [...].

Si digo NO a todas esas fuerzas seculares, también digo SÍ a todo lo que es bueno en el mundo y en el hombre. Digo SÍ a todo lo que es hermoso en la naturaleza, y para que este sea el sí de una libertad y no de sometimiento, debo negarme a poseer cosa alguna en el mundo puramente como mía propia. Digo SÍ a todos los hombres y mujeres que son mis hermanos y hermanas en el mundo; pero para que este sí sea un

asentimiento de liberación y no de subyugación, debo vivir de modo tal que ninguno de ellos me pertenezca ni yo pertenezca a alguno de ellos. Porque quiero ser más que un mero amigo de todos ellos me convierto, para todos, en un extraño.

(Prefacio a la edición japonesa de La montaña de los siete círculos [Agosto de 1963] En «La voz secreta»: Reflexiones sobre mi obra en Oriente y Occcidente, 2015, 96-99).

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