Para los yajeceros urbanos, la enfermedad se asocia con ciertos comportamientos individuales que se consideran perjudiciales y que se asocian a la vida urbana, la vida moderna y el consumismo (“la gente ya no sabe gestionar las pérdidas”, “la vida de la ciudad acaba el cuerpo, los pulmones, el cerebro”, “una esquizofrenia generalizada es lo que uno ve en las personas”).
A pesar de que el discurso contra la sociedad de consumo y la economía de mercado que caracteriza a estos y otros escenarios alternativos de salud es un discurso crítico, hay que tener presente que hace más énfasis en la crítica a los tipos y prácticas de consumo que al consumo en sí mismo.20 Una de las consideraciones más comunes se relaciona con la búsqueda de salud y bienestar por medio del yajé, y la manera como se cambiaron ciertas prácticas de consumo hacia lo que se consideran prácticas “más saludables”, que se representan como más “naturales” o
19 O., 27 años, seguidor de la Cruz del Sur. Pasto, 5 de diciembre de 2008.
20 A pesar de que existen yajeceros urbanos cuyas iniciativas anticonsumistas constituyen prácticas colectivas radicales (estilo comunas, por ejemplo), son una reducida minoría en el vasto campo de neoyajeceros urbanos.
más “cercanas a lo natural”. Enmarcadas en esta lógica están las representaciones sobre el cuerpo y sus consumos, y las dimensiones que se asocian a lo corporal. Sobre los primeros, la comida ocupa un lugar central. Los nuevos yajeceros urbanos consideran que el yajé muestra o permite ver qué tipo de consumos son buenos o dañinos para el cuerpo. A propósito de las prácticas alimenticias, llama la atención la importancia atribuida a lo que se considera “saludable”. Lo saludable se asocia con productos orgánicos o naturales, libres de químicos y preservativos, que por lo general son los más costosos del mercado.21 La mayoría desestima la comida chatarra y los alimentos procesados. Los nuevos yajeceros se consideran consumidores conscientes que establecen una ética de la alimentación. Dicha ética se suele relacionar con la crítica a la explotación animal, al uso de productos químicos en la producción agrícola y con la defensa y protección de la naturaleza. No en vano estos grupos son especialmente sensibles a los temas ecológicos y de conservación del medioambiente. Una tendencia significativa de estos grupos es el vegetarianismo o la supresión de alimentos de origen animal, en sus múltiples modalidades. En estos círculos, las representaciones sobre “alimentación saludable” fácilmente se asocian con la alimentación vegetariana.
Hay, sobre todo en las generaciones más jóvenes, un rechazo al consumo de carne, auspiciado por la creencia extendida de que se trata de alimentos perjudiciales para la salud. Las representaciones sobre lo perjudicial de la carne van desde consideraciones de carácter biológico (relacionadas con el proceso de metabolización de la carne), hasta consideraciones de tipo ético-político, como el caso de la producción industrial de pollo. El rechazo al consumo de carne también se relaciona con el auge reciente de movimientos de protesta contra las corridas de toros y el maltrato animal, movimientos con fuertes vínculos transnacionales que convocan mayoritariamente a adolescentes de clase media y alta en varias ciudades colombianas.
Si por un lado se evitan ciertos tipos de alimentos, por otro se incentiva el consumo de otros productos. La quinua, cereal de origen andino, es un caso paradigmático de las nuevas representaciones sobre lo saludable y lo natural en la dieta de los seguidores de los movimientos neochamánicos. A pesar de que la quinua producida a nivel continental es en su mayoría de origen transgénico, y solo una reducida parte de la producción es realmente orgánica, la quinua es promocionada como un alimento natural, tradicional, originalmente andino y “ancestral”, y por lo tanto, “saludable”. Comer quinua está de moda: ancestralidad, tradición (indianidad) y naturalidad se conjugan para convertir a la quinua en un deseado alimento “auténticamente saludable”. Algo similar sucede con la hoja de coca. Siendo una planta de uso tradicional de varios grupos indígenas, se trata de 21 Respecto a los productos orgánicos en ciudades como Bogotá, hay que advertir que si bien se trata de bienes de consumo de alto costo, también hay pequeños mercados y redes de distribución que establecen otras modalidades de consumo.
una planta proscrita por las políticas nacionales e internacionales antinarcóticos. Sin embargo, desde hace algunos años se empiezan comercializar productos alimenticios a base de hoja de coca (té, refresco, harina, etc.). En medio del limbo jurídico en el que se encuentran, estos productos tienen una buena acogida entre los seguidores del chamanismo urbano. El carácter tradicional, ancestral e indígena le concede a la coca un valor importante como referente simbólico. También llama la atención la participación activa de los yajeceros urbanos en cierto tipo de mercados alternativos, tanto de alimentos como de artesanías y productos manufacturados, artículos de higiene alternativos, etc.
Estos casos sobre lo que se consume ayudan a comprender las representaciones sobre lo saludable, e igualmente muestran una tendencia a valorar lo “alternativo” como la forma deseable de consumir. Para los seguidores de estas prácticas, lo “alternativo” sugiere una forma de consumo 1) diferente y preocupada por diferenciarse de lo masivo; 2) ético y en posición de denuncia frente al sistema (moral); y 3) abstencionista frente a ciertas prácticas consideradas lesivas. De esta forma, la contradicción entre el consumo y la crítica a la sociedad de consumo queda resuelta en la categoría de lo alternativo.
Volviendo a nuestro argumento, otra de las representaciones asociadas al cuerpo tiene que ver con las representaciones del género. Los seguidores urbanos señalan un descubrimiento y revaloración de su condición de género con el consumo de yajé. Tanto hombres como mujeres, sin embargo, consideran esa revaloración del género como un descubrimiento de su “condición femenina”.22 Una vez más, los discursos que enfatizan el carácter natural de la feminidad resaltan ciertos valores asociados a las mujeres, como la maternidad, la lactancia y la menstruación. En cambio, en el caso de los hombres, las narrativas se encauzan hacia el descubrimiento de un lado femenino, considerado “sensible, creativo y protector”.23
En una apartado anterior habíamos señalado que la menstruación se ha convertido en un símbolo del poder de las mujeres en los discursos del campo yajecero urbano. De acuerdo con A., seguidora de la maloca de Nabi-Nunhue, “En Occidente se ha negado el lado izquierdo del mundo, que es el lado femenino. La luna [menstruación] es un poder generador. […] Cuando una tiene la regla, es porque no tuvo un hijo; por lo tanto, todo ese poder creador está ahí, es muy fuerte”.24
Esta valoración, como advertíamos, contrasta con la exclusión de las mujeres menstruantes de las ceremonias. De allí que la adopción de rituales como los inipis no solo se asocie con lo femenino, sino que además se proponga como
22 L., 38 años, seguidora de la maloca Nabi-Nunhue, Chachagüí, octubre de 2006. 23 D., 43 años, seguidor de El Sol Naciente, enero de 2009.
complemento a las tomas relacionadas con el yajé.25 En este sentido, la menstruación no solo se convierte en objeto de prácticas de consumo de productos alternativos dirigidos a las mujeres, por ejemplo, sino que también se constituye en objeto de ritualización, como veremos más adelante.
La idea de curación se apoya, entonces, en la idea de la transformación de la conciencia de los individuos con respecto a sí mismos, a los demás y al medio en el que viven, de encontrar solución al estado de crisis del mundo en general. Por eso, la curación se concibe como evolución espiritual a partir de la conciencia. Evolucionan o se curan aquellos que son conscientes, “que son capaces de ‘darse cuenta’ del verdadero tiempo natural, v. g., ancestral”(“en contraposición al tiempo antinatural instaurado por el calendario gregoriano occidental”).26 Es este justamente uno de los principios constitutivos del movimiento transnacional denominado Nueva Era (Hanegraaff 2001: 20). De acuerdo con esta idea, la plena realización de la persona, gracias a sus capacidades latentes, no es un asunto solo individual, ya que conduce al progreso del conjunto de la sociedad. Así se alcanzaría un grado evolutivo más avanzado por la apropiación y la difusión de las herencias de sabiduría de la humanidad, una sabiduría codificada, según esta concepción, en los distintos conocimientos ancestrales (Teisenhoffer 2008: 63).