2. LA COMPRENSIÓN DE LA PRAXIS CRISTIANA
2.2. TRANSFORMACIÓN CRISTIANA
Partiendo del planeamiento anterior en donde quedó mostrado que la praxis cristiana se pone en marcha cuando uno decide a seguir a la persona de Jesucristo tomando como regla las palabras y acciones del Dios hecho historia. Cuando tomamos a Jesucristo como guía y punto de referencia para nuestro caminar como creyentes, nos disponemos a vivir como Él manda, siguiendo su ejemplo de vida. Este proceso comprometedor no es nada fácil porque implica un cambio radical en la persona, es decir, requiere una transformación que dé una creación nueva y permanente en la persona que quiere ser como Cristo es.
2.2.1. Del hombre viejo al hombre nuevo
La salvación es gratuita para toda la humanidad y no distingue lenguas, color de piel u otros adjetivos exclusivos que como sociedad hemos construido y sembrado en nuestra cultura, instituciones entre otros espacios. El acontecer de Dios y el encuentro que Él hace con los suyos desde su espacio vital – historia existencial- siempre termina interpelando a los hombres y mujeres y como
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Ibíd., p. 39
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Soledad Kreti; Vidal Sanhueza, Jesús de Nazaret como el Cristo liberador para América Latina.
Algunos trazos de la cristología de Juan Luis Segundo y Jon Sobrino, Faculdade Jesuíta de
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consecuencia les llama a un compromiso mayor con la humanidad entera. Es decir, que dicho compromiso es una invitación a que muera el hombre viejo y nazca hombre nuevo. “El paso de injusto a justo y de enemigo a amigo…no acontece sin la santificación y renovación del hombre interior. A este nuevo ser del hombre, que se halla siempre en dependencia de la presencia de Dios mismo en nosotros y de nuestra condición de hijos en Jesús”92
Conversión significa una transformación de una cosa a otra o de una realidad a otra. Un cambio de ideas, actitudes, creencias, estilo de vida; una transformación que llega a lo hondo del sujeto. Es un cambio que proviene y afecta lo profundo de la vida de la persona es decir, llega a regir la existencia de la persona y consecuentemente se extiende a los demás. No es solamente la variación de la forma sino un cambio total. Después de experimentar esta nueva vida uno piensa y actúa de manera distinta que antes: “Se trata, pues, de una nueva posibilidad de vida, un modo de existencia, en el que el hombre experimenta realmente salvación y redención, liberación y renovación, felicidad y plenitud.”93
Para los creyentes cristianos conversión es el nuevo nacer a la vida de Dios con el propósito de llegar a ser sus hijos. Esta vida nueva nos transforma a la imagen de Cristo. Es un proceso continuo de renovación en el espíritu del seguimiento. Por eso “es una resurrección espiritual, un renacimiento, una regeneración, una salida de las tinieblas a la luz, del poder de Satanás a las manos de Dios.”94
Cada individuo libremente acoge la iniciativa de Dios de acuerdo con el proyecto de vida de cada uno como discípulo de Jesucristo. Se experimenta un crecimiento de transformación de un grado de gloria a otro, paso a paso a la imagen de Cristo. “De la muerte en la cruz y de la resurrección de Cristo brotan por obra del Espíritu
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Ladaria, F. Luis, Introducción a la antropología teológica, Editorial Verbo Divino, Navarra, 1993, p. 158.
93
Schillebeeckx, Edward O.P., Cristo y los cristianos. Gracia y liberación, Madrid: Cristiandad, 1982, p. 454.
94
Cfr. Pacomio, Luciano [et al.], Diccionario Teológico Enciclopédico. 2da edición. Editorial Verbo Divino, Estrella Navarra, 1996, p. 191.
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Santo la criatura, el ser humano, la comunidad humana, y el orden cósmico nuevos, en el cual el hombre y la mujer gozan generosamente de la paz con Dios, con sus semejantes y toda la creación.”95
Dicho de otra manera, es una experiencia de un cambio no simplemente externo, que sería pura apariencia, sino que llega a lo más íntimo de la persona. No es un cambio de mejoramiento del comportamiento sino una transformación que proviene de un proceso interno en la vida. Por lo demás, es el pasar de una realidad destructiva a otra de virtud y justicia. Uno deja de ser incrédulo y abraza la fe.
La salvación empieza a funcionar solo cuando hay la aceptación y la recepción de Cristo. Pertenecer a la escuela del discipulado requiere sumisión a la enseñanza de Jesucristo, el Maestro. De fondo, eso implica una conversión profunda, un cambio radical. En cada cristiano este cambio se da cuando se deja transformar por Cristo. Una conversión verdadera se manifiesta “en el cambio de orientación y modificación del comportamiento, que a fin de cuentas se traduce en alejarse del mal y retomar a Dios; escoger la voluntad de Dios y renunciar el Pecado.”96
Eso no significa mera adaptación del comportamiento imitando a Cristo, si fuera así habría contradicción entre lo que llevamos por dentro con lo que expresamos externamente.
Lo que se expresa en la vida no reflejaría la condición interior del sujeto. La transformación genuina se da cuando tomamos a Cristo como referencia del cambio interno que tiene lugar en el ser. Gradualmente uno crece en la vida de Cristo y luego comenzamos a expresar a Cristo más y más en la vida cotidiana, en los hábitos, la disposición, la voluntad y actitudes. Es un cambio de lo que uno era antes a una vida transformada, un despojamiento de lo viejo y entrar a lo nuevo. La transformación no se da por lo que uno hace sino por el amor
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Otieno, Paul, Reconciliación y Perdón como camino de reconstrucción de la sociedad. Trabajo de grado. Bogotá: Pontificia Universidad Javeriana, Facultad de Teología, 2011, pg. 69
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incondicional de Dios. El cambio proviene de la relación que construimos con Dios es decir, en la medida que lo vamos conociendo vamos cambiando también.
2.2.2. Acoger la gracia y rechazar el pecado
La conversión es equivalente a la acogida de la gracia que es la gratuita auto comunicación de Dios al hombre. Es en este sentido que la Dei Verbum confirma que “en esta revelación, Dios invisible movido por amor, habla a los hombres como amigos, trata con ellos, para invitarlos y recibirlos en su compañía.”97
Dios se ofrece al hombre y a su vez, el hombre acepta y responde libremente. Este proceso de ser llamado y de responder entre Dios y el hombre conlleva consigo la capacidad de participar en la filiación divina y en la naturaleza de Dios por lo tanto es un don del Ser Supremo.
Cuando preferimos establecer relaciones negativas con los demás nos constituimos en pecadores. “Por la posibilidad de relación positiva, nos constituimos en sujetos dotados de una Gracia inicial constitutiva, creados a imagen de nuestro Dios Jesús cuya realidad es total y plena relación positiva”98
La gracia que recibimos actúa en el ser humano y produce cambio en el. Por acoger la gracia, que es equivalente a amar a Dios o recibir a Cristo, adquirimos la capacidad de aceptar los otros independientemente de sus limitaciones. La acción de la gracia proporciona la capacidad de amar otras personas sin importar sus características especiales e individuales. El cambio que se da al interior de la persona automáticamente fluye hacia los demás en su entorno. La gracia produce en la persona una permanente preocupación por el bienestar de todos en la sociedad. Siendo así, entonces, “la invitación a los seguidores del Hijo del hombre es pasar de una fe principalmente cultual donde lo que cuenta son los ritos, las celebraciones litúrgicas o las doctrinas universales del ambón, y optar
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Gaudium et Spes., No.2
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Múnera, Alberto, Antropología teológica cristiana: la justificación y la Gracia constitutiva,
Apuntes
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fundamentalmente por una que es vivida, afectiva y sobretodo efectiva y activa que hable a la realidad existencial del hombre y la mujer de hoy en su entorno vital.”99
Por el pecado se entiende “la realidad de la carencia de Dios. Es no-ser-Dios. Es no estar constituidos por una realidad divina.”100
Es cerrarse a Dios y no acoger su propuesta salvífica. Eso inevitablemente produce efectos negativos en la persona que a la vez se manifiesta en malas relaciones con los demás. Por no recibir la salvación, que es igual a rechazar a Cristo o cerrarse a la gracia, se arraigan actitudes egoístas, intereses individualistas y comportamientos injustos. De este modo, para el creyente cristiano, “el pecado, además es un misterio de iniquidad…pérdida o disminución de su amistad, infidelidad al llamamiento de Cristo…”101
Es un rechazo a dejarse guiar por Dios a través de su Espíritu Santo en el seguimiento de Cristo. Es alejarse de Dios y sus implicaciones.
El hecho de rechazar la gracia nos transforma en agentes de odio, agresión, intolerancia y discriminación. Decimos no a la luz de Dios y su amor. Negamos ser liberados y como consecuencia damos la espalda a la nueva vida de Dios. Por este motivo, el pecado destruye el plan de Dios para nosotros. Rechazamos la posibilidad de participar en la construcción del Reino de Dios que es la plenitud de vida para todos. La gracia consiste en la posibilidad de la plena realización del hombre mientras el pecado significa discriminar, no amar, no acoger y no salir al encuentro del otro. Al concluir Ladaria nos recuerda que:
“Si al tratar del pecado decíamos que nuestra infidelidad a Dios tiene consecuencias negativas para los demás, ahora debemos ver como dimensión esencial de la vida en la gracia y el amor que viene de Cristo la comunión de los santos, que vivida en plenitud en la Iglesia, un cuerpo con muchos miembros, necesarios todos para el bien universal, tiene que extenderse a todos los hombres a los que está llamada a evangelizar.
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Otieno, Paul, Reconciliación y Perdón como camino de reconstrucción de la sociedad. Trabajo de grado. Bogotá: Pontificia Universidad Javeriana, Facultad de Teología, 2011, pg. 111
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Múnera, Alberto, Moral Fundamental, Apuntes de Clase, Tema No. 6, 2013, 13
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Sánchez, G. Urbano, La opción del cristiano. Síntesis actualizada de Moral, Madrid: Sociedad de la Educación Atenas, 1986, p. 638.
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Filiación divina y fraternidad humana son, por consiguiente, dos nociones que se implican mutuamente.”102
El cambio que se da en el interior de la persona se manifiesta necesariamente en las relaciones interpersonales que se establecen. Recibir y vivir en la gracia de Cristo significa amar al hermano, al prójimo. La acción de la gracia siempre produce el efecto agradable de la hermandad.