Desde la llegada de los primeros exploradores al Ártico, la historia de los inuits se ha desarrollado entre el esfuerzo por mantener las costumbres ancestrales y la introducción de elementos procedentes del mundo occidental. La vida de los inuits frágilmente adaptada a las inclemencias del propio medio, sufrió con la llegada del hombre blanco a sus tierras, una fuerte dependencia hacia una economía nacida en un contexto mercantilista y capitalista, ajeno a las bases de subsistencia propias, y al resto de los aspectos de la cultura en su conjunto.
Los primeros contactos entre los inuits y los europeos se registraron en 1576 con una visita aislada del explorador inglés M. Frobisher a la Bahía de Baffin (Legaré, 2013). Los contactos más regulares comenzarían a darse con los balleneros llegados a fines del siglo XIX al Ártico Occidental, luego los misioneros, los comerciantes y la Real Policía Montada de Canadá55 (RPMC), que alterarían progresiva y profundamente las normas sociales, económicas y políticas tradicionales de los inuits, influenciándolos a través del comercio de pieles y las necesidades de aprovisionamiento de mercancías para los barcos balleneros, el trabajo asalariado, los nuevos patrones residenciales y las enfermedades introducidas por los europeos.
Luego de la Segunda Guerra Mundial, el gobierno canadiense comenzó a desplazarse hacia el norte, afectando material y políticamente a las poblaciones tramperas locales, mediante la edificación de nuevos poblados de residencia permanente. La creciente economía asalariada y la necesidad de divisas llevaron a muchos jóvenes inuits a puestos laborales pagos -como por ejemplo, la confección de ropas de invierno tradicional para los trabajadores del petróleo y gas (Lyons, 2010).
55 En 1867 la reina Victoria firmó el Acta de Constitución mediante el cual Canadá adquiría la independencia de su
gobierno, sin romper totalmente relaciones con la corona británica. De hecho, aún forma parte de la Commonwealth británica y el monarca es el jefe de estado oficial de Canadá.
A partir de la década de 1950, los gobiernos del Ártico sometieron a los inuits a disrupciones intensas en los modos de vida a los que estaban acostumbrados. Con ciertas variaciones a lo largo de toda la región de distribución inuit, los macro-procesos económicos, políticos y sociales fundamentales de incorporación y transformación a la vida sedentaria fueron similares (Hicks, 2007).
Un caso paradigmático de este proceso lo constituye la comunidad de Holman, originada en 1939 en torno a la instalación de la Compañía de la Bahía de Hudson, que estableció un puesto comercial en la costa norte de la Bahía del Príncipe Alberto -a la que luego se sumaría una misión católica-. Esto daría inicio a una serie de transformaciones en los grupos inuits de la región, que reorientaron su cultura y subsistencia tradicionales: de una vida nómade de morfología variable en el territorio, rastreando los recursos estacionales disponibles, pasaron al sedentarismo en torno al establecimiento de Holman, donde las pautas de un estilo de vida occidental causaron alteraciones profundas en los patrones de socialización dentro de la comunidad (Collings, 2001). Entre estas pautas es de destacar la introducción del estilo occidental de enseñanza y de residencia; la inclusión de nuevas tecnologías para la subsistencia (tales como motos de nieve y embarcaciones con motor fuera de borda); la oferta de oportunidades de trabajo asalariado; la asistencia social patrocinada por el gobierno; el colapso del mercado de pieles de foca; y por último, la caída constante del mercado de pieles de zorro (Ibíd.).
La dinámica disruptiva que introdujo el desembarco del mundo occidental entre los inuits trajo como consecuencia la disminución de la población a causa de nuevas enfermedades y, en términos generales, un aumento en la brecha cultural intergeneracional. Es decir, se produjo una fractura en los vínculos entre las generaciones de jóvenes y las de sus padres y abuelos, a causa de las barreras lingüísticas y físicas, las expectativas diferenciales y el modo de relacionarse en general con los procesos de cambio, producto de las transformaciones en los contextos de socialización de cada generación.
Las nuevas generaciones formadas en los asentamientos permanentes han sido forzadas a asistir a escuelas estatales, con la consecuente perdida del idioma inuit y el avance de la enseñanza de los idiomas francés e inglés. Esto afectó tanto el aprendizaje de los patrones tradicionales de subsistencia56, como también la continuidad de la lengua propia de los inuits. El aprendizaje de la misma quedó reducido al ámbito familiar cuando esto resulta posible, ya que a ello se suma el distanciamiento físico entre los jóvenes y sus padres y abuelos, en tanto la asistencia a la escuela obligó a permanecer en el asentamiento, mientras que los adultos siguieron desplazándose por el territorio para proveerse de recursos autóctonos para la subsistencia. Esta incomunicación entre los jóvenes y las generaciones de los mayores supuso una interrupción en el flujo de conocimientos y en las pautas de vida inuit, sumiendo a las nuevas generaciones en un sentimiento de alienación, que incidió profundamente en el aumento del consumo de alcohol, en los índices de criminalidad y en las tasas de suicidio entre jóvenes y adolescentes (Hicks, 2007).
56 Actividades tales como la caza y la pesca, entre otras, que no forman parte del programa pedagógico y
las primeras manifestaciones de este tipo se registraron entre los inuits de Groenlandia, y mostraron una transición desde un “patrón histórico de suicidio” (usualmente entre personas inuit ancianas, o enfermas, quienes reflexionaban la decisión y la tomaban con el consenso familiar, que muchas veces participaba del acto), a un “patrón de suicidio actual” (entre las generaciones jóvenes, por estados emocionales inestables asociados a episodios de alcoholismo, pero sancionado culturalmente). En el ártico canadiense, la generación inuit que comenzó a mostrar altas tasas de comportamiento suicida fue justamente la primera generación que se formó en asentamientos permanentes, en un contexto de abuso de alcohol y drogas, y de desequilibrios sociales que marcó a muchas generaciones (Hicks, 2007).
Por otro lado, la implantación de un estilo de vida moderno-occidental tuvo desarrollos diferentes a lo largo del territorio, generando una creciente diferenciación social entre los inuits, que se observa en el acceso desigual a oportunidades laborales, educativas, recreativas, entre otras. La llegada que tienen algunos jóvenes a estas oportunidades, los residentes en el territorio inuit del Nunavut -desarrollado a continuación-, por ejemplo, es mucho mayor al de otros jóvenes inuits, en cuyos lugares de residencia los traumas generadas por cambios históricos, como el hacinamiento, la deserción escolar, el consumo de drogas, producto de la colonización son trasmitidos a través de la familia y la comunidad (Ibíd.), y en los cuales la brecha cultural entre las generaciones de ancianos -criados de acuerdo a los modos de vida tradicionales- y las generaciones de jóvenes -nacidos en poblados permanentes con una organización estatal- es muy grande.Sin embargo, hay lugares en el Ártico donde las tasas de suicidio están disminuyendo. Por ejemplo, entre los hombres jóvenes inuits nuuks en Groenlandia y en las ciudades de Alaska, quienes se formaron en zonas con mejores condiciones de vida en general, tanto en los sistemas de salud, escolares y de empleo, lo que les permitió contar con mayores posibilidades para convertirse en adultos exitosos (Hicks, 2007).
Esto da cuenta de que el proceso de contacto cultural ocurrido entre los inuits y el mundo occidental no puede ser pensado únicamente en términos de aculturación, como tradicionalmente se sostuvo. Si bien son innegables las transformaciones ocurridas en estas comunidades a partir del contacto, los inuits no fueron observadores pasivos del mismo, sino que de diversas formas y con diferente grado de involucramiento, participaron de esta realidad socioeconómica cambiante, sabiendo revalorizar su cultura, con un sentimiento generalizado de autodeterminación. Según destacan distintos estudios en los últimos cuarenta años, los inuits han logrado conseguir ciertas mejoras sociales y económicas, y una mayor autonomía política, materializada en la creación de territorios indígenas como el Nunavut en los Territorios del Noroeste (NWT por sus siglas en inglés), que los coloca dentro de los procesos de discusión, negociación y construcción de las identidades nativas, en el marco de las transformaciones que establecen la globalización y mundialización.