Primer Piso
LA SEGURIDAD ALIMENTARIA NUTRICIONAL Y PRÁCTICAS DE GÉNERO El propósito de éste capítulo es describir los elementos básicos referenciales del objeto de
4.3 La experiencia del Bono Productivo Alimentario implementado desde el Programa Conjunto de Género en Nicaragua (SNU, 2011)
4.5.13 Transformaciones de los roles de género y diagnósticos
Durante las últimas décadas se han producido tanto transformaciones sustanciales en la agricultura, como profundas variaciones en las relaciones de género. El sector agrícola, al interior de las fronteras nacionales y en la esfera internacional, ha sido objeto de importantes transformaciones tecnológicas, económicas, sociales y ambientales. Contemporáneamente en todos los continentes, todas las culturas y tanto en las esferas urbanas como en las rurales se han manifestado nuevas realidades sociales (Dévé, 1997:4).
Hasta los años 80, los proyectos de desarrollo rural no manifestaron preocupaciones específicas en materia de género. En general, los «grupos meta» de las acciones eran "familias campesinas" o "campesinos pobres". Si bien algunos de los proyectos rescataban el rol productivo de la mujer, en la mayoría de los casos lo hacían como una extensión de su rol reproductivo y en otros, es decir al interior de los proyectos integrados, se encontraban
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"componentes" orientados hacia las mujeres, sin tener en cuenta la evolución dinámica de las relaciones de género.
El carácter estratégico de la adopción de un enfoque de género como herramienta para promover un desarrollo sostenible fue reconocido por la ONU en la conferencia de Beijing. Esta última estipula en su plataforma de acción que ―El crecimiento económico, el desarrollo
social, la protección del medio ambiente y la justicia social son objetivos que están estrechamente relacionados con el avance de la mujer. La participación activa y equitativa de las mujeres y de los hombres en el desarrollo, la igualdad de oportunidades son aspectos
fundamentales para erradicar la pobreza y para alcanzar el desarrollo humano y sostenible‖. En los últimos años se ha manifestado un interés por articular ambos enfoques, es decir, el análisis de sistemas de producción y el de género. Sin lugar, a dudas no sólo existe un espacio para un enriquecimiento mutuo, sino también perspectivas para combinar sus campos de investigación, sus objetos de análisis y sus métodos y por ende, potenciar su efectividad (Dévé, 1997:5).
Sin embargo, el análisis de las relaciones de género en la división de trabajo, acceso a recursos y control de los cultivos e ingresos de sus ventas es esencial para los programas de inversión sostenible. El análisis de las asignaciones de tiempo en la agricultura puede revelar que la falta de una ordenación adecuada del terreno es debida a la emigración de los miembros varones del hogar, que deja a las mujeres con más trabajo agrícola y sin tiempo para la conservación de suelos. Desherbar, cosechar y trillar los cultivos suelen ser ―tareas femeninas‖ y por lo tanto, un programa para incrementar la producción de cultivos comerciales puede repercutir de forma negativa en las mujeres que ya están abrumadas por la carga de trabajo doméstico, y no lograría alcanzar sus objetivos. Una lección final importante: debe incluirse a los hombres. Los programas diseñados para llegar a hombres y mujeres son más eficaces. Obtener el apoyo de los hombres es fundamental para el éxito de los proyectos sensibles al género (FAO, 2009: 12).
60 4.5.14 Promoción de la equidad de género
El trabajo con enfoque de género significa entre otros, promover una división de trabajo más equitativa, en igualdad de oportunidades de acceder, negociar y decidir sobre el uso de los recursos y beneficios del trabajo familiar, que además, contribuya a mejorar la seguridad alimentaria y nutricional (AMUNIC, 2008:32).
Los pequeños agricultores, a pesar del papel fundamental que tienen para la seguridad alimentaria y nutricional con la producción de alimentos, ellos no tienen acceso a suficiente tierra, a capacitación y a asistencia técnica para elevar la productividad, al crédito, los insumos agrícolas y la tecnología adecuada. Debido a factores culturales y sociales, el acceso de la mujer a esos recursos es aún más limitado.
En las zonas rurales ha aumentado rápidamente el número de hogares, donde el jefe de familia son mujeres, debido a la pobreza y a la falta de empleo, que han acelerado la emigración de los hombres. Aunque esto les ha permitido a las mujeres una mayor participación en las decisiones, de cómo utilizar los recursos familiares, no ha mejorado su acceso a los recursos imprescindibles (insumos agrícolas, semilla mejorada, fertilizantes, agua, plaguicidas, asesoramiento, crédito y tierras) para elevar su productividad y mejorar el bienestar de la familia.
Los hogares encabezados por mujeres a menudo tienen ingresos más bajos y se ven obligas a ayudarse de sus hijos (as) para producir alimentos, o sacrificar la producción, para que sus hijos (as) puedan ir a la escuela. Además, en muchas zonas rurales pobres, las dos actividades que más tiempo ocupan a las mujeres son las de acarrear agua y recoger leña. La deforestación y desertificación generalizada, hace que estas tareas sean cada vez más pesadas, porque tienen que recorrer mayores distancias, lo que impide que ellas puedan dedicar más tiempo a tareas productivas que les den ingresos.
Tanto en los hogares donde el jefe de familia es mujer o es hombre, la mujer contribuye de forma importante a la disponibilidad, la estabilidad y el acceso familiar a los alimentos. En las zonas rurales ella apoya la producción de la parcela y también se encarga de cultivar alimentos
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y criar animales en su patio. En las zonas urbanas hace trabajos informales, como vender comida, lavar ropa, etc., y si tiene espacio en su patio, también cultiva alimentos y cría animales (AMUNIC, 2008).
Sin embargo, el hombre contribuye poco en las actividades, para lograr el consumo y la utilización biológica adecuada de los alimentos en la familia. Esto recarga el trabajo de la mujer en el cuidado o atención de los niños (as), la limpieza de la casa, la compra y preparación de la comida, lavar la ropa, recoger agua y leña, cuidar los cultivos y los animales, ir a las reuniones de padres de familia o colaborar en la preparación de la merienda escolar. Además, la mujer no recibe mucho apoyo cuando ella está embarazada y necesita reposar o ir al centro de salud.
Respecto a la alimentación de la familia, la mujer comúnmente tiene la responsabilidad y decide sobre qué alimentos comprar y cómo prepararlos. Ella sirve la comida y alimenta a los niños (as), y aunque en este aspecto ella puede decidir, lo hará en dependencia de lo que le gusta al marido.