• No se han encontrado resultados

Transformaciones sociopolíticas y desafíos regionales

Martes 1 de noviembre de 2005 “Las dos Mar del Plata “

8.1. Transformaciones sociopolíticas y desafíos regionales

El presente trabajo en sus primeros capítulos distingue dos periodos diferentes que caracterizan la política regional. Por un lado, se hace una referencia al programa neoliberal aplicado en Latinoamérica y los efectos del modelo y, en un segundo momento, se describe la emergencia de un escenario político diferente al de los años noventa. En ese sentido, se caracteriza la coyuntura como el resultado de disputas y movilizaciones de actores políticos y organizaciones sociales que resisten los embates del proyecto neoliberal. Movimientos de campesinos, desocupados, indígenas, organizaciones sindicales radicalizadas, foros sociales y organizaciones de izquierda, son parte de los referentes del recambio de dirección política que se percibe en la región.

En la literatura política reciente se menciona la presencia de un giro a izquierda, aludiendo con ello a la tendencia que lleva a gobiernos, a dirigentes y partidos a asumir por la vía electoral el poder. Nuevos gobiernos, definidos también como progresistas, opositores al neoliberalismo, a las desigualdades sociales y al rol de los Estados Unidos en los asuntos latinoamericanos, completa el ambiente de transformaciones. Se advierte una preocupación de parte de los mandatarios electos en superar la crisis institucional y de legitimidad política que inauguró desde 1993 un período caracterizado por presidencias inconclusas, movilizaciones y elecciones anticipadas. Es que años de neoliberalismo sembraron escepticismo en millones de latinoamericanos, que sufrieron en carne propia la pérdida de empleos, calidad de vida, prestaciones básicas como la salud, erosión del horizonte social o sumisión en las condiciones de marginalidad y pobreza extrema. Los dirigentes que asumen los nuevos gobiernos entre 1998 y el 2006 -Hugo Chávez, Luiz Igancio “Lula” Da Silva, Michelle Bachelet, Néstor Kirchner, Evo Morales, Rafael Correa- tienen desafíos en materia política, entre ellos, diseñar estrategias de intervención para alivianar los altísimos impactos sociales del ajuste de los noventa, garantizar el retorno de la acción del Estado a lo asuntos claves de la política, fortalecer el respeto de las libertades democráticas esenciales y articular con los movimientos y organizaciones sociales que les han dado apoyo.

Coincidiendo con Boron (2004) señalamos que pese a la ofensiva neoliberal, en la década de los noventa numerosos países de América Latina y el Caribe viven el inicio de un nuevo ciclo de protestas sociales que cuestiona las políticas, siendo protagonizadas en gran medida por movimientos sociales y populares renovados en prácticas, propuestas y metodologías de trabajo con lo social. El reinicio de la crisis económica hacia fines de dicha década y los intentos de acentuar el rumbo neoliberal llevan a la ampliación del descontento social, abriendo una crisis de legitimidad del modelo y de quienes lo sostienen, llegando a situaciones de crisis y retiro de gobiernos (Venezuela en 1993, Brasil en 1995, Ecuador en 2000, Argentina en el 2001, Bolivia en 2003 y 2004).

La entrada política de los sectores sociales más castigados por la aplicación del recetario liberal (campesinos e indígenas, los sin trabajo y sin tierra, los trabajadores y sectores urbanos empobrecidos, los jóvenes y las mujeres) abre horizontes de futuro –agrietando la hegemonía del pensamiento único– y también desarrolla una intensa experimentación democrática, de reconstitución de alternativas sociales y de reapropiación social de lo público. En este camino, se puede decir que el proceso de luchas que recorre América Latina comienza a limar los pies del gigante neoliberal e inaugura una dinámica que trasciende los planos de la movilización, toda vez que esas experiencias de protesta son canalizadas por actores políticos que embanderan una proclama antineoliberal, opuesta a los Estados Unidos y con centro en la recuperación del sueño bolivariano de la unidad latinoamericana.

Cabe destacar además que otra característica de la nueva etapa regional radica en la crisis institucional y de representatividad social que es tan profunda que hace visibles las tramas de conflicto de maneras cada vez más efusivas: desde el retiro de Carlos Andrés Pérez del gobierno venezolano, pasando por el de Collor de Mello o la huida de Abdala Bucaram, hasta llegar a puntos más álgidos, la crisis argentina del 2001 y las movilizaciones que dan apoyo al presidente Chávez en los intentos de golpe institucional en 2002. En estos procesos el movimiento de masas vuelve su atención sobre aquellas formas organizativas y contenidos políticos que han puesto distancia respecto al neoliberalismo.

Desde ya que pese a las similitudes, no todos los gobiernos presentan una dinámica igual. No son lo mismo aquellos que surgen de procesos convulsionados y de movilizaciones recurrentes, como Venezuela, Argentina y Bolivia, que los que asumen en países donde no se produjeron, como Brasil, Chile o Uruguay. La coyuntura desde esta perspectiva guarda diferencias –en cuanto a formas y estilos de acción política- respecto de los noventa. Con relación a los contenidos ideológicos y programáticos que los nuevos gobiernos sostienen, se puede agregar que todos comparten al menos, tres preocupaciones: el propósito estratégico de asegurar la democracia y la estabilidad institucional; el de superar los niveles de estancamiento, pobreza y desigualdad social, y el de avanzar hacia una reconfiguración del bloque latinoamericano a partir de la experiencia del MERCOSUR.

En efecto, respecto al primer aspecto, la democracia y la estabilidad del régimen institucional figuran entre las preocupaciones que ordenan la acción gubernamental. En este sentido, se afirma que el rol de la práctica política, orientada a la resolución de problemáticas sociales y a la concreción del bien social, se reemplaza por un sofisticado esquema de representación escénica y delegación electoral, que sumado al papel creciente de los medios de comunicación masivos, promueve la apatía y el descreimiento sobre los beneficios de la democracia. Tal como se ha expresado en los primeros capítulos, las democracias de América Latina han tenido que afrontar los desmanes dejados por el neoliberalismo, una verdadera contrarreforma social que reprodujo las disparidades sociales y económicas en la región. El dilema es reparar tales desigualdades y dejar el Estado en pie de acción. Es evidente que los mandatarios regionales comprenden que el desfasaje entre objetivos y desarrollo de la democracia como sistema de gobierno, de no superarse, puede llevar a nuevas grietas institucionales que pongan en riesgo la gobernabilidad o la resistencia de actores alternativos. Las democracias recientes, en plena consolidación, han sido objetos de seguimiento por parte de organismos dedicados a la medición de la calidad de la democracia y sus prácticas efectuadas entre 1998 y 2006. Ellas dan cuenta de un crecimiento significativo en los porcentajes de adhesión a la forma de gobierno, a su identificación con el respeto a los derechos y

libertades civiles e individuales, la idea de justicia e igualdad y los niveles de confianza en el sistema democrático regional que llegan casi al sesenta por ciento.

El segundo aspecto en perspectiva de resolución se liga al desarrollo económico regional y de cada país en particular. Democracia y crecimiento económico van de la mano para depurar el endeudamiento externo, la renegociación con las multinacionales dueñas de empresas estratégicas (gas, petróleo, agua, energía eléctrica), la implementación de políticas públicas de asistencia a salud, alimentación, educación y seguridad social, la puesta en marcha de planes de empleo y reactivación económica y la búsqueda de seguridad financiera que promueva inversiones con presencia estatal.

Con relación al proyecto de integración latinoamericano, cabe destacar que este concepto económico-político recorre la visión que los líderes latinoamericanos comparten respecto a formar un eje latinoamericano continental de integración y ampliar las bases del MERCOSUR con la incorporación de nuevos socios (por caso Venezuela en julio de 2006). Se acentúa en cada discurso presidencial y en las reuniones Cumbres realizadas desde el 2003 en adelante, la preocupación por establecer una relación de oposición férrea al proyecto ALCA, ya que los Estados Unidos persisten con el propósito de conformar el mercado de libre comercio americano. Las resistencias ideológicas y políticas al ALCA son decisivas para consolidar el MERCOSUR en tránsito a unión aduanera y fortalecer la posición como bloque regional en las negociaciones con la UE y los Estados Unidos. Esta percepción de que el proyecto integrador por excelencia es la integración y unidad latinoamericana intenta recorrer los trazos de política exterior de los gobiernos latinoamericanos actuales y constituye otro de sus desafíos, aunque la realidad se haya empecinado en derribar los deseos, como se pudo observar con el conflicto entre Uruguay y Argentina alrededor de la instalación de las papeleras.

Es posible resaltar de manera general entonces que los interrogantes sobre la perspectiva regional y las tendencias que abren los cambios políticos, acuerdan en que una economía concentrada, financiera y globalizada trajo consecuencias nefastas sobre el trabajo, la seguridad social y el bienestar de la mayoría de las

sociedades latinoamericanas, y que los nuevos gobiernos de la región tienen como agenda de transformación esa herencia neoliberal. En segundo orden, la nueva etapa regional bien con una retórica diferente que opera sobre el discurso de la Economía y de las políticas neoliberales, otorgando un sentido nuevo a lo que es políticamente correcto y posible, puesto que la situación es alentadora en América Latina; un continente que ha sido el eslabón más débil de la cadena neoliberal, donde hubo más resistencias y ahora se producen avances alternativo significativos.

Por último, se menciona un cambio en el sistema político, relacionado con el reposicionamiento del Estado dentro de un proceso de transición a una sociedad más inclusiva y de mayor democracia social, donde el peso de los movimientos sociales, campesinos, indígenas, populares, abrieron las grietas al neoliberalismo en un esperanzador y rico proceso político, signado por la disputa contra el neoliberalismo y el cierre del ciclo posdictatorial. Con ello asoma un recambio en las elites dirigentes especialmente verificado en el caso venezolano.