DETERMINANTES DE LA TRANSMISIÓN DE LOS VALORES Y LAS NORMAS VINCULADOS A LA LEGITIMACIÓN DE LA VIOLENCIA
2.3 TRANSMISIÓN DE LA VALORACIÓN DE LA VIOLENCIA EJERCIDA POR EL NIÑO
Si el progenitor no está presente en la escena en la que su hijo actúa con violencia hacia otro menor, tiene menos elementos para interpretar y valorar lo ocurrido. El hecho de que el adulto presencie la situación de conflicto en la que su hijo agrede, determina su interpretación, que se hará en función de lo que percibe y del conocimiento previo que tenga sobre los actores: su propio hijo y el otro niño. La interpretación y consecuente valoración del conflicto determinarán la manera en que se transmitan los valores, normas y creencias. En definitiva, determinarán la transmisión de la legitimación del ejercicio violento del menor81.
Se trata de conocer cómo se lleva a cabo la transmisión de la legitimación de la violencia cuando los niños son los protagonistas de una pelea, actuando el progenitor como observador y el menor como actor. Para ello, se analiza la forma en que las creencias asociadas a la violencia como institución social y concepto compartido culturalmente82, se traducen en los valores y las normas propias de los roles que asumen las diferentes personalidades, en alusión al conocido esquema de Sorokin (1966) y Parsons (1966).
Los adultos, en su rol de padres, tienen una serie de expectativas asociadas a la conducta de sus hijos, unas creencias acerca de lo que puede influir en su acción. El hecho de que el menor protagonista sea consciente, en el momento en que actúa, de que su padre está presente, influye en su comportamiento. Lógicamente, está influencia también se manifiesta cuando los padres no están presentes, una vez que el niño ha
81 Véanse apartados 3.2.1 y 3.2.2 del Capítulo 3. 82 Véase apartado 1.1.3 del Capítulo 1.
interiorizado las expectativas de los demás en torno a su conducta. La agresión es una acción que conlleva una connotación negativa, sin embargo, el niño sabe que su conducta violenta puede llegar a ser legitimada por parte de sus padres en función del marco de circunstancias que la definan. El menor también es consciente de que los adultos tienen una serie de expectativas puestas en él, en su actuación: esperan que se comporte adecuadamente, es decir, de acuerdo a los criterios que le han transmitido, a los valores y las normas que sus padres consideran importantes. En definitiva, tanto el ejercicio de una acción violenta (por parte del niño), como la consideración que de la misma realizan otras personas (sus padres), están influidos por la presencia de otras personas en la misma escena.
La conducta del niño se ve influida por otros actores presentes en la escena, como puede ser el grupo de iguales del menor. El efecto de la facilitación social (Allport, 1924) explica que la mera presencia de otras personas puede fortalecer un tipo de respuesta predominante en el niño. Ante la situación que se le plantea, el menor actuará con más probabilidad de manera violenta si ésta es la opción de respuesta más fuertemente arraigada en él, debido a su proceso de aprendizaje. Por el contrario, si se ha reforzado otro tipo de respuestas más positivas, la presencia del grupo facilita que éstas sean las que se desarrollen: los comportamientos institucionalizados en las relaciones del grupo fomentan que se dé una respuesta u otra. Además, hay que tener en cuenta el efecto que tiene sobre las conductas, el miedo a la evaluación que provoca el hecho de sentirse observado por otras personas; tal y como se ha expuesto, la teoría de
la Comparación social (Festinger, 1954) predice este efecto: el niño actúa influido por
la presencia de los demás y la actitud que manifiesta está condicionada por la de la mayoría.
Otro efecto que podría tener la presencia de los iguales de referencia en el menor sería el de potenciar su sentimiento de desindividuación (Zimbardo, 1969): estar rodeado por otras personas favorece el anonimato y así, la responsabilidad por la acción queda diluida, máxime cuando los otros niños respaldan la conducta del agresor. La forma en que el padre valore la escena es diferente en función de cómo considere que se reparte la responsabilidad entre los diferentes protagonistas.
2.3.1.- CONTEXTO DEL CONFLICTO ENTRE MENORES
Antes de otras consideraciones, debemos definir qué entendemos por situación
de conflicto entre menores. Proponemos una escena en la que dos niños están peleando
y agrediéndose físicamente, dado que éste es un ejemplo claro y sencillo de una situación cotidiana, común. Tal y como se desarrolla en los siguientes apartados, el hecho de que el padre presencie la situación, lo que infiera y las atribuciones que realice, determinarán su reacción posterior, es decir, la transmisión de sus creencias, normas y valores acerca de la violencia, ya sean legitimadoras o deslegitimadoras de la misma.
Cuando el menor actúa violentamente hacia otro niño y el progenitor está presente, éste no percibe la conducta de su hijo de manera aislada, sino enmarcada en la situación global que la dota de sentido. Las deducciones que realiza el padre a partir de lo percibido, están basadas en el cúmulo de circunstancias que componen la escena y no se limitan a la unidad conductual (su hijo golpea a otro niño). Es decir, el carácter significativo de la acción, cargada de intenciones y metas, precisa de un esquema de análisis que contenga algo más que la mera conducta: en este caso, la relación interactiva entre los niños. La unidad mínima de significación requiere, por lo tanto, de una secuencia de acciones, ya que la conducta aislada no permite deducir la complejidad de los mecanismos cognitivos y de los procesos interactivos (Garzón y Rodríguez, 1989). El adulto que presencia el ejercicio violento de su hijo lo valora en su contexto, a partir de los elementos que le rodean y componen su sentido.
Por lo tanto, cuando el padre presencia la escena en que su hijo actúa con violencia, no percibe una agresión sin más, un mero golpe, un empujón o una patada. El adulto analiza el acto social, las acciones que llevan a cabo los individuos en conjunto en una escena determinada y, como tal, lo interpreta (Shaver, 1985). A este respecto, lo que el padre percibe y analiza son las formas simbólicas de conocimiento construidas socialmente, a las que aludía Moscovici basándose en la idea de la representación social introducida a partir de las propuestas de Durkheim; éstas no pueden explicarse recurriendo sencillamente a la psicología del individuo (al nivel de la personalidad). Lo que el padre ve es una representación social, compuesta por una secuenciación de acciones que le indican de qué se trata.
Pettit (1981) propone que las acciones, simples o compuestas, constituyen
eventos: esto es, algo que tiene lugar en un periodo de tiempo determinado que va más
allá de la simple acción. La situación que el adulto analiza consiste en una secuenciación de movimientos cargados de significados que, en su conjunto, componen el hecho social. Como tal, ha recibido diferentes denominaciones: evento social (Pettit, 1981; Shaver, 1985), acto social (Cranach, 1982), episodio social (Braña, Olea, Varela y San Martín, 1994) o incidente social (Clarke, 1984). Desde la perspectiva psicosocial empleada en esta investigación, el foco de atención debe ser el análisis del hecho social y no simplemente de la conducta descontextualizada. El padre no ve una conducta: no ve a su hijo empujando a otro niño. Lo que el adulto analiza no es la secuenciación de movimientos que provocan la caída del otro menor. El padre percibe e interpreta un conjunto de acciones que componen la escena y en ella existen muchos elementos visibles y otros invisibles; todos estos componentes forman el significado del acto social en función de la cultura, las creencias y las normas predominantes. Esto supone interpretar los actos como producciones sociales amparadas por las instituciones compartidas83: no todos los factores que intervienen en la interacción son explícitos. Elementos como las emociones, las intenciones o la relación previa entre los actores, no son visibles, sino que están latentes y el espectador (en este caso el progenitor) debe interpretarlos.
El hecho social, la producción de movimientos enmarcados en una situación con unos referentes compartidos por los actores, viene caracterizado por la intervención de la intencionalidad. Como se ha explicado84, se trata de un factor determinante a la hora, incluso, de asignar una categoría a lo que se percibe. Garzón y Rodríguez (1989) explican las inferencias que realiza el observador acerca de la intención de los actores a partir del análisis del esquema de medios–fines centrado en las unidades discretas de acción. En nuestro caso, el padre, como observador, busca un sentido para la escena que está presenciando y lo hace analizando la intención de su hijo a partir de los medios y fines que percibe: observa cómo su hijo golpea a otro niño (medio) y, a resultas de esta acción, obtiene un resultado. De manera que el adulto puede relacionar el medio con el fin para concluir cuál era la intención del menor. Veamos cómo puede desarrollarse este proceso ejemplificando diversas posibilidades. Supongamos que antes de que el hijo
83 Véase apartado 1.1.1 del Capítulo 1. 84 Véase apartado 1.1.3 del Capítulo 1.
golpeara al otro niño, éste estaba insultándole. Como resultado de la acción de su hijo, el niño deja de insultarle. En este caso, el padre puede establecer fácilmente una relación entre el medio (da un golpe) y el fin (cesan los insultos) y concluir la intencionalidad del menor: mi hijo le ha pegado con la intención de que el otro niño
dejara de insultarle o de otra manera: mi hijo se ha defendido. Ahora bien, supongamos
que, a resultas de su acción, el hijo obtiene un fin diferente, a partir del cual el padre no puede establecer la relación ni deducir, por lo tanto, su intencionalidad. Imaginemos que su hijo pega a otro niño con el que previamente está jugando y, como reacción, éste comienza a llorar y se va. En este caso, no está tan claro cuál es el fin que persigue el menor. Así, el adulto emplea algún tipo de información complementaria para establecer la relación entre el medio y el fin que le ayude a comprender la intencionalidad de su hijo. Esta información puede ser el conocimiento previo que el sujeto tenga, por ejemplo, sabe que su hijo suele pegar, o no, a otros niños y por qué lo hace. En este mismo sentido, Harré (1979) propone la existencia de un paralelismo entre actor-acción y significado–signo, en el análisis que denomina sintaxis social. En definitiva, la clave para diferenciar un mero movimiento de un acto sería que éste implica intencionalidad, que se juzga en relación entre los medios y los fines de la acción. La forma en que se realiza este proceso, el reconocimiento de la intención, será tratado más adelante85. Para los adultos, la aprobación de la violencia está más influida por las intenciones que por lo censurable de la agresión en sí misma (Rule y Ferguson, 1984). De hecho, este componente es tan importante, que puede definir la legitimidad de la conducta: el padre puede valorar positivamente la acción en función de la intencionalidad que le atribuya al actor que la ejecuta86.
Ahora bien, el componente de la intencionalidad no siempre es obvio. Puede ocurrir que, a resultas de una conducta suceda algo inesperado. Por ejemplo, un niño que es insultado por sus compañeros del colegio, pelea con uno de ellos y todos los demás dejan de ofenderle. Puede que lo que el niño esperara no fuera tal consecuencia, incluso puede que no lo hiciera movido por un objetivo específico, sino como una reacción emocional o para evitar una agresión inminente.
85 Véase apartado 2.3.2.2.
86 A la hora de valorar una acción violenta por parte de su hijo, el adulto tiene en consideración su intencionalidad. Esto puede deducirse fácilmente a partir del análisis que se ha efectuado en el desarrollo empírico de esta investigación: los padres legitiman en mayor medida una actuación violenta que ha sido cometida con el fin de defenderse que aquélla en la que la intención era atacar (véase apartado 5.2.1.1 del Capítulo 5).
De modo que la escena que presencian, perciben e interpretan los progenitores, no es el golpe que da su hijo al otro niño, sin más, de manera descontextualizada: es una secuenciación de movimientos cargados de intencionalidad87. Ahora bien, ¿cómo se puede caracterizar esta escena? Clarke (1984) analiza la estructura de la situación: “Al
considerar cualquier acción humana y sus causas, se va a encontrar que ocurre como una parte de una secuencia más larga, episodio, proyecto, escenario o incidente, más que de manera aislada de su contexto.” (p. 191). Este autor emplea el término incidente social y establece que consta de ocho rasgos definitorios, que a continuación
explicamos aplicándolos a nuestro análisis:
- la escena que el adulto percibe posee una estructura compleja, es decir, está compuesta por diferentes partes o acciones: un niño insulta a otro, éste le agrede físicamente, el primero llora y avisa a sus padres. Estas acciones no ocurren aisladamente, sino que están unidas por relaciones de
causalidad o de medios-fines (insultar-golpear-llorar-avisar a los padres).
- Este episodio se caracteriza por tener límites, la escena que el padre percibe está limitada temporalmente. Sin embargo, el conflicto puede haber comenzado mucho antes y esta escena constituir únicamente una pequeña parte del mismo; el sujeto valora este incidente contando con la información de que dispone, como puede ser que uno de los niños hubiera pegado al otro el día anterior88. Imaginemos que los menores tienen una relación que supera el espacio temporal del conflicto que el progenitor percibe (son amigos, compañeros de aula o primos). Esta relación ha ido definiendo los roles de los protagonistas a lo largo del tiempo: el papel que
87 El planteamiento sistémico de la interpretación de la situación implica considerar el conjunto de elementos en interacción, en donde la modificación en cualquiera de ellos, afecta al resto. Goffman (2006) se refiere al análisis del marco, el frame analysis, para explicar cómo influye el contexto en el que se producen las interacciones y los actos comunicativos.
88 Esta situación es relativamente frecuente. El hecho de que los menores arrastren una relación conflictiva añade un elemento a la interpretación del adulto: las intenciones de los niños no están condicionadas únicamente por el contexto que se percibe. Esta es la base para que los padres lleguen a legitimar cierto ejercicio de venganza o de ofensa interpretándolo como defensa (véase epígrafe La
defensa en el apartado 1.1.3.1 del Capítulo 1 y apartado 3.1.2.2 del Capítulo 3). Entre los resultados
obtenidos en el desarrollo empírico de esta investigación encontramos que los padres pueden legitimar un acto de ataque por considerar que se trata un ejercicio de defensa, reconstruyendo el concepto (véase epígrafe Patrón de reacciones de los padres que legitiman la violencia cometida como forma de ataque, en el apartado 6.2.2.3 del Capítulo 6).
ocupa cada uno de ellos en la escena que se desarrolla no se genera en ese momento, sino que viene determinado por su relación anterior. Por otro lado, el acto social, en este caso, se engarzaría en una continuidad, dado que los menores tenían, y van a seguir teniendo, relación. Un último aspecto al respecto de los límites temporales del incidente social es la posibilidad de que el observador, el adulto, rememore escenas similares que él/ella protagonizó, recuerde los elementos que caracterizaban el conflicto entonces y esto le ayude a comprender qué sucede en esta ocasión.
- El incidente tiene una estructura jerárquica. Las acciones que lo componen se relacionan ordenadamente: pequeñas piezas constituyen piezas mayores y así sucesivamente. En el caso que analizamos, tal orden en la secuencia es fundamental porque si éste fuera diferente, podría hacer variar la interpretación resultante: no tiene el mismo sentido que un niño insulte a otro antes o que le insulte después de que el último le golpee. - Estas unidades discretas se componen ocupando una dimensión temporal,
por ello la relación entre las piezas del episodio implica una diferencia en el tiempo. La secuenciación medios-fines o la relación de causalidad conlleva una ordenación que supone que el acontecimiento se desarrolla a lo largo de un lapso de tiempo.
- El incidente consta de eventos discretos que el adulto, como observador, analiza en su conjunto. Lo que interpreta es el acto social, no las piezas una a una, sino ligadas por diferentes tipos de relaciones y en una secuenciación temporal determinada.
- Cada episodio se caracteriza por la poligénesis: implica diferentes partes que, por separado, no tienen la capacidad de dar cuenta de su sentido total. Para interpretar lo ocurrido, el observador debe contar con la mayor cantidad de información posible: será capaz de interpretar más adecuadamente la escena si ha percibido todos los movimientos de los
muchachos que si sólo ha atendido a la última parte (por ejemplo, su hijo llorando).
- La escena provoca reacciones, que son respuestas discretas diferentes en función de quién observe e interprete el incidente. Así, no tiene el mismo resultado que observe el conflicto el padre de uno de los protagonistas o el padre del otro, el grupo de iguales o un profesor. Su interpretación es función del rol que detente cada uno. Fernández, Sánchez y Beltrán (2004), han hallado que cuando el hijo es la víctima de la agresión, los padres no encuentran una razón para esta conducta; mientras que, cuando el hijo es el perpetrador, un porcentaje más elevado considera que se trata de una respuesta a una agresión previa o que se debe a las típicas discusiones infantiles89.
- En el mismo sentido que el anterior, el desarrollo del incidente favorece
ciertas respuestas y determina las preferencias de cada participante hacia
las mismas. Si, por ejemplo, el adulto respalda la acción violenta protagonizada por su hijo, la reacción del otro niño dependerá de la forma en que se haya desarrollado la escena anterior.
La situación que proponemos en nuestra investigación como objeto de análisis por parte de los padres, es el desarrollo de un conflicto en el que interviene su hijo de manera violenta90. Como se ha venido señalando, esta escena se caracteriza por ser un acto social que el adulto analiza contextualizadamente. A propósito de la diferenciación entre acto y acción social, Harré (1979) establece que el acto concreta la acción de manera convencional o social. Es decir, es la forma en que cada cultura permite actuar, en función del sistema normativo vigente, las convenciones interpretativas o la dimensión moral predominante. Como veremos91, es este contexto compartido el que permite al menor justificar su conducta, es decir, le facilita los argumentos válidos para ello, en función de la estructuración de la legitimación que contenga la violencia en este
89 En el estudio de Fernández, Sánchez y Beltrán (2004), el 20,59% de los progenitores consideraban que si un niño agredía a su hijo era porque le da la gana, mientras que el 32% creía que, si su hijo agredía a otro, era como respuesta a una provocación previa y el 24%, como resultado de las típicas discusiones infantiles.
90 Véase apartado 4.5.2 del Capítulo 4. 91 Véase apartado 2.3.3.
contexto. Además, el análisis de la secuencia de acciones que realiza el progenitor al observar activa y constructivamente la situación que protagoniza su hijo, se basa en estos criterios consensuados socialmente92. En definitiva, la escena compone un episodio de interacción entre actores, que puede caracterizarse de diferentes formas: más allá de la actuación individual y particular del menor, se resalta el carácter social de