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Traumas infantiles severos no resueltos y malos tratos infantiles severos

Los diferentes tipos de malos tratos, sobre todo cuando son severos y crónicos, son profundamente traumáticos para los niños y las ni- ñas, porque conllevan una amenaza profunda a la integridad física o psicológica de la víctima (siegel, 1995; Van der Kolk y otros, 1996; Barudy,1999; Zeitlin y MacNally, 1991).

como el productor de esta amenaza es el padre o la madre, se explica la vivencia que tienen los niños no sólo de sentirse amenaza- dos, sino traicionados, desamparados y culpables.

Óscar, el padre de nuestro ejemplo, fue objeto de los estallidos de cólera y de violencia de un padre impulsivo, sádico y distante, que no sólo golpeaba a sus hijos, sino también a su mujer delante de ellos. su madre, pasiva, depresiva y dependiente de su marido, era inca- paz de protegerlos. El hijo aprendió que estos repentinos cam bios de su padre podían anticiparse por el cambio en la entonación de su voz y por sus gestos: «con sólo escuchar las pisadas o la forma en que golpeaba la puerta o abría con las llaves o con la forma en que nos saludaba al entrar en casa, podía adivinar si venía violento, o no».

Óscar creció, se casó y tuvo una hija, su esposa tenía una perso- nalidad que su madre nunca tuvo: era capaz de decir lo que pensaba y defender sus puntos de vista. Esto provocaba disputas frecuen- tes y, en varias ocasiones, desbordado por la ira, había golpeado a su mujer. a medida que crecía su hija, también se afirmaba y no le obedecía con la rapidez que su padre pedía; y lo que más le afectaba eran las crisis de enfado de la pequeña cuando él la contrariaba. sus reacciones desmesuradas a los comportamientos de su hija provo- caban el enfado de su esposa, quien defendía e intentaba proteger a su hija, lo que aumentaba la violencia del padre. todo esto se tradu- cía en un aumento de los conflictos, la tensión y el estrés familiar que, a su vez, influían negativamente en la niña quien, en el mo- mento de su evaluación, presentaba un trastorno del apego desor- ganizado/desorientado de tipo hostil. Esta situación duró hasta que la niña cumplió tres años. La madre tenía la esperanza de que su marido podía cambiar, pues, educada en un modelo tradicional de

familia, se representaba la separación como un fracaso mayor. sus esperanzas eran alimentadas por la reacción de arrepentimiento y promesas de su marido. cuando la niña tenía tres años, en una oca- sión en que no quiso comer y rechazó la comida que el padre insistía en darle, éste no pudo contenerse, tomó a la niña por los brazos, y la golpeó además de zamarrearla, provocándole fracturas en ambos brazos y una hemorragia cerebral. Este padre, que afirmaba que quería a su hija como a nadie en el mundo, no sabía que estaba bajo la influencia de sus traumas infantiles no resueltos, por lo que no tenía ningún control sobre sus emociones ni sus actos en el momen- to en que su esposa y su hija lo contrariaban.

Las teorías actuales sobre el funcionamiento de la memoria nos amplían la lectura de lo que le sucedía a este padre. De acuerdo con éstas, las reacciones de enfado de la esposa y de la hija activaban en su memoria una representación perceptual o engrama.5 En el caso

5. La mente, reactiva a experiencias dolorosas o estresantes, no almacena en la memoria recuerdos como nosotros los conocemos, sino tipos particulares de imágenes mentales, llamados engramas. Estos engramas son un registro com- pleto, hasta en el más mínimo detalle, de cada percepción presente en un mo- mento de «inconsciencia» total o parcial, debido a un acontecimiento altamente amenazante o traumático. Un ejemplo de engrama podría ser el siguiente: el marido derriba a su mujer con un golpe en la cara, quedando ella «inconscien- te» (las comillas significan que si bien la mujer está inconsciente analíticamente, no lo está reactivamente). Luego, enardecido, le da un puntapié en el costado y le dice que es una farsante, que no es buena, que siempre está cambiando de opinión. contemporáneamente a estos hechos, una silla cae al suelo con estrépi- to y de un grifo abierto está saliendo con gran ruido un chorro de agua. ade- más, en el momento en que la mujer está desmayada pasa un automóvil frente a la ventana de la cocina haciendo sonar con estruendo la bocina. El engrama con-

tiene un registro continuo de todas estas percepciones. El problema con la mente reactiva es que «piensa» en identidades; en el recuerdo, una cosa es idéntica a otra. La ecuación es a=a=a=a=a. En el futuro, cuando el entorno presente de la mujer contenga suficientes elementos similares a los que se encuentran en el engrama, ella experimentará una reactivación del engrama.

Es decir, si una tarde el grifo estuviera abierto y ella escuchara el sonido de un coche que pasa afuera y al mismo tiempo su marido (el hombre en su engra- ma) la reprendiera por algo, en un tono de voz similar al que usó en el engrama

de este padre, este engrama se vinculaba con otras repre sentaciones relacionadas con la percepción de un rostro enfadado. cuando su hija o su esposa mostraban enfado, estas interacciones incluían para él la representación emocional de sentirse rechazado y los recuerdos implícitos asociados de sus experiencias infantiles pasadas volvían a estar presentes. Él revivía sentimientos de amenaza extrema, sensa ciones corporales de tensión y quizá de dolor intenso, que le desencadenaban impulsos conductuales de fuga, pero ahora, ya adulto, no podía huir. Lo más probable es que estas sensaciones es- tuvieran asociadas con un engrama; de su padre furioso o de su ma- dre pasiva y deprimida, pero estas asociaciones se establecían en él con rapidez y ajenas a la consciencia. Por supuesto que este padre, cuando se sentía terriblemente afectado por los gestos y las reaccio- nes de su hija y de su esposa, no experimentaba que estu viera bajo la influencia dramática de su pasado. Pero, desde el punto de vista teórico, éstos le despertaban sensaciones que lo transportaban a su pasado traumático reaccionando con el mismo sentimiento de ame- naza que cuando era niño, pero ahora con el poder y la fuerza de un adulto. Estas experiencias del pasado se manifestaban en el aquí-y- ahora y, por desgracia, a través de comportamientos violentos hacia su esposa y su hijita, con las consecuencias ya señaladas. En otras palabras, el engrama del enfado determinaba su mundo subjetivo, organizando sus expe riencias internas y motivando sus conductas violentas actuales, a pesar de que su esposa y su hija no eran real- mente ninguna amenaza vital.

Es evidente para nosotros que la ideología patriarcal que colorea la experiencia de socialización de muchos, o de demasiados hom-

original, ella experimentaría dolor en el costado (donde fue golpeada anterior- mente). La mente reactiva no es una ayuda para la supervivencia de esta mu- jer, por la excelente razón de que aunque es lo bastante fuerte como para re- sistir durante el dolor y la «inconsciencia», no es muy inteligente. intenta «impedir que una persona se ponga en peligro», y al imponer el contenido de su engrama, puede causar temores y emociones no deseados y desconocidos, enfermedades psicogénicas y reactivación de experiencias dolorosas que sería mejor no tener.

bres, aun en nuestra cultura, desempeña también un papel en la explicación de estos comportamientos violentos, en la medida que las creencias machistas disminuyen las posibilidades de control in- terno.

Volviendo al caso de este padre, cuando su hija no quiso comer rechazándole la comida, se produjo en su mente una cascada de activaciones de la memoria implícita que lo inundaron, provocan- do un cambio repentino de sus estados mentales, un secuestro emocional y una respuesta disruptiva y violenta. Esta irrupción de su pasado traumático en el presente es un indicador de un funcio- namiento discontinuo en el flujo de su consciencia, en otras pala- bras, una manifestación de un trastorno o de una personalidad di- sociada.

Esta disociación se manifiesta en el discurso incoherente de este padre en la Entrevista del apego adulto (EVa) cuando se le pide que hable sobre su relación con sus progenitores. En otras partes de la evaluación, por ejemplo, cuando se evalúa su capacidad de reco- nocer su responsabilidad de lo que le provocó a su hija, su respuesta es ambigua y autojustificativa. Le atribuye una parte de la culpa a la reacción de su mujer que le hacía perder los estribos. incluso en su demanda de ampliación de las visitas existe una manifestación de esta misma índole; no pide una oportunidad para reparar el daño infligido a su hija, pide más visitas, porque es su derecho y una ne- cesidad para la rehabilitación de su alcoholismo. Esto explica que, cuando se le aplicaron a este padre los instrumentos para evaluar sus capacidades empáticas, los resultados fueron compatibles con trastornos severos de la empatía.

En algunos casos de madres y padres que durante su infancia vi- vieron en contextos de malos tratos severos y por períodos prolon- gados, los cambios repentinos de sus estados mentales como expre- sión de sus traumas no resueltos se pueden manifestar también por un estado de mente paralizado o equivalente a un tran ce que puede durar desde minutos hasta días. cuando el trastorno de apego adul- to forma parte del funcionamiento de estos padres, este tipo «de pa- rálisis mental» se mezcla con explosiones de ira, como la que presen- taba el padre del caso propuesto. al aceptar este padre entrar en el

programa psicoterapéutico, pudo describir a su terapeuta que, cuan- do algo o alguien lo ponía nervioso, tenía la sensación de sentir que su cabeza le iba a estallar y su mente se le iba a salir. Lo que la terapia le permitió a este padre fue entender que, en esos momentos, su mente ya no funciona en el presente, sino que, a partir de un engra- ma o imagen mental (que podía ser el enfado de su hija, el negarse a comer o el que alguien no satisficiera sus deseos), su mente adulta y actual se sumergía en las memorias implícitas, por lo que su estado mental adulto era reemplazado por el esta do mental infantil en el que se encontraba de nuevo con la vieja y familiar sen sación de ame- naza vital, rechazo, miedo, ira y desesperación. además, pudo in- tegrar que, en esos contextos donde él sentía que «no le hacían caso», se le activaba una sensación de impo tencia y desconexión que, además, experimentaba con vergüenza, porque la subsi guiente percepción del enfado de su hija, como ira hacia él, le inducía a sen- tirse humillado. antes de poder salir de esta avalancha, se enfurecía, y este estado disociado de alteración lo llevaba a comportarse de un modo terrible con su hija, que de ordinario nunca hubiera escogido. Literalmente, se encontraba fuera de control.

traduciendo sus experiencias al modelo de autoorganización del cerebro y de la mente, podemos afirmar que, cuando era niño, los malos tratos y la desprotección de sus padres habían permitido que los estados de la mente de este padre se engranaran en sus redes neu- rales. Éstos eran estados mentales cargados de temor, dolor, amena- zas, desamparo, ver güenza y humillación. Los estados de mente que se activan repetidas veces pueden convertirse en rasgos de un indivi- duo (Perry y otros, 1995). La naturaleza no resuelta de las experien- cias traumáticas de este hombre lo colocaba en la situa ción de riesgo de entrar, precisamente en el presente, en los estados temidos y reac- cionar violentamente, cosa que ocurría. El tra bajo terapéutico con esta familia requeriría la comprensión de estos rápidos cambios en es- tados y su asociación con patrones relacionales del pasado. si pode- mos ayudar a las personas con traumas no resuel tos, entonces po- demos alterar el ciclo de transmisión intergeneracio nal de trastornos relacionales, un ciclo que produce y perpetúa el sufrimiento emocio- nal devastador.

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a partir de lo ya enunciado, se puede aceptar que la salud mental de un padre o una madre está en estrecha relación con la calidad de las relaciones que haya conocido en su infancia, cuando el tipo de ape- go con sus progenitores o cuidadores es fundamental.

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