Estocolmo, 11 de febrero de 1649.' En una sala de la Embajada de Francia, un hombre se debate, desde hace ocho días, con la muerte. Es el fin. El embajador, acudido presurosamente, su mujer y su séquito, repiten, de rodillas, las oraciones que dirige el capellán. Instantes an tes, el representante del rey d e Francia, interpretando felizmente el silencio del moribundo, en el que sólo los ojos hablaban, había dicho a la asamblea que «su amigo se retiraba contento d e la vida, satisfecho de los hombres, lleno d e confianza en la misericordia d e Dios y ansioso p o r descu brir y p o s e e r una verdad qu e h abía bu scado toda su vida». Hermosas y penetrantes palabras, dignas d e aquel que se extinguía. Poco después, acabadas las oraciones, «el señor D escartes, cuenta Baillet, entregó su alma al Señor, sin un movimiento, con una tranquili dad digna d e la inocencia d e su vida». D escartes, René Descartes, a quien, inmersos en la confusión y angustia del mundo que él ayudó a nacer con la fuerza de su genio, nos p are ce justo, en estos días d e ani versario, rendir aquí un m erecido homenaje d e gratitud intelectual y persistente admiración. ¿Por qué?
Porque fue un «gran filósofo», respondería el alumno aventajado d e bachillerato. Pero, si D escartes no fuera, no hubiera sido más que un «gran filósofo» en el sentido escolar de la palabra -un hábil fabricante de sistemas bien articulados y bien engrasados- no m e interesaría por él en estos momentos. O, si se prefiere, no sería yo, como historiador, el encargado d e recordar su grandeza o su memoria. Para eso se reque riría un «experto» que contribuyera a una conmemoración entre ex pertos. Un experto en filosofía que no dejaría de aplicar, acertada mente, a todas las bisagras del cartesianismo, sus aparatos de precisión y verificación. «¡Ésta no p arece muy sólida... Ni ésta tam- 1
poco... |Miren!» En un abrir y cerrar de ojos, todas las piezas del sis tema, debidamente desmontadas, estarían sobre el banco, revelando su ingeniosidad, pero también sus defectos. E, inmediatamente, surgi ría la palabra, la sonora palabra -d e hecho, ya ha surgido-: ¡contradic ción! Las contradicciones d e René D escartes reveladas -en un grueso número especial de la Revue Philosophique de 1937- por K. Jaspers, que, a insistentes ruegos de franceses cándidos, se disfrazó de doctor Tulp para administrarles, a expensas de nuestro poitevino, una «lec ción de anatomía» al germánico modo.
Contradicciones: pero, ¿en qué sistema filosófico no encontrará, cualquier aprendiz, tantas contradicciones como un bachiller de Tu- binga en la doctrna de Martín Lutero? ¿Y qué? Recuerdo unas pala bras de Péguy: «Una gran filosofía no es aquella que nunca se rebate. Pero aquella que nunca se rebate, es siempre una pequeña filosofía.» Contradicciones: pero, si los hombres del xvi repetían con Aristóte les: «la generación procede de la corrupción», ¿acaso no hemos apren dido nosotros que «la acción procede de la contradicción», y que, para medir el progreso d el pensamiento, hay que saltar deliberadam ente por encima de esas famosas contradicciones formales, esos juegos in fantiles para filósofos y, a partir de ahí, aprehender la tendencia que nace d e tales choques, la profunda tendencia que. al afirmarse, afirma a la humanidad, la gran hacedora de síntesis, en el nuevo terreno que pretende conquistar?
Contradicción: ¿y qué? La palabra sólo es válida para los sedientos de absoluto, perdidos en nuestro mundo relativista como alquimistas en un mundo de químico, que se repiten con orgullo la vieja promesa del Tentador: Et eritíssicu ti dii, sd en tes... -pero, la transforman: bonum et malum, no; la moral pasa de m oda- ...perfeclum et absohitum . Lo per fecto, lo absoluto, lo único, es el viejo sueño intemporal, el eterno des quite del orgulloso atormentado por la exuberancia d e la realidad y los estrechos límites de sus capacidades. Y añadiría, como historiador, el sueño algo vesánico del impaciente que se niega a avanzar paso a paso y se lanza al vacío con los ojos cerrados, que pretende adelantar cuando le sería difícil séguir, disponer, unificar, interpretar lo que el trabajo en común ha conseguido; el sueño del que no quiere saber que la humanidad no se ha planteado nunca más problemas que los que po día resolver, porque estos problemas sólo van surgiendo ante ella, en sus conquistas parciales, cuando, al fin, posee los medios para tratar los, para resolverlos...
Entonces, ¿qué fue D escartes? ¿Un «gran hombre»? ¿Un «ilustre pen sador»? Otros tantos tópicos escolares. ¿Qué nos prueba que fue un gran hombre?
Su carrera fue banal. E incluso resulta difícil hablar de carrera tra tándose de este poitevino d e honorable familia, de extracción bur guesa acomodada que aspiraba a vivir con nobleza: recordem os las
palabras del padre d e Descartes, satisfecho de todos sus hijos, salvo de uno, René, cuando exclamaba: «¡Qué habré hecho yo para traer al mundo un hijo tan ridículo como para que le encuadernen en piel!» Es tudia, como todo el mundo, en un colegio religioso. Como todo el mundo, también, pasa por la Academia: esgrima, equitación, etiqueta. Durante algún tiempo sirve en el ejército, a las órdenes del gran Mau ricio de Nassau; pero ignoramos si en realidad llegó a a combatir. Y, de pronto, renuncia a todas las vanidades. Se programa una vida entre gada a la filosofía, metódica, lindante en la manía. El vestido no es pro blema para él: imaginémosle vestido de tafetán verde, con espada y plumero, como conviene a su condición, paseando por las ciudades del Norte, donde gustaba residir: Franeker, Amsterdam, Deventer, Utrecht, Leyden...
¿Su régimen? Suponemos que metódico, aunque ignoramos su com posición; al menos, su composición alimenticia. Sabemos tan sólo que el filósofo necesitaba un largo reposo, y que, por la mañana, «cuando el sol hacia ya largo rato que paseaba su hálito por bosques, jardines y palacios encantados», prolongaba gustoso su estado de duermevela, en el que se mezclaban «los ensueños del día a los d e la noche»; luego, trabajaba en la cama hasta la hora de comer, lo que sin duda encon traba suficiente. Curaba por sí solo sus pequeños males. Alimentaba a la vez un profundo desprecio hacia los Diafoirus d e su tiempo, y una gran esperanza de vivir largos años: «más d e un siglo», aseguraba a Huyghens en enero d e 1638. Y al año siguiente escribía: «Gracias a Dios, tengo aún unos dientes tan sanos y fuertes que creo que bien puedo no tem er a la muerte antes d e treinta años, a menos que me coja por sorpresa.» Y, en efecto, le cogerla por sorpresa. Por lo demás, todo son enigmas.
Veamos los retratos que d e él nos han llegado: el d e Frans Hals que se conserva en el Louvre; el esbozo d e rudo trazo del mismo Hals, hoy en Copenhague, que nos presenta a un D escartes sem ejante a un ave nocturna; el d e Bourdon del Louvre, suponiendo que el retratado sea Descartes. Interroguemos, escrutem os estas efigies. Tal vez nos den la solución... Pero, no. «Rostros desabridos, dicen unos. Difíciles d e desci frar, máscaras esquivas, dicen otros. En resumen, no hay nada de se ductor en esa cabeza mal pergeñada, d e facciones hundidas...» Real mente, esta descripción desagradaría a cualquier modistilla. Pero ¿es cierta? Los textos nada dicen. Hasta que un día se produce una conmo ción: se descubre que D escartes tuvo una hija, Francine, d e una hu milde mujer, d e una sirvienta: Elena jans. Bautizada en el templo pro testante de Deventer, el 28 d e julio de 1635, tan sólo vive cinco años. El hecho sirve de pretexto a las grandes frases: «¿Y Elena?... Fue sin duda el instrumento de Dios [?]; también ella, con la niña, se resigna a hun dirse en la nada... [¿con la niña y con quién más?].» Misterio, como de cían, hace un siglo, las novelas por entregas. ¡Ay! ¡Cuánto mejor enten deríamos a D escartes si conociéramos más a fondo a «la humilde mujer que fue un día la tentación del filósofo», y, sobre todo, si estuviéramos
más informados acerca de esta noche del «domingo 15 de octubre de 1634», noche d e la concepción, «inmersa, nos asegura Gustave Cohén, en esa mezcla de deleite y remordimiento que acompaña, en todo ca tólico ferviente, al acto carnal realizado fuera d e los lazos conyugales». Pero ¡qué desesperación!, ningún fotógrafo, ningún agujero en las pa redes de la alcoba, ninguna entrevista en exclusiva de los felices amantes. Hay que resignarse... y, tal vez, no tratar a D escartes como tratan nuestros periodistas a las estrellas d e Hollywood.
Todo es pudor, reserva, silencio. El gran gustador de ideas no alzó nunca la voz, no fue nunca ostentoso, no sostuvo nunca conferencias de prensa. Amaba la vida; él mismo lo confiesa, lo escribe con todas las le tras a Huyghens: «Soy uno de los que más aman la vida.» Sólo eso, sin detalles indiscretos. Ama a los hombres en su diversidad. En la acad e mia de La Fléche, como más tarde Michelet en la Escuela Normal, ob serva que allí se encuentran jóvenes de «todos los rincones de Fran cia», formando «una cierta mezcla de hombres» tan instructiva como los viajes. A menudo se cita su gran canto (si puedo llamarlo así) sobre la soledad entre los hombres: «En la gran ciudad donde.resido [Amster- dam], como no hay hombre alguno, excepto yo, que no ejerza el com er cio, podría vivir toda mi vida sin que nadie se percatara d e mi presen cia: tan em bebido está cada cual en su negocio.» Y añade: «Acostum bro pasear cada día confundido entre la muchedumbre, con tanta libertad y respiro como podáis hacerlo vos en vuestras calles.» Esto es cribe a Balzac, desde Amsterdam, en 1631. Pero a Huyghens, desde Egmond, en 1647, le envía cumplidos d e «un hombre que no frecuenta más que a labriegos». E interced e por uno d e ellos «que tuvo la desgra cia de matar a otro». Sin duda es preciso que los crím enes se castiguen con rigor, pero sucede a v eces «que los m ejores hombres cometen grandes faltas»... Y, después d e todo, más vale «salvar a un hombre de bien que castigar a mil malvados». Creo que estas palabras bien po drían figurar bajo la rúbrica «sensibilidad».
Y éstas bajo la de «filantropía»: «Observar fielmente la ley que nos obliga a procurar, en la medida d e nuestras posibilidades, el bien g e neral de todos los hombres.» Para ello e s preciso transformarnos, me diante la ciencia y su práctica, en «dueños y poseedores de la natura leza». Pero hay que saber detenerse a tiempo; no traspasar los límites, no acariciar proyectos que «sólo podían s e r útiles a unos perjudican do a otros», y tampoco forjarse ilusiones sobre el estado actual de la huma nidad, ni tratar «de hacer entrar en razón d e golpe a quienes no están acostumbrados a entenderla». Pues «un hombre d e bien es aquel que hace todo lo que le dicta la verdadera razón», y la verdadera razón no dicta medidas arbitrarias o injustas. Como D escartes d ice muy bien a la princesa Isabel: «El pueblo soporta todo aquello d e cuya justicia le persuaden, y se ofende ante todo cuya injusticia imagina.»
Consejos insinuados con esa hábil mesura con que, al abordar el pro blema de los problemas, confía a Huyghens: «Confieso en mi fuero in terno una enfermedad que es, a mi parecer, común a la m ayoría d e lo s
hom bres, a saber, que por mucho que qu eram os creer, e incluso que cream os, creer firmemente lo que nos enseña la religión no suele con vencernos tanto como lo que llegamos a conocer por razones naturales evidentes.» Singular inversión d e conceptos, si bien se piensa. Lo que «convence» a D escartes es la evidencia de la razón, y no la religión, aparentemente reducida por él a un catálogo d e afirmaciones dogmá ticas. D escartes no vive la fe. Vive la razón.
Medias tintas, si se quiere. Pero toda esta ponderación, esta discre ción cartesiana no menguan el vigor de las soluciones, ni la necesidad de libertad que se expresa también en frases reservadas: «Un pie en un país y el otro en el de más allá: mi condición es feliz por lo que tiene de libre.» Pero la vida misma d e D escartes atestigua esta necesidad mejor que los textos. Quiero decir, ante todo, su obstinación en perma n ecer en Holanda, a despecho d e sentirse francés, sentimiento que se afirma veinte veces, bruscamente, de la forma más imprevista. Por ejemplo, en este grito un poco extraño, d e ironía, o más bien d e rebe lión contra lo absurdo, cuando los médicos, en su lecho de muerte, con siguen sangrarle casi a su pesar: «Señores, señores, no derram en san g re francesa», o (¿quizá?) en el nombre de su hija, Francine. Pero para él no sólo existe el país de Francia, los amigos d e Francia, la vida de Francia, sino también la incomodidad, la opresión, la tiranía d e Fran cia: «No lamento haber ido, escribe a la princesa Isabel en octubre d e 1648, pero me alegro de estar d e vuelta. Pues los que allí brillan con más fulgor son los que más dignos d e lástima m e han parecido.»
¿Es suficiente esto para explicar el que hoy, entre tantos hombres ilustres que honran a Francia y d e los que guarda un vivo recuerdo, se sienta la necesidad d e conmemorar, fuera de los estrechos círculos fi losóficos, al autor del D iscurso d el m étodo (pues sigue siendo éste el fundamento d e la gloria d e D escartes)?
Hablábamos antes d e su pudor frente a los sentimientos y las opinio nes, d e su temor a aparecer en escena, a llamar la atención. Y. sin em bargo, lo que da persistente renombre al D iscurso d e 1636, entre tan tos escritos filosóficos modernos, lo que hace que tantos franceses cultos lo invoquen a menudo, sin ser, en absoluto, especialistas en filo sofía; lo que explica que este sobrio escrito haya conocido el summum de la gloria que supone parodiar, caricaturizar en lengua vulgar y co mún un pensamiento que no fue, ciertamente, vulgar ni común: lo que explica, por consiguiente, la esp ecie d e irritación que a menudo senti mos al oír hablar a gente ignorante, incapaz d e e je rce r un control crí tico sobre lo que llaman «sus ideas», a cada instante e importunamente, d e la «claridad francesa, como d ice Descartes» no e s el encanto de un pensamiento que no se nos presenta como un conjunto d e especulacio nes impersonales, cuya virtud proviene d e una razón abstracta, sino como el destino mismo; lo que nos atrae en él e s el drama d e una vida d e investigador, a cuyo desarrollo asistimos, etapa por etapa. René
D escartes busca su verdad, que e s también la nuestra. Y por eso le se guimos en esta búsqueda con verdadera avidez, ya que también vale para nosotros. Su trayectoria e s la misma d e Lutero: éste en el campo d e la fe, aquél en el d e la razón. Nos sentimos compenetrados con el Agustino en su torre cuando concibe su pensamiento; con D escartes ante su estufa cuando formula su Cogito.
Y nos sentimos tanto más identificados con é l cuanto que no e s ni monje, ni predicador, ni uno d e esos pedantes que latinizaban en us su nombre. Es un francés como nosotros, un francés en el siglo, al que nada separa d e nosotros, ni en su condición ni en su vida. No filosofa por el placer d e entregarse a disquisiciones bizantinas: «¡ Admirad mi virtuosismo!» La filosofía no e s para él una forma d e ganarse la vida, ni un deporte: e s una necesidad. La necesidad d e comprender y d e do minar. Su voluntad d e poder e s la d e un conquistador, mas no son ciu dades, ni provincias lo que pretende subyugar; quiere domar al uni verso, poseerlo, reducirlo a una fórmula que le d é la clave d e todo... Una fórmula, añadiría yo, claram ente redactada, sin cristografías, sin ocultarse tras la hojarasca d e uno d e esos vocabularios d e los que tanto gustan los vanidosos: «¡Comprad, pobres diablos, comprad el ho nor d e familiarizaros con mis geniales concepciones, al precio d e un ímprobo esfuerzo: valen la pena!» D escartes no e s un autor fácil. Pero, podríamos decir, e s difícil en la medida en que es claro y lógico. Su misma claridad le hace a veces ambiguo; con excesiva facilidad invita a indolentes y aturdidos a m eterse, sin percatarse d e ello, en un calle jón sin salida... En todo caso, el autor del D iscurso no practica cierta mente el malthusianismo. «Vosotros que queréis comprender como yo, vosotros que, como yo, queréis, demoliendo posturas seculares y d es cargándoos del fardo d e una naturaleza aplastante por sus complica ciones y, finalmente, por su ininteligibilidad, poseerla, reducirla a un sencillo juego d e movimientos susceptibles d e ser calculados con ri gor matemático: entrad, tomad, servios. Éste es mi secreto.» Y nos lo confia enfundado en una librea francesa, d e líneas sobrias y precisas. El estilo d e D escartes es un estilo rotundo; el estilo d e Balzac, pero me nos florido; el d e Corneille, pero menos elocuente. Como él mismo d ice con todas las letras -D iscurso d el m étodo, sexta parte-: «Escribo en francés, que e s la lengua d e mi país, y no en latín, que e s la d e mis p re ceptores, porque espero que lo s qu e s e sirven pura y sim plem ente d e su razón natural juzgarán mejor d e mis opiniones que los que sólo creen en los libros antiguos...»
Queda por justificar en especial la intervención d e un historiador d e la civilización en cuanto tal. Esto no resulta difícil... pero hay que mati zar. Es cierto que, sin polémicas inútiles, sin exhibiciones espectacu lares, sin gritos ni injurias, este poitevino equilibrado supo, con gesto seguro y firme, encaminar a la humanidad occidental por una nueva vía. Una vía que, d esd e hace tres siglos, viene siguiendo y que, en
efecto, la conduce, poco a poco, al dominio, a enseñorear las fuerzas d e la naturaleza, como soñaba D escartes y como sus herederos, en efecto, han conseguido. Pero éstos no han tenido en cuenta los límites que aquél prescribía: no acariciar proyectos que «sólo podrían ser útiles a unos perjudicando a otros»...
¿Podemos decir que, con un toque de su varita mágica, D escartes in ventó el mecanicismo? No; tanto como D escartes contribuyeron poco a poco a su advenimiento los estudiosos d e la época, en un gran esfuerzo colectivo: podríamos incluir también a Mersenne, que ya en 1625 veía, en el instrumento matemático, un medio de introducir un poco de or den racional en el caos de los hechos de la naturaleza. Y, si hubo con temporáneos, hubo también predecesores: Galileo, por ejemplo.
D escartes fue el primero en decirlo y reconocerlo. Leamos su cu riosa carta, fechada en 1631, al singular Villebressieu, el ingenioso in geniero que inventó, entre otras cosas, la silla d e ruedas para mutila dos... «Servirse, escribe Descartes, de la ex p erien cia d e varios para descubrir los más bellos secretos d e la naturaleza, y construir una fí sica clara, cierta, demostrada, más útil que la que d e ordinario se en seña...» Hermoso programa; pero, como D escartes sabe, y lo d ice ex presamente, si puede formularla en estos términos e s porque otros le han ayudado, le ayudan y le ayudarán a llevarla a la práctica. Son los obreros del equipo. Tratándose d e mecanicismo. D escartes no es su inventor; e s tan sólo el catalizador d e ideas dispersas.
Cambiemos de dirección. Enfoquemos otra cuestión. En mi opinión de historiador, el verdadero timbre d e gloria d e Descartes, su éxito (empleo a propósito este lenguaje ampuloso) estriba en haber puesto fin a las vacilaciones, a las indecisiones, a los escrúpulos del siglo xvi, dándole lo que no había podido procurarse; un método. Un método científico, netamente distinto del método escolástico. Un método mate mático, netamente opuesto a las aproximaciones del humanismo, o, mejor dicho, del sentimiento humanista.
Ya comenté en otra parte la gran debilidad d e los hombres de esa