El método del documento del SU es la negación del marxismo. Su razonamiento está basado en vulgaridades unidas rectilíneamente por silogismos y el principio de identidad; se apoya en el sentido común y no en la dialéctica.
En lo que respecta a la dictadura no se señalan contradicciones. Ninguna de sus características o tendencias están relativizadas; todo es absoluto, idéntico a sí mismo; no hay excepciones ni condicionamientos. Formula un programa que es el mismo para todos los países, en todos los tiempos, desde su inicio. “Libertad política ilimitada” (y para Mandel, con “voto universal”) y pretende que el mismo código penal, libérrimo y superdemocrático, sirva para todas las guerras civiles. Sabemos, al menos desde Heráclito, que todo es relativo, “limitado”, mediado, excepto los cambios y las contradicciones. Para el SU todo es absoluto, menos la existencia del movimiento y sus contradicciones. Por eso podrá haber “libertad política ilimitada”, es decir, no condicionada por nada ni por nadie. Ni la lucha de clases ni las perentorias necesidades de la guerra civil podrán atentar contra el código penal del SU. ¡Qué se hunda la dictadura y se pierda la guerra civil si es necesario, pero que se salve nuestro código penal y nuestro programa de “libertad política ilimitada”! parece gritarnos la resolución.
ocultar las contradicciones de la realidad, no le sirven al SU para evitar las serias contradicciones -no precisamente dialécticas- en las que incurre en esta resolución. Más bien lo llevan a ellas. Esto resulta particular y peligrosamente claro cuando manifi esta sus preocupaciones -por cierto dignas de respeto- acerca de cómo evitar los abusos y la degeneración burocrática, quién garantiza que una persona o tendencia acusada de burguesa o contrarrevolucionaria lo sea. ¿El stalinismo no ha utilizado, acaso, las denuncias del peligro de la contrarrevolución imperialista para justifi car su dictadura represiva del movimiento obrero y de los trabajadores? ¿Cómo combatir esa política stalinista? Aquí es necesario tocar dos aspectos. El primero, el más visible, es que precisamente en ese punto, y únicamente en él, es donde se rompe la secuencia que domina todo el resto de la resolución. Lo único que el SU no puede determinar con certeza es quiénes son los revolucionarios y quiénes los contrarrevolucionarios una vez que el proletariado haya tomado el poder. “Si se dice que sólo los partidos y organizaciones que no tienen programa o ideología burgueses (¿y pequeño burgueses?) o que no están ‘comprometidos con la propaganda y/o la agitación antisocialista y antisoviética’ pueden ser legalizados, ¿por dónde se va a trazar la línea de demarcación?” “¿ Cuál es la línea de demarcación entre el “programa burgués” y “la ideología reformista?”. Cuando se trata de defi nir “por dónde se va a trazar la línea de demarcación”, para el SU todas son dudas y su documento abandona el terreno de lo absoluto para sumergirse en un relativismo total.
El segundo aspecto del problema: ¿Cómo sale el SU de esa situación? ¡Sencillísimo! Dándole a sus preocupaciones una solución jurídica, normativa, retornando nuevamente el carácter absoluto y abstracto que nada tiene que ver con la lucha de clases: “libertad política ilimitada” para todo el mundo y el código penal más liberal de la historia frente a la guerra civil. Como vemos, a nuestros camaradas, que por un instante llegaron a dudar de todo, lo único que no se les ocurrió, en ningún momento, fue cuestionar si, existiendo desde un principio “libertades políticas ilimitadas” para todo el mundo será posible mantener el poder siempre en las manos de los trabajadores.
Esas garantías absolutas de tipo jurídico no sirven para nada, ni jamás servirán. Las normas absolutas de la mayoría del SU, de la más absoluta democracia para los partidos capitalistas y reaccionarios, de los códigos penales y constituciones superdemocráticos para juzgar a los contrarrevolucionarios alzados en armas contra el poder obrero, no sirven más que a la burguesía y a la contrarrevolución en su afán de combatir a la burocracia. La única garantía para los trotskistas radica en el desarrollo de la lucha de clases y en la movilización permanente de los trabajadores. Como en cualquier sindicato, a los abusos burocráticos sólo se puede oponer la movilización obrera. No hay estatuto que valga para impedir las maniobras y abusos burocráticos, sólo derrotables por la movilización.
mayoría del SU parece ignorar. La dictadura revolucionaria del proletariado no es ajena a una serie de leyes dialécticas como la relación entre fi nes y medios, entre el todo y las partes, y entre necesidad y libertad.
El fi n de la dictadura revolucionaria del proletariado no es otorgarle “libertades políticas ilimitadas” a los contrarrevolucionarios, como se desprende de la resolución del SU, aunque ese planteo se cobije bajo el manto de las libertades para todo el mundo, sino aplastar a los contrarrevolucionarios y desarrollar la revolución socialista a escala nacional e internacional. Las libertades que se otorguen son medios, muy importantes, pero medios al fi n, que están supeditados al fi n último de imponer la revolución y destrozar a la contrarrevolución. Entonces entre los fi nes revolucionarios y los medios, la democracia y las libertades, se establece una relación muy contradictoria, que hay que reconocer y tratar de dominar, pero que no se puede eludir. La mayoría del SU elimina de su programa esa contradicción; jamás habla de que los fi nes revolucionarios obligan necesariamente a recortar las libertades democráticas.
Algo parecido ocurre con la famosa ley que el marxismo heredó de Hegel por la cual “la libertad es conciencia de necesidad”. Como nos enseña Trotsky, esta ley fundamental de la dialéctica explica que la libertad absoluta no existe; que por el contrario, toda libertad signifi ca la comprensión, aceptación y desarrollo de las necesidades. Alguien que sabe de la necesidad provocada por la sed bebe concientemente las bebidas que mejor le pueden hacer al organismo, y esa es la única libertad real y humana. Ningún hombre normal practicaría la libertad ridícula y absoluta de tomar cualquier clase de líquido para calmar la sed, para demostrar que es libre. Esa sería la libertad de un demente. La dictadura revolucionaria del proletariado, como una huelga o toda lucha obrera, no ignora o no debe ignorar esa relación dialéctica entre libertad y necesidad. Ningún marxista que se precie de tal va a plantear una “libertad política ilimitada” para todos, especialmente para los contrarrevolucionarios, sin tomar en cuenta el otro polo fundamental de la relación: las necesidades urgentes de la dictadura revolucionaria del proletariado. Se otorgarán aquellas libertades que tomen en cuenta (hagan conscientes) las necesidades urgentes de la dictadura. Toda libertad que no establezca ese vínculo con las necesidades revolucionarias sería como la libertad del loco que toma orines o agua estancada para demostrar que es libre.
Y, por último, la dictadura revolucionaria del proletariado está sometida a la ley marxista de que el todo supedita y condiciona a las partes, sin negar que la parte en determinados momentos puede revolucionar o superar al todo. Eso signifi ca que la dictadura revolucionaria obrera supedita y condiciona a las partes (los obreros como individuos, los sectores de la clase, etc).
Estas tres leyes de la dialéctica que se aplican a la dictadura obrera las podemos combinar para formular otra, mucho más general: la utilización de los medios
y la libertad de las partes (individuos, tendencias y sectores obreros) están condicionados al fi n de defender y desarrollar la revolución socialista, a la necesidad imperiosa de derrotar a la contrarrevolución burguesa e imperialista y de imponer la dictadura revolucionaria del proletariado. En síntesis: pueden aspirar a la democracia y libertades más generales solamente aquellos sectores que aceptan y reconocen la imperiosa necesidad de defender la dictadura revolucionaria y derrotar a la contrarrevolución.
Pero el SU prefi ere no complicarse con la dialéctica; su forma de razonar es muy simple: toma categorías -socialismo, democracia y dictadura del proletariado- les pone atributos similares y las identifi ca a escala histórica. Socialismo y democracia signifi can ambos “libertades ilimitadas” para todos los habitantes y una nueva civilización con un código penal muy superior a todo lo conocido por las sociedades bárbaras de clase. Ergo, hablar de socialismo es para nuestros camaradas lo mismo que hablar de democracia absoluta. Como la “dictadura del proletariado “es condición necesaria para el surgimiento de una “democracia socialista”, “Democracia Socialista y Dictadura del Proletariado” -como se titula su resolución-, son idénticas, y es precisamente esa identidad lo que se trata de demostrar en todo el documento del SU.
Pero toda la concepción marxista en este siglo se asienta justamente en el descubrimiento teórico de que la “democracia socialista” es una categoría opuesta, contradictoria a la de “dictadura del proletariado”. Son dialécticamente opuestos e históricamente relacionados. La dictadura obrera engendrará a su opuesto, la “democracia socialista”, como la semilla engendra la planta, negándose a sí misma. Pero que una categoría engendre a su opuesta no quiere decir que sean idénticas, como sostiene el SU.
El error de identifi car la “democracia socialista” con la “dictadura del proletariado” se extiende a la manía de manejar únicamente el principio de identidad: “democracia soviética” es “democracia socialista”, con solo una diferencia de aditamentos.
En éstos, como en otros tantos conceptos, el SU recae en el stalinismo. Fue justamente Stalin quien afi rmó lo mismo en 1936 . Al tratar de defi nir a la URSS dijo lo siguiente: “la organización social que hemos creado, llámese soviética o socialista no está completamente terminada, pero en el fondo es una organización socialista de la sociedad”. Esta afi rmación de Stalin, que ponía -como el SU- un signo igual entre “soviética y socialista” (el SU le agrega democracia pero identifi ca también los mismos términos), fue criticada por Trotsky con los mismos argumentos que utilizamos para criticar la resolución: “la organización social es califi cada de “soviética socialista”. Pero los soviets representan una forma de estado y el socialismo es un régimen social. Lejos de ser idénticos, estos términos,
medida que la organización social se haga socialista, así como los andamios se
retiran cuando la construcción está terminada” (Trotsky, 1936)157.
El SU comete todos estos errores porque es incapaz de comprender que la dictadura del proletariado es una etapa de transición que combina los viejos métodos bárbaros de la sociedad de clase, de la opresión clasista y revolucionaria, con los objetivos de la liberación humana. Dicho de otro modo, se ve obligado a utilizar métodos bárbaros de coerción, represión a sectores de la sociedad, los agrupados política y socialmente en la contrarrevolución, para abrir el camino a una sociedad humana, socialista, sin coerción ni represión.
Los autores de la resolución no han entendido a Trotsky ni, en general, al marxismo. Trotsky nos enseñé que el régimen socialista o comunista futuro con libertad ¡limitada para todos es “otra cosa” completamente diferente al “régimen transitorio”. “La dictadura expresa la barbarie pasada y no la cultura futura.
Impone necesariamente rudas restricciones a todas las actividades, comprendida la actividad espiritual. El programa de la revolución veía en ello, desde el principio, un mal necesario, y se proponía alejar poco a poco, a medida que el nuevo régimen se consolidara, todas las restricciones a la libertad.” (Idem)158.
La dictadura del proletariado, ese régimen bárbaro no puede dar “libertad política ilimitada” desde un principio, como dice el SU. Sino que, por el contrario, deberá aplicar “rudas restricciones a todas las actividades” para “alejar poco a poco... todas las restricciones a la libertad”.