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TEORÍAS, BIOGRAFÍAS, MODELOS, LUGARES

U N TRÍPTICO IDEAL : A RFE , T ORIJA , A RDEMANS

Se trata de una propuesta de la presente exposición, cuya coherencia, sentido y validez iremos avalando, y planteada en función de sus elucubra- ciones teóricas que además conectan, de algún modo, con referencias biográficas que pretenden fundamentar el discurso respectivo; de esta manera, ensamblamos para las opor tunas reflexiones este tríptico ideal que abarca desde finales del siglo XVIa inicios del XVIII, en nuestro contex- to y con el denominador común de la cultura arquitectónica, según los comentarios, sus enfoques y polarizaciones, de Juan de Arfe, Juan de Torija y Teodoro Ardemans.

La obra de Arfe que aquí nos incumbe104, fue publicada en Sevilla, 1585-

1587, y es básicamente todo un alegato que, fundamentado en las claves clasicistas ya asumidas plenamente en nuestro país, diser ta mediante un sobrio y coherente discurso sobre la escultura (ante todo proporciones, anatomía y variantes de canon, con base en Durero y atendiendo a deba- tes propios de nuestro contexto) y sobre arquitectura, asimismo asumida desde una óptica clasicista, mediante una concepción antropomórfica de la misma y bajo la normativa de orden arquitectónico, estrictamente apli- cado desde un módulo base a planta, alzado y espacio, lo último especial- mente reseñable en el caso de Arfe y sus producciones ar tísticas, como veremos, que, también según un correcto sentido de las proporciones y de la simetría, constituye el receptáculo adecuado a sus esculturas y en el cual el ornamento es sólo el propiamente arquitectónico105.

Con total coherencia y solvencia, como hemos apuntado, pero también todo encaminado a la particular defensa de sus propias obras artísticas, fun- damentalmente custodias procesionales en plata; obras que quiere alejar y distanciar de modo contundente de la calificación de orfebrería, cuestión que no admite, y sí obras de platero o platería, de arquitectura y escultura [en el título de la portada de esta publicación, se autodenomina: “JUAN DE

ARPHE Y VILLAPHAÑE, natural de Leon, Escultor de Oro, y Plata”], lo cual, co-

mo hemos insinuado, efectúa con toda una serie de argumentos adecuados al clasicismo, de tal modo que en los prolegómenos del apartado corres- pondiente a la arquitectura en la Varia, ya enfatiza en sus alegatos, para dejar sentado desde un principio, respecto a una distinción clara y precisa entre arquitecturas moderna o gótica y antigua o clasicista, citando expresamente

102Primera parte del tratado, Madrid, 1639 [BH FLL 26623], capítulo I, fols. 2 recto-2 vuelto.

103Segunda parte del tratado, Ma- drid, 1665 [BH FOA 2464], capí- tulo XLV, p. 156.

104En principio De varia y luego Va- ria, commensuracion para la esculptu- ra y architectura, fue de los libros más reeditados en España (1675, 1736, 1763, 1773, 1795 y 1806). Incluso con añadidos a partir de datos del propio Arfe, pero muy correctamen- te, con la oportuna especificación, en apartados independientes. So- bre los varios ejemplares de la BH, hemos basado nuestros comenta- rios en la reedición de 1763, ya co- mo Varia y rara entre las sucesivas reediciones; ahora sobre el ejem- plar BH DER 13315 y en su día so- bre el que custodiaba la Biblioteca de la Facultad de Medicina, asimis- mo de 1763, y hoy en los fondos BH MED, aún a falta de asignar nu- meración [vid. SUÁREZ QUEVE- DO, Diego-SUÁREZ QUEVEDO, Juan Carlos: “Las artes en el fondo antiguo de la Biblioteca de la Fa- cultad de Medicina de la Universi- dad Complutense de Madrid”. Ma- drid, Ser vicio de Publicaciones U.C.M., 1995, pp. 513-546, con es- pecificación del añadido sobre los “Reloxes de Sol” de Pedro Engue- ra; respecto a Juan de Arfe, en con- creto pp. 526-530]. 66 Arquitectur a y ciudad. Memor ia e imprenta

en relación con la primera la Custodia de la Catedral de Toledo, obra de su abuelo Enrique Arfe. Como aval, en cambio, de su propia postura y en línea con la segunda consideración de arquitectura antigua, publicó, en 1587, asi- mismo en Sevilla, un extenso y pormenorizado comentario sobre la traza y ornato de la Custodia de la catedral hispalense, obra suya evidentemen- te106; sería, por tanto, un cúmulo de argumentos tendenciosos, pero razona-

bles dentro de la profesión y del concepto de la propia obra de arte. El res- to de argumentos sobre la arquitectura, a la que dedica el libro cuarto (pp. 219-260) de la obra que aquí nos ocupa, resultan cer teros, adecuados y fundamentados, como enseguida comentaremos.

Para nuestro especial tríptico, es el “Titulo Primero” (pp. 219-223) el que nos interesa dentro de ese libro cuarto, estando el resto más en re- lación con sus específicas “obras de arquitectura y escultura” y, en gene- ral, dedicado a “piezas de iglesia y servicio del Culto Divino”, como nos puntualiza.

En efecto, en ese primer título va a tratar sobre traza y compostura en

la arquitectura, nos explicita, que los antiguos Griegos y Romanos definieron,

y aquí citas a Plinio el Viejo y Vitruvio y, a través de éstos, a míticos y le- gendarios artífices, entre los cuales Calímaco, por afinidad y conveniencia, no podía faltar; y fue por los antiguos, afirma, conformada la arquitectura

tomando por regla el cuerpo humano, como medida mas perfecta de toda la Naturaleza, y siendo sus miembros Colunas (sic), Pedestales, Arquitraves (sic), Frissos (sic), Cornisas, que juntos hacen un cuerpo medido. Alude asimismo a

obras que entiende claves del arte romano en Hispania: Acueducto, que denomina Puente de Segovia; Arco de Caparra (sic); Sepulcro de Belpuche;

Colunas (sic) de Ciudad Rodrigo; Sepulcro de Husillos y Teatro de Sevilla la Vieja107(pp. 219-220).

Aún más interesantes son sus comentarios (p. 221) sobre la decaden- cia de esta arquitectura antigua, asegurando que vino a caer esta (sic; fe- menino) Arte de su punto, y (sic) introducirse la obra Barbara, llamada de

Marzonería, ò Crestería, ò segun otros moderna, con la qual edificaron la Igle- sia Mayor de Toledo, la de Leon, la de Salamanca, Burgos, Palencia, Avila, Sego- via y Sevilla, que aunque en la labor, y orden no son artificiosas, duran firmes, y en aquella traza vistosas; muy interesante resulta el calificativo, en este caso

por negativo, de artificiosas, muy vasariano, según lo comentado.

En un crescendo de interés, las siguientes apreciaciones y juicios de Ar- fe (pp. 221-222) en su línea argumental, insisten en que con el estudio se ha vuelto a la buena arquitectura, y que en Italia resucitò antes, con la dili-

gencia y estudio de Bramante, Baltasar Perucio (sic; Peruzzi), y Leon Bautista Alberto, elocuente per se, y que en España tambien comenzó a florecer con la industria del excelente Alonso de Covarrubias, padre de el (sic) famosissimo Doctor Don Diego de Covarrubias, y con Diego Siloe; que fue traída de allá de azia (sic) Levante, en referencia a Italia, algo mixta, porque en partes mezclaban cosas modernas por tenerlas por hermosas. Reivindica la labor

de varios plateros al respecto, empezando por su padre Antonio de Arfe, Juan Álvarez, Alonso Becerril, Juan de Orna y Juan Ruíz.

Y finalmente (p. 223), se refiere encomiásticamente a Felipe II, a un in- concluso Monasterio de El Escorial y a las figuras de Juan Bautista de Tole-

105De entre varios facsímiles de es- ta obra, son de destacar los que cuentan con sendos estudios intro- ductorios de Antonio BONET CO- RREA (no siendo atendibles los otros para nuestros intereses aquí): Libros I y II, Madrid, 1974 y Libros III y IV, Madrid, 1978, posteriormente inclui- dos en la publicación de este mis- mo autor Figuras, modelos e imáge- nes en los tratadistas españoles. Madrid, Alianza, 1993; en concreto, cap. 3: “Juan de Arfe y Villafañe (pp. 36-84) y “Adenda I. Los libros III y IV. De Varia Commensuracion para la Esculptura y Architectura y la des- cripción de la traza y ornato de la Custodia de plata de la catedral de Sevilla” (pp. 85-94).

106Descripción de la traza y ornato de la Custodia de plata de la Cate- dral de Sevilla (1587) [vid. SANZ SE- RRANO, María Jesús: Juan de Arfe y Villafañe y la Custodia de Sevilla. Se- villa, Diputación Provincial, 1978]. 107Seguramente tuvo en cuenta Ar- fe al respecto a MORALES, Ambro- sio de: Las antigüedades de las ciu- dades de España... Alcalá de Henares, 1575. En la BH, los tomos IX y X, en edición de Madrid, 1792 [BH FOA 2034 T. 9 y BH FOA 2035 T. 10]. Arquitectur a y ciudad. T eorías, biogr afías, modelos, lugares 67

do y Juan de Herrera, en los términos siguientes, respecto a lo cual huelga todo comentario.

Hasta que el gran Philipo, Rey Hispano, quiso fundar un Templo principal, escogiendo por sitio el llano que hay desde el alto Puerto al Escoreal (sic). Que alli hizo Juan Bautista, Toledano, la traza donde echò todo el caudal, so- brepujando à Griegos, y Romanos, en todo quanto hicieron por sus manos./ EN LA FABRICA DEL Templo de San Lorenzo el Real, que oy (sic) se edifica cerca de la Villa del Escoreal (sic) , por orden del Poderoso, y Catholico Rey Phelipe Segundo, señor nuestro, se acabò de poner en su punto el Arte de Ar- quitectura por Juan Bautista, natural de Toledo, que fuè el primero Maestro de aquella famosa traza, y comenzò à levantar su montèa con tan maravilloso efecto, que no solo iguala con toda la antigüedad, pero en este solo tiempo podria ser excedida.”.

Atajòle la muerte muy temprano, dexando el edificio en mucho aprieto, mas otro sucedió, y tomò la mano, no menos que el muy celebre Arquitecto, ese fuè Juan de Herrera, Transmierano, que prosigue, poniendo en efecto, en- mendando continuo, y añadiendo, según necesidad le và pidiendo./ MURIO JUAN BAUtista à tiempo que se comenzaban à subir las montèas de este fa- moso edificio, y causò su muerte mucha tristeza, y confusion, por la descon- fianza que se tenia de hallar otro hombre tal; mas luego sucedió en su lugar Juan de Herrera, Montañès, natural de la Villa de Camargo, en la Merindad de Trasmiera, entre Vizcaya, y Asturias de Santillana, en quien se hallò un ingenio tan prompto, y singular, que tomando el Modelo, que [de] Juan Bautista havia quedado, comenzò à proseguir, y levantar toda esta fabrica con gran prosperi- dad, añadiendo cosas al servicio de los moradores necesarias, que no pueden percibirse hasta que la necesidad las enseña; y assi le và dando fin con innu- merable (sic) gente, por èl gobernada (sic), y regida.

Juan de Torija (1604-1666) que, en la obra que aquí nos interesa, se presenta como Maestro Arquitecto y Alarife de la villa de Madrid y Apare-

jador de las Obras Reales, protagoniza el segundo panel de nuestro par-

ticular tríptico; se trata de sus Ordenanzas municipales de Madrid que, contando con todos los avales previos datados en 1660 (de la propia institución municipal, por mandado de Madrid es como se expresa, y ru- bricada por los arquitectos José de Villarreal y Pedro Lázaro de Goiti,

Madrid, y Noviembre 18. de 1660; tras la previa del arquitecto Juan Ruiz,

de Madrid, y Agosto 15. de 1660); otras licencias y requisitos, se prolon- gan hasta inicios de 1661, año en que finalmente se publica la obra en Madrid, por Pablo del Val; la siguiente edición es la de Burgos, por Juan de Viar, 1664, a la que corresponden los ejemplares de la BH [BH FLL 33861 y BH DER 12103]108.

En el prefacio “AL LECTOR”, resulta interesante lo que reseña es- pecialmente para que los Alarifes hallen preceptos y documentos, para [que] instruidos en ellos, logren el acierto en todo, a lo que sigue el anun- cio y recomendación de su propia obra Tratado de todo género de Bo-

bedas (sic), su execución de obrarlas, y medirlas con singularidad, y modo moderno, publicación que verá la luz en breve, nos puntualiza, pues ya se están abriendo las Láminas; del mismo modo, alude a otra obra suya, Tratado de cortes de Cantería, materia bien dificultosa, de muchos desea-

108Existe asimismo reedición de 1754 [BH FLL 19624]; respecto al propio Torija en general y sus Or- denanzas en particular, vid. NAVAS- CUÉS PALACIO, Pedro: “Noticia del Tratado breve sobre las orde- nanzas de la villa de Madrid y po- licía de ella”, pp. 7-36, estudio in- troductorio completísimo a la ed. facsímil de estas Ordenanzas de Ma- drid, por Antonio Pérez de Soto, 1760, Valencia, Albatros (colección Magerit), 1979. Además de las eds. 1661 y 1664, se reeditaron las Or- denanzas de Torija en 1728, en 1754, en 1760, en 1763 y en 1866. 68 Arquitectur a y ciudad. Memor ia e imprenta

da, y de pocos entendida. Ésta última nunca fue publicada, en tanto que

el Tratado de todo género de bóvedas..., sí fue editado en Madrid, por Pa- blo del Val, 1661; como ha probado Navascués ni las Ordenanzas de To- rija ni las posteriores de Ardemans, alcanzaron el rango de leyes muni- cipales, sino que se convirtieron en textos-referenciales a tener en cuenta en caso de pleitos, en general, tras los dictámenes de los correspon- dientes alarifes109.

Pero verdaderamente es el “MOTIVO DEL AUTOR”, pp. 118-123, ex- puesto por Torija tras las ordenanzas propiamente dichas, sobre lo que aquí queremos insistir, como una significativa reflexión con ribetes teóri- cos y especulativos, entreverada de algunos topoi, y con significativas refe- rencias a fuentes ar tísticas y biográficas; al margen de un cier to resenti- miento profesional que, como en el prefacio, va destilando, lo cual va tratando de compensar con la confianza en –y el orgullo por– las propias obras, se trata de un coherente alegato un tanto insólito en unas ordenanzas muni- cipales que, con otras intenciones e intereses, será un testigo que recoge- rá Ardemans unos cincuenta años después.

Directamente y sin preámbulos ni consideraciones previas, inicia Torija su “motivo” argumentando que es de tanto perjuicio la ignorancia de las Ar-

tes, que es ruina total de las Repúblicas; entendido esto último como la res- publicae, es lo que de algún modo avala la inclusión de estas reflexiones

en las Ordenanzas, y las debemos poner en dialéctica y paralelismo con el juicio sobre lo primordial de la practica arquitectónica, que preconizado coetáneamente por fray Lorenzo de San Nicolás, como señalábamos (se- gunda parte de su tratado, 1665, en que aludía a no cifrar todo en saber solamente tirar líneas de modo perfecto). Expresamente alude Torija a lo argüido al respecto por Vincenzo Scamozzi y Vitruvio110, aunque a la pos-

tre todo deviene de su situación personal, al verse postergado en relación con encargos oficiales111, concluyendo este punto, según lo afirmado por

los citados tratadistas, que se debía al hecho de ver a algunos Professores (sic) de las Artes [que], valiéndose de verbosidad, y otros medios de introduc-

ción, adquirían las Obras.

Monstruos son los edificios que fabrican los Arquitectos de nombre, y no de ciencia; contundente juicio contenido en el “motivo” que nos ocupa, que

avala con anécdotas ad hoc sobre Julio César (mandando derribar un edi- ficio acabado con varios yerros, de cuyo control le alejó el amor) y Alejan- dro Magno (restringiendo sus retratos personales sólo en tabla a Apeles y [en] mármol a Lysipo (sic)). De igual modo, nos asegura que afirma Vasari en su tratado de las vidas de los hombres eminentes, que no ha habido Pa-

pa, ni Rey, ni Potentado que, no solicitasse (sic) por todos los medios a hom- bres eminentes que vertieran sus conceptos, o ideas, en Gallarda, y bien ajus- tada Arquitectura.

A continuación, y como no podía ser de otro modo, la referencia a El Escorial y a Felipe II que, sin mención específica de arquitectos, conecta en espíritu con Arfe y sus comentarios. Contundentes y tremendamente ex- presivos son por sí mismos las apreciaciones de Torija al respecto112:

La prudencia grande, la inteligencia perfecta, el honrador singular de los si- glos, el Señor Rey Don Phelipe Segundo, queriendo, como Salomón, fabricar

109Aunque en épocas anteriores los términos alarife y alarifazgo pudie- ran tener otros significados y conno- taciones, y por ende otros alcances en sus planteamientos y actuaciones, ya en el siglo XVIIhispano, es algo cla- ro y asentado según una específica normativa: se trata de un cargo mu- nicipal, electo durante un período con- creto y, en general, entre los más cua- lificados profesionales; sus cometidos primordiales, dentro del específico marco de policía urbana, consistían en vigilar y asegurar el cumplimiento de las respectivas ordenanzas del ayuntamiento de la ciudad en cues- tión. En teoría y a priori el trazar no entraba en sus competencias, sí cali- brar y cubicar una construcción, y cal- cular previamente su coste aproxi- mado.

110Exactamente afirma: sintiólo Vi- cencio Escamoci en su libro prime- ro, parte primera, capítulo veinte y siete; y lo mismo sintió Vitrubio (sic), y otros; se trata del tratado del vi- centino Vincenzo Scamozzi (1552- 1616), Idea dell’Architettura Univer- sale. Venecia, 1615, amplia obra que, de todos modos, quedó reducida a los libros I-III y VI-VIII, de los diez previstos; “Idea” que con otra “Idea” –y desde luego con otros fines– re- tomará Ardemans, como veremos. Los parámetros vitruvianos claves sobre los edificios, firmitas, utilitas y venustas, son lúcidamente incor- porados por Torija a su discurso. 111El alejamiento de las obras reales de 1658, es lo que motivó el resen- timiento de Torija intuido en estas Or- denanzas, y claramente vertido en los lamentos de la dedicatoria de su Tratado de todo género de bóvedas....

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Templo de gloria a Dios, eligió para la única maravilla del mundo San Lorenzo el Real, a los más eminentes, y científicos Artífices, que entonces se hallaban, para dar cumplimiento a su glorioso deseo, [y] no lo hubiera conseguido, si de los exemplares referidos no hubiera hecho aprecio.

En Obra tan eminente muchos Artífices concurrieron, y sólo de tres Espa- ñoles se menciona, diciendo (la discreción del Escorial) que a ellos se debió el acierto; y a no ser ocasión el imprimir el libro, no hubiera memoria de ellos. La enbidia (sic), o el poco amor a la Patria causa olvido para (sic; de) los hom- bres grandes. Al margen de interpretaciones, sí queremos destacar, tenien-

do como fondo la presente exposición, lo que, en parte, podría perfecta- mente constituirse en su lema: insignes ar tífices de obra tan impor tante que, de no haberse hecho IMPRIMIR EL LIBRO, NO HUBIERA MEMORIA

DE ELLOS.

Y de nuevo referencia y glosa sobre Giorgio Vasari; nos argumenta To- rija que en gloria de su Nación, Florencia, refiere el Vasari (sic; como traduc- ción directa del italiano, que sería: Il Vasari) los hombres célebres que hubo

desde el año de mil y trescientos, hasta el de mil quinientos y quarenta (sic) y siete, es decir, está utilizando –o cita por– las Vite de 1550, edición torren-

tina o torrentiniana, con biografías de artistas muertos salvo Miguel Ángel, mitificado e inmortalizado en vida, cúlmen y punto de llegada de todo el discurso vasariano en esta primera edición de la obra. Todos ellos, según Torija, fueron Professores (sic) en las tres ciencias de Escultura, Pintura, y Ar-

quitectura, y algunos de ellos las professaron (sic) todas tres.

Incluye a continuación una relación de nombres insignes, en la cual la gran ausencia es la de Leon Battista Alberti. El primero, es Philipo Cruneles-

qui [Brunelleschi]; Miquilozo Miquiloci [Michelozzo di Bar tolomeo Miche-

lozzi]; Francisco de Giorgio [Francesco di Giorgio Martini]; Juliano de S. Gallo [Giuliano da Sangallo]; Juliano Moyano [Giuliano da Maiano]; Rafael de Urbi-

no; Baltasar Perusi [Baldassare Peruzzi]; Juliano Romano [Giulio Romano]; Bramante de Urbino; Cronacaceca [Simone del Pollaiuolo, Il Cronaca]; An- drea del Monte San Sobino [Andrea Sansovino]; Bacio de Anola [Baccio d’Ag-

nolo]; Antonio de San Gallo [Antonio da Sangallo; se entiende que El Joven] y Michael Angel Bonarrota [Michelangelo Buonarroti], en dilación de (sic; durante) doscientos y siete años.

Concluye su “motivo” alegando que en la Nación Española, por el poco

examen de lo científico, y honra de los Alarifes, pocos cuentan, habiendo habi- do singularissimos Artífices. En su momento –el día de oy (sic), afirma– si en

[las] fábricas, aunque [sean] pequeñas, se eligieran hombres, en quienes con-

currieran las partes de ciencia necessaria (sic), cuya perfección sino (sic; si

no) venciera, igualara a los antiguos Estrangeros (sic), de cuyos Artífices hu-

biera memoria; mas como no vale la virtud, sino la intercessión (sic), nada se