3. SOBRE LA ANGUSTIA
3.2 UNAMUNO: EN EL FONDO DEL ABISMO
Cree el vulgo que es cosa fácil huir de la realidad, cuando es lo más difícil del mundo
Ortega y Gasset La influencia de Kierkegaard en Unamuno es ampliamente conocida, traeremos acá, algunos temas asociados a su obra Del sentimiento trágico del la vida. La religiosidad de Unamuno nace al igual que la de Kierkegaard a partir de la angustia y la desesperación y
sólo a través de permanecer en este “En el fondo del abismo”, para utilizar el nombre de un
capítulo del libro de Unamuno, logra encontrar el ser su propia salvación.
La obra de Unamuno se localiza en la profunda dicotomía, contradicción insuperable, entre razón y sentimiento, dicotomía que no se resuelve con precisión y que define el sustento del ser. En esta relación ambigua, Unamuno parece decantar su posición a favor del sentimiento y más allá de esto, a favor de la fe misma, como lo describe en Del sentimiento trágico de la vida:
Nuestra filosofía, esto es, nuestro modo de comprender o de no comprender el mundo y la vida, brota de nuestro sentimiento respecto a la vida misma. Y esta, como todo lo afectivo, tiene raíces subconscientes, inconscientes tal vez. No suelen ser nuestras ideas las que nos hacen optimistas o pesimistas, sino que es nuestro optimismo o nuestro pesimismo, de origen filosófico o patológico quizá, tanto el uno como el otro, el que hace nuestras ideas. El hombre, dicen, es un animal racional. No sé por qué no se haya dicho que es un animal afectivo o sentimental. Y acaso lo que de los demás animales le diferencia sea más el sentimiento que no la razón (6)
Este sentimiento es entonces lo que distingue al ser humano y lo que lo constituye en su esencia optimista o pesimista, pues este sentimiento que estudiaremos desde el punto de vista de las obras es el origen de nuestra ideas sean positivas o negativas; y este sentmiento
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además se relaciona con la idea del amor, amor por lo inocente en el caso de Lorca o amor por lo terrestre en el caso de Neruda. Ahora bien el espíritu debe ser compartido con los demás, en un intento de apoderarse de ellos, de penetrar dentro de sus sentimientos, que es lo que menciona Unamuno y lo que persigue el yo lírico en las obras a través de su
vocación poética: “Y es que hay que espiritualizarlo todo. Y esto se consigue dando a todos y a todo mi espíritu que más se acrecienta cuanto más lo reparto. Y dar mi espíritu es invadir el de los otros y adueñarme de ellos. En todo esto hay que creer con la fe, enséñenos
lo que nos enseñare la razón”.(181)
Pero la fe misma, está plagada de incertidumbre, siendo su germen y su cultivo, justo en el combate mismo de razón y sentimiento, en el margen de la desesperanza que no es irracional.
Tal es la fe humana; tal fue la heroica fe que Sancho Panza tuvo en su amo el caballero Don Quijote de la Mancha, según creo haberlo mostrado en mi Vida de Don Quijote y Sancho, una fe a base de incertidumbre, de duda. Y es que Sancho Panza era hombre, hombre entero y verdadero y no era estúpido, pues sólo siéndolo hubiese creído, sin sombra de duda, en las locuras de su amo. Que a su vez tampoco creía en ellas de ese modo, pues tampoco, aunque loco, era estúpido. Era, en el fondo, un desesperado, como en esa mi susomentada obra creo haber demostrado. Y por ser un heroico desesperado, el héroe de la desesperación íntima y resignada, por eso es el eterno dechado de todo hombre cuya alma es un campo de batalla entre la razón y el deseo inmortal. Nuestro señor Don Quijote es el ejemplar del vitalista cuya fe se basa en incertidumbre, y Sancho lo es del racionalismo que duda de su razón. (104)
En esta batalla con lo imposible, con este sentimiento trágico irresoluble, se instaura el
hombre con su grandeza, aún sabiéndose vencido, una lucha “en el fondo del abismo”, de
antemano conducida hacia el fracaso: “La vida es tragedia, y la tragedia es perpetua lucha, sin victoria ni esperanza de ella; es contradicción” (15). Duda permanente y fracaso que son el material del que se nutre el yo lírico residenciario o de Poeta en Nueva York, su ejercicio positivo, resolutorio ocurre entonces a partir del mar de confusiones e incertidumbres; su voluntad poética se afirma y denuncia o se obstina en las más mínima esperanza, confiando a ciegas en su propio ejercicio, en su fe de encontrar el ángulo no visto de las cosas, de las sombras.
En esta línea, Unamuno establece que la conciencia misma, la razón del hombre es su
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el hombre tenga que ser naturalmente alegre. Es más: el hombre por ser hombre, por tener conciencia, es ya, respecto al burro o un cangrejo, un animal enfermo. La conciencia es una enfermedad”. (18) Esta relación conciencia-enfermedad-angustia la retomaremos particularmente en el caso de Neruda, para hablar de los elementos no humanos y por tanto
no invadidos por la angustia, particularmente en el caso de los “tres cantos materiales”.
La angustia se percibe entonces por el dolor de ser y estar en la vida, el dolor nos revela nuestra existencia, nuestra alma. Este dolor se aprecia en diferentes grados, desde el dolor aparente hasta la congoja universal, instaurada en el plano religioso por su deseo de inmortalidad: “Aunque lo creamos por autoridad, no sabemos tener corazón, estómago o pulmones mientras no nos duelen, oprimen o angustian. Es el dolor físico, o siquiera la molestia, lo que nos revela la existencia de nuestras propias entrañas. Y así ocurre también con el dolor espiritual, con la angustia, pues no nos damos cuenta de tener alma hasta que esta nos duele”. (179)
La angustia definida de la manera anterior, se asocia con una sensibilidad vital en el ser; quien se angustia, tiene un alma y vive.
El dolor es la sustancia de la vida y la raíz de la personalidad, pues sólo sufriendo se es persona. Y es universal, y lo que a los seres todos nos une es el dolor, la sangre universal o divina que por todos circula. Eso que llamamos voluntad, ¿qué es sino dolor? Y tiene el dolor sus grados, según se adentra; desde aquel dolor que flota en el mar de las apariencias, hasta la eterna congoja, la fuente del sentimiento trágico de la vida, que va a posarse en lo hondo de lo eterno, y allí despierta el consuelo; desde aquel dolor físico que nos hace retroceder el cuerpo hasta la congoja religiosa, que nos hace acostarnos en el seno de Dios y recibir allí el riego de sus lágrimas divinas. (174)
El dolor surge entonces como la sangre de la vida que nos iguala a todos y este dolor humano es el material poético de las dos obras objeto de este estudio, a Lorca le duele su inocencia perdida, la eliminación de los seres inocentes a favor de un sistema financiero profundamente desequilibrado, le duele la indolencia de las autoridades católicas y civiles, le duele lo no honesto, la febril arrogancia del mundo moderno. A Neruda le duele el mundo de manera mas íntima y menos institucional, su dolor es una masa informe entre la duda, el desarraigo, la ruptura del mundo, el caos informe, la melancolía amorosa, el cuerpo y el desgaste generado por el tiempo incorruptible.
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En este deseo de inmortalidad, se asocia la búsqueda incesante de Dios, búsqueda no estacionaria, en la esperanza y en la desesperanza de la angustia para poder explicar certeramente la vida del ser y a partir de allí se expliquen los sentimientos de bondad. Este deseo de inmortalidad, aplica particularmente en Neruda, como un ciclo de retorno entre vida y Muerte y en Lorca como una superación de los límites humanos; este último confía en Dios en su fe religiosa y se aferra a ella con firme decisión y de allí surge la esperanza y los sentimientos de bondad. Así define Unamuno la creencia en Dios: “Creer en Dios es anhelar que le haya y es además conducirse como si le hubiera; es vivir de ese anhelo y hacer de él nuestro íntimo resorte de acción. De este anhelo o hambre de divinidad surge la esperanza; de esta, la fe, y de la fe y la esperanza, la caridad; de ese anhelo arrancan los sentimientos de belleza, de finalidad, de bondad”. (157)
Para Neruda esta bondad como lo veremos adelante surge quemando lo horroroso humano, restituyendo el centro puro de las cosas, lo terrestre, pero prescindiendo de Dios como el concepto generado desde el punto de vista religioso. Para Unamuno, el arte se instaura precisamente en esta problemática, en este abismo, como un remedo de eternización para el espíritu y un descanso temporal de esta ansiedad del ser, descanso de una naturaleza irracional que captura el momento.
En el arte, en efecto, buscamos un remedo de eternización. Si en lo bello se aquieta un momento el espíritu, y descansa y se alivia, ya que no se le cura la congoja, es por ser lo bello revelación de lo eterno, de lo divino de las cosas, y la belleza no es sino la perpetuación de la momentaneidad. Que así como la verdad es el fin del conocimiento racional, así la belleza es el fin de la esperanza, acaso irracional en su fondo. (171)
Y allí entonces, usando a Unamuno llegaríamos a la idea de vocación poética en ambos libros; gracias al arte y a su vocación el yo lírico intenta capturar el momento angustiante y a partir de esta captura de lo momentáneo, funda su esperanza salvadora y se constituye en su fin; fin que es irracional porque el ciclo se repite de manera perpetua. La belleza o el arte serian el fin de la esperanza o mejor dicho la esperanza llevada a sus extremos y gracias al ejercicio el yo ha superado su angustia para desvanecerse nuevamente en ella y repetir el acto purificador que ocurre en medio de los dolores que invaden al poeta.
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La idea de Unamuno de un ciclo permanente y eterno se esboza, sin que se defina completamente y volveremos sobre ella al revisar algún punto de Residencia en la tierra, la fe del yo lírico asume esta idea del ciclo vital, que casi siempre está rodeado de misterio y al que acude en nombre de energías invisibles o poderosas.
Nada se pierde, nada pasa del todo, pues que todo se perpetúa de una manera o de otra, y todo, luego de pasar por el tiempo, vuelve a la eternidad. Tiene el mundo temporal raíces en la eternidad, y allí está junto al ayer con el hoy y el mañana. Ante nosotros pasan las escenas como en un cinematógrafo, pero la cinta permanece una y entera más allá del tiempo.
Dicen los físicos que no se pierde un solo pedacito de materia ni un solo golpecito de fuerza, sino que uno y otro se transforman y transmiten persistiendo. ¿Y es que se pierde acaso forma alguna, por huidera que sea? Hay que creer -¡creerlo y esperarlo!- que tampoco, que en alguna parte quede archivada y perpetuada, que hay un espejo de eternidad en que se suman, sin perderse unas en otras, las imágenes todas que desfilan por el tiempo (171)
Esta idea de un ciclo vital permanente, por encima del tiempo destructor en Neruda o de la insana conducta de los hombres hipócritas, refleja una esperanza posible a través de la eternidad; puesto que en realidad nada se pierde o degrada de forma definitiva. Esta fe en el círculo vital aparece como conducta profética en Neruda, al disolver su angustia y sus sombras y el imperio del caos alrededor en virtud del “centro puro” y aparece en Lorca al destinar al sacrificio y a la quema de lo horroroso a fin de restituir la tierra que da frutos para todos y en este inmenso ciclo vital, el poeta, sangrante toma su lira y canta, que es lo que examinaremos en el capitulo siguiente.
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