FUNDAMENTOS DE LA I NTERVENCIÓN
E. UTILIDAD EX POST
Por tanto, hemos visto que los individuos maximizan ex ante su utilidad en el libre mercado y que el resultado directo de una invasión es que la utilidad del invasor gana a costa de una pérdida en la utilidad de su víctima. ¿Qué pasa con las utilidades ex post? La gente puede esperar beneficiarse cuando toma una decisión pero ¿se benefician realmente de sus resultados? El resto de este libro se dedica en buena medida al análisis de las que podemos llamar consecuencias “indirectas” del mercado o de la intervención,
complementando el análisis directo previo. Nos ocuparemos de las cadenas de consecuencias que solamente puedan percibirse a través del estudio y no sean visibles inmediatamente a primera vista.
Siempre puede haber errores en el camino del
ante al post, pero el libre mercado está
configurado de tal manera que este error se reduce al mínimo. En primer lugar, hay una prueba rápida y fácil de entender que indica al emprendedor, así como al que recibe el ingreso, si tiene éxito o fracasa en la tarea de satisfacer los deseos del consumidor. Para el emprendedor, que carga con el coste principal de ajustarse a los inciertos deseos del consumidor, la prueba es rápida y segura: pérdidas o ganancias. Grandes beneficios significan que está en el camino correcto; pérdidas, que sigue una vía errónea. Así, las pérdidas y ganancias estimulan rápidamente los ajustes a las demandas del consumidor y al mismo tiempo realizan la función de quitar el dinero de manos de los malos emprendedores y ponerlo en
las de los buenos. El hecho de que prosperen y ganen capital los buenos emprendedores y de que los malos desaparezcan, asegura siempre un ajuste más suave del mercado a los cambios en las condiciones. Igualmente, en menor medida, los factores de tierra y trabajo se mueven de acuerdo con los deseos de sus propietarios hacia mayores ingresos y más factores productivos de valor se remuneran en la misma proporción.
También los consumidores toman riesgos propios de los emprendedores en el mercado. Muchos críticos del mercado, aunque aceptan reconocer el conocimiento de los emprendedores capitalistas, lamentan la ignorancia generalizada de los consumidores, que impide que obtengan la utilidad ex post que esperaban obtener ex ante. Típicamente, Wesley C. Mitchell tituló uno de sus famosos ensayos: “El arte retrógrado de gastar dinero”. El profesor Ludwig von Mises ha apuntado certeramente la paradójica posición de tantos “progresistas” que insisten en que los
consumidores son demasiado ignorantes o incompetentes para comprar productos inteligentemente, al tiempo que alaban las virtudes de la democracia, donde la misma gente vota a políticos que no conocen y políticas difícilmente entienden.
De hecho, la realidad es precisamente la contraria de la ideología popular. Los consumidores no son omniscientes, pero tienen formas directas de adquirir conocimientos. Compran una determinada marca de cereales y no les gusta, no la vuelven a comprar. Compran cierto tipo de automóvil y no les gusta su rendimiento, se compran otro. En ambos casos comunican a sus amigos sus nuevos conocimientos. Otros consumidores acuden a organizaciones de consumidores, que pueden asesorarles por adelantado. En todo caso los consumidores tienen resultados directos de pruebas que les guían. Y la empresa que satisface a los consumidores se expande y prospera, mientras que la que no lo hace
debe cerrar su negocio.
Por otro lado, votar a políticos y normas legislativas es una materia completamente diferente. No hay pruebas directas de éxito o fracaso en absoluto, ni pérdidas y ganancias, ni consumo satisfactorio o insatisfactorio. Con el fin de comprender las consecuencias, especialmente las indirectas de las decisiones gubernamentales, es necesario entender una cadena compleja de razonamiento praxeológico, que se desarrollará en este libro. Muy pocos votantes tienen la capacidad o el interés en seguir ese razonamiento, particularmente, como apunta Schumpeter, en situaciones políticas. Pues en estas situaciones políticas, la diminuta influencia que una persona tiene en los resultados, así como la apariencia de lejanía de las acciones, inducen a la gente a perder el interés por los problemas políticos o su argumentación[67]. A falta de pruebas directas de éxito o fracaso, el votante tiende a elegir, no aquellos políticos cuyas medidas tienen más
posibilidades de tener éxito, sino a aquellos con la habilidad de “vender” su propaganda. Sin comprender las cadenas lógicas de deducción, el votante medio nunca será capaz de descubrir los errores del dirigente. Así, supongamos que el gobierno aumenta la oferta monetaria, causando una inevitable alza en los precios. El gobierno puede acusar de esta subida a los malvados especuladores o a los mercados negros extranjeros y, salvo que el público sepa de economía, no será capaz de ver las falacias de los argumentos del dirigente.
Resulta curioso que aquellos escritores que se quejan de las vilezas y tretas de la publicidad no dirijan sus críticas a la publicidad de las campañas políticas, donde sus acusaciones resultarían relevantes. Como indica Schumpeter:
La imagen de la mujer más bella del mundo resulta inútil a largo plazo para mantener las ventas de un mal cigarrillo. No hay una protección equivalente en el caso de las decisiones políticas. Muchas decisiones de
importancia vital son de una naturaleza que hace imposible que el público experimente con ellas a su antojo y con un coste moderado. Sin embargo, aunque esto sea posible, en general no es tan sencillo hacerse una opinión como en el caso del cigarrillo, porque los efectos son menso fáciles de interpretar[68].
Puede objetarse que aunque el votante medio puede no ser competente para decidir sobre normas que requieran de una cadena de razonamiento praxeológico para decidir sobre ellas, sí es competente para elegir a los expertos (los políticos y burócratas) que decidan sobre esos asuntos, igual que los individuos pueden elegir a sus expertos privados en numerosos asuntos. Pero de lo que se trata es precisamente de que en el gobierno el individuo no puede probar directa y personalmente el éxito o fracaso del experto contratado, como hace en el mercado. En el mercado, los individuos tienden a apoyarse en los expertos cuyos consejos han resultado tener más éxito. Los buenos doctores o abogados cosechan
recompensas en el mercado libre, al tiempo que los malos fracasan: los expertos contratados privadamente tienden a florecer en proporción a la habilidad demostrada. En el gobierno, por el contrario, no hay nada que pruebe concretamente el éxito del experto. En ausencia de esa prueba, no hay forma por la que el votante pueda evaluar el verdadero conocimiento del hombre al que debe de votar. Esta dificultad se agrava en las elecciones modernas, donde los candidatos están de acuerdo en todos los asuntos fundamentales. Como los asuntos, después de todo, son susceptibles de razonamiento, el votante puede, si así lo desea y tiene capacidad para ello, aprender y decidir sobre ellos. Pero ¿qué puede un votante, incluso el más inteligente, conocer acerca del verdadero conocimiento o competencia de cada uno de los candidatos, especialmente cuando en las elecciones se esquilan prácticamente todos los asuntos importantes? El votante solamente puede recurrir a lo externo y empaquetado de las
“personalidades” o imágenes de los candidatos. El resultado es que al votar puramente a los candidatos hace que este sea aun menos racional que las votaciones en masa sobre los propios asuntos.
Además, el propio gobierno contiene mecanismos inherentes que llevan a malas elecciones de expertos y funcionarios. Por una razón: el político y el gobierno reciben sus ingresos, no por un servicio voluntariamente contratado en el mercado, sino por una leva obligatoria en la población. Por lo tanto, esos funcionarios no tienen un incentivo pecuniario para
preocuparse por servir adecuada y
competentemente al público. Es más, el criterio vital de “aptitud” es muy diferente en el gobierno que en el mercado. En el mercado, los más aptos son los más capaces de servir a los consumidores; en el gobierno, los más aptos son los más dispuestos a ejercer la coerción o los más hábiles en hacer apelaciones demagógicas a los votantes.
Otra diferencia crítica entre la acción del mercado y la votación democrática es esta: el votante tiene, por ejemplo, solamente una cincuentamillonésima parte del poder de elección de sus futuros gobernantes, que a su vez tomarán decisiones vitales que le afectarán, sin poder de control ni estorbos hasta la próxima elección. En el mercado, por el contrario, el individuo tiene el poder soberano absoluto para tomar las decisiones que afecten a su persona o propiedad, no un simple y distante cincuentamillonésimo poder. En el mercado el individuo está constantemente manifestando su elección de comprar o no comprar, vender o no vender, en el curso de decisiones absolutas relativas a su propiedad. El votante, al votar a un candidato en particular, solo muestra una preferencia relativa sobre uno o dos potenciales gobernantes, debe hacerlo dentro del marco de una regla coercitiva de que, vote o no,
uno de esos hombre el gobernará durante los
Así pues, vemos que el libre mercado tiene un mecanismo sencillo y eficiente para convertir la utilidad anticipada ex ante en realizada ex post. El libre mercado también maximiza ex ante la utilidad social. Por el contrario, en la acción política no existe este mecanismo; de hecho, el proceso político conlleva una tendencia a retrasar y desbaratar la realización de cualquier ganancia esperada. Además, la divergencia entre ganancias
ex post a través de gobierno y a través del
mercado es incluso mayor que esta, pues descubriremos que en cualquier circunstancia de intervención del gobierno, las consecuencias
indirectas serán tales que harán que la
intervención aparezca como peor a los ojos de muchos de sus partidarios originales. En resumen, el libre mercado siempre beneficia a todos sus participantes y maximiza la utilidad social ex ante; asimismo tiende a hacerlo ex post, ya que favorece la rápida conversión de anticipaciones en realizaciones. Con la intervención, un grupo gana
directamente a expensas de otro y por tanto la utilidad social no puede incrementarse. La consecución de objetivos se bloquea más que facilita y, como veremos, las consecuencias indirectas son tales que muchos de los mismos intervinientes acabarán perdiendo utilidad ex post. El resto de este trabajo se dedica en buena parte a mostrar las consecuencias indirectas de varias formas de intervención gubernamental.