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7 Utilización de la metáfora para establecer aceptación y

In document Manual Clinico de Mindfulness (página 196-200)

mindfulness

Alethea A. Varra, Claudia Drossel y Steven C. Hayes

Mis enseñanzas son como un dedo apuntando a la luna. No confundáis el dedo con la luna. Buda El lenguaje figurativo desempeña dos papeles distintos en la psicología clínica: por una parte se trata de una herramienta clínica útil y por otra, guía a los profesionales en la conceptualización de los problemas y las intervenciones posteriores (véase Leary, 1990, sobre la metáfora en la historia de la psicología). Dada su utilidad, no es de extrañar que encontremos metáforas, alegorías, símiles, analogías, dichos y máximas en las intervenciones terapéuticas (Blenkiron, 2005; Eynon, 2002; Lyddon, Clay y Sparks, 2001; Otto, 2000). Este capítulo se centra en las funciones del lenguaje figurativo que están especialmente relacionadas con las teorías basadas en aceptación y en mindfulness. Destacamos la terapia de aceptación y compromiso (ACT, Hayes, Strosahl y Wilson, 1999) porque la conocemos bien y porque parece plantear cuestiones clave que pueden ser relevantes en los abordajes que integran Mindfulness en general.

La ACT es un enfoque terapéutico centrado en crear flexibilidad psicológica disminuyendo el impacto sobreamplificado del lenguaje y el conocimiento literal, temporal y evaluativo del ser humano. La teoría básica de la ACT considera la capacidad verbal de los humanos como un arma de doble filo que nos permite solucionar problemas cotidianos y crear un mundo cómodo, al tiempo que nos permite traer nuestro pasado doloroso al presente, ver las repercusiones emocionales de nuestra historia como un problema por solucionar, compararnos con un ideal irreal y proyectar futuros aterradores.

La metáfora como marco conceptual de trabajo del científico-profesional

Si bien es importante entender las metáforas específicas que resultan útiles en terapia, también es importante reconocer cuáles son las metáforas arraigadas en el marco conceptual de trabajo de un profesional determinado. Se trata de algo especialmente importante en la práctica basada en la aceptación y el mindfulness porque los supuestos fundamentales a menudo son distintos de los que predominan en gran parte de la práctica psiquiátrica y médica.

Pepper (1970) identifica cuatro “metáforas raíz” que describen visiones comunes de la afectividad humana, el comportamiento y la cognición, y su relación con otros acontecimientos. Todas las preguntas científicas, los programas de investigación que se desprenden, y las intervenciones posteriores pueden caracterizarse en función de esas métaforas (Rosnow y Georgoudi, 1986; Hayes, Hayes, Reese y Sarbin, 1993). Dos de ellas resultan especialmente interesantes para la psicología clínica. La metáfora de la máquina ve a los seres humanos y a sus problemas como un complejo reloj de pared que insta a examinar cómo funcionan las piezas y las fuerzas para culminar en una cadena percibida explicativa de los eventos. Esta metáfora es la base del modelo médico y aporta una guía para la intervención como una manera de dar con la pieza rota y repararla.

Por otra parte, una metáfora contextualista ve todos los acontecimientos humanos como una acción que tiene un propósito y que se sitúa en el tiempo, como hacer las compras o hacer el amor. Esta metáfora destaca la naturaleza anidada, histórica y continua de las acciones humanas e introduce un enfoque en el contexto y en la posibilidad de trabajar dicho contexto. En una metáfora contextualista no hay nada que esté necesariamente roto y que necesite arreglo, sino que existe un interés en cómo funciona una acción determinada, dada la historia y la situación actual de la persona. A diferencia de otras metáforas, la metáfora de las acciones históricas con un propósito concreto no asume ni un análisis completo ni final, ni tampoco una “manera correcta” de llevar a cabo el análisis en cuestión. De hecho, y a la luz de la metáfora raíz en sí, el análisis no es más que otra acción continua, integrada en niveles incontables de contexto y de historia:

[El análisis en sí mismo] es categóricamente un evento [...] En el análisis ampliado de cualquier evento nos encontramos a nosotros mismos en el contexto de dicho evento, y así

sucesivamente de un evento a otro simepre que así lo deseemos, que puede ser por siempre o hasta que nos cansemos [...] existen muchas maneras igual de reveladoras de analizar un evento (Pepper[1], 1942). La ACT en particular y la psicología contextual en general han adoptado explícitamente esta metáfora (Hayes, Hayes y Reese, 1988). Representan una visión del comportamiento humano en su contexto, como acontecimientos interconectados, anidados, históricos y continuos. Para la redacción de este capítulo nos basamos en gran medida en los supuestos de una visión contextual.

El concepto de mindfulness tiende fácilmente hacia la perspectiva contextualista, ya que el hecho de centrarse en cada momento se encuentra en la naturaleza fundamentalmente interrelacionada de la experiencia humana. Este entendimiento contextual se parece a las enseñanzas de muchas escuelas filosóficas orientales que cultivan un conocimiento intuitivo y casi no verbal de la cualidad de interrelación que uno experimenta en el mundo mediante la práctica de la meditación y del mindfulness. La psicología contextual evita superponer las prácticas de mindfulness de las tradiciones orientales en una metáfora raíz esencialmente mecanicista. En cambio, el mindfulness es una extensión natural de los principios de la psicología contextual procedentes del estudio básico y aplicado de la afectividad, la cognición y el comportamiento humanos (Drossel, Waltz y Hayes, en prensa).

Resulta importante reconocer explícitamente la influencia de las metáforas raíz en las actividades científicas y clínicas ya que de lo contrario esos supuestos se presentan, falsamente, como datos sobre el éxito de un enfoque. Las metáforas raíz son la base del análisis, no el resultado del mismo, deben apropiarse y expresarse, y no pueden empuñarse como armas intelectuales en la batalla contra otros puntos de vista. Así pues, la utilización del lenguaje figurativo para lograr cambios clínicos se integra en las metáforas, más profundas todavía, del trabajo clínico y científico. Cuando consideramos el valor del mindfulness en el trabajo clínico, debemos hacerlo con los supuestos que adoptamos y que permiten valorarlo y considerarlo una guía útil para la actividad intelectual; estos supuestos deben ser comprendidos claramente. En criaturas tan limitadas desde un punto de vista cognitivo como los seres humanos, parece que la mejor manera de hacerlo es comprender nuestros supuestos como elementos integrados en una metáfora raíz.

Entender el lenguaje figurativo en la ACT

La ACT intenta alterar las relaciones normales cultural y lingüísticamente establecidas entre afecto, cognición y comportamiento a fin de debilitar las barreras del cambio. Si bien la metáfora de la máquina del comportamiento humano asume una cadena causal que lleva de la sensación a la percepción, pasa por la emoción y la cognición y termina en el comportamiento, los contextualistas sostienen que los cambios de comportamiento son posibles sin un requisito previo de alteración de la forma ni de la frecuencia de los pensamientos, las emociones o los recuerdos (p. ej. Harmon, Nelson y Hayes, 1980; Jacobson et al.; 1996). Ni la forma ni la frecuencia deben cambiar porque el impacto de la experiencia se integra en el contexto. Con un cambio de contexto, el impacto de la experiencia puede cambiar incluso cuando la forma del pensamiento o de la emoción sigue siendo el mismo.

Lo entendemos perfectamente en la vida cotidiana, pero a menudo se pierden las implicaciones. Una persona en una montaña rusa puede estar aterrada, pero el terror no es dañino. Una persona que sufre un ataque de pánico puede estar aterrada, pero ese terror, si se mantiene en el tiempo, puede limitar la vida. La diferencia no está tanto en el terror en si como en el contexto psicológico en el que se produce.

Desde la perspectiva de la ACT, muchos de los contextos funcionales más importantes para los pensamientos, emociones, recuerdos y sensaciones son los que se integran en el lenguaje humano. Por ejemplo, las comunidades lingüísticas consideran útil establecer las funciones sociales y prácticas del lenguaje para tratar las palabras ampliamente como si fueran sus referentes. Una persona a la que se le indica cómo caminar hacia un destino por lo general no sufrirá perjuicio por considerar la descripción y las imágenes que evoca como si fuese la experiencia en sí de caminar hacia ese destino. Las palabras y sus referentes se vierten juntos, o “fusionados”, sin daño. Pero una persona que hace lo mismo mientras piensa “soy malo” puede verse envuelto en una lucha eterna con sentimientos de vergüenza y culpa, sin tan solo darse cuenta que la ilusión del lenguaje es la responsable de que esta lucha se lleve a cabo. La persona tiene el pensamiento de “soy malo” –sin experimentar la maldad– pero si eso falta, las funciones de ese pensamiento se alteran radicalmente. Desde la perspectiva de la ACT, la cognición y las emociones funcionan como barreras en la vida cuando nosotros –terapeutas,

pacientes y personas en general– las tomamos literalmente y las tratamos como objetos estáticos que deben evitarse o con los que hay que consentir, o que constituyen “buenas razones” para iniciar determinadas acciones y retirarse del contacto con los demás, o que prueban más juicios y evaluaciones de uno mismo o del mundo.

Evitar, alterar o terminar con los pensamientos, las emociones o los recuerdos no deseados suele ser inútil e incluso contraproducente (Hayes, Wilson, Gifford, Follette y Strosahl, 1996; Wenzlaff y Wegner, 2000) pero, como esos efectos son contextuales, se suelen experimentar como algo automático y no como una conducta elegida. La cultura occidental alienta esa evitación experiencial como estrategia, a través de los medios de comunicación y la publicidad en particular. Está claro que desvincularse de las experiencias particulares proporciona un alivio a corto plazo. Sin embargo, a largo plazo, los procesos lingüísticos garantizan que exactamente esas experiencias que uno quiere evitar se produzcan con más frecuencia o tengan una mayor influencia.

Por ejemplo, la regla “no debería pensar x” contiene un elemento verbal (“x”) que tenderá a evocar a x y así, seguir esa regla es probable que sólo funcione temporalmente. En cuanto la persona que la sigue intente ver si funciona, habrá dejado de hacerlo. El resultado de esos procesos es una falta de flexibilidad y de percepción de vitalidad, y la gente se siente “atascada” (Chödrön, 2009).

El motivo por el que el lenguaje figurativo se utiliza con tanta frecuencia en la ACT es porque resulta difícil alterar las funciones de los procesos verbales normales utilizando procesos verbales. La teoría en la que se basa la terapia ACT, teoría de los marcos relacionales (RFT; Hayes, Barnes-Holmes y Roche, 2001), proporciona una salida. Dicha teoría divide las funciones del lenguaje en las que establecen los significados de las palabras en función de sus relaciones con otras cosas (cf.; Sidman, 1994), y las que les dan a las palabras un impacto conductual. La mayoría de los enfoques terapéuticos de la cognición se centran en el contexto relacional, es decir, en los métodos que incitan relaciones diferentes entre las palabras y entre las palabras de otros hechos. Dicho de otro modo, son métodos que intentan cambiar los patrones de pensamiento. En cambio, la ACT se centra en el contexto funcional, es decir, en métodos que alteran el grado en el que los hechos verbales evocan la conducta. Utilizando

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