LA VÍA INICIÁTICA
13 Véase K Dürckheim, Wirklichkeit der Mitte.
bién bajo otro punto de vista cuando el malestar del paciente -ya sea físico o psíquico- tiene raíces pro fundas, demasiado profundas para que puedan ser psicolópicamente accesibles. Alcanzan el NUCLEO METAFISICO. Esta profundidad inconsciente tiene un carácter numinoso, y cuando éste se hace presente, entra en juego la vida supranatural. La curación no será, por tanto, posible en tanto el enfermo no apren da a percibir en sí este nivel, o con otros términos, en tanto no comprenda que su fracaso existencial está expresando el bloqueo de aquel aspecto de realiza ción de sí mismo que afecta a la eclosión e irrupción de su Ser esencial trascendente.
En el psicólogo que no haya alcanzado este nivel, es natural que no vea o no pueda reconocer la reali dad de este núcleo trascendente. Interpretará, por tanto, las manifestaciones de este núcleo como una proyección, como un fantasma, como el vano deseo de un yo que quiere huir del mundo. Y así se puede hacer mucho mal. Un ser sufriente, que haya alcan zado el nivel iniciático, sufre un grave perjuicio si, por falta de comprensión, se le mantiene a un nivel natural. El no poderse realizar al nivel espiritual alcanzado puede ser causa de enfermedad: se podría decir que con ello se ha asumido una deuda que habrá que pagar.
Es necesario saber, pues es importante, que la transformación de la que aquí hablamos no comien za siempre con experiencias del Ser claramente mar cadas, ni con momentos estelares vividos en situa ciones extremas. Son a veces contactos del Ser más o menos pasajeros y breves. Sucede también a veces en un sueño: es el soplo de lo numinoso. Hoy en día, sin embargo, son cada vez más numerosos los jóve nes, y en ocasiones los muy jóvenes, que están aten
tos a tales instantes preguntándose -c o n extrañeza- qué puede ser eso. Dichosos son aquellos que se encuentran entonces con una persona competente que pueda indicarles cuáles son los criterios que per miten identificar tales momentos, y enseñarles a interpretarlos. Porque así podrán guardar el tesoro que contienen. Pero todavía hoy se cometen muchos errores y se peca aún mucho con respecto a estas experiencias. Hay padres y educadores incomprensi- vos, que eluden estas cuestiones que les plantean ciertos niños y adolescentes, o que las rehúyen con una sonrisa de indiferencia. Pero también hay algu nos terapeutas, todavía poco maduros, o inhibidos por sus prejuicios científicos y su orientación prag mática, que ven esos momentos como instantes de exaltación, como una sublimación, una inflación del yo, o que simplemente los sitúan entre los fantasmas. En lugar de resaltar su importancia, privan de su valor metafísico momentos esenciales en la vida humana. Tomar conciencia y llevar la atención a esos instantes puede abrir una vía que eventualmente —aunque no necesariamente- conduzca más allá de la terapia.
La gran terapia no se interesa prioritariamente por la capacidad existencial del hombre, por aque llo que le permita funcionar sin problemas ni malestar en el mundo, aunque en ocasiones sea a expensas de su Ser esencial. Se interesa por la pro pia realización del hombre desde su Ser esencial. No es, sin embargo, todavía aquí necesario dejar el campo de la terapia y entrar en el de la iniciación. Esto será cuando ya no sea cuestión de una simple adaptación a las condiciones externas o de dejar de sufrir. Cuando se trate ya de vivir la realización de sí mismo desde el Ser esencial. La gran terapia
interviene sólo allí donde el verdadero Sí-mismo es concebido como el lugar en que el SER puede manifestarse en el mundo en el lenguaje que le es propio a la persona. El acento está entonces pues to en el Ser y no en el hombre. El hombre podrá pasar al nivel de iniciación cuando ya no se busque a sí mismo, y cuando haya evolucionado lo sufi ciente como para ponerse exclusivamente al servi
cio del Ser. La vida es iniciática sólo en la medida
en que, sin equívocos, está al servicio del gran ter
cero, del SER. En tanto que el contacto y la integra
ción con el Ser no se busquen sino con la finalidad de una curación o de un bienestar individual, será todavía una terapia. Ahora bien, cuando el trabajo de realización del Sí-mismo se emprenda en razón únicamente del Ser, sea cual fuere el precio del sufrir y el daño que pueda ocasionar a la eficacia en el mundo existencial, es en ese momento, y sólo entonces, cuando comienza el compromiso y el camino por la vía iniciática.
Se plantea otra cuestión: la de saber qué conoci mientos de psicología de lo profundo y del trabajo de psicoterapia exige el camino iniciático. De hecho, esta vía requiere un saneamiento, una limpieza en profundidad de lo inconsciente. Sin este trabajo, el hombre es, con frecuencia, víctima de ilusiones que le hacen imaginar que la trascendencia, y también la transparencia, están más cerca de él de lo que en rea lidad están. El trabajo en el camino iniciático com prende tanto la conciencia de lo que separa al hom bre de la realidad del SER revelado por lo numinoso como su percepción y reconocimiento. Una psicote rapia bien llevada, orientada hacia el Ser esencial del paciente, puede, sin duda, conducir a una evolución
que termine en un entrar de lleno en el Camino ini ciático. Una religión enraizada en la fe puede asimis mo ser el punto de partida de una evolución iniciáti ca, bien desde una experiencia profunda de esa fe o, por el contrario, por el malestar que haya podido producir el haberla abandonado.