ORIENTE Y OCCIDENTE
54 Véase María Hippius, Transzendenz ais Erfahrung
Lo n u m in o so e n e l am or
El ejercicio relativo al tercer aspecto del Ser ense ña a discernirlo en su UNIDAD, que religa, contiene y lo conserva todo.
El hombre puede ser alcanzado por el Ser en su aspecto de unidad cada vez que en este mundo bus que la fusión, acoja y viva la unidad, o perciba su dicha incluso en el dolor de faltarle. O también cuando la crueldad de la vida se deja sentir en el abandono, la soledad y el rechazo de todos.
A veces, en medio de un aislamiento que se hace insoportable, y paradójicamente, puede bro tar de lo profundo un sentimiento de unión que, a pesar de la frialdad del mundo, permita sentir la calidez protectora del Ser.
Por otra parte, sucede con frecuencia que es en el seno de la soledad donde se percibe mejor, en su carácter sobrenatural, la calidad específica de la fusión en el Ser. El mismo hecho de su privación puede hacernos más sensibles a la calidad, al gusto de su presencia. Que la soledad en este mundo se transforme en abrazo sobrenatural, es ciertamente una experiencia muy particular. Cuando el desgarro de una separación llega a lo intolerable, este mismo exceso puede hacer posible el vivenciar la unidad del Ser. Es preciso no ignorar esos instantes sino, por el contrario, estar presto a reconocer en ellos esa par ticular calidad sobrenatural, a recibirlos y a abrirse, por ellos, al Ser.
Las situaciones excepcionales no son la única posi bilidad de una experiencia del Ser en el lazo de uni dad que viene de lo profundo. Se puede ya sentir su cercanía cada vez que el hombre escape al aislamien
to de un yo siempre inquieto, siempre a la defensiva; cada vez, pues, que el hombre cambie la afirmación de su yo por el don de sí. Cuando, por pobreza de contacto, el hombre se siente por momentos como disociado de la vida, si renuncia entonces a la actitud definitiva del yo para comprometerse afectivamente con un otro, se le ofrece entonces una oportunidad de sentir, de súbito, la presencia del Ser en su aspecto de vínculo y de unidad.
Toda verdadera relación de unión con una cosa o con alguien lleva en sí un elemento cualitativo, un núcleo numinoso, en el que resuena la unidad del Ser. Desde Él, la impresión vivida y su significado se elevan por encima del nivel episódico espacio-tem- poral. Aquél que vive este sentimiento de unidad es guiado por una oleada de cálida intensidad que le viene de lo profundo -aunque no sea sino por una fracción de segundo, pero sin ofrecer ninguna duda- hacia otra realidad más vasta.
El terreno en el que como en ningún otro puede despertar en nuestra conciencia la unidad del Ser es el del amor. Toda relación que merezca este nombre lleva en sí la oportunidad de percibir el Ser en la existencia.
Siempre que el término de amor está realmente justificado, se crea un lazo de unidad con lo otro, ya se trate de una cosa, de un animal, de un ser huma no, de Dios o del propio sujeto en su Ser esencial. Y, si está separado de ese otro, nace la impulsión de reunirse con él. En la medida en que se haya apren dido a reconocerlo como manifestación de la UNI DAD profunda de todos los seres, mayor será la oportunidad de saborear esa calidad numinosa.
No es en el momento en el que se hace realidad la fusión, sino ya en la separación, cuando el senti miento de posible unidad es portador del SER. Cuando dos personas que se aman están separadas, el deseo de ir una hacia la otra, en su propia división, está cargado del Ser, con una fuerza a la vez dichosa y dolorosa. La nostalgia de la patria en aquél que está alejado de ella es un ejemplo.
Al igual que el origen del sufrimiento primordial del hombre es su alejamiento de la vida espiritual, su deseo de reencontrar esta unidad es también en él su aspiración esencial. Es por eso por lo que el amor, donde la unión y la separación van siempre juntos, es el terreno en el que, en la medida en que íntimamente seamos receptivos a su presencia, lo sobrenatural nos alcanza más fácilmente. La calidad de la vida no está únicamente ligada a la fusión en la unidad y al hecho de que libera del tormento de la separación. El retor nar a sí mismo y el potencial creador que resulta de toda unión llevan también la marca de lo sagrado. Más que nada y ante todo, es la verdadera communio lo que representa para dos seres un auténtico conoci miento de sí mismos y lo que les da acceso a un nivel más elevado de unidad. Estar colmado del Ser no es solamente vivir, sobre un fondo de separación, un sen timiento de fusión, sino que es también encontrarlo en la irradiación de amor del otro y, maravillado, tomar conciencia del propio núcleo esencial. Esta forma, la más elevada del amor, emite una viva claridad a toda relación humana, en su más profundo sentido y en la posibilidad de íntima unidad con el Ser que en tal rela ción nos espera. Pero para que la llamada del Ser resuene en una relación humana, es preciso que ésta se haya despojado de todo carácter pragmático.
El amor es el mejor guía que conduce al Ser, ya que es siempre adversario de un yo cuyo deseo constante es garantizar su propia seguridad. Ansioso por su posición en el mundo, ese yo rehúsa ceder el sitio, soltar presa, no quiere ni darse ni sacrificarse. Con su tendencia al inmovilismo y su necesidad de encerrarse en sí mismo, es el mayor enemigo del Ser, en cuyo crisol todo se funde y unifica.
La vida es rica en instantes efímeros de unión, y esos momentos son siempre una ocasión para oír el resonar del Ser en nosotros. Sólo es preciso aprender a beneficiarse de ellos y, sobre el trasfondo de un pasado en contra, reconocer la calidad específica de todo cuanto se hace uno.
El hombre puede ejercitarse en este sentimiento de unidad en el arte con el instrumento, o trabajan do con cualquier tipo de útil (máquina de escribir). Hacerse uno con un trabajo o una cosa a la que en principio nos hemos opuesto, en el momento, por ejemplo, en que uno encuentra la solución a un pro blema que haya sido un rompecabezas, o allí donde se hayan hecho todos los esfuerzos para vencer una resistencia; en todas partes se presenta la ocasión de sentir y de apreciar un lazo de unidad. Porque toda nuestra existencia se apoya de ordinario en el mundo y en el yo profano, por lo que nos situamos fuera de la unidad del Ser aunque, conscientes o no, sintamos constantemente la nostalgia. En todo lugar cabe la posibilidad, aunque sea débil, de percibir la calidad del Ser que allí está presente, al igual que en cualquier sitio donde nos encontremos a gusto.
Puede ser una manera esmerada de tratar las cosas usuales, el utilizar cuidadosamente un objeto familiar, un andar atento el camino que se recorre todos los días, de suerte que la docilidad de todas
estas cosas nos conmueva profundamente como una especie de bendición de la unidad del Ser.
Puede también ser el realizar un trabajo que dominemos del todo, en el que cada gesto ha de hacerse de una cierta manera y no de otra, aquí y ahora. Se crea así un sentimiento de presencia, una conciencia de unidad en la que el Ser actúa. Ciertamente que la forma de atención diferente, arraigada, de nuestra conciencia del mundo y del yo deja, en general, pasar inadvertidas estas ocasiones. Ahora bien, cuando íntimamente se tiende a la mani festación del Ser, y se vive comprometido para con él, el aspirar a estas experiencias va tomando cada vez más peso, y toda posibilidad de unión, de sentir se uno con Él, se hace parte integrante del e x e rci- tium . Ser uno con lo que se ve, con lo que se oye, dice, saborea, toca, de tal modo que se llegue a estar por encima de la oposición entre aquél que ve y lo que es visto, entre aquél que oye y lo que es oído, a fin de que el puro mirar, el puro oír colmen la con ciencia y lleguen a ser, en el lenguaje del instante presente, testigos de la unidad de lo profundo.
Otro medio para progresar en el camino es el ejer cicio del sentido interior desde EL DIBUJO SIN CON TORNOS. El crepúsculo, el claro de luna, un paisaje en la niebla, o la claridad danzante del mediodía, cuando la reverberación de la luz enturbia los con tornos, inspiran estos dibujos. Los contrastes desdi bujados dejan vibrar un silencio colmado de la uni dad de lo profundo. Otro ejercicio en este sentido es el de dejarse ocupar por un sonido indiferenciado, como puede ser el golpeteo de una cascada, el susu rro indistinto del bosque, y a veces también la alga zara confusa de una gran ciudad. Para que este ejer cicio sea fructífero hay que estar ya entrenado para
un cierto recogimiento, contemplación y escucha para que no sea sólo mirar o escuchar, porque eso será lo que permita que el Ser resuene. Todos los sonidos de la vida se transforman entonces en una melodía que rinde testimonio de ella.
Un ejercicio muy eficaz es el de las formas cuyo sentido emerge por un efecto de contra-forma. Un ejemplo de ello son los dibujos orientales con tinta china. La finalidad de la forma dibujada es que pueda aparecer la no-forma, transparente en sí a ese fondo sobre el que todo se hace presente para desvanecerse de nuevo. Con este ejercicio el hom bre aprende a privarse de la fijeza del mirar, o del exceso de sentimiento, y a elevarlos hasta una experiencia que elimina la oposición entre forma y no-forma, mundo y no-mundo, a la vez que a dejar les subsistir de manera que permitan que lo UNO trasluzca más allá de los contrarios. No es una cues tión de forma o no-forma sino más bien de lo que está más allá de la oposición entre ambas.
En un principio parece paradójico y contrario a la sensibilidad natural el querer hacer conscientes, en función de su contenido de SER, la unión y los ins tantes de entrega en el amor que liberan al hombre de su estado de separación. Una empresa tan audaz ¿no corre acaso el riesgo de reducir a nada el tesoro que encierran? Sería efectivamente así si el término
hacer consciente se tomara en el sentido en el que se
entiende la toma de conciencia objetiva sobre la que se basa toda organización racional. Este orden de conciencia que pone al hombre y a su universo fren te a frente situándole, en cierto sentido, fuera del Ser, le hace sordo a su voz. A este respecto, existe un malentendido cuyos resultados son malsanos, que aparece constantemente en algunas sectas. Se con
funde el estar atento al Ser con una observación racional que define una noción, la clasifica en un sis tema determinado, la memoriza, etc. para que inme diatamente esté disponible en el intelecto. Se puede naturalmente reconocer, por lo que es, la experien cia del Ser que se vive, y ser consciente de su impor tancia, pero tal reconocimiento es justamente el
hacerse uno en la lucidez y no una definición que
coloca el objeto a distancia. Conviene, por tanto, precisar el sentido de tomar conciencia. Hay dos maneras de percibir, una que clasifica en conceptos, y otra que integra lo que se ha vivido en el cuerpo del
camino, interiorizando el SER.
“Intentar comprender lo inalcanzable no elimina la calidad de Ser cuando la luz de la conciencia tiene su origen en la dimensión propia de la experiencia en su más alta potencialidad. Es entonces la luz que penetra en la sombra interior y se constituye en centro de cris talización que reúne y conserva el tesoro de una expe riencia sensible más allá de lo sensible. La profundi dad materna se hace presente en el niño inmaduro, y se le hace transparente. Con la conciencia de un orden superior nace el espíritu espiritual. Se crea así una filiación entre la luz primordial y el hombre” (María
Hippius, Transzendenz ais Erfahrung).
El hombre que se forma desde la Vía, que en ella se estructura, posee un orden de devenir que le es propio. Desde ahí, en cada instante de su existencia, puede tomar conciencia de su nivel, del valor de su posición. Eso no es algo que posee objetivamente, sino la expresión de su integración interior en el camino. Aquel modo de conocimiento que conserva el contenido de Ser de una experiencia, no la defor ma, sino que la profundiza. La experiencia esclarece y completa el orden interior. Es una toma de con
ciencia que amplía la apertura a la gran Vida. Según va madurando, el hombre se va haciendo capaz de dejarlo hacer, a fin de que lo transforme. Sucede tam bién que un hombre anclado en el nivel de la con ciencia objetiva llegue a abrirse a lo profundo de sí. Ocurre cuando, en la práctica de la meditación, por ejemplo el Zazen, este hombre está constantemente atento a mantener la posición justa, y aunque estan do en otro lugar desde su conciencia profunda, puede llegar a percibir, a pesar de todo, los signos que prueban la justedad de su comportamiento general. Es entonces fortificado interiormente, senti rá un calor físico, una ligera vibración de la columna vertebral, claridad en su espíritu, y se sentirá pleno de amor. Lo vivirá de forma discreta, aunque en
ondas indiscutibles que indican una progresiva
modificación de todo su estado, siendo habitado por la plenitud, la luz y la calidez de su Ser, que le elevan por encima de su estado habitual. Los progresos rea lizados por la facultad de observación son parte del crecimiento interior hacia la forma justa, la que hace al hombre más transparente al Ser, es decir, el ser siempre capaz de sentir la plenitud espiritual, el orden y la unidad, y el ser testigo de ello en el mundo. Ejercitarse en reconocer el contacto del Ser, y en tratar con respeto y seriedad lo numinoso en el terreno de la calidad sensorial de las formas y del amor, es una actitud constante del meditante, desde el comienzo hasta el final de su camino iniciático.
Todo cuanto vivimos por nuestros cinco sentidos y percibimos como imagen significativa, está preor- denado y sobre-ordenado al sentido espiritual de la vida.. La palabra sentido quiere decir tanto que se
puede reconocer y que se debe hacer realidad, como el órgano mediante el cual eso se produce. Los ejer cicios tienen como finalidad el abrir los ojos del meditante a la plenitud, al orden y a la unidad del Ser, a la calidad por la que lo numinoso le alcanza y, finalmente, el conducirle a percibir la forma en la que se arraiga el amor del Ser en medio de los peli gros, del absurdo y de la crueldad del mundo.
El sentido que la vida puede tener y los sentidos con los que eso se comprende coinciden desde siempre y para siempre. A tal punto que en la medi da en que el hombre esté presente al Ser, su forma de estar expresa esa presencia. Así como el motor de nuestra búsqueda es la propia cosa que buscamos, ese Ser está operando siempre que el hombre tiende a El. Y cuando el afán es total, aquél que se orienta al SER y el propio Ser coinciden. El sentido de la Vida que opera, ilumina y une todas las cosas, es decir, el sentido primordial de la Vida, es la propia Vida.