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El creciente interés acerca del problema de la violencia de género se ha producido más por necesidad que por interés. Durante los últimos años, los índices de violencia de género se han mantenido en la mayor parte de los países que conforman Latinoamérica y es, desde hace relativamente poco tiempo, cuando los gobiernos de los distintos países han comenzado a tratar esta problemática desde la perspectiva que realmente requiere.

En las últimas décadas se ha ido reconociendo cada vez más a nivel nacional e internacional que la violencia de género es un grave problema social, “no sólo para las mujeres sino también para el logro de la igualdad, el desarrollo y la paz” (Naciones Unidas, 1986).

De la misma manera, la violencia de género nació como prioridad de los movimientos sociales y de la reflexión específica de los movimientos feministas. Actualmente es de interés de los Estados incorporar en las leyes normativa específica que sancione los actos de violencia a la mujer.

Por otro lado, dando por sentado en la presente investigación, es que la violencia de género, según varios autores, es un fenómeno que causa depresión, desestabilización y hasta muerte de las víctimas, razón por la cual se debe tratar a tiempo, sin dilatar los procesos y administrando justicia en forma oportuna, eficiente, efectiva y eficaz.

Siendo que desde las épocas más remotas de la cultura humana se ha manifestado siempre la subordinación de las mujeres respecto a los hombres. Este fenómeno no se ha limitado sólo a concebir la inferioridad femenina, sino que ha trascendido las fronteras de lo racional, hasta llegar incluso a manifestarse mediante comportamientos agresivos, que acreditados por el

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patriarcado y ratificados luego por las sociedades ulteriores, conforman la ya histórica y universal violencia de género. Este trabajo de investigación persigue como objetivo analizar los antecedentes de la violencia de género, evitando aislar el fenómeno de las condiciones histórico-concretas que lo propiciaron, luego de recorrer largos siglos, llegan hasta nuestros días.

La violencia a la mujer en el Ecuador según una encuesta nacional, realizada a mujeres de entre 15 y 49 años de edad se conoce que el 9,6% de ellas reporta haber sufrido violencia sexual en el transcurso de su vida (el 7,2% reportó violación, el 3,7% alguna situación de abuso sexual), en la mayoría de los casos por parte de personas allegadas y conocidas.

La violencia de género en el hogar constituye una flagrante transgresión de los principios consagrados en la Declaración Universal de Derechos Humanos.

La violencia contra la mujer en el marco del hogar tiene características peculiares que la diferencia de otros tipos de agresión y abuso, por el espacio en que ocurre, por los actores que intervienen y por el conjunto de factores psicológicos que entran en juego, todo lo cual contribuye a la complejidad y a que la significación y percepción del problema no siempre sean evidentes. (CEPAL, 1996, Pág. 20).

Por otro lado “los actos de agresión contra las mujeres tienen numerosas consecuencias negativas. La Organización Mundial de la Salud considera que la violencia de género constituye un grave problema de salud pública” (CEPAL, 1996, Pág.23).

La gravedad de las distintas manifestaciones de la violencia de género, de acuerdo a su magnitud y alcance y a sus consecuencias individuales y sociales, exige acciones urgentes para apoyar y proteger a las víctimas y lograr que las mujeres puedan hacer valer y ejercer sus derechos como personas y que la sociedad cuente con los instrumentos para sancionar a los agresores.

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De igual modo, es necesario diseñar e implementar estrategias preventivas en las instancias políticas, legislativas, judiciales y educacionales, cuyos efectos positivos se podrán visualizar a mediano y largo plazo.

La violencia contra la mujer es una manifestación de las relaciones de poder históricamente desiguales entre mujeres y hombres, que han conducido a la dominación de la mujer por el hombre, la discriminación contra la mujer y a la interposición de obstáculos contra su pleno desarrollo.

La violencia contra la mujer a lo largo de su ciclo vital dimana esencialmente de pautas culturales, en particular de los efectos perjudiciales de algunas prácticas tradicionales o consuetudinarias y de todos los actos de extremismo relacionados con la raza, el sexo, el idioma o la religión que perpetúan la condición inferior que se asigna a la mujer en la familia, el lugar de trabajo, la comunidad y la sociedad (Informe de la Cuarta Conferencia Mundial sobre la mujer, 1995, Pág. 52).

Un elemento importante “El uso deliberado de la fuerza física o el poder, ya sea en grado de amenaza o efectivo, contra uno mismo, otra persona o un grupo o comunidad, que cause o tenga muchas probabilidades de causar lesiones, muerte, daños psicológicos, trastornos o privaciones.” (Sanmartín, 2002. Pág. 145).

Roberto Castro manifiesta que “la forma más común de violencia contra la mujer es la que ejerce su pareja”

Las mismas mujeres aplican a cualquier realidad y, en especial, a las relaciones de poder en las que están atrapadas, unos esquemas mentales que son el producto de la asimilación de estas relaciones de poder y que se explican en las oposiciones fundadoras del orden simbólico. Se deduce de ahí que sus actos de conocimiento son, por la misma razón, unos actos de reconocimiento práctico, de adhesión, creencia que no tiene que pensarse ni afirmarse como tal, y que “crea” de algún modo la violencia simbólica que ella misma sufre (Bourdieu, 1998, Pág. 49).

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Marie-France Hirigoyen diferencia entre dos fases en las consecuencias, las que se producen en la fase de dominio y a largo plazo.

En la primera fase, la mujer está confusa y desorientada, llegando a renunciar a su propia identidad y atribuyendo al agresor aspectos positivos que la ayudan a negar la realidad. Se encuentran agotadas por la falta de sentido que el agresor impone en su vida, sin poder comprender lo que sucede, solas y aisladas de su entorno familiar y social, ya que hay huellas y episodios de agresión que no se borran, y encontrándose en constante tensión ante cualquier respuesta agresiva de su pareja.

Marie-France Hirigoyen habla de consecuencias a largo plazo refiriéndose a las etapas por las que pasan las víctimas a partir del momento en que se dan cuenta del tipo de relación en la que están inmersas. Durante esta fase, las mujeres pasan un choque inicial en el que se sienten deprimidas, asustadas, estafadas y avergonzadas, además de encontrarse apáticas, cansadas y sin interés por nada.

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