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Las palabras de afirmación son uno de los cinco lenguajes básicos de amor. Dentro de ese lenguaje, sin embargo, hay muchos dialectos. Ya hemos hablado de unos pocos y hay muchos más. Se han escrito volúmenes enteros y

numerosos artículos sobre estos dialectos. Todos ellos

tienen en común el uso de palabras que afirman al cónyuge. El sicólogo William James dijo que la necesidad más

profunda del hombre era la de sentirse apreciado. Las palabras de afirmación llenarán esa necesidad en muchos individuos. Si usted no es un hombre o mujer de palabras, si ese no es su lenguaje principal de amor pero cree que

puede ser el lenguaje principal de amor de su cónyuge, permítame sugerirle que lleve una libreta de notas titulada: «Palabras de afirmación». Cuando lea un artículo o libro sobre el amor, escriba las palabras de afirmación que encuentre. Cuando oiga una conferencia sobre el amor o escuche a algún amigo diciendo algo positivo sobre otra persona, escríbalo. Con el tiempo usted coleccionará una buena lista de palabras de afirmación, las que puede usar para comunicar amor a su cónyuge.

También puede probar usando palabras indirectas de

afirmación, es decir, diciendo cosas positivas de su cónyuge cuando él o ella no está presente. En cualquier momento alguien se lo contará a su cónyuge y usted tendrá todo el crédito para el amor. Dígale a la madre de su esposa qué linda es su esposa. Cuando su suegra le cuente a ella lo que usted dijo, tenga por seguro estará ampliado, y usted con- seguirá aun más crédito. También hable bien de su cónyuge frente a otros cuando él o ella, esté presente. Cuando lo honren públicamente por algún triunfo, participe ese

homenaje con su cónyuge. Puede también escribir palabras de afirmación; las palabras escritas tienen la ventaja de que pueden ser leídas una y otra vez.

Aprendí una importante lección sobre las palabras de

afirmación y los lenguajes del amor en Little Rock, Arkansas. Visité a Bill y Betty en un hermoso día de primavera. Vivían en un grupo de casas con una cerca blanca de estacas,

césped verde y flores de primavera en plena hermosura. Era idílico. Una vez adentro descubrí que el idealismo terminó. Su matrimonio estaba en ruinas. Luego de doce años y dos hijos, se preguntaban por qué se habían casado. Parecían

disentir en todo. En lo único que estaban de acuerdo, era en que ambos amaban a los niños. A medida que contaban su historia me di cuenta que Bill era un adicto al trabajo y que tenía poco tiempo para Betty. Ella trabajaba medio tiempo, más que nada para estar fuera de la casa. Su método de enfrentarse con el problema era separándose. Trataban de poner distancia entre ellos para que sus conflictos no les parecieran tan grandes. Pero el indicador de nivel en ambos tanques de amor decía: «vacío».

Me dijeron que habían buscado consejería matrimonial pero parecía que no hacían muchos progresos. Asistieron a mi seminario para matrimonios y al siguiente día yo ya salía del pueblo. Probablemente éste sería mi último encuentro con Bill y Betty, por lo que decidí hacer todo mi esfuerzo.

Empleé una hora con cada uno de ellos, en forma separada. Escuché con mucha atención ambas historias y descubrí que a pesar del vacío de su relación y sus muchos

desacuerdos, reconocían y apreciaban ciertas cosas el uno en el otro. Bob reconoció: «Es una buena madre. También una buena ama de casa y una excelente cocinera cuando decide cocinar. Pero no me da ningún afecto. Trabajo todo lo que puedo y no hay ninguna señal de aprecio hacia mí». En mi conversación con Betty, ella aceptó que Bill era un

excelente proveedor para la familia. «Pero —se quejó—, no hace nada en la casa para ayudarme, y nunca tiene tiempo para mí. ¿Qué sacamos teniendo la casa, el automóvil y todas las demás cosas si nunca disfrutamos de ellas juntos?»

Con esa información decidí enfocar mi consejo haciendo solamente una sugerencia a cada uno de ellos. Dije a Bob y a Betty, separadamente, que cada uno de ellos tenía la

clave para cambiar el clima emocional del matrimonio. «Esa clave —dije—, es expresar aprecio verbal por las cosas que

a uno le gusta de la otra persona y, por el momento, suspender sus quejas sobre las cosas que no les gusta». Revisamos los comentarios positivos que ya habían hecho el uno y el otro, y los ayudé a cada uno a escribir una lista de esos rasgos positivos. Bill se centró en las actividades de Betty como madre, ama de casa y cocinera. La lista de Betty se centró en el trabajo intenso y en la provisión

económica para la familia. Hicimos las listas tan específicas como fue posible.

La lista de Betty quedó así:

El no ha perdido un día de trabajo en doce años. Es agresivo en su trabajo.

Ha recibido varias promociones en su trabajo.

Paga la casa cada mes.

También paga la cuenta de la electricidad, el gas y el agua.

Nos compró un vehículo de paseo hace tres años.

Corta el pasto o paga para que alguien lo haga en la primavera y en el verano.

Recoge las hojas o paga para que alguien lo haga en el otoño.

Provee mucho dinero para la alimentación y el vestuario de la familia.

Saca la basura por lo menos una vez al mes.

Me da dinero para comprar regalos de Navidad para la familia.

Está de acuerdo en que puedo utilizar el dinero que gano en mi trabajo de medio tiempo de la manera que desee.

Arregla las camas todos los días.

Pasa la aspiradora a la casa cada semana.

Despacha a los niños para la escuela todas las mañanas con un buen desayuno.

Prepara la cena por lo menos tres días a la semana.

Compra los víveres, ayuda a los niños con sus tareas.

Lleva a los niños a la escuela y a la iglesia.

Enseña en el primer grado de la Escuela Dominical.

Lleva mi ropa a la lavandería.

A veces lava y plancha.

Les sugerí que añadieran a la lista las cosas que notaran en las semanas siguientes. También les sugerí que dos veces por semana escogieran un rasgo positivo y expresaran

apreciación verbal al cónyuge por eso. Les di una indicación más. Le dije a Betty que si Bill le daba un cumplido, ella no debía darle a él un cumplido en el mismo momento, sino que más bien debía recibirlo y decir: «Gracias por decirme eso.» A Bill le dije lo mismo y los animé a que lo pusieran en práctica cada semana durante dos meses, y que si lo

encontraban útil podían continuar así. Si el experimento no ayudaba a mejorar el ambiente emocional del matrimonio, podrían cancelarlo como otro intento fallido.

Al día siguiente tomé el avión y regresé a casa. Escribí una nota para recordarme de llamar a Bill y a Betty dos meses más tarde, para ver qué había pasado. Cuando los llamé a mediados del verano solicité hablar con cada uno

separadamente. Me sorprendió saber que la actitud de Bill había dado un gigantesco paso adelante. Él se había

imaginado que yo había dado a Betty el mismo consejo que le di a él, pero todo estaba bien. Le encantaba. Ella estaba apreciando su trabajo y su provisión para la familia. «En verdad me ha hecho sentir hombre de nuevo. Tenemos

mucho trecho que recorrer, doctor Chapman, pero creo que estamos en la ruta.»

Cuando hablé con Betty, sin embargo, descubrí que ella había dado solamente un paso de niño hacia adelante. Me dijo: «Algo ha mejorado, doctor Chapman, todavía no saca tiempo para mí. Todavía está demasiado ocupado en el trabajo, por lo que nunca tenemos un tiempo juntos.» Cuando escuché a Betty, se hizo la luz. Supe que había hecho un descubrimiento importante. EL lenguaje de amor de una persona no es necesariamente el lenguaje de amor de otra. Era obvio que el lenguaje principal de amor de Bill eran las palabras de afirmación. Era un gran trabajador, disfrutaba de su trabajo, pero lo que más quería de su esposa era expresiones de aprecio por su trabajo. Ese

patrón se estableció probablemente en su infancia, y esa necesidad de afirmación verbal no era menos importante en su vida adulta. Betty, por otro lado, estaba emocional-

mente clamando por algo más. Las palabras positivas eran muy buenas, pero su profundo anhelo emocional era por algo más. Eso nos lleva al lenguaje de amor número dos.

NOTAS

1. Proverbios 18:21 2. Proverbios 12:25

CAPÍTULO CINCO

Lenguaje de amor # 2: Tiempo de