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Vasconcelos y su crítica del nacionalismo

5. El problema de la identidad en el contexto del hispanismo

5.1. El pensamiento hispanoamericano y la identidad

5.1.2. Vasconcelos y su crítica del nacionalismo

Como habíamos explicado, una parte de esta investigación está dedicada a estudiar, mediante un ejercicio de literatura comparada, a quienes han precedido a Juan Villoro en la construcción de relatos en los cuales se pone de manifiesto la realidad sociopolítica de México e Hispanoamérica. Si Villoro ambienta sus relatos en un ambiente en conflicto, el México de la segunda mitad del siglo XX e inicios del XXI, y por lo tanto podemos hablar de que en su obra aparece una Hispanoamérica turbulenta, las mismas cuestiones toman especial relevancia en la obra del político, abogado, filósofo y escritor mexicano José Vasconcelos (1882-1959), quien crece y se forma durante la dictadura de Porfirio Díaz16

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“Porfirio Díaz gobernó el país durante 30 de los 34 años que corren entre 1877 y 1911; de ahí que esta etapa se conozca con el nombre de porfiriato. El periodo se delimita, entonces, a partir de dos sucesos políticos: comienza en 1877, cuando, meses después de derrocar a los lerdistas e iglesistas, Díaz inicia su primer mandato presidencial, y concluye en 1911, meses después de haber estallado la Revolución, cuando Díaz abandona el poder y sale rumbo al exilio” (Speckman Guerra, 2004: 192).

y más tarde participa en la Revolución mexicana, además de ser candidato a la presidencia de la República. Por lo tanto, Vasconcelos nos interesa sobremanera en la medida en que su obra es testimonio de la dialéctica de Estados que entra en juego al momento de describir las relaciones de Norteamérica y México, como ocurre en El disparo de argón, de Juan Villoro. Es decir, Vasconcelos da cuenta, como pocos, del proceder de los estadounidenses y toma partido desde niño por

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la causa hispanista, como puede comprobarse desde la “Advertencia” con la cual inicia el primer volumen de sus memorias17, Ulises criollo (193518

El criollismo, o sea la cultura de tipo hispánico, en el fervor de su pelea desigual contra un indigenismo falsificado y un sajonismo que se disfraza con el colorete de la civilización más deficiente que conoce la historia, tales son los elementos que han librado combate en el alma de este Ulises criollo, lo mismo que en la de cada uno de sus compatriotas (Vasconcelos, 2000: 4). (Las cursivas son del autor)

):

El hispanismo, para Vasconcelos, tiene que enfrentarse en una pelea desigual contra sus adversarios. Como se ve, hay una estrecha correspondencia entre la alternativa hispanista, citada páginas antes y el discurso de Vasconcelos. Nótese además como el autor hace referencia al indigenismo y al sajonismo, a los cuales considera serias amenazas contra la hispanidad. Desde la década de los treinta, cuando aparece el primer tomo de sus memorias, Vasconcelos entrevé dos problemas fundamentales, como son el mencionado indigenismo y la influencia de los Estados Unidos en todas las áreas, dos asuntos que también han cobrado presencia en la teoría literaria del presente, como puede verse con el auge de los estudios culturales (sobre

17 Además de ser el primer capítulo de su saga autobiográfica, el Ulises criollo también ha sido

interpretado como una novela de la Revolución (al lado de la obra de Mariano Azuela o Martín Luis Guzmán), porque describe la vida durante el porfiriato, el inicio de la lucha armada que derroca a este y los primeros años del gobierno del malogrado Francisco I. Madero. Sin embargo, en el mismo Ulises criollo, novela para algunos, Vasconcelos expresa sus ideas acerca del género: “Hablábamos del género entonces en boga, la novela: sus preferencias, Stendhal y Flaubert, me resultaban poco menos que intolerables. La necesidad en que se coloca el novelista de encarnar en personajes sus tesis, con la correspondiente obligación de inventar escenarios y describir minucias con el estilo de los muebles de una habitación, me era repulsiva como una degradación del espíritu. Exagerando la protesta contra el realismo de Zolá, me lanzaba incluso contra Shakespeare obligado a reencarnar leyendas y temas del acervo popular” (Vasconcelos, 2000: 354-355).

Para Alicia Molina, al relatar su vida Vasconcelos crea un personaje: «El testimonio válido es el de su obra y el que nos ofrece en los cinco tomos de su autobiografía. En ella no hace labor de biógrafo sino de interlocutor. No sólo cuenta su vida; se enfrenta nuevamente a ella y reproduce sus reflexiones, sus vacilaciones, convicciones y contradicciones. Se afirma a sí mismo como pasión en sus virtudes y en sus defectos, y describe, ya desde su infancia, vivencias que conformarían de una manera definitiva su pensamiento y su acción.

»Hay que contar, desde luego, con que el autor está creando su personaje, está reelaborando el pasado desde la óptica del presente (1930), está jerarquizando y dando peso a las experiencias que han pervivido en él; ese personaje que crea es el papel que se asigna a sí mismo en la vida: un Ulises Criollo». (Vasconcelos, 1981: 7).

Para un libro que describe la misma época de la cual se habla en el Ulises criollo desde el punto de vista ya no de un filósofo y político en ciernes como Vasconcelos, sino de un historiador, ver el libro de Friedrich Katz (2004) dedicado especialmente al período.

18 “[…] Vasconcelos comenta, en 1935, el éxito obtenido por el Ulises, libro que según algunas

bibliografías aparece en 1936. Sólo David N. Arce en sus Bibliografías mexicanas contemporáneas, VI José Vasconcelos, da la fecha exacta: 1935” (Carballo, 2005: 43).

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todo en el ámbito de las universidades estadounidenses) o en las constantes referencias a la identidad, el relativismo, el americocentrismo, las minorías o la otredad, palabras que aparecen precisamente en la estela de aquellos. A lo largo de las páginas de Ulises criollo el autor criticará tanto la injerencia política como cultural de los norteamericanos, cuando vea cómo la presencia de estos es cada vez de más alcance en México.

Por lo tanto no es casual que Vasconcelos comience de esa forma sus memorias, cuando es precisamente esa idea, el criollismo, como él lo llama, la que habrá de cifrar su trayectoria. Vasconcelos, escritor consumado del canon en México, intenta con su obra llevar a cabo un proyecto de grandes dimensiones: la trituración de gran parte de la historia oficial de su país, un intento para nada subrepticio en su obra, al contrario, puesto que no puede estar más clara, como lo muestra en varias ocasiones con sus críticas a la figura del ex presidente Benito Juárez, como se verá más adelante. La labor es titánica porque encuentra a personajes dudosos, desde la apreciación de Vasconcelos, convertidos en héroes y en figuras muy destacadas del “santoral” mexicano, pero aun así el autor lleva a cabo su proyecto.

Al inicio del primer tomo de su autobiografía, Vasconcelos recuerda19

Fue un extraño amanecer. Desde nuestras camas, a través de la ventana abierta, vimos sobre una ondulación del terreno próximo, un grupo extranjero de o, mejor dicho, hace el intento por recordar acontecimientos que pertenecen a la época en la cual ni siquiera era una persona consciente, aunque no se plantea el recuerdo como problema, a la manera de Proust y tantos otros. En cambio el pequeño niño que despierta al mundo (un mundo especialmente convulso, como se verá), vive experiencias que se vuelven acicate para su futuro nacionalismo, que reivindica numerosas veces. Puede decirse que el pensamiento político del protagonista se forja desde una edad muy temprana. El padre del autor, Ignacio Vasconcelos, trabajaba como agente de aduanas, así que la niñez del filósofo transcurre a lo largo de varios viajes. En El Sásabe, al noroeste de México, en Sonora, frontera con Arizona, tiene lugar una de las anécdotas iniciales del relato, que ya desde ese momento (la infancia que apenas se recuerda) nos sitúa en un escenario en el cual Estados Unidos y México están enfrentados; como era de esperarse, el segundo país es el que saca la peor parte:

19 La enunciación es muy posterior a lo narrado, como se aclara en uno de los pasajes de la novela, porque

el autor ya es abuelo cuando redacta el Ulises criollo: “[…] ahora mismo que escribo estas páginas viendo jugar a mi nietecita de año y medio” […] (Vasconcelos, 2000: 340).

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uniforme azul claro. Sobre la tienda que levantaron, flotaba la bandera de las barras y las estrellas. De sus pliegues fluía un propósito hostil. Vagamente supe que los recién llegados pertenecían a la comisión norteamericana de límites. Habían decidido que nuestro campamento con su noria, caía bajo la jurisdicción «yankee» y nos echaban: -«Tenemos que irnos» -exclamaban los nuestros. «Y lo peor -añadían- es que no hay en las cercanías una sola noria; será menester internarse hasta encontrar agua.» Perdíamos las casas, los cercados. Era forzoso buscar dónde establecernos, fundar un pueblo nuevo…

Los hombres de uniforme azul no se acercaron a hablarnos; reservados y distantes esperaban nuestra partida para apoderarse de lo que les conviniese. El telégrafo funcionó; pero de México ordenaron nuestra retirada; éramos los débiles y resultaba inútil resistir. Los invasores no se apresuraban; en su pequeño campamento fumaban, esperaban con la serenidad del poderoso (Vasconcelos, 2000: 9).

Después de la guerra entre México y Estados Unidos, a mediados del siglo XIX, México es sometido por Estados Unidos, que se apropia de más de la mitad del territorio de su vecino20

Más adelante, Vasconcelos nos describe a un niño que de ninguna manera está orgulloso del pasado indígena de Mesoamérica, sino que, por el contrario, defiende el proyecto de los españoles durante la Conquista y es muy crítico con las comunidades prehispánicas, a las cuales critica por sus instituciones violentas, por ejemplo. Vasconcelos en este sentido es una excepción

. En el momento que Vasconcelos describe, los norteamericanos todavía llevan a cabo los “ajustes” de su imperialismo en las tierras del sur, de ahí que expulsen, con la venia del gobierno de México, a la familia del autor.

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Durante el siglo XIX México pierde, por diversas causas, gran parte de su territorio: “[…] Guatemala se separó en 1823; Texas se independizó en 1836; Estados Unidos conquistó Nuevo México y la Alta California entre 1846 y 1847, y en 1853 se vendió la Mesilla […]” (Zoraida Vázquez, 2004: 185).

, sobre todo si se le compara con un gran número de escritores del presente, como Eduardo Galeano o el caso paradigmático de José Carlos Mariátegui, quien ha sido distinguido por alguno de sus intérpretes bajo el rótulo “el marxismo indigenista” (Krauze, 2011: 105-131). O bien, con la oposición de otros pensadores, como Sarmiento, a la colonización española (Serna, 2011: 2005). En este sentido, la escritura de Vasconcelos no combina para nada con los proyectos indigenistas de la actualidad. Como dice Eugenia Houvenaghel acerca de la

21 Alfonso Reyes es el otro escritor mexicano que reivindica el proyecto de la Monarquía Hispánica en la

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reivindicación de la presencia española, en este caso llevado a cabo por Alfonso Reyes, no existe un consenso acerca del tema en cuestión:

Partimos, en efecto, desde el punto de vista general de que no hay interpretación histórica inocente […].

[…] la historiografía de Hispanoamérica constituye una excelente confirmación de esta regla general que acabamos de resumir y según la cual muy pocas veces se logra, en aquella disciplina, la objetividad. Ha habido historias prohispanistas ―que aprueban y defienden la contribución de los españoles a la historia hispanoamericana― e historias antihispanistas ―que desaprueban y atacan la contribución de los españoles a la historia hispanoamericana― y esas contrarias versiones de los acontecimientos príncipes de la historia de Hispanoamérica han llegado a ser casi inconciliables. Más que una historia, se ha establecido un debate entre historiadores, una polémica que se vincula estrechamente con la búsqueda de la identidad de Hispanoamérica […] (Houvenaghel, 2003: 20-21).

Por lo tanto, ubicamos a Vasconcelos como uno de los protagonistas más eximios de ese debate que, como bien se sabe, está lejos de concluir. Simplemente fijamos la postura del escritor mexicano (y la de sus compañeros de generación, como Reyes) para que una vez más quede constancia de ello.

En el siguiente fragmento, Vasconcelos habla de la educación recibida en su niñez y la remembranza le sirve para criticar, desde el punto de vista de un filósofo, las religiones de los antiguos pobladores de México:

[…] Leíamos también un compendio de Historia de México, deteniéndonos en la tarea de los españoles que vinieron a cristianizar a los indios y a extirparles su idolatría. Que hubiera habido adoradores de ídolos, me parecía estúpido; el concepto del espíritu me era más familiar, más evidente que cualquier plástica humana (Vasconcelos, 2000: 13).

Después de El Sásabe, los Vasconcelos se van a vivir hasta Piedras Negras, en el estado de Coahuila, también en la frontera. El joven José se ve forzado a vivir en una comunidad en constante pugna con sus vecinos de Eagle Pass, la ciudad que está al otro lado de la frontera, donde asiste a la escuela para recibir la educación básica. La violencia y la rivalidad entre los niños locales de ambas comunidades no se hace esperar, por las pasadas discordancias entre los gobiernos de México y Estados Unidos:

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[…] En aquella época, cuando baja el agua del río, en ocasión de las sequías, que estrecha el cauce, librábanse verdaderos combates a honda entre el populacho de las villas ribereñas. El odio de raza, los recuerdos del 47, mantenían el rencor. Sin motivo, y sólo por el grito de «greasers» o de «gringo», solían producirse choques sangrientos (Vasconcelos, 2000: 26).

Acerca de los pleitos infantiles entre grupos, Vasconcelos aclara: “La lucha enconábase si por azar predominaba en alguno de los bandos el elemento de una sola raza, ya mexicanos o bien yankees” (Vasconcelos, 2000: 31). Estamos ante una sociedad polarizada en la cual todavía se viven los efectos de la guerra entre México y EUA. Con todo, el joven Vasconcelos se convierte en un buen estudiante, que pronto destaca en la escuela, aunque tenga que educarse en una lengua que no es la suya:

Periódicamente se celebraban concursos.

Gané uno de nombres geográficos, pero con cierto dolo. Mis colegas norteamericanos fallaban a la hora de deletrear Tenochtitlán y Popocatépetl. Y como protestaran expuse: ¿Creen que Washington no me cuesta a mí trabajo? (Vasconcelos, 2000: 32).

El futuro candidato a la presidencia de su país también nos habla de los debates que se llevaban en el aula a cabo a propósito de la historia reciente de ambos países, como cuando se habla del caso de Texas, que hacía unos décadas se había emancipado de México:

La ecuanimidad de la profesora se hacía patente en las disputas que originaba la historia de Texas… Los mexicanos del curso no éramos muchos, pero sí resueltos. La independencia de Texas y la guerra del cuarenta y siete dividían la clase en campos rivales. Al hablar de mexicanos incluyo a muchos que aun viviendo en Texas y estando sus padres ciudadanizados, hacían causa común conmigo por razones de sangre. Y si no hubiesen querido era lo mismo, porque los yankees los mantenían clasificados. Mexicanos completos no íbamos ahí sino por excepción. Durante varios años fui el único permanente. Los temas de clase se discutían democráticamente, limitándose la maestra a dirigir los debates. Constantemente se recordaba El Álamo, la matanza azteca consumada por Santa-Anna, en prisioneros de guerra. Nunca me creí obligado a excusas; la Patria mexicana debe condenar también la

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tradición miliciana de nuestros generales, asesinos que se emboscan en batalla y después se ensañan con los vencidos22

Pero cuando se afirmaba en clase, con juicio muy infantil, pero ofensivo para otro infante, que cien yankees podían hacer correr a mil mexicanos, yo me levantaba a decir: «Eso no es cierto.» Y peor me irritaba si al hablar de las costumbres de los mexicanos junto con las de los esquimales, algún alumno decía: «Mexicans are a semi-civilized people.» En mi hogar se afirmaba lo contrario, que los yankees eran recién venidos a la cultura. Me levantaba, pues, a repetir: «Tuvimos imprenta antes que vosotros.» Intervenía la maestra aplacándonos y diciendo: «But look at Joe, he is a mexican, is’nt he civilized?, is’nt he a glenteman?» Por el momento, la observación justiciera restablecía la cordialidad. Pero era sólo hasta nueva orden, hasta la próxima lección en que volviéramos a leer en el propio texto frases y juicios que me hacían pedir la palabra para rebatir. Se encendían de nuevo las pasiones. Nos hacíamos señas de reto para la hora del recreo. Al principio me bastaba con estar atento en clase para la defensa verbal. Los otros mexicanos me estimulaban, me apoyaban; durante el asueto se enfrentaban a mis contradictores, se cambiaban puñetazos (Vasconcelos, 2000: 32-33).

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Es decir, Vasconcelos se desarrolla en un medio muy especial, cifrado por las primeras etapas de un fenómeno que ahora reconocemos como el antiamericanismo. Los saldos de la guerra perdida todavía se discuten en clase, como si de un apéndice del enfrentamiento se tratara. Vasconcelos de nuevo habla de la conquista de México por los españoles y de nuevo toma una postura favorable a estos. En el siguiente fragmento, el novelista critica que en la educación que se imparte en México impera la leyenda negra antiespañola, lo mismo que ocurre en la norteamericana. Hay que tener en cuenta que, si en la madurez de su vida, cuando redacta el primer tomo de sus memorias, Vasconcelos tiene una postura crítica a propósito de ciertos contenidos de la enseñanza

22 A lo largo del Ulises criollo, Vasconcelos deja claro su rechazo por los gobiernos de caudillos y

militares, en los cuales ve el resabio violento de épocas incivilizadas de la historia de México. Esa actitud de Vasconcelos llega a su culmen en su defensa del proyecto de gobierno del presidente Francisco I. Madero, como se aprecia en la parte final del libro. Lo más llamativo es que Vasconcelos nos remite al México telúrico para representar las etapas más salvajes de la historia del país.

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de su país, lo hace con la experiencia de haber sido Rector de la Universidad Nacional y también Ministro de Educación23

Uno de los libros que me removió el interés fue el titulado «The Fair God», «El Dios Blanco, el Dios hermoso», una especie de novela a propósito de la llegada de los españoles para la conquista de México… Y era singular que aquellos norteamericanos, tan celosos del privilegio de su casta blanca, tratándose de México, siempre simpatizaban con los indios, nunca con los españoles. La tesis del español bárbaro y el indio noble no sólo se daba en las escuelas de México; también en los yankees. No sospechaba, por supuesto, entonces, que nuestros propios textos no eran otra cosa una paráfrasis de los textos yankees y un instrumento de penetración de la nueva influencia (Vasconcelos, 2000: 35).

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El político en el cual habrá de convertirse también tiene su origen en las fantasías reivindicatorias de un niño que quiere hacer justicia para su país despojado, como puede verse a continuación:

El diario choque sentimental de la escuela del otro lado, me producía fiebres patrióticas y marciales. Me pasaba horas frente al mapa recorriendo con la mente los caminos por donde un ejército mexicano, por mí dirigido, llegaría alguna vez hasta Washington para vengar la afrenta del cuarenta y siete, y

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