VII. L A V ERDAD DE D IOS
21. Sobre la Verdad, cuestión 1, artículo 7
Se pregunta si la verdad se dice de Dios en sentido esencial o en sentido personal1.
Y PARECE que se dice en sentido personal.
1. En efecto, todo aquello que entraña en Dios relación de prin- cipio se dice personalmente. Pero la verdad la entraña, como se desprende de lo que dice San Agustín, en su libro Sobre la verda-
dera Religión2: que la verdad divina es la suma semejanza del prin-
cipio sin ninguna desemejanza de donde nazca la falsedad. Luego la verdad se dice de Dios en sentido personal.
2. Además, así como nadie es semejante a sí mismo, así nadie es igual a sí mismo. Pero la semejanza en Dios implica distinción en las personas, según dice San Hilario, precisamente porque nadie es semejante a sí mismo. Luego la misma razón hay respecto de la igualdad. Pero la verdad es cierta igualdad. Luego implica distin- ción personal en Dios.
3. Además, todo lo que en Dios entraña emanación se dice per- sonalmente. Pero la verdad entraña cierta emanación, porque signi- fica la concepción del intelecto, lo mismo que el verbo mental.
1 Esta es una pregunta teológica, no estrictamente filosófica. Se trata de averi-
guar si la Verdad se predica de Dios en cuanto es Uno, o, por el contrario, en cuanto es Trino, y, en este último caso, en cuanto ella (la Verdad) es propia de la segunda Persona de la Trinidad, o sea, del Hijo. Sin embargo, la conclusión a que se llega, a saber, que la Verdad, hablando propiamente, se dice de Dios en sentido esencial, puede ser perfectamente asumida por la Filosofía.
2 S
Luego así como el verbo se dice personalmente, así también la verdad.
MAS, POR EL CONTRARIO, hay una sola verdad de las tres di- vinas personas, como dice San Agustín en su libro Sobre la Trini-
dad 3. Luego es esencial y no personal.
RESPUESTA. Debe decirse que la verdad en Dios puede tomar- se en dos acepciones: una propia, y otra cuasi metafórica.
Si, pues, se toma la verdad propiamente, entonces implicará la igualdad del intelecto divino y de la cosa entendida. Y como el intelecto divino entiende, en primer término, la cosa que es la misma esencia de Dios, y, por medio de ella, entiende todas las demás cosas, por eso la verdad en Dios implica principalmente la igualdad del intelecto divino y la esencia de Dios, y secundaria- mente la del intelecto divino y las cosas creadas.
Pero el intelecto divino y la esencia de Dios no se adecúan co- mo lo que mide y lo medido, ya que aquél no es principio de ésta, ni a la inversa, sino que son totalmente idénticos. De donde la ver- dad que resulta de tal igualdad no entraña ninguna razón de princi- pio, ya se tome por parte de la esencia, ya por parte del intelecto, que son una y la misma verdad; pues así como en Dios son lo mis- mo el que entiende y la cosa entendida, así también son lo mismo en El la verdad del intelecto y la de la cosa, sin ninguna connota- ción a algún principio.
Y si se toma la verdad del intelecto divino en cuanto adecuado a las cosas creadas, aún así se tratará de la misma verdad, pues igualmente se entiende Dios a Sí mismo que entiende las demás cosas. Sin embargo, en esa noción de verdad habrá que añadir la razón de principio respecto de las criaturas, a las cuales el intelecto divino se compara como medida y causa.
Ahora bien, todo nombre que en Dios no entraña razón de prin- cipio o de procedencia de un principio, o incluso que implica razón de principio pero por respecto a las criaturas, se dice esencialmente de El. Luego en Dios la verdad, si se la toma propiamente, se dice en sentido esencial; aunque también pueda “apropiarse” a la Perso-
3 S
na del Hijo, como asimismo el arte y las demás cosas que se refie- ren al intelecto.
Por último, la verdad se toma en Dios en sentido metafórico o traslaticio cuando se la toma según la noción que se realiza en las cosas creadas, en las cuales la verdad se dice según que la cosa creada imita a su principio, o sea, al intelecto divino. E igualmente, según este sentido, la verdad en Dios es también descrita como la suma imitación del principio, que corresponde al Hijo, y en esta acepción la verdad se atribuye propiamente al Hijo, y en sentido personal, que es lo que afirma San Agustín en su libro Sobre la
verdadera Religión4.
Con esto resulta fácil la respuesta a la primera objeción.
A la segunda se contesta que la igualdad en Dios implica a ve- ces la distinción personal, como cuando decimos que el Padre y el Hijo son iguales, y según esto, con el nombre de igualdad se expre- sa una distinción real. Pero otras veces con el nombre de igualdad no se expresa una distinción real, sino solamente de razón, como cuando decimos que la sabiduría y la bondad divinas son iguales. De donde no es necesario que implique siempre una distinción personal. Y en este caso, la distinción que entraña el concepto de verdad es sólo de razón, pues se trata de una igualdad entre el inte- lecto de Dios y la esencia divina.
A la tercera objeción se responde que, aunque la verdad sea concebida por el intelecto, sin embargo, con el nombre de verdad no se expresa la razón de concepción, como ocurre con el nombre de verbo, y así no hay paridad.