Los titanes, al fin y al cabo, parecían tener muchos recursos. ¿Para qué querrían a un par de humanos? Pero, antes de que pudiera escuchar la respuesta, alguien gritó:
—¡Están todos detenidos! ¡Quietos o dispagol
Monsieur Platini, con una pistola en la mano, nos
apuntaba. Era lo único que faltaba.
—¿Dónde están? —monsieur Platini parecía muy, muy nervioso—. ¿Dónde están los alienígenas? — Apenas dijo eso, bajó la cabeza y murmuró—: \Mon
Dieul ¿Qué estoy diciendo? ¿Alienígenas? ¿Estoy
loco?
Don Luis (quiero decir: el ser no terrestre que yo pensé que era don Luis) le respondió:
—Señor... no sé quién es usted, ni sé cómo ha logrado entrar al museo. En cuanto a alienígenas... ¿Se siente bien, señor?
El detective de la Agencia Europea sudaba. La mano que sostenía la pistola sufría convulsiones y tenía los ojos muy abiertos, sin pestañear.
A espaldas de Platini, el globo terráqueo de la sala de Mineralogía y Geología se movía lentamente sobre su eje. Al fondo, el gigantesco panel que ilustraba el origen del universo comenzó a titilar. Centenares de luces rojas, amarillas y verdes se encendían y se apagaban, como si las estrellas dibujadas fueran reales. Toda la sala había cobrado una extraña vida. Las rocas, miles de muestras de todo el planeta, resplandecían en aureolas naranjas y emitían un sonido de líquido hirviendo en su interior. Un cristal de amatista del Brasil, turquesa y violeta, pa- recía sangrar colores. Tenía la forma de un dedo, el dedo de un gigante de piedra. Sentí que la piedra se quejaba, herida, que deseaba volver a su lugar, a su
sombría cantera.
Monsieur Platini giró lentamente su
cabeza y la actividad de la sala lo fulminó. De pronto, pareció que algo se cortaba en él y cayó como una bolsa de papas sobre las baldosas. Exánime.
—¡Pronto, atentamente! ¡Valentino, Mechi, de mi mayor atención me dirijo a don bellaco y a la fer- mosa doncella, vamos, no hay tiempo! —apuró Sancho.
—¿No hay tiempo para qué?
—Ya está la nave, distinguido bellaco. Ya está todo preparado. Debemos llevarnos, le solicito, lo que vinimos a buscar, tenga a bien, mis cordiales saludos. Atentamente, por medio de la presente —Sancho vibraba desesperado en mi bolsillo.
—Acabo de tener un mal augurio. Creo que jamás debimos haber venido aquí. ¡Creo que fue un terrible error! —me dijo Mechi, en un tono sepulcral.
Tomé a Sancho y le dije:
—¿Es verdad lo que dice Mechi? ¿Es verdad que nos equivocamos en confiar?
Sancho dijo, con humildad:
—Lo siento, bellaco amigo. Lo siento, soy un robot. Fui la carnada. Lo siento. Soy su amigo... Su amigo, bellaco.
—Es verdad que es un robot. Pero ustedes solo deben hacer una cosa: tocar el meteorito. Cuando yo les indique. Eso será todo. La energía que duerme en El Toba despertará y la recogeremos —don Luis sonreía, tranquilo.
Ya estaba claro quién era él. Pero la revelación de que Sancho era una criatura artificial me entristeció. De golpe me sentí vacío, desconcertado, sin respuestas y, lo peor, sin preguntas.
Don Luis me arrancó de mis reflexiones: estaba emitiendo un resplandor que nos envolvía a Mechi y a mí. Entonces, volvió a invadirnos la sensación de ser los salvadores del planeta y nos sentimos tranquilos y confiados otra vez.
El Toba estaba allí, tan inerte y oscuro como solo puede estarlo un trozo de
hierro. Don Luis sacó un hilo casi invisible de su camisa. Me dio una punta, le pidió a Mechi que lo sostuviera desde el centro para que no rozara el suelo y él lo tomó desde el otro extremo. Con la otra mano sostenía un cuenco plateado:
—¿Para qué es eso? —pregunté. —Para recoger lo que rebase. —¿Lo que rebase de dónde?
—De todas partes. Es un imán que atrae la energía, el alma...
En cuanto me lo ordenó, apoyé mi mano sobre el meteorito. El hilo se erizó, como el pelaje de Ruperto cuando se enoja. Tuve la sensación de que algo venía, una ola gigante, un maremoto. Sentí cosquillas en los dedos y, luego, la furia de la naturaleza. ¿Cómo explicarlo? El viento y todo lo que pudiera arrastrar un ciclón pasó por mí. Pasó rápido, pasó como un relámpago. Todavía podía ver a Mechi. De sus ojos brotaba un líquido amarillo; de sus orejas, de su boca. Todo en ella resplandecía. Mechi (o algo en ella)
parecía derretirse. Seguramente, yo también.
Don Luis se movía sin cesar, intentando que el líquido se vertiera en el cuenco.
Y, al final, una bola de algo caliente y oscuro me envolvió. Me había convertido en agua. No me dolía. Sabía que algo insólito estaba sucediendo conmigo, sabía que había dejado atrás una vida, que era mi vida. Pero todo eso era como un eco remoto y el dolor de haberlo perdido resonaba en mi corazón, aunque mi corazón también estaba lejos. Me sentía un lugar, una cosa de la naturaleza, un algo sin conciencia. ¿Así sería estar muerto? No lo sé. Yo sé que no estaba muerto, porque de la muerte nadie regresa, porque al momento de escribir estas palabras, respiro, me late el corazón, tengo pulso. Y puedo contar... contar el cuento.
Recuerdo una caverna gigantesca, de rocas naranjas y rosadas. Recuerdo que todo fue suave, que fui tratado suavemente. También sé que después
perdí noción de las formas que había alrededor.
Mis ojos solo veían niebla; a veces, manchas de color. Por momentos descubría un ojo o una boca, pero sueltos, sin cuerpo, flotando en el aire. Otras veces, creí entender que ese ojo o esa boca formaban parte de una criatura monstruosa que yo veía solo como el negativo de una foto; que estaba allí, pero que mis ojos eran incapaces de asimilar. Mis ojos desconocían lo que veían, no estaban educados para descifrar el mundo subterráneo de Titán. No sé qué lamento más, si haber estado sin ver o haber estado tan poco tiempo. Porque, en algún punto de mi permanencia, comencé a captar más cosas, como si estuviera en un país que hablara otro idioma y, a fuerza de escucharlo, descifrara los primeros signos, los más elementales, los más comunes.
Durante ese lapso tuve la increíble idea de que una máquina o una bestia se estaba alimentando de mí. Después, supe que a Mechi le había pasado lo mismo. No podía distinguirla en la bruma de las formas, hasta que comprendí que algo se interponía entre nosotros: un objeto... un mueble. Un día (o quizá no hubo días, quizá todo transcurrió en un único y largo segundo), alguien corrió el mueble y la
vi. Era la única forma que podía identificar con claridad; lo demás era un enjambre confuso de áto- mos. Solo Mechi era hermosa. Dormía. Una especie de insecto la sobrevolaba y cada tanto se posaba en sus párpados, en su cuello. Después vi unas som- bras tan oscuras, que eran como recortes de una noche sin luna en la Tierra; sombras sólidas, con peso, con tres dimensiones. Mechi estaba dentro de una campana rosada, una burbuja de luz que la envolvía. Cuando las sombras se fueron, la campana de luz se desvaneció.
Y así ocurrió muchas veces. Las sombras pasaban con sus máquinas, con sus herramientas, con todo lo que eran y hacían, todo lo que yo no acertaba a distinguir. Desvié mis ojos y comprobé que aquellas sombras que tanto me impresionaban en torno a Mechi, también estaban en torno a mí; tan sutiles, que su presencia no me producía ninguna sensación. No me tocaban o, si lo hacían, yo estaba bajo una anestesia total. Extraían de nosotros, como hábiles cirujanos, hilachas de luz rosada. Yo también estaba atado a la luz, aprisionado o cobijado por una campana que a veces era visible, a veces no. Tuve la extraña idea de
que nos habíamos convertido en dos pequeños soles, manuables, portantes; que aquellas sombras no eran más que el esbozo incompleto de un rompecabezas humanamente imposible de armar.
Por momentos, sentía que despertaba de un sue- ño violento, hipnótico, y que estaba en mi casa. Quise recordar las caras de mis papás, mi cuarto, las cosas que me gustaban: el silencio antes de dormir, el sol del parque. Pero todo estaba tan lejos, todo era tan inaccesible, que no podía armar ni un recuerdo completo. Una languidez absoluta me mantenía en un estado de latencia casi mortal, donde sólo vagaba por paisajes breves, rotos, dispersos, las pocas imágenes que mi mente podía recordar.
Comencé a habituarme a la ronda de sombras. Me ejercité en fijar mis ojos sobre ellas; a la tercera o cuarta vez, supe que eran tres; a la siguiente, les vi los rostros, pero eran lisos, sin ojos, sin bocas. Vi algo que no era parecido a ninguna pesadilla, que estaba más allá de la suma de todas las pesadillas. Que no era máquina ni humano. Bajé los ojos.
El tiempo también pasó, y las sombras dejaron de pasar. No hubo más luces sobre el cuerpo de
Mechi. Tampoco hubo luces sobre mí. Mis ojos se cerraron. Pude sentir olores nuevos, frescos, agra- dables; de brotes que surgen después de la lluvia en el desierto, de perfumes que despiertan, de hojas quemadas al comienzo del otoño. Olor a bizco- chuelo en el horno; olor a un campo cubierto de flores silvestres, de esas que crecen solas. Un dispa- ro de aromas me llevó hacia una puerta blanca, y comencé a descender hasta que todo lo que se mo- vía dejó de moverse, y el viento del sueño me dejó sin perfumes.
20. Regreso a la Tierra
JVtechi estaba en el piso, a mi lado. No sé cuál de los dos reaccionó primero. El museo era un ce- menterio de silencio.
—¿Cómo estás? ¿Qué pasó?
Nos abrazamos un buen rato. Mechi me mojó la cara: estaba húmeda o lloraba. Nos sentíamos de- bilitados, con el cuerpo flojo y los huesos desajus- tados; como si se hubieran vuelto a unir de apuro o todavía estuvieran reuniéndose, luego de una im- posible disgregación. Allí estábamos. Enteros. Mechi no había perdido nada de Mechi. Su cara de cansancio me hizo olvidar todos mis males.
La redonda mole de El Toba yacía a nuestro la- do. No había luces en la sala de Mineralogía y
Geología. Las altas ventanas vidriadas aún guarda- ban el eco de lo sucedido en sus cortinas verdes: un viento secreto las agitaba. Desde la remota biblio- teca central, desde las protegidas áreas de los la- boratorios del subsuelo, donde sobre frías mesas azulejadas yacían fósiles y huevos de especies per- didas, ninguna señal llegaba, solo el silencio. El globo terráqueo estaba tan quieto como siempre.
Una figura oscura se irguió, en la galería de los peces.
—¿Dónde están los egstrategrestres? —Monsieur Platini tenía los bigotes torcidos y parecía despistado: se apuntaba a sí mismo con la pistola.
—¡Cuidado! ¡Se va a matar! —le grité.
Platini, con una expresión desaforada, miró el ca- ño de la pistola. Sus gestos, el temblor de las manos, delataban que era un hombre perdido, al menos por esa noche. Guardó la pistola en el bolsillo de su gabardina, avergonzado. Pidió disculpas. Nervioso, nos preguntó qué hacíamos a medianoche en ese lugar. Era una pregunta difícil de contestar. Pero decidí probar con la verdad:
—Vinimos a ayudar a los habitantes de Titán a
o
—¡ Tres bien\ ¿Y cenagon antes en Los chanchi- tos? —preguntó con ironía.
—En realidad, no sé de qué modo se alimentan. Pero querían algo de este meteorito, del más gran- de. Se llama “El Toba”. ¿Lo ve?
—Magnífico. Lo veo... lo veo completo.
—Sí, es cierto. Lo ve entero porque lo que se lle- varon no es visible. Es más, creo que ni siquiera es imaginable...
—Muy ciegto. Yo no me lo puedo imaginag, Valen- tino —siguió en su tono irónico—. Me paguece que sus padgres los dejan veg demasiada televisión. — Luego, agregó, murmurando para sí mismo—: ¿Pego qué hago yo aquí? \Mon Dieu\ Esto me pasa
pogpegseguig a unos cgríos un sábado a la noche... ¿Qué espegaba encontrag? ¡Qué stupide\
La conversación entró en un punto muerto. No había nada más que decir. Monsieur Platini estaba claramente superado por las circunstancias, aunque intentaba que no se le notara.
Pero todavía estábamos en el museo y a don Luis no se lo veía por ninguna parte.
Entonces me di cuenta: nadie sabía la verdad, so- lo nosotros.
Vi lfi Luna, alta, helada, al otro lado de los vi- drios, montada sobre el cielo, encima del Instituto Divino Rostro. Quería irme. Me puse a buscar, an- sioso, algún manojo de llaves por ahí, hasta que Mechi, con sonrisa triunfal y la mano en el pica- porte, me dijo:
—Vamos, que no tiene llave.
El par de búhos de piedra de las ventanas del primer piso nos miraba con un dejo de extrañeza.
Como un perro de caza fracasado, el detective de la Agencia Espacial nos siguió, cabizbajo.
—Quería decirle solo una cosa, monsieur. Usted hizo algo imperdonable: asustó a mis padres —le reproché, sin derecho a réplica.
Platini puso cara de “yo no fui”, y se perdió nue- vamente en la noche. Fue la última vez que lo vimos.
Mechi me dijo:
—Ahora que el franchute se fue, te pregunto: ¿no te parece que te olvidaste algo? —y de un bol- sillo sacó una cosa redonda, naranja. ¡Sancho!
21. El idioma de las hormigas
mundial de Alemania está por comenzar y cuando alguien lea esto ya se sabrá si Argentina fue eliminada en la primera ronda, o si llegó a octavos de final (poca cosa), a cuartos de final (una actuación discreta, insuficiente), a semifinales (no está mal...), o si fuimos finalistas (¡pero más lindo es salir campeón!).
Ruperto duerme cada vez más, aunque a cambio se ha vuelto más mimoso; en cuanto llega el otoño los gatos son más mimosos, será por el frío.
A don Luis recién lo volvimos a ver cuando, con Mechi, nos atrevimos a entrar al museo otra vez. No fue fácil animarse, en serio, pero la intriga por volver a “la escena del crimen” terminó por darnos coraje.
Pudimos comprobar que no recordaba nada de lo que había pasado con los titanes y el meteorito, en aquella noche de luna llena. Pero nos esquivaba decorosamente, como si su instinto le dijera que, por su bien, se tenía que mantener apartado de nosotros. ¡Pobre hombre!
Mechi, claro, es mi mejor amiga. ¡No es poca co- sa! Aunque seguro que ya va a estar pasado de mo- da, para el cumpleaños que viene le voy a regalar el disco donde está la balada de James Blunt, You’re
beautiful. La primera estrofa es remelosa, pero me
parece que a veces es medio inevitable ser meloso; no siempre se puede hablar de vizcachas pampeanas o del calco de un dinosaurio. Traducida, dice así:
Mi vida es brillante. Mi amor es puro. He visto un ángel. De eso estoy seguro.
Y Sancho, mi noble escudero Sancho, se quedó sin batería. Es una forma de decir que se murió, porque los robots no tienen pulso propio. No como nosotros. Aquella noche, cuando Mechi lo encontró junto a la base de El Toba, opaco, casi sin luz, supo que algo trascendental había ocurrido para la
diminuta y peluda pelotita. En cuanto monsieur Platini desapareció de nuestra vista, nos confesó que era un robot con “voluntad”. Orgulloso, dijo que su misión estaba cumplida: la esencia de El Toba ya estaba en Titán. Como único reconoci- miento por el éxito de la misión, pidió a sus crea- dores retirarse en la Tierra. Bah, no sé si le gustaba la Tierra entera; pero mi barrio, el Parque Centena- rio, los palos borrachos, Ruperto, la “fermosa don- cella” Mechi, mi armario, el cuarto, las canciones de Felipa, eso, seguro. Y, sobre todo, las conversa- ciones. En Titán no se conversa. En Titán no existe la amistad tal como se la conoce en la Tierra y a él le había encantado aprender “el idioma de las hor- migas”. Nos anticipó que le quedaban unos días an- tes de ser, para siempre, apenas una pelotita color naranja, el color de Titán, de su atmósfera, de sus nubes. Y citó a don Quijote, resuelto a demostrar- me que lo había leído entero:
—“Presto habré de morir, que es lo más cierto; que al mal de quien la causa no se sabe milagro es acertar la medicina.,,
Me juró que en verdad habíamos estado en Titán, porque nuestros cuerpos (el mío, el de Mechi) esta-
ban cargados de esa materia (no visible, no imagi- nable), de esa alma que estaba protegida dentro de la compacta densidad del meteorito. En las noches de luna llena, como una marea imantada por el pleni- lunio, el alma borbotea en los invisibles intersticios del meteorito, buscando un puente para escapar de su cárcel de hierro y ser liberada. Mechi y yo fuimos el puente. Y en Titán, aquellos seres que no fueron más que sombras para nosotros nos “descargaron”.
No me importó entenderlo del todo, lo confieso. En los sueños, creo saberlo todo; y al despertar, ol- vido. O al revés...
Durante un tiempo, me costó mucho tomar sopa. Cada vez que veía un plato de sopa, me venían imágenes ajenas y, sin embargo, mías; imágenes que parecían de otra realidad en la cual yo era líquido, era sopa.
Por momentos, se me daba por filosofar. Pero abandoné esa actitud cuando Mechi me preguntó, arrugando la nariz: “Y ahora, ¿qué?, ¿cuando seas grande vas a ser un gurú, como esos del cerro Uri- torco, que están años esperando un ovni y juntando adeptos para no sé qué?”. ¡Ni loco! Ahora escribo le- tras de rock. A veces, con Mechi.
Yo estuve en otro planeta (en el satélite de otro planeta, más precisamente). Eso no me hace mejor ni peor que nadie.
Un día que no olvidaré, Mechi dijo que nuestros hijos (no me animé a preguntarle si se refería realmente a nuestros hijos) van a ir a ver los juegos olímpicos en la Luna. Con una gravedad más débil, todos saltarán más alto, especificó.
Ayer, mientras terminaba de escribir esto, me en- contré con un artículo en el diario. El informe ase- guraba que los últimos datos enviados por la sonda
Huygens, en enero de 2005, habían sido reciente-
mente interpretados y confirmaban que son nulas las evidencias de vida en Titán. La abundancia de metano que hizo pensar en la posibilidad de que hubiera vida en el satélite no se debía a ningún cuerpo orgánico, sino a otras causas.
Supongo que monsieur Platini habrá leído con alivio estas conclusiones. Pero yo tengo a Sancho, mi pelotita de tenis color naranja, en un cajón de la mesa de luz. No estamos solos.
Yo tampoco estoy solo. Esta noche nos vamos con Mechi a ver un recital de Nandú. Ahora, Gabriel