6. DISCUSIÓN DE RESULTADOS ESTUDIO DE CASO: INFLUENCIA
6.3 LA VIDA SIGUE: APRENDER A COMPARTIR
Evidentemente, el primer semestre desde la llegada de Daniela y Paula fue el más difícil para la familia, hasta lograr una verdadera adaptación a la nueva vida de una familia de cinco miembros. En este sentido, una serie de factores colaboraron para que se logre esta adaptación. En un inicio, el que Claudia se incorporase nuevamente al centro infantil fue de gran ayuda, tanto para ella, como para sus padres. Esto no solo permitió un gran avance en su desarrollo integral, sino que fortaleció emocionalmente a Claudia por el significativo vínculo que creó con su maestra, la “Tía B.”. Ella se convirtió en un gran apoyo para Claudia y para la familia en este período de transición.
Entre otras cosas, también fue importante que Claudia logró su control de esfínteres, lo cual sucedió finalmente en un momento en donde ella estuvo totalmente lista para hacerlo. Aquí se puede recordar lo analizado por la Dra. Volling (2012) cuando decía que en preparación a la llegada de un hermano, a veces los padres pueden “forzar” a los primogénitos hacia una mayor independencia, solamente pensando en su conveniencia y no en la de los niños. Así, pueden comprometer a los niños con cosas para las que todavía no están preparados por su nivel de desarrollo.
Por otro lado, fue crucial el haber conseguido un apoyo adicional en casa, aparte de la abuelita, que no se sentía bien de salud. La persona que ayudó a cuidar a Daniela y Paula en las tardes fue un alivio para los padres inicialmente, pero la llegada de la niñera Grisela realmente cambió drástica y positivamente la dinámica del hogar. Se puede decir que recién en ese momento se pudieron establecer rutinas efectivas con las bebés, que permitieron que hubiese una buena organización y optimización del tiempo.
De este modo, mamá y papá pudieron tener un espacio a solas, como pareja, que fortaleció su relación. Asimismo, regresaban menos tensionados e interactuaban de mejor forma con las tres niñas. Ese pequeño espacio, durante el fin de semana, permitió a los padres una comunicación en profundidad y tomar acciones
para lograr una mejora en la relación de ambos y con Claudia. Así, Claudia pudo al fin contar con espacios propios con mamá y papá, que era algo que necesitaba fuertemente. Del mismo modo, se crearon momentos a solas entre mamá y Claudia durante la semana, y con papá durante el fin de semana, que hicieron que disminuyan las tensiones.
Aquí se puede ver que la relación con Claudia mejoró inmensamente en cuanto se volvió a sentir importante y amada por sus padres. Así, ella estaba más tranquila y molestaba menos a sus hermanitas. Esto se produjo a través de los momentos dedicados especialmente para ella: madre-hija, padre-hija y padres- hija, lo cual es recomendado por muchos autores cuando hay hermanos, pues cada hijo necesita su espacio propio con los padres (Feenstra, 2011).
Sin embargo, no todo estaba resuelto, puesto que las dificultades no desaparecieron totalmente. Claudia tenía días positivos en los que jugaba tranquilamente sin molestar a sus hermanas, pero otros en los que estaba muy desobediente y las molestaba hasta hacerlas llorar. Por otro lado, Daniela y Paula ya estaban comenzando la etapa de las “gracias” y la caminata, por lo que Claudia estaba sintiendo celos con mayor intensidad. Las arranchadas de juguetes se estaban volviendo “peligrosas”, porque eran cada vez más bruscas y las gemelas podían salir lastimadas.
En estos casos, los padres tenían que intervenir para evitar reacciones agresivas de Claudia, puesto que se disgustaba mucho cuando sus hermanas cogían “sus” cosas. Como lo referían los autores Fernández et al. (2001), los niños a la edad de Claudia, por la fase egocéntrica en la que se encuentran, piensan que todo les pertenece y tienen un fuerte sentido de posesión.
Las peleas por los juguetes se convirtieron en algo frecuente, pero lo más difícil fue el lidiar con los “ataques” de Claudia hacia Paula. Como se mencionó en la historia de vida, Andrea comenzó a mostrar sobreprotección hacia Paula, a raíz de su operación quirúrgica, y eso fue percibido no solamente por algunos
familiares cercanos sino también por Claudia, que comenzó a sentir celos especialmente por Paula.
Por su parte, mamá sentía que actuaba imparcialmente con las tres niñas, al igual que papá. No obstante, al analizarlo con más detenimiento, los padres se dieron cuenta que cuando la familia salía de la casa, Paula siempre iba con mamá y Daniela, con papá. Esto tal vez comenzó desde que las niñas eran bebés porque Paula lloraba demasiado y sólo se calmaba con mamá, entonces por lo general, Andrea se encargaba de ella y papá, de Daniela. Esto se fue repitiendo, además, porque Daniela al ser más pesada, podía ser cargada con más facilidad por su papá. No se trataba de una preferencia como tal, sino de una costumbre.
Era evidente que Claudia se sentía desplazada y estaba luchando por “recuperar” el amor de mamá, que veía dirigido hacia Paula. Al ser Claudia una niña pequeña, que no estaba en capacidad de controlar sus emociones adecuadamente, tenía reacciones ofensivas hacia Paula específicamente. Le arranchaba los juguetes todo el tiempo, la rechazaba y la hacía llorar. También decía que su hermana favorita era Daniela y le daba muestras de afecto sólo a ella. Como dicen las autoras Jenkins y Dunn (2009), los procesos de regulación de emociones son cruciales para la calidad en las relaciones entre hermanos.
Andrea se sentía abrumada viendo lo que sucedía y junto con papá resolvieron que debían intervenir, sobre todo porque Paula podía salir lastimada. Eso también lo recomiendan autores como Fernández et al. (2001), en caso de presentarse agresión. No obstante, las intervenciones resultaron contraproducentes porque generaban una mayor reacción de Claudia en contra de Paula. Claudia sentía que al no darle la razón en las peleas, Andrea prefería a Paula sobre ella. Por tanto, se cambió la estrategia, y los padres intercedían solamente en casos extremos.
Con el pasar del tiempo esto se fue superando y Claudia estaba empezando a comprender que las tres hermanas debían compartir los juguetes y jugar entre ellas sin dejar de lado a ninguna. Cada día se podía apreciar un juego más
compartido, pero siempre con las pequeñas riñas por algún juguete, lo cual es normal en niñas de esa edad.