La práctica de la esclavitud doméstica en las vidas de las 5 mujeres del estudio, se dio en las contingen- cias históricas donde la masculinidad estuvo marca- da por las prácticas de violencia de los bandoleros y el ejercicio de su machismo. En este contexto, las mujeres del estudio no consideran indispensable la educación para haberse realizado como mujeres, debido a que el papel de ser madres y tener hijos reemplazaba la educación.
Al respecto, el valor de la época sobre este tema se resume en la frase: Una mujer se graduaba cuando se casaba y tenía su primer bebé a los 9 meses
(Isolina, anexo 29, 2016).
La desmotivación hacia el estudio se basa- ba en la idea común de que «las mujeres no servían para estudiar»:
Me iba para la escuela, pero yo tenía que hacer un poco de oficio en la casa, tenía que cocinar, tenía que lavar el la- vadero, porque en ese tiempo no había máquinas ni había nada de eso, y des- pués si no alcanzaba pues me tocaba irme sin almorzar. (…) Como yo era la mayor, yo era la que casi tenía que ha- cer todo (Mujer 1, anexo 31, 2017).
A mí me tocó muy duro porque yo fui la mayor de 6 hermanos, entonces mi mamá muchas veces, (…) nos puso a estudiar, (…) pero muchas veces decía
“Usted no va hoy a la escuela porque tiene que cuidar a sus hermanos”.
(Mujer 2, anexo 31, 2017)
Esta opinión era legitimada también por la mentalidad religiosa rural de la época
Eloisa 4 de agosto de 2015.
Ejercicio fotográfico propuesto por las personas mayores del club de fotografía de Centro Día Suba.
en las zonas de Tolima, Quindío, Valle, Santander, Boyacá y los Llanos, de donde provienen éstas mu- jeres campesinas. En este contexto la figura mascu- lina ejerce su poder también sin educación desde la carencia, la pobreza, amparados en el poder bandolero y de pertenencia a los partidos liberal o conservador. En este ambiente se naturalizó la masculinidad desde el maltrato y la violencia hacia sus esposas e hijos, y entre ellos, como hombres, a través del abandono de los hijos.
La mentalidad católica conservadora de entorno ru- ral narrada por las mujeres del estudio, plantea lo siguiente:
En correspondencia, la figura femenina de la mujer concebida como menor de edad, martirizada, mal- trata, abandonada y desvalida; cuya única opción laboral, afectiva y de existencia era el servicio do- méstico, como empleadas o como amas de casa. Según la narración de las mujeres, fueron castiga- das entonces por la culpa de ser mujer, es decir: » Ellas tenían la culpa por ser débiles.
» Por ser brutas. » Analfabetas.
» Por traer hijos al mundo.
» Por traer hijas mujeres, cuando los hombres espe- raban hijos varones.
» Por tener la casa desarreglada.
» Porque su marido tiene que buscarse otras mujeres. » Porque los hijos se enfermaban.
» Por los malos pasos que tomaron los hijos. » Por no enseñar y educar a los hijos.
Dados los resultados de los análisis, de las entrevis- tas y de las narraciones, presento los testimonios de ellas, que vivieron condiciones de maltrato y esclavi- tud doméstica asociados al contexto social y cultural de esta época por su condición de mujeres.
En primer lugar, los relatos evidencian concepcio- nes de mujer excluidas de un sistema educativo tras valorar la educación como una experiencia no in- dispensable para su realización como mujer. Para ellas, educarse no era importante y, por lo tanto, no lo ven como pérdida, puesto que la crianza de los hijos sustituía proyectos como el de la educación.
Sus familias les impusieron la obligación del hogar por encima de sus estudios en su infancia, de esta manera las desmoti- vaban sistemáticamente duplicando sus obligaciones para que por ellas mismas renunciaran a sus estudios; en otros casos, esperaban el fracaso escolar como justifi- cación para inducirlas al trabajo porque
no servían para estudiar:
Me iba para la escuela, pero yo tenía que hacer un poco de oficio en la casa, tenía que cocinar, tenía que lavar el la- vadero, porque en ese tiempo no ha- bían maquinas ni había nada de eso, y después si no alcanzaba pues me toca- ba irme sin almorzar. (…) Como yo era la mayor, yo era la que casi tenía que hacer todo (Mujer 1, anexo 31, 2016)
A mí me tocó muy duro porque yo fui la mayor de 6 hermanos, entonces mi mamá muchas veces, (…) nos puso a estudiar, (…) pero muchas veces decía Usted no va hoy a la escuela porque tiene que cuidar a sus hermanos. (Mujer 2, anexo 31, 2016)
Carmenza 4 de agosto de 2015
Ejercicio fotográfico propuesto por las personas mayores del club de fotografía de Centro Día Suba.
La mentalidad religiosa católica rural de la época en que crecieron y el contexto social y familiar, como se mencionaba anteriormente, no permitía que las mujeres de campo accedieran con facilidad al sis- tema educativo. Esta negación de oportunidades educativas acostumbró a las mujeres a las labores de casa, lo que limitó la capacidad de auto-cues- tionamiento sobre su condición de cuidadoras, re- productoras y esclavas de la limpieza del hogar, llevándolas a olvidarse por completo de sí mismas. Estas circunstancias no fueron simples ya que para la época en que estas mujeres nacieron (décadas de los años cuarentas del siglo XX), Colombia atra- vesaba uno de los períodos más violentos de su historia.
La mayoría de ellas son de origen rural, de recursos económicos modestos y de bajo nivel educativo. En- carnan una generación reconocida como las hijas de la violencia, ya que fueron sus padres los que vivieron el período más cruento de la violencia en Colombia –de 1946 a 1958–, recrudecida luego del asesinato del candidato presidencial Jorge Elié- cer Gaitán el 9 de abril de 1948. Esta violencia afectó especialmente algunas áreas rurales del To- lima, Quindío, Valle, Santander, Boyacá, los Llanos, y Sumapaz (Uribe Celis, 1992), regiones de las que provienen la mayoría de estas mujeres. A pesar de todo, ellas muestran su identidad regional con orgu- llo; este regionalismo está fuertemente relacionado con el machismo, en una identificación social con la cultura de la que procede.
Para los colombianos de las áreas rurales mencio- nadas la cotidianidad en los años 50 fue la violen- cia, una que superó en crueldad la realidad y la imaginación populares (Uribe Celis, 1992). Como vástago de esta violencia surgió una figura mascu- lina de origen rural, pobre, sin educación y despia- dada para matar, al servicio de los partidos políti- cos de la época –liberal o conservador– que fue denominada «bandolero» y que definió la configu- ración de lo masculino en el campo (Aldana, 2016).
Indagando por los motivos de estas dinámicas socioculturales, encontré la investigación del so- ciólogo colombiano Carlos Uribe Celis que en
su ensayo titulado La mentalidad del colombiano. Cultura y sociedad en el siglo XX (1992), hace un estudio sobre algunos aspectos que determinan la identidad del colombiano en el siglo anterior y propone la mentalidad católi- co-conservadora de entorno rural como mentalidad central. Dicha mentalidad, está asociada al rol activo de la ideolo- gía católica ultra moralista e intolerante con una alta influencia en la educación y sus efectos en el conflicto armado en la época de la violencia bipartidista del país. A partir de las creencias religiosas, se naturaliza y adoctrina a los feligre- ses sobre el hecho de que hay unas je- rarquías sociales, raciales, de género y de sexo, todo esto con el auspicio del Estado, ya que la iglesia en aquellos momentos estaba muy vinculada a los poderes político y económico. Rasgos como la religión impositiva, inquisitorial, autoritaria e intolerante están mezclados con el autoritarismo y la austeridad fa- miliar.
Como resultado de este conjunto de cir- cunstancias los roles de los hombres se empezaron asociar y a naturalizar con el maltrato y la violencia familiar. Muchos hombres que concibieron hijos no respon- dieron por ellos, y en correspondencia sur- gieron mujeres menores de edad, madres martirizadas, abandonadas, maltratadas, desvalidas, a quienes se les impuso la obli- gación de cuidar al otro y el trabajo do- méstico a partir de sus primeros años de vida.
Las mujeres de este estudio vivieron la continuidad de esta violencia con for- mas de maltrato como la culpa asumida por el hecho de ser mujer. Una configu- ración de mujer como quien pare hijos y es eternamente la sacrificada, formando y reproduciendo en la crianza de sus hi- jos más machismo, ante una figura mas- culina de violencia y abandono. Al mis-
mo tiempo, se reproducen formas de proteger a los hijos varones que debían ser formados como «hombres» pero que no tenían que experimentar la misma vida de humillación y maltrato vivida por ellas.
En esta mentalidad violenta producto de los bandoleros, que se conoce como machismo, hay que castigar a las mujeres porque ellas tienen la culpa: por ser mujeres asumido como sinóni- mo de debilidad, por ser brutas, muchas de ellas analfabetas, por traer hijos al mundo, agravada si eran hijas mujeres. Por tener la casa desarre- glada, demostrando la ineficacia de su condi- ción de esclavitud, porque su familia se rompió, es decir por no cumplir la función realizada de mujer que unifica y es centro que carga a cuestas su familia, porque su marido buscó otras mujeres, constituyéndose en la culpa del abandono; es decir sobre los cuerpos de estas mujeres se cobró un sentido proyectivo del abandono paterno y la no responsabilidad con la familia, por las enfer- medades que les dan a sus hijos en los ámbitos de proteger, renovar y precariedad, lo que impli- ca que es ineficiente en su rol de cuidadora de cuerpos, por los malos pasos que toman los hijos o su ineficacia en su función de educadora, por la crianza brusca de los hijos…
3. Formas de maltrato hacia las mujeres