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O r a c ió n
De tu mano, ¡oh Dios!, deseamos recibir todo. E xtiendes tu poderosa m ano y sorprendes a los sabios en su insensatez." Abres tu am orosa m ano y llenas de bendiciones a todo ser vi viente.3 Pero tam bién cuando nos parezca que tu brazo se acor ta, au m en ta n u estra fe4 y nuestra confianza para que podamos seguir m anteniéndonos firmes en ti^Y si a veces pareciera que~ tu m ano se aleja de nosotros, ¡oh!, entonces sabemos que es porque la cierras, la cierras únicam ente p a ja guard ar la más abundante bendición en ella, la cierras únicam ente para abrirla
otra vez y llenar de bendiciones a todo ser vivientejA m en. __
2 Cfr. I Cor. i n , 19; Job V. 12-13. ‘ Cfr. Psalm 145, 16.
4 Cfr. Le. X VII. 5.
TODO DON BUENO y TODA DADIVA PERFECTA V1EXH DT5 1.0 Al.TO • 6!)
Epístola del apóstol Santiago, capítulo 1, versículos 1 7 -2 2 .s
I I I 38 “Todo don bueno y toda dádiva perfecta viene de lo
alto, desciende del Padre de las luces, en quien no hay- cambio ni som bra de variación. Porque por su voluntad nos ha engendrado con la Palabra de la verdad, a fin de que seamos el prim er fru to de su creación. Sabedlo, amados herm anos míos, sea todo hom bre p ro n to para escuchar, pero lento en el hablar y lento en la ira, por que la ira del hom bre no cum ple lo que es ju sto ante Dios. Por tanto, alejad to da inm undicia y exceso vicio so, recibid con docilidad la Palabra que ha sido inserta en vosotros, y que puede salvar vuestras alm as.”
"Todo dan bueno y toda dádiva perfecta viene de lo alto, desciende del Padre de las luces, en quien no hay cambio n i sombra de v a r i a c i ó n E stas palabras son tan
herm osas, tan atractivas, ta n conmovedoras, que segu ram ente no se debe a un e rro r por p arte de ellas si no en cu en tran acceso en los oídos del oyente o resonancia alguna en su corazón. Son las palabras do uno de ios apóstoles del Señor, y si nosotros m ism os no hemos percibido profundam ente su significado, no obstante podemos confiar en que no son palabras casuales o in útiles, una expresión florida de un débil pensam iento, sino que son fieles e inequívocas, intencion ad as y pro badas, como lo fue la vida del apóstol que las escribió. No son dichas inciden tal m ente sino con un especial énfasis, no son dichas de paso sino acom pañadas por u n a am onestación urgente: "No se extravíen, m is am ados herm ano s” (v. 16). Así pues, nos atrevem os a tener la confianza en que no sólo tienen el poder de
5 E ste texto del cuarto dom ingo do Pascua s** en cu en tra en F o m d n ei AlJei
Bogfor Danmark (R itu al oficial de D inam arca) Copenhague 1 8 3 3 , que Kierkc*
gaard tenía en su biblioteca (K tl. 3 8 1 ). K ierkegaard volverá sobre este texto del apóstol en el segundo y tercer discursos d e los Cuatro discursos edificantes de 1 8 4 3 y en La inmutabilidad de Dios. Cfr. tam bién sobre este texto en P ap. X A 5 4 0 y P a p . X I 3 B 2 S 9 .
7(1 • 3G R K K K1BRK EG A A RD
elevar al alma sino tam bién la fuerza de llevarla, estas palabras llevaron al ajw stol a través de su tu rb u le n ta “ vida. ¿No son dichas sin relación con otras palabras; son para prevenir co n tra la terriblem ente equivocada creencia de que Dios ten ta ría a una persona, para pre v enir co n tra el engaño del corazón que quiere ten ta r a ^D ios^ por eso el apóstol dice: “N o se extravíen, mis am ados herm anos”. E ntonces nos atrevem os a estar seguros de que las palabras son tam bién poderosas p a ra exponer el engaño y jwderosas para detener al pen sa r e r r a n t e /
“Todo don bueno y toda dádiva perfecta viene de lo alto, desciende del Padre de las luces, en quien no hay cam bio ni sombra de variación." E stas palabras han sido re
petidas un a y otra vez en el m undo, y aún así muchos hombres siguen viviendo como si nunca las hubieran oído, y si las hubieran oído, el efecto en ellos habría sido tal vez perturbador. Libres de cuidado siguen su cam i no; un a amable suerte hace que todo sea fácil para ellos.
T o d o deseo es satisfecho; cada iniciativa que tienen
prospera. Sin entender cómo, están en medio del movi m iento de la vida, un eslabón en la cadena que enlaza al pasado con el porvenir; despreocupados por saber cómo sucede, se dejan llevar por la ola del presente. Reposando en la ley de la naturaleza la cual deja que la vida hum ana crezca en el mundo que extiende una alfombra de flores sobre la tierra, siguen viviendo felices y contentos en me dio de los cambios de la vida, en ningún m om ento de sean liberarse de ellos y honestam ente dan a cada uno lo
Iir 39 que le corresponde: agradecim iento ;i aquel de quien
reciben un bien, ayuda a aquel que consideran la nece sita y del modo en que piensan que será mejor para él. Sin d u d a saben que hay dones buenos y dádivas perfec tas, y tam bién saben de dónde vienen, porque la tie rra d a sus frutos y el cielo la provee de lluvia tarde o tem p r a n o /’ y sus parientes y amigos destinan lo mejor pa ra ellos, y sus planes, sabios y sensatos, prosperan, lo £cu al es natural, siendo ellos sabios y sensatos. P ara 0 C fr. la c . V, 7.
TODO DON R i'E X O Y TODA DADIVA PE R FE C T A VTE.VR D E L O A LTO • 71
-«H ellos la vida no presenta ningún enigm a, y sin em bar go su vida es un enigm a, un sueño, y la am onestación I m ás sincera del apóstol, “No se extravíen”, no los de tiene. No tienen tiem po para prestarle atención a ésta o a las palabras, después de todo, ¿qué le im p o rta a la ola de dónde viene y a dónde va?^iO si algunos entre_u ellos, al deliberar sobre cosas m ás altas, pusieran aten ción a las palabras del apóstol, m uy pronto se olvidarían de ellas.{Dejarían a su pensam iento ocuparse de ellas por un m om ento y luego dirían, “Ya las hemos entend i do: ahora hay que traer nuevos pensam ientos que no hemos entendido todavía." Y no se equivocarían, ya que las palabras del apóstol no son difíciles, y sin embargo, al desear abandonarlas, después de haberlas entendido, dem ostrarían que no las habían e n te n d id o .,
“Todo don bueno y toda dádiva perfecta viene de lo alto, desciende del Padre de las luces, en quien no hay cam bio ni sombra de v a r i a c i ó n E stas palabras son muy
tranquilizadoras y aliviadoras, y sin emliargo, ¡cuántos de los que real mentó supieron absorber su generoso ali m ento de consuelo supieron asim ilarlo correctamente! Los preocupados, aquéllos a quienes la vida no les per m itió crecer y que m urieron como niños, a quienes no alim entó con la leche del éxito por haberlos destetado tem pranam ente; los afligidos, cuyo pensam iento intentó penetrar a través del cambio en lo duradero; estos hom bres fueron sensibles a las palabras del apóstol y las tu vieron en cuenta. M ientras m ás capaces de h u n d ir sus alm as en ellas, de olvidar todo por ellas, más se sin tie ron fortalecidos y llenos de confianza. Pero pronto se vio que esta fuerza era un engaño. No im porta cuanta confianza ganaron, ya que ni aún así ganaron el poder de penetrar la vida: en momentos la m ente preocupada y el pensam iento confundido se volvieron hacia ese ge neroso consuelo, pero en otro m omento percibieron la contradicción otra vez. Finalm ente, pude haberles pa recido que estas palabras eran casi peligrosas para su
Ti • H 0 R E N KIBRKFXÍAARD
paz. Se despertó en ellos u n a confianza que era c o n ti nuam ente defraudada; les dieron idas que ciertam en te n i 40 podían levantarlos hacia Dios pero esto no era de ayu da en su cam ino por la vida. No negaron el inagotable consuelo en las palabras, pero le tem ían aunque lo elo giaran. Si alguien poseyera una joya m agnífica sin d u dar nunca de su valor, probablem ente la sacaría de vc2 en cuando deleitándose en ella, pero pronto diría, “No puedo usar esto todos los días, y es inútil esperar la ocasión festiva realm ente adecuada para ello.” Sin d u da pondría la joya lejos y pensaría tristem ente que él tenía tal joya pero que la vida no le daba la ocasión pa ra usarla con alegría incondicional.
Así que se sentaron ahí con una pena callada y no se endurecieron contra el consuelo en aquellas p ala bras. Fueron lo suficientem ente hum ildes para a d m itir que la vid a es un decir obscuro,8 y así como en sus pensam ientos fueron rápidos para escuchar una p ala bra clarificadora, así fueron tam bién lentos para hablar, lentos para la ira. No tuvieron audacia para deshacerse de las palabras; si tan sólo llegara el m o m ento oportuno... U na vez que llegara estarían salva dos, así pensaban, y tú , querido oyente, d ijiste que esto estaba destinado a suceder. O, ¿es que hay sólo un esp íritu que atestig u a en el cielo y ninguno que atestigüe en la tie rra? 7 ¿Es que sólo el ciclo y el espí ritu que huye de lo terreno conocen que D ios es bue no; es acaso que la vida en la tierra no sabe n a d a de ello? ¿E s que no hay arm o n ía entre lo que pasa en el cielo y lo que pasa en la tierra? ¿Es que hay alegrfa en el cielo y únicam ente pena en la tierra, o la n o ticia de que la alegría sólo se da en el cielo? ¿E s que el Dios del cielo pone de m anifiesto los buenos dones y los gu arda p ara nosotros en el cielo para que los po dam os recibir en algún m om ento en la o tra vida? De este modo podrías haber hablado en el desconcierto de tu corazón. No exigías que de tu p a rte hu biera
Cfr. I Cor. X III, 12. E n el Nuevo T estam ento danés que tenía. K ierke gaard la expresión es "m0rk Tale* (decir obscuro).
" Cfr. I Jn . V. 7-8.
TODO DOX BUEKO Y TODA DADIVA PERFECTA VIKNK DK LO ALTO « signos y actos m ilagrosos. No exigiste in fa n tilm e n te que cada uno de tu s deseos se cum pliera; tú sólo pe diste un testigo, fuera tarde o tem prano, porque tu alm a preocupada ocultaba un deseo. Si esto fuera concedido, entonces todo estaría bien, entonces darías gracias y alabarías por siem pre, entonces la ocasión festiva habría llegado, entonces atestig u arías de todo corazón las palabras de que todo don bueno y toda dádiva perfecta viene de lo alto.
M as v erás que esto te fue negado, y q u e tu alm a em pezó a ag itarse, a rro jad a a u n lado por la pasión del deseo; no se convirtió en d esfian te y d iso lu ta , no te q u ita ste im p acien tem en te Ja correa de h u m ild ad , no habías olvidado que tú estás en la tie rra y Dios está en el cielo. Con oraciones h um ildes, n i 41 con ardiente celo, intentaste, por decirlo así, te n ta r a Dios: E ste deseo es tan im portante p a ra mí; todo depende de él: mi alegría, mi paz, ni i futuro; para mí es tan im portante; para Dios resulta tan sencillo, ya que Él, después de todo, es todopoderoso. Pero no te fue concedido. E n vano intentaste calm arte; en tu im paciencia infructuosa intentaste todo; escalaste los vertiginosos picos del presentim iento para ver si podías vislum brar cualquier posibilidad. Si te pareció ver alguna, acertaste ah í con tu s plegarias, de tal modo que con su ayuda podrías haber convertido lo aparente en real. Pero era un espejismo. Bajaste o tra vez y te abandonaste en la pesadez de la pena —seguram ente llegaría con el tiem po— y llegó la m añana, y luego la noche, pero el día que tú deseabas no am aneció. Sin embargo, tú hiciste todo; rezaste tem prano y tarde, más y más fervientem ente, más y más tentadoram ente. ¡Ay!, y aún así no sucedió.
E n to n ces lo repudiaste; qu isiste o rd e n a r a tu alm a que fu era p a c ie n te; 10 q u erías esperar en u n a n helo callado si tan sólo p u d ieras g anar la c e rtid u m bre de que la e tern id ad te concedería tu deseo, de que te tra e ría el deleite de tu s ojos y el deseo de tu corazón, i Ay!, pero esta certidu m b re, tam b ién te fue ' Cfr Le. XXI, 19
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n egada. M as en to n ces cu an d o los a ta rea d o s pen sa m ie n to s y a se h a b ía n cansado, c u a n d o tu s in fru c tu o sos deseos habían dejado a tu alm a e x h a u sta , qu izá en to n c e s tu ser recu p eró la calm a, q u iz á en to n c e s tu m en te , secreta e im p e rce p tib le m e n te , d e sarro lló en sí la m an sed u m b re que es recep tiv a a la p alab ra que te fue im p la n ta d a y que era capaz de b e n d e cir tu alm a, la palabra de que todo don buen o y to d a d á d i va perfecta viene de lo alto . EnLonces sin d u d a con fesaste con toda h u m ild ad que c ie rta m e n te D ios no te d efrau d ó cuan d o aceptó tu s deseos m u n d an o s y tu s deseos insensatos; los in te rca m b ió p a ra ti, d á n do te a cam bio consuelo d iv in o y p e n sa m ie n to s san tos; q u e jjio te tra tó injustam en te cuando te negó un deseo sino que en com pensación creó esta fe en tu co razón, cuando en lu g ar de un deseo —que aú n si éste hub iera traíd o todo, a lo m ucho podía darte el m undo eiitcru— Él te dió u n a fe por la que ganaste a Dios y -v e n c iste al m undo e n te ro .n iEntonces reconociste con hu m ild e alegría que D ios era el C reador todopoderoso del cielo y de la tierra, quien no sólo creó al m undo de la nada sino que h izo algo todavía m ás m aravilloso — de tu im p acien te e in c o n sta n te corazón creó la substancia imperecedera de un espíritu tra n q u ilo. 12 E n tonces confesaste con vergüenza que esto fue bueno, tan I I I 42 bueno p ara ti que D ios no p erm itió ser tentado; en to n ces com prendiste la am onestación del apóstol y por “■qué está u n id a a la falacia de querer te n ta r a D ios. E n
tonces percibiste qué insensato fue tu com portam ien to. Q uerías que las ideas de Dios sobre lo que era m ejor p ara ti coincidieran con tus ideas, pero tam bién querías que Él fuera el Cieadui todopoderoso del cielo y de la tierra de tal modo que pud iera c u m p lir apro piadam ente tu deseo. Y sin embargo, si Él com partiera tus ideas, dejaría de ser el Padre todopoderoso. E n tu | im paciencia infantil querías, por así decirlo, deform ar la n aturaleza eterna de Dios, y estabas lo suficiente- — m ente ciego para en gañarte a ti m ism o, corno si te bc- " C f r . I J n . V. 4.
Cfr. I Pct. I I I , 4; Rom. I í. 7.
r o ñ o n n x b h f.n oyt o d a d a d i v a p f.r f f.c t a v i e s e d k i .o a l t o • 7ñ
neficiara el p reten d er que el D ios del cielo no sabía m ejor que tú m ism o lo que era benéfico para ti, como si no fueras a descubrir algún dia, p ara tu horro r, que habías deseado lo que nin g ún ser hum ano sería capaz de so portar si le sucediera.
H ablem os insensatam ente por u n m om ento, al modo h u m an o. 1*1 Supongam os que hubiera alguien en quien confiaras porque creías que él deseaba tu bienes ta r de todo corazón; pero tú tenías un a idea sobre lo que era benéfico p ara ti, y él tenía otra. E ntonces, ¿no tratarías de persuadirlo? Q uizá le suplicarías y le im plorarías que te concediera tu deseo. Pero cuando él persistiera en su rechazo, dejarías d e im plorarle y te dirías;.' Si con m is súplicas lo m oviera a hacer lo que él no considera que es correcto, entonces algo aú n m ás terrible podría ocurrir. Me haría lo suficientem ente débil para hacerlo a él tan débil; entonces lo perdería a él y mi confianza en él, aunque en el m om ento de em briaguez habría llam ado a su debilidad amor.
O quizá esto no fue el caso contigo; quizá eras demasiado viejo para alim entar ideas infantiles sobre Dios, dem asiado m aduro para pensar hum anam ente sobre Él; quizá deseaste moverlo con tu desafío.
Probablem ente ■ adm itiste que la vida era un decir
obscuro,, pero no fuiste, de acuerdo con la amonestación del apóstol, rápido para oír la palabra clarificadora; contrariam ente a su amonestación, fuiste rápido para enojarte. Si la vida es un decir obscuro, que lo sea pues; no te preocupaste por una explicación, y tu corazón se
endureció. E x te rio rm e n te puedes haber estado
tra n q u ilo , q u izá am igable, tu conversación pudo hab er sido b en ev o lente, peí o in te rio rm e n te , en el ta lle r secreto de tu s p en sam ien to s, d ijiste ... i No, t ú no lo dijiste! P ero a h í o íste u n a voz decir: Dios tie n ta a los h o m b res. Y el frío de la desesperación congeló tu e s p íritu , y su m u e rte an id ó en tu corazón. Si a veces la vida se a g itó o tra vez en tu ser III 43 interior, voces salvajes se enfurecieron ahí, voces que no eran tu propia voz pero que venían de tu ser inte- 13 Cfr. II Cor. XI. 1, 17. 21; Rom. III. 5
76 • S 0 R E N K IER K EG A A R D
rior. ¿ P o t qué fue tu queja tan vehemente, tu g rito tan penetrante; por qué fue tu plegaria tan agresiva? ¿No sería porque creías que tu s sufrim ientos eran tan grandes, tus penas tan agobiadoras, y consecuentem en te tu queja tan legítim a, tu voz tan poderosa que e sta ba destinaría a resonar a través de los cielos y llam ar a Dios p a ra que saliera de su escondite, donde te parecía que se sentaba tranq u ila e indiferentem ente, ignorando al m undo y a sus vicisitudes? Pero el cielo se c ierra a n te un hablar tan pretensioso, y tam bién está escrito que D ios no es tentado por nadie. 54 T u s palabras care cieron d e poder, tam bién tu pensam iento, com o tu brazo, y el cielo no escuchó tu plegaria; pero cuando entonces te hum illaste bajo la m ano poderosa de D ios15 y, con el espíritu agobiado, suspiraste: ¡Mi Dios! ¡Dios mío, m i pecado es grande, dem asiado grande para ser perdonado! E ntonces el cielo se abrió o tra vez; entonces Dios, como escribe un profeta, te m iró hacia abajo16 desde su ventana y te dijo: U n poco m ás; 17 u n poco más y renovaré la faz de la tie r r a .’* Y ve, tu faz fue renovada, y la gracia compasiva de Dios ha am ado más,lj en tu m ente esteril la docilidad que es receptiva de las palabras.20 E ntonces hum ildem ente “confesaste ante Dios que Dios no tie n ta a n adie, pero que todos son tentados cuando se dejan seducir y llevar _ p o r sus propios anhelos,21! así como tú fuiste ten tad o por pensam ientos orgullosos, pretensiosos y desafian tes. E ntonces te horrorizaste por tu aberración, la de que pensar que Dios tie n ta a una persona su p u esta