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5. LA VIOLENCIA, EXPRESIÓN DE LA INEFICACIA ESTATAL EN LA VORÁGINE

5.3. Violencia influjo de la modernidad

La Violencia y sus respuestas obedecen a impulsos, que aunque parezcan primigenios e instintivos, son generados por la modernidad77: huir y/o agredir. Frente a la imposibilidad de hallar un proyecto dignificante, el sujeto moderno opta por dejarse llevar por sus instintos más primitivos: ―Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna jugué mi corazón al azar me lo ganó la violencia‖. (Rivera 2006, p. 79). Sin embargo, esta decisión también responde a lo que Todorov (1987) llama la caída de las interdicciones, donde los lazos sociales, las regulaciones morales y las afinidades con el espacio y se cumple el axioma de Ivan Karamazov: ―todo está permitido‖ (p.157). La Vorágine evidencia una violencia, que más que primitiva, es perfectamente humana, del hombre moderno que puede saltar de un lugar a otro, que no lo retiene ninguna moral y que puede matar si le place; tal comportamiento es el resultado del egocentrismo acérrimo de las nacientes sociedades burguesas en Colombia a inicios del siglo XX.

El impulso de un estado moderno trajo una serie de complejidades que han nacido del choque entre el ideal de justica social, propio del ideal moderno, frente a la realidad de una país totalmente asimétrico, desproporcionado y distante entre los procesos económicos y políticos de una región a otra. La inserción de la modernidad en Colombia tuvo como responsable al capitalismo intransigente, o en otras palabras, es el dinero lo que impulsa la modernidad (Marín, 2007). Aunque no es propiamente el dinero en sí mismo el síntoma de la inserción de la modernidad en la cultura, sino la ―subordinación de todos los demás valores a éste‖ (Todorov, 1987, p. 154). Desde la novela, los influjos de la modernidad se

77 La modernidad vista desde el enfoque propuesto por Todorov. La manera como ha llegado la modernidad, más específicamente desde las acciones que desde la filosofía misma de la modernidad, pues ésta llega a través de las formas de mercado de explotación. Es la libertad de mercado lo que llega.

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evidencian más sobre la explotación de los recursos humanos y naturales. Dicho control no se dio, de tal manera que el Estado no reconoció los recursos con que cuenta la nación y mucho menos los distribuyó de modo racional. Si se hubiesen establecido fronteras militarizadas, control en la inmersión de extranjeros y políticas efectivas para racionalizar la explotación y cuidado de los recursos naturales, hoy la región amazónica sería un epicentro del desarrollo económico e industrial. En la novela de Rivera son los extraños los que la explotan, como el conquistador español en su afán de riquezas capitales. Es la turca Zoraida Ayram la dueña de caucherias, es el Cayeno, venezolano que administra con brutalidad tanto tierras como hombres de la zona, es el hombre que irrumpe en la selva, en esa relación brusca de alteridad donde el hombre presume su superioridad:

Por fin, un día, en la peña de cualquier río, alzan una choza y se llaman «amos de empresa». Teniendo a la selva por enemigo, no saben a quién combatir, y se arremeten unos a otros y se matan y se sojuzgan en los intervalos de su denuedo contra el bosque. Y es de verse en algunos lugares cómo sus huellas son semejantes a los aludes: los caucheros que hay en Colombia destruyen anualmente millones de árboles. En los territorios de Venezuela el

―balatá‖ desapareció. De esta suerte ejercen el fraude contra las generaciones del porvenir.

(Rivera, 2006, p.298)

Realmente desde hace 87 años, Rivera y su Vorágine hacen un llamado para respetar la selva reconociéndole la esencialidad de su existencia, como sistema natural y equilibrado, y para tal fin es preciso una política efectiva del cuidado de su espacio; una política que se torne en cultura. La modernidad y el capitalismo la están derruyendo, y el Estado queda en deuda con la protección de su desarrollo y plenitud. El republicanismo pugna por la unidad nacional y territorial y de allí que tal filosofía sea efectiva en la zona oriental del país.

Con Rivera la naturaleza es más que un espacio que motiva la reflexión existencial: es otro sujeto discursivo cuya vida debe ser comprendida, donde es preciso desentrañar sus códigos para que ésta pueda dar sus pautas hacia una nueva utopía de nación. No en vano Rivera ubica a un francés para que ‗traduzca‘ el lenguaje natural de la selva. Probablemente el autor, sin intención, expresa en su discurso estético una propuesta ecológica que hoy casi 100 años apenas se entiende cuando la naturaleza se desmorona. En el escritor huilense hay un afán por una actitud integradora con la naturaleza como ser que devuelve la armonía

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espiritual y colectiva, pero que es preciso comprender, y cuyas acciones estatales aún están en deuda para ésta se respete y se inserte en la vida de la nación. La selva no es un lugar para devastar y colonizar, por el contrario es un espacio a proteger para que ella misma desarrolle sus procesos naturales, ella misma desarrolla sus propias leyes, aunque el hombre no las reconozca:

Entre tanto, la tierra cumple las sucesivas renovaciones: al pie del coloso que se derrumba, el germen que brota; en medio de los miasmas, el polen que vuela-, y por todas partes el hálito del fermento, los vapores calientes de la penumbra, el sopor de la muerte, el marasmo de la procreación. (Rivera, 2006, p.296)

La violencia ecológica tiene un aspecto que sobresale en La Vorágine ya que deja marcas o huellas en quien la padece. Silva y el árbol de siringa muestran sus llagas y cicatrices de las torturas padecidas; cada cicatriz y cada yaga se tornan en índices de la brutalidad, de la trasgresión corporal y natural. Tanto la figura de Clemente Silva como el árbol de siringa encarnan la ‗herida que no cierra‘; en la novela pereciera revitalizarse la barbarie hispánica durante la conquista, pues tal brutalidad no termina por cicatrizar, tanto el territorio nacional como sus pobladores.

La Vorágine describe el conflicto entre dos interlocutores que no encuentran un código que los aúne como lo son la naturaleza y la industria cauchera. De esta ruptura violenta queda para el hombre la incertidumbre y la individuación de su destino. En palabras del propio Cova: ―Seremos solidarios por la amistad y el provecho común; pero cada cual afrontará por separado su destino‖ (Rivera, 2006, p.238); es el egoísmo del materialismo capitalista que enuncia Gutiérrez (1994) como liberalismo inglés. De esta manera, se rompe la comunicación del hombre con el mundo y se produce la ilusión de que toda comunicación es exclusivamente inter-humana.

¿Dónde estará la estrella querida que de tarde pasea las lomas? ¿Aquellos celajes de oro y múrice con que se viste el ángel de los ponientes, por qué no tiemblan en tu dombo? … ¿Sobre qué sitio erguirá la luna su apacible faro de plata? … Tú eres la catedral de la

pesadumbre, donde dioses desconocidos hablan a media voz, en el idioma de los murmullos (Rivera, 2006, p. 189)

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El Estado funciona como una contradicción al desarrollo orgánico de la naturaleza: consiente un proceder centralista, supuestamente racional, y mantiene los mismos códigos comunicativos con todo su ‗cuerpo‘ territorial, -actitud conquistadora-, mientras la selva (colombiana) posee relaciones de interdependencia entre cada elemento generando un equilibrio entre los organismos y que redunda en el aprovechamiento eficaz de las ―diferentes coordenadas espaciales y temporales‖ (Bula, 2009, p. 108); y sus elementos constitutivos.

Uno de códigos comunicativos es el sistema laboral de las caucheras se basa en tener un personal administrativo que domine a través de la violencia, achacando a la naturaleza una responsabilidad donde no tiene cabida, como si fuera ésta la responsable de la crueldad y la esclavitud:

El destino de otros es menos precario: a fuerza de ser crueles ascienden a capataces, y esperan cada noche, con libreta en mano, a que entreguen los trabajadores la goma extraída para sentar su precio en la cuenta. Nunca quedan contentos con el trabajo y el rebenque mide su disgusto. Al que trajo diez litros le abonan sólo la mitad, y con el resto enriquecen ellos su contrabando, que venden en reserva al empresario de otra región, o que entierran para

cambiarlo por licores y mercancías al primer ―chuchero‖ que visite los siringales. Por su

parte, algunos peones hacen lo propio. La selva los arma para destruirlos y se roban y se asesinan, a favor del secreto y la impunidad, pues no hay noticia de que los árboles hablen de las tragedias que provocan. (Rivera, 2006, p. 245-246)

Los ‗gamonales‘ caucheros construyen un concepto de otredad desde la objetualización del otro, en la medida que ellos no tienen conciencia que el ‗otro como sujeto. Los esclavos de las caucherías son elementos indispensables en la producción del caucho, por lo cual y lo ‗lógico‘ es establecer una ética del cuidado donde se le den garantías que mantengan o aumenten la producción; es decir, garantías laborales y sistemas de pago:

Cada individuo tiene una cuenta en la que se le cargan las baratijas que le avanzan, las herramientas, los alimentos, y se le abona el caucho a un precio irrisorio que el amo señala. Jamás cauchero alguno sabe cuánto le cuesta lo que recibe ni cuánto le abonan por lo que entrega, pues la mira del empresario está en guardar el modo de ser siempre acreedor. Esta nueva especie de esclavitud vence la vida de los hombres y es transmisible a sus herederos.

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Por su lado, los capataces inventan diversas formas de expoliación: les roban el caucho a los siringueros, arrebátanles hijas y esposas, los mandan a trabajar a callos pobrísimos, donde no pueden sacar la goma exigida, y esto da motivo a insultos y a latigazos, cuando no a balas de wínchester. Y con decir que fulano se picureó o que murió de fiebres, se arregla el cuento. (Rivera, 2006, p.250)

Aunque se reconoce que dichos hechos fueron reales en la Amazonía nacional, ésta ha sido el escenario de múltiples colonizaciones que perpetuaron a una población marginalizada, y esta población permite reducir costos en remuneraciones salariales y sus continuos desplazamientos no permiten asentamientos sólidos que reclamen sus derechos como ciudadanos de una nación, pues habita en ellos el imaginario del desposeído, junto con sensaciones de rencor contra el territorio y los que habitan en él. Lo que demuestra que el control estatal sólo es efectivo en la ciudad, utilizando fuertes mecanismos de contención a la violencia, que a la postre, sólo logran suprimir al sujeto de la sociedad civil, pero no erradican los comportamientos delictivos y antisociales de éste; de hecho, cuando los hombres huyen de la ciudad, escapando del control, dichos mecanismos se debilitan y van a la selva como agentes78 de la destrucción:

Silva, presenció las tragedias de San Fernando del Atabapo y solía relatar que Funes enterraba la gente viva. Él había visto cosas extraordinarias en el pillaje y la crueldad, y yo ardía por conocer detalles de esa crónica pavorosa. (Rivera, 2006, p.337-338)

Otro aspecto que es criticado por Rivera es la forma de adquirir personal de las caucheras a través del sueño de prosperidad económica. Aquí aparece lo que denomina Todorov (1987) el principio de sustitución donde los sujetos se tornan objetos.79 Hernán Cortés no destruyó los templos aztecas, pero si sustituyó las imágenes religiosas prehispánicas por las cristianas. De igual manera sucede con la inmersión del sujeto del centro en los Llanos y la Amazonía. Barrera no sólo muestra objetos que se asocian al creciente capitalismo y consumismo a los ojos de Griselda- sino que realiza un proceso de sustitución de valores. Ella, Griselda, es oriunda de la región, por lo cual encarna lo popular y lo idiosincrático,

78 El enemigo no es la naturaleza o la selva, sino el hombre que abusa de ella y de los demás hombres.

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pero Barrera, hombre culto y letrado, requiere gente para enganchar en los siringales. Cuando Barrera intercambia objetos legitima el apoderamiento que logra sobre las personas que esclaviza; en últimas es objetos por objetos:

¡Hombre raro y emprendedor, de audaces ideas! Me ofrecía, a última hora, cederme a bajo precio cuantos siringueros le sobraran. ¡Sin reparar en que ya le debía las sumas que me confió! Iré a verlo, a devolvérselas y a hacer un buen trato; porque hoy a los caucheros se les gana mucho en el Vaupés. Si pudiera, no negociaría en goma sino en gomeros. (Rivera, 2006 p.362).

El concepto de trabajo ha sido sustituido por el esclavismo. Clemente Silva relata los vejámenes a lo que fueron sometidos los esclavos caucheros. De acuerdo a su relato, miles de indios y esclavos fueron asesinados en los siringales. La pérdida de la dignidad encuentra ‗eco‘ en el silencio: ―El señor Arana ha formado una compañía que es dueña de los cauchales de La Chorrera y los de El Encanto. ¡Hay que trabajar, hay que ser sumisos, hay que obedecer‖ (Rivera, 2006 p.257 ). Incluso Cova reflexiona sobre el trato laboral de las caucheras: ―Hasta entonces parecía no haberse enterado de la condición esclava de los caucheros. ¿Cómo pensar que nos apalearan, nos persiguieran, nos mutilaran aquellos señores de servil ceño y melosa charla que salieron a recibirlo en La Chorrera y en El Encanto?‖ De esta manera la muerte se torna en un ―beneficio propio de la sumisión a la regla‖ (Todorov, 1987, p. 74) en una sociedad regida por la modernidad capitalista. Y mientras la muerte es la salida a la violencia, el Estado no comunica, se silencia y la soberanía estatal fracasa.

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CONCLUSIONES

El interés del presente trabajo académico consistió en interpretar la representación de la incidencia de la acción estatal en las relaciones de otredad que se establecen en la novela La Vorágine del colombiano José Eustasio Rivera a través de las diferentes voces discursivas de sus personajes. El aporte de esta investigación se da en comprender el sistema de personajes que desarrolla Rivera en su obra para representar la anonimia estatal; es por eso que la pregunta de investigación que orientó el trabajo es ¿Cómo La Vorágine, de José Eustasio Rivera, representa la ineficacia de las instituciones estatales y su incidencia en las relaciones de otredad en la sociedad colombiana allí presentada?

La Vorágine representa la ineficacia de las instituciones estatales. Los preceptos conservadores de los gobiernos de Rafael Núñez, José Manuel Marroquín Rafael Reyes y José Vicente Concha, entre 1880 a 1920, fragmentaron y convirtieron la estructura estatal en escenarios de oportunismo llenos de sobornos, contrataciones, contradicciones y exenciones. Pero la gran consecuencia estribó en que tales gobiernos sólo concibieron exclusivamente al país desde las regiones: andina y caribe, desestimando las regiones orientales, especialmente lo comprendido por los Llanos Orientales y la Selva Amazónica. En la segunda década del siglo XX, se conocieron a una serie de pensadores e intelectuales nacionales como la Generación del Centenario, que desde un profundo humanismo, reclamaban un fortalecimiento del sentir republicano que defendiera la soberanía territorial y la igualdad social y política de los colombianos excluidos del centro de poder. Estos pensadores elaboraron un discurso que manifestaban la crisis que dominó a la nación en su pretensión de modernizar el Estado que derivó en una coyuntura territorial y política por la permeabilidad que se le concedió al capitalismo sin control de sus acciones y de explotación tanto territorial como humana. Con este panorama aparece José Eustasio Rivera como uno de los centenaristas que a través de su obra narrativa La Vorágine abocó por la consolidación de una estructura política que garantizara la protección de las riquezas naturales y humanas que integran las regiones periféricas nacionales.

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La novela narra en su protagonista, Arturo Cova, y su compañera la transición del habitus urbano al rural. En esta transición, Cova ‗descubre‘ una vastedad natural de la que el gobierno central no ejerce jurisdicción. Así mismo, en Rivera, con las voces de Don Rafo, Clemente Silva y el propio Cova, se evidencia una relación afectiva con el universo natural comprendido por la flora y la fauna, junto con una heterogeneidad humana hallada en los territorios llaneros y selváticos colombianos, expresada a través de su estética modernista. Mientras la flora territorial se asocia a símbolos que representan la identidad nacional que van desde la tranquilidad de la palmera hasta la violentización de la selva con la siringa, la riqueza fáunica, registrada por los narradores de la novela Arturo Cova, Helí Mesa y Clemente Silva responde a la escala que va desde los mamíferos, reptiles e insectos que representan la reacción del sosiego hasta la turbulencia que tiene la naturaleza cuando el hombre irrumpe su ecosistema.

Cova como ‗descubridor‘ se topa con diferentes grupos humanos que aluden una región plurívoca y multicultural. No obstante, su procedencia urbana y letrada implica que él se autoproclame como civilizado y perciba a los demás como inferiores a su condición. De esta manera, se establece las relaciones de otredad entre pares a nivel de superior, igualdad e inferior que enmarcan parte del sistema de personajes que desarrollo Rivera en su obra. Las relaciones discursivas que se dan entre Cova y los otros se alude al legado de la conquista española, que desde lo enunciado por Todorov (1987, p.15) ―anuncia y funda nuestra identidad presente‖, que aunque la distancia temporal es considerable. Como el ‗nuevo mundo‘ descubierto por Cova no le pertenece de entrada, éste genera distancias con quienes interactúa y su tono comunicativo adquiere dimensiones de dominación, expresada sobretodo con las mujeres, a quienes mantiene una relación de objetualidad al percibirlas como inferiores a su jerarquía masculina e individual. La mujer connota para Cova la ‗honra‘ perdida que debe recuperar, cuando su compañera, Alicia, escapa con el esclavista Narciso Barrera. Por su parte las mujeres que expresan su individualidad y desafían a una sociedad conservadora y patriarcal finalizan derruidas física y espiritualmente, lo cual es un costo muy elevado en su defensa como sujetos. Cova en esas relaciones de otredad diferenciadoras que hace del otro semeja al Estado Nacional con sus relaciones con las regiones. Desde Todorov (1987), la ineficacia estatal se contempla porque el estado, como

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sujeto discursivo, se presume ‗superior‘ a sus interlocutores. Esta relación de desigualdad hace que el sujeto mayor (Estado) niegue o le sea indiferente el discurso de su interlocutor (Pueblo).

La Vorágine expresa las complejidades de la otredad colombiana y americana; esta otredad es dominada por la intransigencia que supera a la tolerancia, donde la condición de superioridad de uno le lleva a la violentización de la existencia del otro, ya sea negándolo o derruyéndolo. Pero esta violencia es el sustrato que deja la lejanía del poder central en zonas fronterizas, limítrofes y marginales. La violencia es la ley real puesto que en dicho comportamiento se caen todas las interdicciones y se rompe el lazo social para develar no una naturaleza primitiva sino a un ser moderno, que no tiene ninguna moral y mata por placer.

La Vorágine ficcionaliza las distancias comunicativas entre la institucionalidad gubernamental y la sociedad lo que impide el cumplimiento y respeto por los derechos humanos, los cuales se tornan en el máximo regente que determinan la eficacia o ineptitud del Estado. Desde la ficción rivereana, la capacidad decisional del Estado sobre las complejidades sociales de los Llanos orientales y la Selva Amazónica se torna precaria, lo que permite la aceleración de la explotación del caucho, el mantenimiento del esclavismo y