Dedicamos este apartado a clarificar qué entendemos por violencia por la clara vinculación de este fenómeno con el tema que nos ocupa. En muchas ocasiones se confunden los términos conflicto y violencia. En este trabajo, entendemos que la violencia es una forma de responder a los conflictos, pero desde luego no son términos equivalentes. Coincidimos con Ortega y Del Rey (2007) en que, de toda la diversidad de problemáticas que acontecen en un centro educativo, relacionadas con la convivencia, ha sido la violencia y específicamente, el maltrato entre escolares, el fenómeno que más ha influido en el desarrollo de programas de educación para la convivencia escolar. Las experiencias pioneras sobre prevención de la violencia escolar entre iguales, han demostrado que la vía más efectiva es la educación y la construcción de la convivencia.
La violencia puede ser entendida como una actitud o comportamiento que constituye una violación o un arrebato al ser humano de algo que le es esencial como persona (integridad física, psíquica o moral, derechos, libertades…). La violencia puede ser visible o invisible, puede proceder de personas o instituciones y puede realizarse activa o pasivamente. Además de la violencia directa, existe una violencia
estructural, de la que tal vez es más difícil tomar conciencia, pero que es la más cotidiana en nuestra sociedad (Seminario de Educación para la Paz, 1994).
Según el Informe Europeo “Proposal for an Action Plan to Combat Violence in School” elaborado por Salomaki (2001) por violencia se entiende el uso intencionado de la agresión física y psicológica, o del poder, ya sean solo amenazas o su uso efectivo, contra otra persona o contra un grupo o comunidad. Este informe señala que, aunque en la mayoría de los casos la violencia escolar no es mortal, puede causar graves daños al desarrollo de los niños y jóvenes. La violencia se puede expresar a través de amenazas verbales, exclusión, intimidación, agresión física y acoso/abuso sexual y a través de la tenencia de armas.
Para Ortega (1997) “existe violencia cuando un individuo impone su fuerza, su status o su poder contra otros de forma que les ocasiona algún tipo de daño físico o psicológico, sea de forma directa o indirecta” (p. 12). Cuando la violencia se hace presente en las relaciones entre chicos y chicas, nos encontramos ante una situación de riesgo, y no sólo físico, sino también psicosocial de todas las partes implicadas. Cuando un alumno o alumna sufre una situación de violencia, su autoestima disminuye, esta pérdida de confianza en uno mismo también suele acarrear una disminución del rendimiento académico (Ortega y Del Rey, 2004).
Podemos encontrar diferentes formas de conceptualizar la violencia según los autores a los que consultemos. En este sentido, Ortega y Del Rey (2007) señalan que la mayoría de investigaciones europeas que pretenden abordar la violencia escolar, enfocan el maltrato entre escolares a través de la percepción de éste por parte del profesorado, del alumnado o ambos. Afortunadamente, se están desarrollando otras investigaciones que incluyen en el estudio de la violencia interpersonal en la escuela, la violencia que ejercen los jóvenes hacia los adultos, y la violencia de los docentes a los jóvenes. Por tanto, aunque la violencia escolar más estudiada sea el bullying, es importante recordar que también existen otros tipos de violencia en los que se pueden ver implicado el alumnado.
En este sentido, Ortega y Del Rey (2007) señalan que existen dos líneas de trabajo que tratan de aclarar las diferentes entre violencia interpersonal en la escuela y bullying. Una, liderada por Olweus quien afirma que tanto el maltrato entre iguales
como la violencia están incluidos en el concepto de la agresividad, compartiendo entre ellos la agresividad física directa. Otra, en la que se encuentran las citadas autoras, Ortega y Del Rey, e investigadores como Smith y Sharp que considera el maltrato entre compañeros como un tipo de violencia interpersonal que se caracteriza por suceder en un entorno de convivencia cotidiana, por ser entre iguales, persistente y manifestarse de cualquiera de las formas posibles, es decir, verbal, física, social, etc.
En esta misma línea, también Cowie y Jennifer (2007) consideran que no existe una definición clara de violencia. Es más, esta definición puede variar dependiendo de en qué contexto tratemos de analizarla, y por tanto, es necesario entenderla utilizando distintas perspectivas. Desde su punto de vista, la violencia escolar es el resultado de la influencia de distintos factores, tanto individuales, como interpersonales, sociales y culturales.
Siguiendo a Galtung (1998), uno de los más importantes autores e investigadores en el campo de la paz a escala mundial, podemos diagnosticar los conflictos analizando la presencia o ausencia de tres tipos de violencia:
1. Violencia directa: Según este autor es aquella que se refiere a la agresión física o verbal, al daño físico o psicológico. Es directa porque es consecuencia de la acción visible de un autor sobre un receptor. En los centros escolares nos encontramos con violencia directa en múltiples formas tales como disrupción, problemas de disciplina, violación de las normas de convivencia, maltrato entre iguales, vandalismo y daños materiales, violencia física, acoso sexual… Esta violencia directa necesita ser tratada mediante programas de mediación.
2. Violencia estructural: Es el tipo de violencia que ejercen las estructuras en un sistema conflictual, por ejemplo, el entorno físico, las condiciones de vida o los sistemas políticos y económicos. En los centros escolares también se produce violencia estructural. En concreto, cabe destacar que, aunque los sistemas educativos contemplan medidas para democratizar los centros, existe desigualdad de poder entre alumnado, profesorado en general o equipo directivo, entre otros, por falta de funcionamiento efectivo y real de todos los órganos democráticos de gestión de los centros.
Esta desigualdad de poder genera una estructura jerárquica que supone una gran paradoja, porque es imposible educar para la democracia sin educar en democracia y estructuras democráticas. Esta violencia estructural exige programas de resolución de la misma.
3. Violencia cultural: Está constituida por el conjunto de valores, creencias, ideologías y enseñanzas que promueven y justifican la violencia estructural y la violencia directa, como, por ejemplo, el contenido xenófobo de un libro de texto o la educación homofóbica de unos padres para con sus hijos. La violencia que se da en los centros de enseñanza está sustentada en una cultura que valora y justifica la opresión, el dominio del más fuerte y violento, el maltrato, el machismo, etc.
Como se puede observar en la Figura 2, la violencia, según Galtung, es como un iceberg, de modo que la parte visible es mucho más pequeña que la que no se ve.
Figura 2. El triángulo de la violencia (Galtung, 1998)
Para este autor, el punto de partida es que el conflicto es obvio en la sociedad, pero no la violencia, y por tanto, el conflicto no necesariamente tiene que finalizar en violencia física y verbal. El fracaso en la transformación del conflicto es lo que conduce a la violencia.
Es necesario tratar los tres tipos de violencia, y no sólo la directa, para alcanzar una paz positiva. La violencia directa, estructural y cultural forman un círculo de
retroalimentación y se sustentan una a otra. Tratando los tres tipos de violencia convertimos la escuela en el motor de cambio de una sociedad que en muchas ocasiones educa en la insolidaridad, la competencia o la agresividad.
Una respuesta de no violencia rompe el círculo que se crea en situaciones en las que parece que responder con violencia es la única solución. Etxebarría (2003) habla del mensaje de perdón: ser tolerante cuando otro ha sido intolerante, si seguimos la ley del Talión, lo que ocurre es que “ojo por ojo y nos quedamos todos tuertos”. El
perdón libera, tanto a víctimas como a agresores, y es la vía para destruir de raíz este círculo vicioso. Este perdón no implica olvidar, con el perdón no se olvida el pasado, no se trata de un olvido indiferente, es una respuesta activa, de fuerza que implica tomar una postura ante el conflicto de una manera no violenta.
Desde este punto de vista, se entiende la no violencia. Hay varias razones que justifican ésta, en primer lugar que cualquier tipo de violencia puede justificarse como respuesta a una previa y esto sólo alimenta el círculo de venganza, y no soluciona el problema, de modo que la alternativa es romper el círculo renunciando tanto a la violencia inicial como a la violencia de respuesta, asimismo supone entender que siempre hay otras soluciones posibles.
Tras la violencia, Galtung (1998) señala la necesidad de que se lleven a cabo tres procesos: reconstrucción/reconciliación/resolución. Ninguno de estos procesos funciona sin el otro. Cuando mejor se puede dar la reconciliación es cuando las partes cooperan en la resolución y reconstrucción. Para entender la violencia, hemos de tener en cuenta que tiene unas causas, no surge de la nada; esto implica que no podemos entender un conflicto sin su contexto y sin sus raíces. Mientras que en algunos casos la violencia es algo conductual que puede ser observado, el conflicto es más abstracto y amplio, y por tanto es necesaria una nueva forma de entender el conflicto.
Para este autor la existencia de conflictos no significa necesariamente la ausencia de paz, sino que la paz se puede definir en dos niveles:
1. La ausencia de violencia directa, estructural y cultural, entendiendo la paz como la suma de paz directa, paz estructural y paz cultural.
2. La paz como la capacidad de manejar los conflictos con empatía, no violencia y creatividad. La empatía se entiende como el acto de compartir cognitiva y emocionalmente, sentir y entender los sentimientos del otro, sin tener necesariamente que estar de acuerdo con él. La creatividad hace referencia a la capacidad para ir más allá de las estructuras mentales de las partes en conflicto, abriendo nuevos caminos de concebir la relación social en la formación del conflicto.
Para finalizar, destacar que hay algunas variables que la investigación muestra como factores de protección que pueden disminuir el efecto de la violencia. Siguiendo el Informe Europeo “Proposal for an Action Plan to Combat Violence in School” elaborado por Salomaki (2001) son los siguientes:
- A nivel individual, hay factores biológicos o la propia historia personal que llevan a una menor probabilidad de caer en la violencia. A nivel individual, una actitud intolerante hacia el comportamiento violento, es el factor más fuerte de protección.
- A nivel familiar, un factor fundamental es tener relaciones interpersonales estrechas que reduzcan la vulnerabilidad de las personas a cometer actos de violencia o a sufrir la victimización. Una relación cálida y de apoyo con los padres u otros adultos y amigos protege contra el comportamiento antisocial.
- En los centros educativos, existe también esta figura: trabajadores sociales de la escuela u orientadores que tienen debido a su tipo de trabajo más tiempo para cuidar de los jóvenes en situación de riesgo.
- A nivel comunitario, el contexto social es fundamental, incluyendo la escuela, lugar de trabajo, y el vecindario. El compromiso con la escuela y la participación en actividades prosociales son los factores de protección más importantes en la escuela y en la comunidad.
Todos estos aspectos, nos permiten sacar conclusiones que podemos trasladar a la escuela, así si queremos transmitir la idea de no violencia, el primer paso es asumir que no puede ser una visión impuesta, sino en una invitación a vivir de otra forma, hay que comenzar por luchar contra aquellas cosas que a todos nos tocan más de
cerca, y que de una u otra forma promueven que se perpetúe la violencia, por ejemplo, el egocentrismo, la falta de relatividad, interpretar sesgadamente los acontecimientos, etc.; es necesario educar en actitudes no violentas, promover la autonomía, la seguridad y confianza en uno mismo, la autoafirmación creativa, la empatía, las ventajas de la cooperación, aspectos que se deben trabajar en los centros educativos desde las primeras etapas. Es importante también acompañar los procesos de formación de identidades, los jóvenes necesitan referencias en su madurez, y labor de los docentes es ampliar el círculo de relaciones, mostrar diferentes formas de vivir que deben ser respetadas. En este sentido, creemos que un equipo de mediación en que profesores y alumnos trabajan codo con codo puede servir a este fin.