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NIVELES Y FORMAS DE VIOLENCIA

5.3 La violencia como síntoma

Una forma de abordar la problemática de las luchas sociales contemporáneas es hacerlo desde el psicoanálisis lacaniano. Esta perspectiva apunta a comprender las diversas respuestas frente a la falta o negatividad: la respuesta utópica, la

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democrática y la posdemocrática (cfr. Stavrakakis 2010: 292-6). Ello permite hacer una reflexión en torno a la demanda que se formula en un mundo capitalista en que la democracia deviene en espectáculo. En lo que ha devenido la política luego del triunfo del capital globalizado, a saber: un espectáculo gestionado por profesionales del marketing político que manipulan a una audiencia cada vez menos activa y desinteresada, lo que se ha denominado también una “crisis de representación” (cfr. Del Percio 2010); ese fenómeno produce una categorización del Otro como desviante y no como oponente, con lo que se le resta fuerza política y se lo moraliza, a la vez que se violenta y niega la posibilidad de antagonismo a sectores de la sociedad sin voz.

Es desde esa perspectiva que es posible interrogarse respecto de lo que aporta la dimensión sociopolítica del concepto de “síntoma”79. Al parecer desde dos miradas posibles: a) una comprensión de la construcción misma de la categoría de minoría subordinada o grupo minorizado –en este caso el otro-mapuche, excluido, negado– como un síntoma, en el sentido de que lo reprimido retorna como síntoma, en este caso, de la enfermedad de una sociedad que no ha sabido qué hacer con la diferencia. Ya lo decíamos antes, este Estado se constituye sobre la base ilusoria de una matriz cultural homogénea, en un gesto a través del cual en lo simbólico se ha suprimido un significante que reaparece formando parte de lo real y en el registro del desorden y la amenaza de fragmentación de este orden que se construye sobre la negación. b) Una comprensión de la misma violencia subjetiva, aquella que es agenciada por esta minoría en vistas de esta exclusión, como un síntoma. Considerarla así aporta la posibilidad de que dicha violencia pueda ser interpretada,

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Desde la perspectiva del construccionismo social lacaniano Stavrakakis señala que el síntoma no es una mera reacción sino una producción: “Un mecanismo similar podría explicar la persistencia de síntomas sociales en la medida en que, de acuerdo con Lacan, un síntoma siempre implica una paradójica satisfacción inconsciente en el dolor” (2010: 97). Para Lacan un acto nunca es puramente negativo. Stavrakakis agrega: “la promesa imaginaria de recuperar nuestro goce perdido/imposible es el origen principal del soporte fantasma que sostiene muchos de nuestros proyectos y elecciones de índole política” (2010: 224).

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gesto en el cual se le reconoce al mismo tiempo un sentido estructurador de la vida social, un intento, aunque sea fallido, de re-estructurar el orden social.

En primer lugar, desde la perspectiva psicoanalítica, el racismo, así como cualquier otra intolerancia hacia el otro, se podría entender como la “encarnación de la ideología” como tal (Zizek 2003: 171-2). El judío, el mapuche, el inmigrante de otro color condensan una serie de antagonismos heterogéneos y no es fácil comprender el mensaje codificado que portan como síntoma. En todo caso, son fantasmas que llevan a cuestas con la imagen borrosa de lo temido: el pobre, el analfabeto, el aborigen, etc. Todas imágenes que tienden a ubicar a las minorías en el lugar de la escisión de la sociedad (considerándola a la sociedad –ilusoriamente y por momentos– como un cuerpo que preexiste completo), precisamente el lugar en que falla. Así, es este “otro” el que la escinde, constituyéndose el otro en el fetiche que al mismo tiempo niega y encarna la imposibilidad estructural de la sociedad. Desde esa perspectiva, el mapuche sería la encarnación de este bloqueo, pues de no existir o de no persistir en su diferencia, la sociedad podría alcanzar una plenitud que la constituiría por fin en una “totalidad cerrada y homogénea” (Zizek, 2003: 174). Pero este otro devaluado no es la causa, sino el punto en que la negatividad social adquiere existencia real (cfr. Zizek 2003: 174). En efecto, lo que Zizek señala respecto de los judíos, funciona también para los mapuche. En tanto, puede ser considerado como el punto en que asoma el conflicto social, en que éste se torna manifiesto. En otras palabras, en ese conflicto se haría obvio que la sociedad “no funciona”. El mapuche introduce un ruido, un desorden, recuerda el origen en que se construye el Estado, al negarse a la asimilación y persistir en ser diferente, amenaza con la corrupción del edificio social, como si fuera una causa social exterior que de ser eliminada permitiría restablecer el orden, la identidad y la estabilidad (cfr. Zizek 2003: 175). Lo decíamos antes: los reclamos de los grupos minorizados, cuando reponen una identidad particular, lo hacen reprimiendo la dimensión universal –por una parte–, aunque por otra formulan una demanda desde una perspectiva de derechos que siempre es universalista (cfr. Zizek 2009: 187). Y eso es probablemente

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lo que constituye su carácter emancipatorio y amplificador de la democracia para todos.

Desde una segunda mirada, examinamos las razones por las que la demanda toma una forma violenta. La violencia manifiesta puede ser una señal de que la palabra ha fallado, si aceptamos que la violencia surge como abolición del vínculo con el otro a través del lenguaje. El síntoma surge producto de un corto-circuito en la comunicación simbólica, es decir, alude al lugar donde ésta se ha roto y desde el cual busca abrirse camino en forma cifrada, codificada. La necesidad, la demanda y el deseo se relacionan en este punto. En el marco del construccionismo social lacaniano, Stravrakakis aclara esta relación, señalando que las necesidades, por el hecho de ser articuladas en el lenguaje, se transforman siempre en una demanda hacia Otro del cual se depende y que devienen en “demanda del amor del Otro” (2010: 266).

En la medida en que las necesidades están sujetas a la demanda que otro tramita, retornan inevitablemente enajenadas. La palabra surge para ser interpretada, se dirige al gran Otro o al orden simbólico que, se supone, conoce la clave de su significado (cfr. Zizek 2003: 109). Si no se establece la situación propicia para el diálogo, las necesidades se expresan mediante síntomas; en la esfera social se convierten en una huelga de hambre, en un bloqueo de caminos, en un incendio intencional. La violencia, entendida como síntoma es profundamente social, produce sentido y espera ser traducida. En efecto, se espera que un buen lector de la demanda, adivine tras el síntoma la necesidad y que al interpretarla, la disuelva, la satisfaga o, en otras palabras, restablezca la red de comunicación rota y repare el reconocimiento erróneo que siempre oscurece las relaciones humanas.

La asunción de este circuito abre una vía de reparación al desconocimiento. Antes un breve comentario respecto de este circuito, pues la estructura de la demanda “es importante para entender cómo se introduce y se sostiene la autoridad moral si aceptamos que cuando hablamos no sólo nos dirigimos a otros, sino que de algún

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modo ingresamos a la existencia, por así decirlo, a partir de la demanda” (Butler 2006b: 164). Las sociedades humanas articularían sus necesidades y las satisfarían en el marco de una red simbólica que encuentra en el lenguaje su lugar privilegiado (Stavrakakis 2010: 68). Esto hace que sean más que funcionales, que vayan más allá de la mera satisfacción y que, por lo mismo, siempre creen nuevas necesidades. Pero la necesidad es común a toda vida humana y no humana, y por cierto no es privativa de grupos determinados, aunque ese sea el lugar privilegiado en que aflora cada cierto tiempo. Los seres humanos –en virtud del carácter simbólico del acceso a lo real– perdemos esta relación inmediata con la necesidad; es decir, la entrada a lo simbólico, mediante el lenguaje, opera una cierta pérdida de inmediatez con el nivel de las necesidades naturales y el hecho de articular la necesidad en el lenguaje hace que ésta se transforme en una demanda al Otro (inicialmente a la madre), que supuestamente tendría el poder de satisfacerla, lo cual agrega una relación de dependencia con este Otro, de cuyo reconocimiento depende la vida tanto biológica como social (Stavrakakis 2010: 67). En esta dimensión encontramos la forma de la demanda por amor incondicional, siempre imposible de satisfacer. Es esta diferencia entre demanda y necesidad, la que introduce el nivel del deseo, que “no es ni el apetito de la satisfacción [necesidad] ni la demanda de amor, sino la diferencia que resulta de la sustracción del primero a la segunda, el fenómeno mismo de la escisión” (Stavrakakis 2010: 67). Como decíamos, la vida humana, la misma realidad, se estructura en torno al deseo, pues ya presupone la pérdida de nuestro acceso inmediato a la necesidad natural y presupone el ingreso a lo simbólico. La necesidad es presimbólica, la demanda es simbólica, por tanto, el deseo estaría siempre condicionado socialmente y eso lo constituye en un fenómeno –por esencia– alienado, imposible de satisfacer, “éxtimo”80 diría Stavrakakis (2010: 68). Desolador por una parte, un estímulo a la creatividad, por otra; finalmente la falta como condición estructural del sujeto es la condición misma de posibilidad de la libertad humana.

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Neologismo creado por Lacan para hacer referencia a lo “íntimo” no como su contrario sino como lo más interior –más que el mismo interior– sin dejar de ser exterior.

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Esta es una vía que hay que explorar. Si considerar la violencia como síntoma y ceder ante lo que Zizek llama una “tentación hermenéutica” (2009: 96 y ss), que es la suposición de que hay un mensaje cifrado tras los passage à l’acte de los grupos que adoptan formas violentas de protesta. O nos queda sólo creer que los mensajes cumplen una “función fática” (concepto de Jakobson), en tanto se emiten sólo para verificar que hay escucha posible, pero no aspiran a nada más. Es una cuestión que se advierte bajo la forma clásica de “probando probando….¡” si hay canal y si hay código común (cfr. Zizek 2009: 98-9).

Esto es coherente con las conclusiones a las que llegan García y Madriaza (cfr. 2005) en una investigación en torno al sentido de la violencia escolar. Ellos señalan que las manifestaciones de violencia en muchas ocasiones construyen una cierta ética particular que cohesiona al grupo involucrado; esta eticidad de grupo puede ser –y en el caso de las minorías étnicas esto se aplica plenamente– un intento por articular sentidos particulares y muy locales en un mundo global en el que es muy difícil articular sentidos colectivos. Finamente, aparece también en esta investigación un importante apoyo a la tesis de la violencia como acto fundacional, a saber: el acto –violento en este caso– funda un nuevo estado de cosas y articula un nuevo entramado de propósitos y consecuencias de las acciones, así como “encuentra coherentes sólo algunos valores y creencias, elementos que muchas veces están lejos de ser comprensibles para una cultura dominante que tiembla en el sinsentido y la crisis existencial” (García y Madriaza 2005: 24).

En la demanda que formulan estos grupos minorizados cuya experiencia de malestar ha sido negada se advierten relatos que re-escriben el pasado y se produce una simbolización que toma la forma de habrá sido (Zizek 2003: 87), pero hecha desde el presente global, fragmentado y poroso, no lineal y flexible. Es así que –por raro que parezca– “el síntoma retorna desde el futuro” (Zizek 2003: 88), porque el significado de las huellas se construyen retroactivamente y no necesariamente escarbando en el pasado. Las experiencias históricas que pueden resultar traumáticas amenazan las identidades, pero al mismo tiempo permiten la constitución de otras nuevas, son el choque entre lo real y el discurso de la falta. La política surge