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1. El lugar de la violencia en el pensamiento social y político del Siglo XX: de la constitución a la negación de lo político.

1.2. La violencia tras las experiencias totalitarias: su rol antipolítico.

La aparición de los partidos de masas transformó profundamente el escenario político. Tras la crítica a las premisas del derecho natural y la consecuente crisis del Estado liberal, los fundamentos del poder político se vieron reducidos al liderazgo, al carisma y la autoridad (Melossi, 1990). En este contexto, Weber (1922) avizoró el pasaje desde el parlamentarismo hacia un sistema plebiscitario, donde los partidos, en su competencia por captar la adhesión de las masas electorales, producirían un vuelco hacia la selección carismática del líder o a formas cesaristas de conducción34. Pero el liderazgo

carismático le parecía indispensable para el funcionamiento de la democracia de masas porque contrarrestaba el peso burocrático de los aparatos de los partidos. En una sociedad pluralista, con valores en conflicto, carente de una instancia superior de unidad, sólo una conducción política ejercida por un líder carismático sería capaz de imponer los valores sociales que fijaran la dirección y metas del Estado. En estas condiciones, sostiene Weber,

34 La advertencia sobre el componente plebiscitario de la democracia, en verdad, ya había sido señalado por la doctrina liberal a partir de la crítica del Estado Absoluto en función de la necesidad de establecer límites a las funciones y al poder estatal para garantizar la autonomía de la sociedad civil. Para Tocqueville, exponente del pensamiento liberal más conservador, la democracia suponía la homogeneización de la sociedad que terminaría por asfixiar las libertades individuales. El predominio de la fuerza del número podía devenir en la formación de una “tiranía de la mayoría”, en formas de gobierno despóticas o cesaristas que atentan contra la libertad y la autonomía moral del individuo. De modo que hasta mediados del SXX autoritarismo y democracia no serán términos antinómicos. Para una revisión de las tendencias autoritarias implícitas en los principios de la tradición democrática consultar BOBBIO, Norberto, 1992 (1966), Op. cit.

39 las democracias plebiscitarias se fundamentan, además de en la legalidad, en la creencia afectiva de las masas en el líder35. La pérdida de un fundamento último de legitimación36

y la preponderancia de los líderes políticos y de los partidos de masas en la orientación del Estado dejó abierta la posibilidad de que una conducción democrática deviniera en formas autoritarias o que se transformara en una dominación totalitaria.

“Una fe en la legalidad de un sistema de dominación concebida de manera funcional no puede funcionar como fundamento de legitimidad en sentido estricto, sino que solo puede llenar el vacío que se produce por la falta de concepciones auténticas de la legitimidad basadas en concepciones valorativas mientras las cosas funcionen óptimamente. En caso de crisis, la fe en la legalidad fracasa y hasta tiene efectos que ponen en peligro el sistema” (Mommsen, [1974] 1981:73).

El ascenso del totalitarismo dejó expuesta la debilidad del Estado liberal- representativo a partir de la desintegración de la división entre Estado, encarnado en la figura del líder carismático y el partido único, y la Sociedad, de la anulación de la división social interna y la pérdida de independencia del aparato estatal respecto del partido (Lefort, 1990:46-47). Uno de los rasgos de estos regímenes fue que la violencia estatal, bajo la forma del terror ejercido a través de la policía secreta, constituyó un instrumento permanente de gobierno (Arendt, 1951)37. El uso por parte de los regímenes totalitarios de

la administración estatal, especialmente del aparato policial, representó un desafío a la clásica justificación weberiana de la legalidad y la legitimidad de la violencia estatal. El terror nació de un régimen constituido legalmente que, sin embargo, no solo gobernó sin

35 Schmitt criticó la perspectiva de Weber y de Kelsen por la cual la legitimidad deriva de la legalidad. Esta reducción a la mera legalidad restringía el margen de acción del soberano en situaciones de excepción o de emergencia. SCHMITT Carl [1932] 2002, El concepto de lo político. Madrid: Alianza.

36 La pérdida de fundamento ha sido trabajada por LEFORT, Claude, 1990, La invención democrática. Buenos Aires: Nueva Visión . El advenimiento de la democracia moderna produjo una mutación del orden simbólico por la cual el poder quedó constituido en un lugar vacío. Esto es, los gobernantes democráticos ejercen su autoridad de un modo temporario por lo que no pueden apropiarse del poder. Este “poder de derecho limitado” va acompañado de un modo nuevo de legitimación basado en dos principios en apariencia contradictorios: uno que el poder emana del pueblo; otro, que ese poder no es de nadie” (pág.: 42). Esto colocó a los hombres y sus instituciones ante la prueba de una indeterminación radical que sucumbió ante la lógica totalitaria donde “el poder cesa de designar un lugar vacío y se materializa en un órgano supuestamente capaz de concentrar en sí todas las fuerzas de la sociedad” (pág.:47). Por su parte, Mommsen señaló que la toma de poder por parte de los nacionalsocialistas no hubiera nunca podido llevarse a cabo de una manera tan libre de fricciones si los partidos y los funcionarios no hubiesen estado tan imbuidos del pensamiento legalista. MOMMSEN, Wolfgang, [1974] 1981, Op. Cit. Pág.:73

37 La pérdida de fronteras entre el poder político y el poder administrativo señalada por Arendt ha supuesto la superposición de instancias y competencias de la administración estatal, del partido y de la policía secreta. Esto le permitió al poder político circular a través de sus agentes, especialmente los funcionarios partidarios y la policía secreta, por todas las esferas de la sociedad. LEFORT, Claude, 1990, Op. Cit, pág.: 50.

40 acatar las leyes positivas existentes sino que además apeló a nuevos fundamentos de legitimidad basados en leyes de la Naturaleza o de la Historia38.

Pero la violencia totalitaria y la clausura de los sistemas de mediación política liberales ¿implicaron la eliminación de la política al interior de estos regímenes como sostenía la perspectiva liberal?

“Uno de los más llamativos (aspectos) es el carácter radicalmente político de estos sistemas, ilustrado por el intento del gobierno totalitario de hacer que el factor político impregne todo y que la existencia se remita, en definitiva a él. Mediante una política deliberada, han extendido el control político a toda relación humana significativa, y organizado cada grupo importante en términos de los objetivos del régimen. No han ahorrado esfuerzos para suscitar en los ciudadanos un fuerte sentido de compromiso e identificación con el orden político. Una y otra vez han desconcertado a los críticos por su capacidad de conseguir vasto apoyo popular. Esto sugiere que los sistemas totalitarios han logrado aprovechar el potencial de participación que las sociedades no totalitarias solo han desviado” (Wolin [1960], 1993:378). (El subrayado en negrita es nuestro).

Como sugiere Wolin, bajo dichos regímenes lo político impregnó todos los espacios, difuminando los límites entre lo público y lo privado. En ese sentido, la noción de Estado Total acuñada por Schmitt (1932) ilumina el proceso por el cual la intervención estatal en áreas consideradas hasta entonces “neutrales” como la religión, la cultura, la educación y la economía intensificó la estatalización de la sociedad.

Con el final de la Segunda Guerra Mundial y la emergencia de la crítica del fenómeno totalitario, la democracia se verá redefinida en la segunda mitad del SXX y, con ella, las fuentes de legitimidad del Estado como el lugar de la violencia en la política.

La cohesión de una sociedad plural, dividida y desigual ya no podía realizarse bajo las premisas del Estado neutral o liberal cuya legitimidad había sido quebrada con la democracia de masas. Tampoco bajo las del Estado Total que derivó primero, en el

38 “Nunca se ha puesto en tela de juicio que el Gobierno legal y el poder legítimo, por una parte, y la ilegalidad y el poder arbitrario, por otra, se correspondían y eran inseparables. Sin embargo, la dominación totalitaria nos enfrenta con un tipo de Gobierno completamente diferente. Es cierto que desafía todas las leyes positivas, incluso hasta el extremo de desafiar aquellas que él mismo ha establecido (como en el caso de la Constitución soviética de 1936, por citar sólo el ejemplo más sobresaliente) o de no preocuparse de abolirlas (como en el caso de la Constitución de Weimar, que el Gobierno nazi jamás revocó). Pero no opera sin la guía de la ley ni es arbitrario porque afirma que obedece estrictamente a aquellas leyes de la Naturaleza o de la Historia de las que supuestamente proceden todas las leyes positivas” ARENDT, Hannah [1951] 1998, Los orígenes del totalitarismo. Madrid: Taurus. Pág.: 370.

41 desdibujamiento entre Estado y sociedad civil, y posteriormente, en la dominación totalitaria, el ejercicio de la violencia y el terror en los campos de concentración que anularon cualquier distinción entre el estado y la sociedad, anulando todos los espacios de ejercicio de la libertad individual39. La crítica liberal del totalitarismo40 en la segunda posguerra se instaló en un contexto histórico donde la Declaración Universal de los Derechos del Hombre de 1948 generó una “nueva sensibilidad a lo político y al derecho” (Lefort, 1990:10). En este nuevo contexto político de producción, la concepción de la política como dominación que predominó en las primeras décadas del SXX y que había dado lugar a una problematización de la violencia, será progresivamente desplazada por una concepción de la política como espacio de construcción de consensos. En el contexto de la posguerra, la tematización de la violencia como un fenómeno opuesto a lo político encuentra un referente en Arendt. Aunque no puede decirse que su obra se inscriba en la tradición liberal-democrática, su particular concepción del poder abrió una huella para pensar la política y el poder político como opuestos al fenómeno de la violencia y el terror. Para fundamentar su crítica a la política como dominación, Arendt recupera la teoría clásica ateniense41 que le permitió distinguir el poder respecto de la autoridad y la violencia42. En

esta perspectiva, la política designa un espacio de deliberación pública en donde la autoridad en tanto refiere a un atributo que es reconocido por los gobernados no precisa ni de persuasión ni de coacción, y el poder la capacidad humana para actuar de forma concertada. La violencia no tendría lugar en el espacio público, por el contrario, ésta se

39 Se usan los conceptos de Estado neutral y Estado total en el sentido schmittiano de Estado liberal y democrático. Y se sigue tanto a este autor como a Arendt para pensar la indiferenciación entre las esferas pública y privada. También remitimos a COHEN, Jean y ARATO, Andrew, 2000, Sociedad civil y teoría política. México: FCE.

40 Lefort ha señalado el uso polémico de esta nueva categoría política del siguiente modo: “la propaganda de los aliados no se privó de señalar la intención totalitaria de sus enemigos. Pero solo después, cuando se desencadenó el conflicto ideológico entre las potencias occidentales y la URSS, la denuncia del totalitarismo cobró una nueva amplitud y movilizó una parte importante corriente de opinión liberal”. LEFORT, Claude, 1990, Op. Cit, pág. 38.

41 Recuperando el principio de isonomía de la ciudad-estado ateniense o de la civitas romana, Arendt formula un concepto de poder y de ley cuya esencia no se asienta en una relación de mando y obediencia. En la República, donde la obediencia está dirigida a las leyes a las que la ciudadanía habría prestado su consentimiento, pondría fin al dominio del hombre por el hombre. ARENDT, Hannah, 2002 (1971), Crisis de la República. Madrid: Taurus. Pág.: 143.

42 En su ensayo Sobre la Violencia afirma que “nada resulta tan corriente como la combinación de violencia y poder, y nada es menos frecuente como hallarlos en su forma pura y por eso extrema. De aquí no se deduce que la autoridad, el poder y la violencia sean todo lo mismo”. ARENDT, Hannah, 2002 (1971), Op. Cit, Pág.:149.

42 erige como antítesis de la política porque puede destruir el poder o articularse en su ausencia pero no puede crear autoridad duradera e institucionalizada (Arendt, 1971)43.

Asimismo el progresivo resurgimiento del pensamiento neo-contractualista producirá una idea de poder como espacio de construcción de consensos, que también separa a la violencia de la política. Así, nociones como consenso cruzado (Rawls) o acción comunicativa (Habermas) terminarán por invisibilizar la presencia paradojal de la violencia en las democracias contemporáneas44.

En este contexto se produjo la articulación entre los principios de la tradición democrática y de la doctrina liberal bajo el modelo de democracia liberal.

“El viejo principio democrático de que «el poder debe ser ejercido por el pueblo» vuelve a emerger, pero esta vez en un marco simbólico configurado por el discurso liberal con su enérgico énfasis en el valor de la libertad individual y los derechos humanos” (Mouffe, [2000] 2003:20).

La fórmula democracia liberal surge como una forma de organizar la coexistencia en sociedades plurales, divididas y desiguales a través de los procedimientos del régimen democrático y bajo los límites que impone el Estado de Derecho al ejercicio de la soberanía popular en función del respeto de los derechos humanos y las libertades individuales45.

Con la expansión de las democracias liberales luego del derrumbe de los regímenes totalitarios, y su consolidación como modelo político tras el colapso del bloque comunista de fines de la década del ochenta, los enfoques liberales en torno a la política y su relación con la violencia, tales como el de la democracia deliberativa o el modelo de agregación de

43 Pese este esfuerzo argumentativo por deslindar el poder de la violencia, reconoce que “la razón principal de que la guerra siga con nosotros” radica en “el simple hecho de que no haya aparecido todavía en la escena política un sustituto a este árbitro final” ARENDT, Hannah, 2002 (1971), Op. Cit, pág. 113.

44 Cabe destacar que la crítica liberal tuvo su contrapunto en el pensamiento marxista y existencialista sobre la violencia y su papel positivo en el proceso de descolonización en África y Asia. Aquí no podemos dejar de mencionar a Jean Paul Sartre cuya obra, en los años sesenta y setenta, formó parte del clima de ideas que en Latinoamérica fundamentaron el pasaje a la lucha armada de las organizaciones de izquierda. En esta tesis no abordaremos aquellas posiciones que se pueden englobar como “violencia contra el Estado” en virtud que nos interesa analizar la violencia ejercida desde el Estado.

45 En ese sentido, Bobbio (1966) ha señalado que sólo la democracia es capaz de realizar en plenitud los ideales liberales y sólo el Estado liberal puede ser condición para la práctica de la democracia.

43 preferencias, tienen un lugar predominante en la teoría política contemporánea46. Enfoques

en los cuales la violencia es percibida como un fenómeno arcaico que sería erradicado por el progreso del intercambio y el establecimiento, mediante un contrato social, de una comunicación transparente entre participantes racionales (Mouffe, 2005). Gran parte del pensamiento político latinoamericano no quedará al margen de esta tendencia como desarrollaremos en el próximo apartado.

Esta visión normativa de la política postula que la violencia constituye un fenómeno extraño a sus prácticas pese a que ésta se encuentra presente en casi todos los aspectos de las relaciones humanas y, más aún, dentro del campo político donde se despliegan constantemente luchas de poder. Esto ha dejado inerme a la teoría de la democracia frente a las formas actuales de violencia institucional dentro de regímenes democráticos.