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Wagner fue uno de los poquísimos grandes compositores que fue además un intelectual, es decir, se
interesó por las ideas generales que no tenían relación directa con su propio trabajo. No es sorprendente que haya estudiado historia y teoría de la música y del teatro, pero se interesó seriamente en la historia en un sentido más general, así como en la política, la filosofía, la mitología, la literatura y el lenguaje; además, se involucró en
cualesquiera cuestiones que
ocuparan el primer plano de la escena pública, sea cual fuere el momento o el lugar. Lejos de ser un
mero consumidor en estos campos,
se tomó muy a pecho su
participación y publicó no sólo poemas y cuentos, sino reseñas, ensayos, artículos, introducciones de libros, panfletos y libros enteros. La edición de todos sus escritos publicados consta de dieciséis
volúmenes, sin contar su
correspondencia.
En este contexto, es importante decir que Wagner manifestaba un gran entusiasmo intelectual. Además de las preocupaciones que
lo acompañaron a lo largo de su vida, hallaba continuamente nuevos temas de interés y descubría nuevas ideas, y luego corría tras todas ellas a la vez, durante semanas o meses, a lo largo de los cuales muchos de sus amigos tenían que doblegarse a ser instruidos en la última de las materias que había cautivado su entusiasmo. Toda su vida fue un lector voraz a quien no intimidaban los libros voluminosos, y poseía
una rápida comprensión. La
continuamente las ideas en su mente era excepcionalmente elevada, hiciera lo que hiciera. En su época
el término “hombre del
Renacimiento” no tenía el uso actual, pero no cabe duda de que Wagner se veía a sí mismo como tal, es decir, como un pensador significativo fuera cual fuese el tema hacia el que se dirigía su mente, y se percibía como poeta, compositor y dramaturgo. Tenía muy claro que sus múltiples intereses le permitían iluminar un
área con la luz de otra, fecundar un campo con los aportes de otro. Una vez escribió en su diario íntimo: “Aquí se trata de unas conclusiones que sólo yo puedo expresar porque nunca ha habido un hombre que fuera poeta y músico al mismo tiempo, como yo, y que además pudiera discernir los procesos internos como ninguna otra persona podría hacerlo”.
Su segunda ópera, La
prohibición de amar, es un caso
escrita en respuesta al movimiento intelectual que estaba de moda en ese momento, y bajo la influencia de éste. Es muy probable que a la edad de diecinueve años Wagner hubiera conocido a Heinrich Laube, de veintiséis, alguien que saltó a la fama como periodista pendenciero y se convirtió, más tarde, en el editor del periódico Die Zeitung
für die Elegante Welt [El periódico
de la sociedad elegante],
publicación de carácter radical a pesar de su título. Laube era una de
las figuras principales del movimiento literario y político llamado la Joven Alemania, cuya
motivación subyacente era
promover la autorregeneración de
Alemania después de las
humillaciones sufridas en las
guerras napoleónicas. Otro
miembro del grupo era Heinrich Heine, a quien Wagner conoció a través de Laube. En la vida intelectual, tanto en las artes como en la política, querían barrer a la vieja guardia y a los antiguos
dioses. Alemania estaba formada por muchos Estados, grandes y pequeños, cada cual con su propia corte y gobernante, ninguno de los
cuales era elegido
democráticamente. Por eso, los
jóvenes alemanes querían deshacerse de esos pequeños autoritarismos fosilizados y
remplazarlos por repúblicas
democráticas. Con esta finalidad, y para fundamentar teóricamente su programa político, se inspiraron en el parlamentarismo británico y el
socialismo francés, especialmente la doctrina socialista utópica de Saint-Simon. En cuanto a las artes, l os jóvenes alemanes vieron a las figuras clásicas de su pasado inmediato (Goethe, Mozart) como
prerrevolucionarios y
antediluvianos, cuyo discurso ya no correspondía con la condición del joven alemán. Lo que puede considerarse la forma clásica del romanticismo, el de Hoffmann y Weber, les parecía a los jóvenes
conservador y, como tal, socialmente irrelevante. Ellos glorificaban el amor tal como era en realidad, como la intoxicación sexual de la juventud, y lo veían como algo socialmente subversivo. Para expresarlo querían un arte libre y francamente erótico. En el campo de la ópera tuvieron que desviar su mirada de Weber para dirigirla hacia el irrefrenable sensacionalismo de los franceses, y también, de forma mucho más seria, hacia el lirismo sensual y hedonista
de los italianos. Quizá lo más importante de todo, para los
jóvenes alemanes como individuos,
era que querían trasladar esos principios a sus propias vidas, amar y expresarse como seres liberados, innovar audazmente en el terreno de la política y las artes, burlarse de la autoridad y liberarse para siempre del conservadurismo
embrutecedor y del
convencionalismo de sus mayores. Wagner se precipitó a formar parte de esta corriente. Satisfacía
sus necesidades de muchas formas diferentes. Laube era una figura carismática y también tenía una mentalidad práctica. A lo largo de su vida demostró sus eminentes talentos en periodismo y literatura, primero como novelista de éxito, luego como editor y biógrafo de Grillparzer; en política fue miembro del histórico parlamento de Francfort en 1848; llegó a ser una figura de importancia nacional en el mundo del teatro, un
escenificaron en numerosas ocasiones, y se convirtió en director del teatro estatal. A Wagner siempre le complacía la compañía de Laube, quien ejercía una gran influencia sobre él. A su vez, Laube se convirtió en un amigo leal y tuvo un papel activo en la vida posterior del artista, animándolo y facilitándole ciertas cosas, hasta que riñeron muchos años más tarde, a finales de 1860. El Wagner de la temprana amistad con Laube era un joven iconoclasta,
un director de música que por primera vez se relacionaba con actrices y cantantes. Le resultó muy atrayente el estilo de vida que defendían Laube y los jóvenes
alemanes y adoptó su causa con una
firme voluntad. Fue en estas circunstancias cuando estableció una relación permanente, aunque no exclusiva, con la actriz más bella de su compañía, Minna Planer, mayor que él y madre de una hija natural, y quien se convertiría en su primera esposa. Wagner trasladó
entonces todo el fervor de sus recién descubiertas ideas a su nueva ópera.
Se inspiró en la intriga de la obra de Shakespeare Medida por
medida, si bien la transpuso en un
marco diferente: en Sicilia, en la época en que esa isla era gobernada por los alemanes. Esto le permitió presentar a un pueblo espontáneo y hedonista, cuya vida fluía sin preocupaciones bajo el sol del Mediterráneo a pesar de estar
germánica sofocante, totalmente ajena a ellos. El regente Friedrich ha prohibido la fornicación, bajo pena de muerte. La gente de Palermo se prepara para un carnaval, durante el cual bien podría desatarse el desenfreno, si bien eso no es seguro. Friedrich prohíbe el carnaval. El pueblo decide celebrarlo a pesar de todo. La primera víctima de la nueva ley es un joven noble, Claudio, condenado a muerte por Friedrich por haberle hecho el amor a su
novia. Isabella, hermana de Claudio y novicia en un convento, acude a Friedrich para salvar la vida de su hermano. Friedrich la encuentra irresistiblemente deseable, así que le responde que salvará la vida de su hermano si acepta irse a la cama con él. Ella pretende estar de acuerdo y fijan una cita apropiada para el carnaval, en el cual se presentarán todos con una máscara y un disfraz. Sin embargo, en lugar de Isabella se presenta su compañera novicia Mariana, esposa
abandonada de cierto matrimonio secreto que se había refugiado en el convento. El asunto desemboca en que, durante el carnaval, Friedrich, disfrazado, se lleva nada menos que a su propia mujer. Cuando es desenmascarado ante la multitud, está tan avergonzado que se declara dispuesto a someterse a la pena de muerte. El indolente populacho lo perdona a pesar de todo y súbitamente empieza una nueva era de sexualidad desenfrenada, que es
Friedrich.
Hay mucha exuberancia
burlesca en la obra, de una forma
muy antiwagneriana. Esto y
melodías tan simples tipo “rum-ti- tum” pueden evocar en la mente de los espectadores ingleses a Gilbert y Sullivan, aunque la celebración
explícita del sexo sea
antivictoriana. Un buen aficionado con conocimientos de ópera que no supiera de quién es esta obra, podría escucharla hasta el final sin adivinar que el autor es Wagner,
algo impensable respecto de sus demás óperas. En ella hizo una amalgama con el estilo de Auber y el de los conocidos compositores italianos de ópera de su época. Y lo que resulta interesante en particular de todo ello, por su desarrollo posterior, es que las ideas que quería comunicar las transmitió no sólo en el contenido del libreto, sino mediante la forma operística e, incluso, en el carácter de la música. Wagner quiso celebrar las actitudes latinas hacia el placer sexual y la
autoridad política, por ello basó la forma de su ópera y el estilo de su música en los modelos latinos. Una de las características que confieren a sus óperas un mundo propio es
que, en cada una, Wagner
desarrolla un medio expresivo concebido exclusivamente para ese propósito.
Un tema dramático que La
prohibición de amar comparte con
algunas óperas posteriores es el
anhelo de una sexualidad
simpatizan obviamente sus actitudes de autor. Lo volvemos a encontrar e n Tannhäuser, La Valkiria y Tristán. Un caso análogo en las
cuatro óperas es el tema de que la falta de moderación en el amor conduce a los amantes a librar un combate a muerte con el orden social establecido: es más, cabe decir que cada una de esas óperas presenta el mismo conflicto como su núcleo dramático. En el caso de
La prohibición de amar, como es
feliz: la sexualidad desinhibida sale ganando. La trampa de amor funciona, Mariana recupera a su marido, Friedrich es redimido,
Claudio salvado y toda la
población se desborda en un carnaval orgiástico hasta después de que baja el telón. Pero tanto en
Tristán como en La Valkiria, los
amantes son víctimas de su amor y acaban literalmente destruidos, asesinados. En Tannhäuser la
entrega inmoderada del
sexual casi acaba destruyéndolo, pero es salvado de milagro por el amor puro de una mujer que sacrifica su vida por él. Una parte del mensaje consiste siempre en decir que el mundo no permitirá que la gente se entregue totalmente a una vida de amor sexual, que para Wagner siempre fue la forma última del amor en sí, y en sus obras serias quienes persisten en intentarlo son
aniquilados. Siempre nos
conmueven profundamente, al igual que a Wagner, pero al intentar lo
imposible no pueden sobrevivir. Sin embargo, lo que anhelan es algo que muchos, si no la mayoría de nosotros, en los niveles más
soterrados del sentimiento
inconsciente, deseamos, y estos anhelos adquieren una expresión sin igual en el arte maduro de Wagner.
Creo que esto nos permite comprender, en parte, la atracción especial que ejerce Wagner sobre todos nosotros: en la medida en que logra expresar con éxito el anhelo universal, intensamente erótico, de
algo inalcanzable, le suministra al mismo tiempo cierto grado de satisfacción. Somos capaces de confundir el principio de realidad, de experimentar lo inadmisible, de vivir lo imposible no sólo en el mundo de nuestra imaginación, sino en ese mundo regido por un sentimiento oceánico, ilimitado, que la música nos permite habitar. Es como si, contrariamente a toda posibilidad real, nuestros anhelos más genuinos, pero también los más imposibles, se cumplieran. Una
totalidad inalcanzable en la vida es, sin embargo, alcanzable mediante una experiencia real, porque una música de tal grandeza (pienso en las obras de su madurez) es una experiencia vivida directamente, tan profunda como cualquier otra. Así, nos invade un sentimiento de una increíble plenitud, una satisfacción que no se puede imaginar. La gente siempre ha sentido la inclinación a utilizar un lenguaje religioso o místico para hablar del asunto, tan extravagante
como la propia música; esto es así porque siente una mezcla de temor y reverencia a la hora de afrontar su propia experiencia.
En La prohibición de amar no hay más que un ligero presagio de todo esto, porque si bien el libreto de Wagner puede expresar las ideas, su música todavía no logra
expresar las emociones. No
obstante, como al tratarse de una comedia le está permitido evadirse de la realidad, no se ha malogrado nada. Y aunque se trata de una
comedia, nos presenta una incompatibilidad real, de magnitud considerable, que más adelante se abordará con seriedad trágica.
Otra característica que La
prohibición de amar tiene en
común con la mayoría de las últimas obras de Wagner es su duración excesiva. En este caso es más fácil remediarlo en la puesta en escena, porque se trata directamente de una repetición. El tiempo asignado a la ópera puede reducirse casi una hora sin perder ni una nota
de música, tan sólo eliminando repeticiones (no hace falta decir que muchas de ellas pueden dejarse a la voluntad), lo cual también produce el efecto de potenciar la tensión dramática al acelerar la acción. En efecto, estos cortes resultan beneficiosos para la obra. En mi opinión, las puestas en escena de esa obra son más tolerables cuando se le reduce así, y por añadidura, resultan muy divertidas si la producción es buena, y el público siempre sabe
apreciarlas. La prohibición de
a ma r, c o mo Las hadas, es una
ópera digna de ser puesta en escena con más frecuencia. Siempre ha sido, por mucho, la ópera más ligera de Wagner, con bulliciosas
melodías —aunque a veces
demasiado simétricas, otras, muy rígidas pero de todos modos memorables— y una buena letra para el coro. En su conjunto, la obra pone en evidencia una relación entre compositor y sujeto que no aparece en el resto de su
producción: se burla de los liberados hijos del sol y, aun así, los encomia, riéndose con ellos y, a su vez, de ellos. Parece como si el amor caminara de la mano de una
sabia burla basada en el
desencanto. Lo más cercano a esto en las obras wagnerianas de la madurez es el personaje del vagabundo en Sigfrido.
Desde el punto de vista musical,
Wagner tomó conscientemente
como modelo a Bellini, de quien tuvo a lo largo de su vida, quizás
para sorpresa nuestra, una elevada opinión. No es cierto que nunca lo criticara, como dicen algunos; pero
la verdad es que en sus
declaraciones posteriores sobre la necesidad de lo auténtico en el arte germánico, Wagner nunca dejó de expresar su cariño y admiración por este compositor italiano. En la segunda mitad de su vida descubrió
que su ídolo Schopenhauer
manifestaba sentimientos análogos hacia Bellini. Creo que había algo acerca de ese lirismo belliniano de
espíritu animoso y a la vez de enfoque sensual, que Wagner codiciaba para sí mismo. Algunas
veces se las arregló para
apropiárselo, como en las voces de
Lohengrin, en las cuales en
ocasiones la línea vocal suena en
efecto como un Bellini
germanizado.
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salió de la adolescencia para entrar en su década de los veinte años con un conjunto de actitudes sociales y políticas que lo acompañarían por mucho tiempo, las cuales irían
madurando y haciéndose más
complejas durante un periodo aproximado de veinte años, para luego cambiar radicalmente en la madurez. Es un patrón habitual, sobre todo en la vida de los intelectuales, que tan a menudo empiezan por querer cambiar el mundo y creen que pueden hacerlo.
En los albores de su vida adulta, creen que los seres humanos tienen el poder de convertir el mundo en una especie de paraíso, a condición de tener la voluntad para hacerlo, y están preparados para realizar la tarea y los sacrificios que ésta conlleva, y es evidente que ello redundará en beneficio suyo. Esta idealización de los seres humanos y
de las posibilidades de
transformación social encierra cierta demonología. ¿Por qué
intencionados acaban frustrándose siempre? Sólo puede ser porque están perpetuamente obstaculizados. Pero ¿quién puede impedirnos anunciar el advenimiento de una sociedad perfecta? Evidentemente, sólo esa minoría de personas que resultan privilegiadas en la organización social vigente y que en una sociedad perfecta no gozarían de mejores condiciones de vida que cualesquiera otras. Son los ricos, los poderosos, los que disfrutan de algún tipo de privilegio; los que
basan su propio interés en preservar el statu quo. Y el hecho de poseer el poder político, el control administrativo y la riqueza material les da la capacidad para manipular a la sociedad en aras de sus propios intereses, para frenar el progreso que, saben demasiado bien, tendría como resultado la consecución del bien común. Son ellos quienes expolian a la naturaleza para imponer su control sobre el mundo; quienes desvían a las personas comunes de las vidas
simples y felices que de forma natural habrían elegido para sí mismas, y las esclavizan en fábricas
y talleres para mayor
enriquecimiento de los que ya son ricos; y luego les ordenan incorporarse al ejército para proteger su caudal y despojar de sus bienes a los demás. Son ellos quienes empiezan las guerras cuando nadie más las quiere, y quienes se aprovechan de las poblaciones deseosas de paz. No exentos de cinismo, manejan todas
las cosas como si fueran los instrumentos de su propio bienestar y poder, incluso lo más sagrado, como la religión, las artes, la educación, la ley: todo se convierte en un medio de manipulación y atrincheramiento. Comercializan las artes y así las privan del alimento que sólo éstas son capaces de dar, con lo que a la vez las transforman en métodos para hacer dinero y privar a una extensa población de sus “peligrosos” beneficios. Quienquiera que intente luchar
contra algo de todo esto tropieza de
inmediato con un sistema
draconiano de penalización para los disidentes: saqueos, pobreza y exclusión, censura, policía y jueces, tribunales de justicia y prisiones, acorralamiento de los desertores, exilio. El conjunto de la sociedad es un campo de batalla entre ellos y nosotros. Puede que ahora llevemos la peor parte, pero al final nosotros venceremos. Como ocurre en esta relación, nuestros objetivos pueden ser mucho menos inmediatos para
nuestras percepciones que las iniquidades de ellos y, en consecuencia, mucho menos claros, pero hay algo de lo que podemos estar seguros: lo único necesario es que nosotros los expulsemos a ellos, después de lo cual todo lo bueno irá dándose.
La gente que de joven cree algo de todo lo anterior, inevitablemente