• No se han encontrado resultados

Wagner, el revolucionario de

In document Wagner y La Filosofía (Bryan Magee) (página 187-200)

izquierda

Ninguna de las dos primeras óperas de Wagner había sido un éxito. En el momento de su composición, la

ópera Las hadas no se ejecutó, ni fue llevada a escena en vida de su composi tor. La prohibición de

amar se representó una sola vez y

luego se abandonó, sin volver a verse hasta después de la muerte de Wagner.

Para un solo individuo

representa una enorme inversión de tiempo y libido la creación de óperas de esta categoría, y el fracaso de sus dos primeras obras

podría haber resultado muy

ambicioso. No obstante, a Wagner no se le ocurrió que el error podría ser de él; pensaba que el estado francamente lastimoso en el que se encontraba la ópera alemana en general podía tener gran parte de responsabilidad en ello. Los primeros escritos, que publicó cuando tenía veinte años, deben entenderse como una consecuencia directa de su experiencia, porque son discusiones críticas sobre la música alemana en general, pero sobre todo acerca de la ópera

alemana en particular y en especial sobre los estilos de canto vigentes en Alemania (en oposición al estilo italiano y francés).

A partir de este punto, sus escritos siguieron desarrollándose de forma continua durante las décadas de 1830 y 1840. Lo que comenzó como una discusión crítica sobre el lugar que debían ocupar las artes escénicas en la sociedad acabó por ser, con visible naturalidad, una crítica progresiva de la sociedad misma por no

otorgar a las artes escénicas el papel que éstas merecían según Wagner. Empieza por considerar qué cambios sociales debían producirse necesariamente para que el arte tuviera una función propia en la vida de la gente, concluyendo que deben ser transformaciones completas y radicales. Así, Wagner llega a convertirse, con pasos al

parecer lógicos, en un

revolucionario social que,

sumergido plenamente en este debate, se relaciona con quienes

comparten sus mismas ideas, como el famoso anarquista Mijaíl Bakunin, y se une a ellos en actividades políticas. Cuando estalla el levantamiento de Dresde de 1849, Wagner es una de las

figuras insurgentes más

sobresalientes, y cuando fracasa, es perseguido por la justicia y se dicta su orden de arresto. Bakunin y otros

líderes son procesados y

condenados a muerte; luego sus sentencias son conmutadas, y permanecerán encarcelados muchos

años. Por suerte, Wagner consigue evitar el arresto: entra a Suiza con un pasaporte falso y gracias al dinero de Liszt. Allí empieza una vida de exilio político que durará casi doce años, al comienzo de la cual produjo una enorme cantidad de escritos revolucionarios, ya no como un simple artista y soñador

sino como un experimentado

activista revolucionario.

Debido a que los escritos de ese periodo siguieron esa línea, algunos de sus contemporáneos,

sobre todo los más entregados a la causa, lo acusaron de querer la revolución para beneficio del arte. Su única objeción seria hacia la sociedad de la época, decían con sarcasmo, se basaba en que ésta era nefasta para las artes, y su objetivo revolucionario real era tener una sociedad favorable a ellas, lo que consideraban una frivolidad de su

parte. Algunos lo atacaron

directamente, argumentando que la auténtica objeción de Wagner hacia la sociedad era que ésta lo había

privado de tener los alcances que buscaba y, por ello, su auténtico deseo era destruirla y cambiarla por otra que le diera esa oportunidad. Tales críticas dejaron a Wagner con el sabor de una amarga ofensa: él consideraba, al contrario de sus críticos, que su pensamiento político-social era serio. En justicia, lo que sus críticos decían no era del todo cierto, aunque había cierto fondo de verdad. Sin embargo, no fue hasta unos años más tarde, después de

haber abjurado de la política y cuando intentaba rehabilitarse

buscando el apoyo de la

administración para sus proyectos artísticos, que hizo suyas las opiniones de aquellos críticos para referirse a su propio pasado. Declaró que nunca había sido un personaje político sino, ante todo, un artista, y que, en su ignorancia de la política, se había dejado arrastrar por el descontento que le causaba el estado de las artes en la sociedad, hasta el punto de repetir

ininterrumpidamente un montón de necedades revolucionarias, con la esperanza ingenua de que otro tipo de sociedad fuera mejor para las artes; pero que todo había sido inmaduro y debía ser considerado inofensivo. Añadía que él nunca había sido un activista, sino un espectador político; la policía y el informe público de esa época habían exagerado ridículamente acerca de su implicación en los acontecimientos de 1849, sólo porque era una personalidad muy

conocida, alguien que, en efecto, había escrito algunos panfletos incendiarios y pronunciado algunos discursos… Wagner adoptó esta línea de argumentación en su autobiografía Mi vida, escrita a petición del rey Luis II de Baviera, cuyo mecenazgo transformaría la vida del compositor. Pero nada de eso era cierto.

La verdad es que años después de su periodo de joven alemán entusiasta, apenas pasados los veinte años, hizo suya la doctrina

política del socialismo utópico y la

defendió apasionada y

sinceramente. Primero, por razones propias de su edad e inexperiencia, tales puntos de vista eran inmaduros, semejantes a los de un estudiante de izquierda; pero a medida que se hacía mayor sus ideas estuvieron cada vez mejor fundamentadas intelectualmente. En un principio conoció las nuevas ideas revolucionarias de su época gracias a las discusiones que mantenía con sus amigos activistas,

y luego las profundizó a través de las lecturas de sus autores originales, si bien a veces no siguió haciéndolo mucho tiempo después. Toda su vida fue, como dicen los estadunidenses, “de aprendizaje rápido” para adquirir las ideas que le interesaban y metabolizarlas en sus propios puntos de vista casi de inmediato. No es posible conocer el año en que leyó a cada autor, ni el orden en que leyó sus libros —aun para la mayoría de nosotros es difícil acordarnos con precisión de

In document Wagner y La Filosofía (Bryan Magee) (página 187-200)

Documento similar