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Walter Benjamin (1892-1940)
Michael Lowy
*/ Este texto es el prefacio del libro Walter Benjamin, Romantisme et critique de la civilisation. París: Payot, 2010)
Walter Benjamin ocupa un lugar singular en la historia del pensamiento crítico moderno: es el primer partidario del materialismo histórico en romper radical- mente con la ideología del progreso lineal. Esta particularidad tiene que ver con su capacidad para integrar en la teoría crítica elementos de la Zivilisationskritik romántica. Por su crítica radical de la civilización burguesa moderna, por su deconstrucción de la ideología del progreso –el gran relato de los tiempos modernos, común a liberales y a socialistas–, los escritos de Benjamin semejan un bloque errático al margen de las principales corrientes de la cultura moderna. Las selecciones de escritos de Walter Benjamin que han aparecido en francés no son, ni mucho menos, exhaustivas. Entre los textos olvidados hay muchas riquezas y, en algunos casos, verdaderas minas de oro. Hemos recogido en esta antología /*textos inéditos en francés o ilocalizables (por estar publicados en revistas confidenciales o difíciles de consultar), que contienen, a distintos nive- les, una crítica radical de la civilización capitalista-industrial moderna. Ya tra- ten de las armas químicas de las futuras guerras o de la condición de los obre- ros en la Alemania nazi, estos escritos aportan una mirada lúcida, irónica o trá- gica, sobre el mundo “civilizado” del siglo XX (y en ocasiones sobre sus orí- genes en las guerras de conquista del siglo XVI). Esta crítica, que puede adop- tar formas literarias, teológicas o filosóficas, se alimenta de tres fuentes princi- pales: el mesianismo judío, el romanticismo alemán y –desde 1925– el marxis- mo. Cargada de “tiempo presente” (Jetztzeit) en este comienzo del siglo XXI, conserva eso que Freud denominaba como “inquietante extrañeza”.
La referencia al romanticismo está presente a lo largo de su itinerario y no queda difuminada por los descubrimientos de Marx o de Lukács. Desde el texto de juventud titulado “Romanticismo” hasta la reseña del libro de Albert Béguin, “El alma romántica y el sueño” (1939), pasando por los textos sobre Johann Jakob Bachofen, Ernst Theodor Amadeus Hoffmann y Franz von Baader, Benjamin no cesa de construir, con las piezas del caleidoscopio romántico, sus propias figuras de la subversión cultural.
1/ Para una discusión del concepto de romanticismo remito a mi libro, junto con Robert Sayre, Rebelión y Melancolía. Madrid: Paidós, 2008.
El romanticismo no es sólo una escuela literaria del siglo XIX o una reacción tradicionalista a la Revolución Francesa, dos proposiciones que se encuentran en un número incalculable de obras de eminentes especialistas de historia literaria o de historia de las ideas políticas. Es sobre todo una forma de sensibilidad que impregna todos los campos de la cultura, una visión del mundo que se extiende desde la segunda mitad del siglo XVIII, constituyendo la revuelta contra la civi- lización industrial-capitalista moderna, en nombre de algunos valores sociales o culturales del pasado. Nostálgico de un paraíso perdido –real o imaginario–, el romanticismo se opone, con toda la energía melancólica de la desesperanza, al espíritu cuantificador del universo burgués, a la reificación mercantil, a la bana- lidad utilitarista y, sobre todo, al desencanto del mundo. Puede tomar formas regresivas, reaccionarias, restauradoras, que apuntan a una vuelta al pasado, pero también formas revolucionarias que integran las conquistas de 1789 (liber- tad, democracia, igualdad), para las cuales el objetivo no es una vuelta atrás sino un viraje por el pasado comunitario para dirigirse hacia el porvenir utópico. A esta última sensibilidad pertenece evidentemente Walter Benjamin /1.
Veamos, siguiendo un orden cronológico, algunos aspectos de la “crítica de la civilización” romántica-revolucionaria de Walter Benjamin, a través de algunos de los escritos aquí reunidos. No se trata de un recorrido sistemático, sino de notas marginales (en el sentido de Randglossen) sobre tal o cual texto que nos llama par- ticularmente la atención. Se trata, por supuesto, de una lectura “orientada”, una interpretación personal que no pretende ningún privilegio epistemológico. No fal- tarán otros enfoques, posibles y legítimos, tras la publicación de esta selección. Uno de los primeros artículos de Benjamin (publicado en 1913) se titula preci- samente “Romanticismo”: llama al nacimiento de un nuevo romanticismo pro- clamando que la “voluntad romántica de belleza, la voluntad romántica de ver-
dad, la voluntad romántica de acción” son conquistas “insuperables” de la
cultura moderna. Este texto, por así decirlo, inaugural, atestigua el profundo afecto que tenía Benjamin a la tradición romántica –entendida como arte, cono- cimiento y práctica– y a la vez un deseo de renovación de ésta.
Otro texto de esa misma época –el “Diálogo sobre la religiosidad del presente”– es también muy revelador de su fascinación por el romanticismo y de su plantea- miento de reinterpretación subversiva. Tras un homenaje que se podría leer como una referencia a los “Himnos a la noche” de Novalis –“Conocimos el romanticis-
mo y le debemos una poderosa comprensión del lado nocturno de la naturaleza [...] Pero continuamos viviendo como si el romanticismo nunca hubiera existido”–
Benjamin evoca la aspiración neo-romántica a una religión nueva y a un socialis- mo nuevo, cuyos profetas serían Tolstoi, Nietzsche y Strindberg. Esta “religión
de civilización, al mismo nivel que la luz eléctrica”. El diálogo recupera algunos
momentos clave de la crítica romántica de la civilización burguesa moderna: la transformación de los seres humanos en “máquinas para trabajar”, la degradación del trabajo a una simple técnica, la desesperante sumisión de las personas al meca- nismo social, la sustitución de los “esfuerzos heroicos y revolucionarios” del pasa- do por la penosa marcha (“parecido a la del cangrejo de mar”) de la evolución y del progreso. Esta última observación muestra ya la inflexión que da Benjamin a la Zivilisationskritik romántica: el ataque a la ideología del progreso no se hace en nombre de un conservadurismo chapado a la antigua, sino de la revolución. Es inte- resante constatar que en 1922, cuando Benjamin proyecta una nueva revista de crí- tica cultural titulada Angelus Novus, la publicación que le sirve de modelo (Vorbild) es Athenaeum, la revista romántica de final del siglo XVIII.
Los dos artículos sobre el Trauerspiel, así como el referido a Calderón y Hebel están directamente relacionados, por supuesto, con la problemática de su gran obra sobre el drama barroco alemán. El fragmento “’Trauerspiel’ y tragedia” (1916) es una de las primeras formulaciones de su crítica teológica del tiempo mecánico y constituye en este sentido uno de los fundamentos filosóficos de su rechazo a las ideologías del progreso. Según Benjamin, el “tiempo mecánico”, el que mide espacialmente el movimiento de las agujas del reloj, es una “forma
relativamente vacía”, a la que se opone de forma radical el tiempo histórico-
mesiánico, el del “cumplimiento” mesiánico del que habla la Biblia. Es sor- prendente la analogía entre este “conflicto de temporalidades” y el que recorre de un extremo a otro las Tesis de 1940 “Sobre el concepto de historia”: mues- tra la continuidad de las preocupaciones de Benjamin por encima de los giros ideológicos y políticos, nada despreciables por otra parte.
Aunque las simpatías revolucionarias están presentes desde muy temprano en los escritos de Benjamin, descubrirá el marxismo leyendo Historia y
Conciencia de Clase (1923) de Lukács. Esta obra seguirá siendo para él una
referencia central. En 1929, la presenta –junto a La Estrella de la Redención (1921), de Franz Rosenzweig– como uno de los pocos libros vivos y actuales:
La más acabada de las obras de literatura marxista. Su singularidad se basa en la seguridad con que inserta la situación crítica de la lucha de clases en la situación crítica de la filosofía, y la revolución ya concretamente madura, con las condicio- nes previas absolutas e incluso el cumplimiento y la finalización del conocimien- to teórico. La polémica lanzada contra esta obra por las instancias del Partido Comunista, bajo la dirección de Deborin, testimonia a su manera su importancia.
Este comentario muestra la independencia de opinión de Benjamin respecto a la versión “oficial” del marxismo soviético, en un momento en que estaba con- siderando seriamente unirse al movimiento comunista. Muestra también cuál es
el aspecto que más le interesa del marxismo y aclara su visión del proceso histórico: la lucha de clases. Pero el materialismo histórico no sustituye a sus intuiciones “anti-progresistas” de inspiración romántica, utópica y mesiánica: se articula con ellas, ganando así una calidad crítica que la distingue radicalmente del mar- xismo “oficial” dominante en la época.
Una de las manifestaciones más brillantes de esta diferencia es la inquieta atención que pres- ta Benjamin a los peligros procedentes de los progresos de la tecnología moderna, en las antí- podas del optimismo ilimitado de las principales corrientes de la izquierda en cuanto a los avan- ces científicos y técnicos. Uno de los primeros ejemplos de esta actitud de “alarma de incendio” –inspirada por el pesimismo revolucionario que proclama el ensayo sobre el surrealismo de 1929– es un peque- ño artículo titulado “Las armas de mañana” (1925), con el irónico subtítulo de “Batallas de cloracetofenol, cloruro de difenilarsina y sulfuro de etilo diclorado”. Su tema es la utilización de la química moderna al servicio del “militarismo inter-
nacional”: las próximas guerras podrán hacer uso de gases mortales –como el gas
mostaza o la lewisita– que no distinguen entre civiles y militares y pueden destruir toda forma de vida humana, animal o vegetal, en un vasto territorio. El “ritmo” de esas futuras guerras químicas, contra las que no cabe defensa alguna, vendrá dic- tado por el deseo de cada potencia “no sólo de defenderse, sino también de aven-
tajar el pavor provocado por el adversario provocando él mismo un pavor diez veces superior”. Estas futuras catástrofes superan la imaginación humana: “la enormidad del destino que amenaza” sirve de pretexto a la pereza mental y a los
discursos consoladores sobre la “imposibilidad” de semejante guerra.
Sorprende ver hasta qué punto este pequeño texto, sobrio y casi “clínico” –que tiene su equivalente en el aforismo titulado “Advertencia de incendio” en
Sentido Único (1928), que trata también de la guerra química–, ha previsto las
dramáticas consecuencias de las innovaciones tecnológicas para las guerras modernas. Aunque ni siquiera él, el más pesimista de los pensadores revolucio- narios del período entre las dos guerras, podía prever el advenimiento de una forma de tecnología infinitamente más moderna y más mortífera que los gases tóxicos –el arma atómica–, percibió sin embargo, con agudeza extraordinaria, el tipo de peligros que conllevaba el progreso técnico en el marco de la civili- zación (burguesa) moderna. Este modesto artículo es un ejemplo impresionan- te de la lucidez de este “disidente de la modernidad”, de esta Casandra del siglo XX, cuyas sobrias advertencias han encontrado aún menos eco entre sus con- temporáneos que los de la propia Casandra entre los troyanos.