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Weber y el proceso de racionalización

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A diferencia de la perspectiva optimista que encierra la confianza de Marx en el triunfo final de una razón reconciliada con la sociedad, Max Weber expresó su convencimiento en que el desarrollo de los sistemas de racionalización conducían a formas de vida deshumanizadas y empobreci- das.

La racionalización es un fenómeno complejo, que abarca diferentes áre- as de lo social y que se manifiesta de manera irregular en cada una de estas áreas. Así, en los países anglosajones encontró predominio la racionaliza- ción de la economía (que alcanzó cotas más altas en comparación con otros países), pero no sucedió lo mismo en lo que hace a la racionalización del derecho, extendida en forma muy anterior en la órbita latina. La ampli- tud del término queda de manifiesto porque, de hecho, “Weber llama ra- cionalización a toda ampliación del saber empírico, de la capacidad de pre- dicción y del dominio instrumental y organización sobre procesos empíri- cos” (Habermas, 1999, p. 216).

El proceso de racionalización supone la aparición y consolidación con- junta de dos tipos de instituciones: la empresa capitalista (que es la encar- nación de la acción económica racional) y el Estado moderno (que a su vez 1 Un relato de las diferentes recepciones que tuvieron los textos frankfurtianos en

resulta la corporización de la acción administrativa racional). Ambos re- quieren, como medio organizativo, del desarrollo del derecho formal.

Pero una característica de la racionalización es el desarrollo de esferas autónomas de valor, que carecen de una lógica que las integre, tal como su- cedía en las sociedades tradicionales (frecuentemente mediante la subordi- nación a la lógica religiosa). Una cultura racionalizada supone el desarrollo autónomo de a) la ciencia y la técnica, b) las normas jurídicas y morales, y c) los criterios estéticos y el arte. Los criterios de valoración de cada una de estas esferas no son extrapolables a las otras, por lo que se acrecienta la posibilidad de conflictos entre ellas.

Al rastrear la génesis de los procesos de racionalización, Weber encuen- tra un ethos coincidente entre la ética protestante y la aparición del capita- lismo moderno, entendiendo que esta cosmovisión se basa en la obligación disciplinada del trabajo como un deber y en el desligue de la adquisición de dinero en relación a su disfrute. El capitalismo moderno se caracterizará –a su vez– por la reorganización racional de la producción.

Este problema es analizado en La ética protestante y el espíritu del capi- talismo donde explica que no es el luteranismo la fuente del espíritu capita- lista, sino lo que Weber denomina “protestantismo ascético”, y dentro de él especialmente el calvinismo.

Son los rasgos principales de este espíritu:

- el rechazo radical de los medios mágicos, también de todos los sacra- mentos, como medios de búsqueda de la salvación, lo cual significa: el definitivo desencantamiento de la religión;

- el implacable aislamiento del creyente dentro de un mundo en que en todo momento corre el riesgo de divinizar a las criaturas, y en medio de una comunidad soteriológica que no admite una identificación visible de los elegidos;

- la idea de profesión, originalmente de origen luterano, según la cual el creyente ha de acreditarse en el mundo como sumiso instrumento de Dios a través del cumplimiento mundano de sus deberes profesionales; - la transformación del rechazo judeo-cristiano del mundo en ascesis intra-

mundana: en un incansable trabajo profesional en que el éxito externo no representa el fundamento real pero sí un fundamento cognoscitivo del destino soteriológico individual;

- finalmente, el rigor metódico de un modo de vida regido por principios, autocontrolado, centrado en el yo, que al organizarse en torno a la idea de la necesidad de asegurarse de la propia salvación va adueñándose siste-

máticamente de todos los ámbitos de la existencia (Habermas, 1999, pp. 223-224).

La doctrina calvinista tiene como consecuencia que en lo que hace al decisivo tema de la salvación, el hombre se encuentra solo y sin intercesión posible, lo que resulta en una situación de potencial generación de angustia que se salva por vía de la actividad en el mundo. “El calvinismo exige de sus fieles una vida coherente y de disciplina continua, con lo cual erradica la posibilidad del arrepentimiento y de remisión del pecado factible en la confesión católica” (Giddens, 1992, p. 220).

La profesión-vocación mundana es relacionada con el plan de Dios. Así, la acumulación de riqueza ya no será vista como actitud condenable, sino –al contrario– como moralmente deseable, ya que constituirá un indi- cador de constricción al trabajo y vida austera.

Si bien el puritanismo religioso tiene este rol central en el surgimiento del capitalismo moderno, esto no quiere decir que mantenga esta centrali- dad posteriormente. Una vez que se avanza en el proceso de desarrollo ca- pitalista, el tipo de actitud que propició el puritanismo se desliga de su ori- gen religioso y se hace constitutivo de los procesos de racionalización eco- nómica.

El problema de la racionalización es abordado de manera más integral por Weber en sus estudios sobre las características de las grandes religio- nes, centrándose en las sociedades india y china. La racionalización de una perspectiva religiosa implica dos aspectos, relacionados entre sí: a) la eli- minación de la magia y de elementos mágicos (por ejemplo ritos de invo- cación que “obliguen” a la deidad de determinada manera); y b) el desarro- llo de una teodicea internamente coherente y universalmente aplicable. En este sentido, Weber habla de la racionalización como el proceso de “desen- cantamiento del mundo”.

En grado diverso, Weber encuentra que tanto en el confusionismo como en la religión brahmánica se desarrollaron ambos aspectos de la racionali- zación religiosa, e incluso algunos elementos similares a los existentes en el protocapitalismo europeo, pero en ninguno de los dos se avanzó en la mis- ma dirección en que lo hizo Europa occidental, lo que muestra la compleji- dad de los procesos histórico-sociales.

Además de la racionalización religiosa, en Europa encontramos, a la par, la aparición de una forma específica de Estado y la cristalización del derecho racional. Al respecto, Weber atribuye una singular significación a la herencia del derecho romano sobre los futuros Estados europeos.

Los Estados nacionales centralizados surgen mediante un proceso aná- logo al desarrollo de la empresa capitalista. En los Estados tradicionales el poder se encuentra distribuido entre dignatarios locales que, aún subordi- nados formalmente al monarca, no poseen sujeción de hecho al mismo. Históricamente, los monarcas intentaron consolidar su posición creando una estructura de dependencia directa (personal administrativo y ejército). Este proceso llega a su mayor expresión en el moderno Estado burocrático, donde se estandarizan figuras como el “monopolio de la violencia por parte del Estado”.

En conjunto, el proceso presenta un paralelo total con el desarrollo de la em- presa capitalista a través de la expropiación gradual de los productores inde- pendientes. Al final, el Estado moderno controla los medios totales de organi- zación política, los cuales de hecho quedan reunidos bajo un solo dirigente (cit. en Giddens, 1992, p. 293).

El Estado moderno se sostiene a partir de la burocracia, y éste es un ejemplo que Weber destaca de las contradicciones que pueden acaecer en- tre la racionalidad formal y la material. De hecho, el capitalismo moderno se caracteriza por la instauración plena de la acción racional con arreglo a fines, que va paulatinamente ocupando todo el espacio posible de la racio- nalización. Pero, como Habermas ha demostrado, el concepto de racionali- dad de Weber no es sinónimo de racionalidad instrumental (o acción racio- nal en relación a fines). Esta última es definida por el mismo Weber como sigue:

Actúa de forma racional con arreglo a fines quien se guía en su acción por los fines, los medios y las consecuencias que su acción pueda tener, sopesando los medios con los fines, los fines con las consecuencias laterales y los distintos fi- nes posibles entre sí, y en todo caso, pues, quien no actúa pasionalmente ni guiándose por la tradición (cit. en Habermas, 1999, p. 228).

Weber incluye en su concepto de racionalidad, no solamente la raciona- lidad instrumental (tal como acabamos de definir), sino también la raciona- lidad en la elección de los fines a seguir, quedando invalidados como fines racionales la pasión o la prosecución irreflexiva de la tradición. Sin embar- go, Weber es escéptico en lo que hace a la posibilidad de establecer racio- nalmente los fines atendibles; el ámbito de la razón aquí se limita a la vigi- lancia procedimental en la elección de dichos fines y a la observación con- secuente de los mismos. Así, la racionalidad abarca tanto la acción con

arreglo a fines como la acción racional con arreglo a valores, constituyendo –cuando se dan de manera conjunta– un modo metódico racional de vida.

Pero las paradojas surgen por la aplicación consecuente de la acción ra- cional con arreglo a fines. Así, por ejemplo, las reglamentaciones burocrá- ticas y los procedimientos jurídicos abstractos tienen por objeto la elimina- ción de los privilegios, pero al mismo tiempo introducen (como consecuen- cia necesaria, aunque no necesariamente deseada) una organización que se caracteriza por el monopolio del poder administrativo, tal vez aún más ar- bitrario y autónomo.

Esta contradicción entre racionalidad formal y material es el origen de la “jaula” que, según Weber, aprisiona al hombre moderno. Medido en tér- minos de eficiencia y productividad, el capitalismo es el sistema económi- co más avanzado que el hombre ha desarrollado y el desarrollo mismo de la racionalidad formal profundiza estas tendencias. Pero esto no puede lo- grarse si no es vulnerando algunos de los valores que dieron origen a la misma civilización occidental, como la autonomía y la creatividad indivi- duales.

En este sentido, puede decirse que la sociedad occidental se encuentra en una antinomia intrínseca entre la racionalidad formal y la de contenido; antinomia que, según el análisis de Weber del moderno capitalismo, no puede resolverse (Giddens, 1992, p. 299).

O como afirma Wellmer:

Existe una filosofía de la historia profundamente pesimista implícita en la teo- ría de Weber sobre la racionalidad moderna. Que la humanidad se haga racio- nal –por ejemplo, que la razón alcance la mayoría de edad (que después de todo es la tarea y el destino de la humanidad)– por medio de una lógica interna desencadena los procesos históricos que tienden a despersonalizar las relacio- nes sociales, a desecar la comunicación simbólica, y a someter la vida humana a la lógica impersonal de los sistemas racionalizados, anónimos y administrati- vos –procesos históricos, en resumen, que tienden a hacer que la vida humana se mecanice careciendo de libertad y significado (Wellmer, 1994, p. 77).

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