Improvisación verbal: la bestia negra
Etimológicamente la palabra proviene del latín improvisus y es lo que no se prevé o previene. Se trata por tanto de acometer algo de repente (una acción, una actuación, una explicación), sin ningún tipo de análisis o preparación anticipada. A pesar de su trascendencia en el contexto de la locución, donde despierta cierto temor preventivo o, como mínimo, un gran respeto, son pocos los autores que se han referido al tema.
Hemos dejado expresamente para el final de nuestra obra esta especie de bestia neçra de muchos profesionales de los medios, porque sin duda improvisar es lo más dificil. Hablamos por supuesto de improvisar bien, de hacerlo con corrección, ingenio y datos fidedignos; no hablamos de llenar baches, esperas o silencios con verborrea fácil y sin sentido. Lo cierto es que la palabra en cuestión, improvisación, ya tiene en la mayoría de ámbitos una connotación negativa (incluso despectiva), porque siempre debe cargar a sus espaldas con lo que en lenguaje coloquial llamaríamos mala prensa. El principal defecto que hoy en día estigmatiza la celebración de un acto, el montaje de un espectáculo, o la publicación de un trabajo, es atribuir a sus responsables el pecado de la improvisación. Como ya indicaron muy bien Furet y Peltant, en la gran mayoría de las actividades humanas, improvisar es un término peyorativo porque implica falta de organización o de previsión. Es cierto que pueden excluirse de esta consideración general momentos artísticos puntuales, como en la música o en el teatro, en los que la improvisación no sólo está muy bien vista, sino que respon
de a la propia esencia del acto artístico. Qiién no ha aplaudido a un intérprete de jazz en su improvisación durante una jam session, o a un buen actor, con muchas tablas, salir airoso de un imprevisto en el escenario, e incluso alguna célebre pieza teatral, como por ejemplo Las manos de Eurídice, de P. Bloch, que sustenta la parte fundamental de su contenido en la improvisación del actor protagonista.
De hecho, en la radio y en la televisión, el locutor-presentador que sabe improvisar (repetimos: que sabe llenar un espacio vacío con conocimiento de aquello que cuenta y con buen oficio, es decir, un trabajo de voz acertado, una expresión hábil y una comunicación de datos correctos, que interesan), es igualmente respetado y está muy bien considerado en la profesión. Sin duda, para esos elegidos improvisar es su bestia blanca. Pero lo que suele ocurrir a menudo es que muchos de los que lo hacen en realidad no saben hacerlo. Todos hemos visto en televisión la cara de susto, o como mínimo de desconfianza y desazón, que le asoma al presentador/a cuando se debe descifrar un despacho de agencia con lo que se ha dado en llamar noticia de alcance. Salvo las mencionadas honrosas excepciones, son muchos los presentadores que sufren una especie de bloqueo psicológico cuando, de repente, tienen que improvisar; porque son conscientes de que sus recursos —no en cuanto a la calidad de la voz, pero si en cuanto al conocimiento informativo y capacidad expresiva— son limitados o acostumbran a serlo.
Una práctica generadora de anécdotas es la del género de los enviados especiales. De entrada hemos de señalar la enorme dificultad con la que se suelen enfrentar los reporteros y reporteras que salen disparados de la redacción para cubrir un acontecimiento o una catástrofe que acaba de suceder y sobre la que no tienen una idea muy clara. Y aun así, nada más llegar al lugar de los hechos, deberán explicar, improvisando frente a un micrófono o una cámara, qué es lo que ha ocurrido y dar todos los detalles, pues se lo exigirán con prisa imperativa desde el estudio central de la emisión en directo. A veces, la ansiedad y el nerviosismo de la situación provocan que se digan auténticos disparates. Recordemos algunos despropósitos involuntarios y analicémoslos.
La enviada especial a una ceremonia fúnebre para honrar a las vich tima& de un atentado, explicó que «se espera la llegada de las primeras autoridades del gobierno, pero todavía no han llegado los cadáveres». Improvisar bajo la presión del directo a menudo provoca un cierto descontrol entre las ideas y las palabras, entre lo que se quiere decir y cómo se dice, y la expresión que resulta puede ser absurda.
En el ámbito deportivo, el enviado especial para cubrir el final de etapa de una prueba ciclista comenzó su crónica quejándose, lastimeramente, de los problemas que al parecer le habían causado los organizadores de la prueba, terminando por confesar que «desde donde estamos situados no podemos ver la meta». ¡Pues vaya gracia!, debieron de pensar sus oyentes, se le envía para que vea por nosotros y nos cuente el final de la prueba y lo que dice es que no sabe qué nos va a contar porque no ve nada. Y, pór cierto, que éste es un recurso muy socorrido de los improvisadores mediocres: aducir temas y desgracias personales para justificar una mala crónica.
En un informativo prime time de televisión, durante uno de los momentos de alta tensión a la que, por desgracia, nos tiene acostumbrados la zona de Oriente Medio, el presentador del noticiario explicó que se iba a conectar en directo con el enviado especial hasta allí desplazado porque, dijo, «sabemos que está en situación de comunicarnos un gran avance informativo». Se conectó en
directo y se pudo descubrir a un desasosegado reportero que, sobre un fondo de cañonazos y estallidos de bombas, balbuceó sin sentido una serie de palabras inconexas para terminar reclamando al estudio central: «por favor, ¿me podéis repetir la pregunta?». Un reportero experimentado sabe, por encima de todo, que un recurso básico para improvisar una crónica desde el lugar de los hechos, es haber siempre memorizado la primera frase, la frase que le permita comenzar. Si hay vacilaciones, que vengan después, nunca en el arranque. Y, mejor aún, si le ha resultado posible, acordar la pregunta o preguntas que deberá responder al presentador.
Otro caso: en una jornada electoral se conecta con uno de los colegios de votación. El reportero, muy ufano, afirma que «la jornada se está desarrollando dentro de la más completa normalidad, no hay incidentes destacables. Sin embargo, a primera hora, un anciano de 81 años ha fallecido de un infarto en el momento de depositar su voto». Primer error, su valoración parece más una frase hecha que el reflejo de la realidad, porque provoca que el oyente se pregunte: ¿qué será, pues, un incidente destacable para ese locutor? Segundo error, diagnostica con total desparpajo, antes de la opinión forense cuál ha sido la causa del fallecimiento. Estos errores son demasiado frecuentes entre los improvisadores mediocres.
También quisiéramos señalar otro modelo de mala improvisación o, mejor dicho, de improvisación reventada desde el estudio antes de la conexión. Sucede cuando el locutor que conduce el informativo da paso al enviado especial pero, en su entradilla o en la forma de introducir el tema, cuenta ya lo principal o más importante de lo que va a anunciar el cronista desde el lugar de los hechos. El cronista, cuando entra en antena, sólo puede decir, muy compungido, «pues efectivamente es así, en realidad ya lo habéis dicho todo, nada más puedo añadir, buenas noches». Y es que a los conductores de programas informativos, tanto en radio como en televisión, les alcanza casi siempre, un día u otro, ese minuto fatal en el que se les nubia la razón y quieren demostrar instintivamente que ellos, desde el estudio, saben más o tanto como el pobre enviado especial que tiene los pies sobre la noticia. Es algo que no tiene remedio.
En este repaso no podemos obviar los casos en los que la improvisación mediocre se desliza sobre la incorrecta utilización del idioma. Escuchado en una cadena de televisión de cobertura nacional, cuando se ha dado paso a una información urgente para explicar una explosión de gas. La reportera dice: «esta formidable explosión de gas quesa producido»... Aparte del ditirambo que supone calificar de formidable una explosión de gas, se incurre en un barbarismo de contracción al pronunciar «quesa», debiendo haber pronunciado «que se ha».
Hemos de consignar, aunque sea someramente, otro tipo de improvisación cotidiana tanto en las emisoras de radio como en las de televisión. Se trata de la que podríamos calificar de doméstica, y es la que solventa los consabidos fallos técnicos (que, por cierto, ningún ingeniero puede explicar ni evitar y que suelen atribuirse a las metgas de la profesión), tales como cortes de sonido, saltos de señal, súbitas oscuridades sonoras, etc. Este mismo género doméstico acostumbra a producirse en las conexiones con el exterior, justo, siempre, en el mismo momento de efectuarla, y que a menudo se resuelve con los tópicos o frases hechas habituales: «parece ser que tenemos un problema de sonido», «sí, ¿nos escuchas?, nosotros no te escuchamos a ti», «dentro de unos momentos intentaremos una nueva conexión», «parece que nuestros compañeros tienen un problema», y muchas más.
Una consideración más a propósito de estos temas: si se han apuntado esta serie de anécdotas (que, en realidad, podrían ser muchas más), recogidas de distintas improvisaciones, se ha hecho, como suponemos que ha resultado evidente, no en un sentido paródico o sarcástico, sino para la aplicación práctica de diferentes ejemplos. Además, y esto e muy impórtante, la rutina profesional que generalmente se suele seguir en las redacciones de radios y televisiones lleva a ese tipo de situaciones, ya que resulta normal, muy habitual, que la aventura de informar en directo y sobre el terreno sea atribuida, como si éste fuera un género menor, a los primerizos, becarios o gente con la mínima experiencia. A diferencia de otros países de nuestro entorno, aquí, la labor de informar en directo y desde el lugar de los hechos —de improvisar profesionalmente, en suma— está considerada como algo que no deben hacer los pesos pesados de la redacción. Éstos, con quedarse atados a su mesa frente al ordenador, ya parece que cumplen.
Antes, hemos escrito varias veces de repente, como enunciado que está en la raíz misma del concepto del que estamos hablando: la improvisación. Y es necesario ahora recoger una precisión o reivindicación terminológica hecha hace unos cuantos años, en unas jornadas sobre radio, por un gran profesional de los medios, Manuel Martín Ferrand. Para él se hace necesario distinguir entre dos conceptos: repentización e improvisación pórque a menudo —así dijo entonces y ha confirmado en la práctica a lo largo de su carrera— confundimos o alteramos su significado.
Martín Ferrand nos ponía este ejemplo: si en el transcurso de una emisión le pasan al locutor una nota en la que se indica que ha muerto Paul Lukas, podrá repentizar algún comentario en el supuesto de que tenga un conocimiento previo de quién es este extraño señor; pero si, como es lo más probable, no tiene ni idea de quién es Paul Lukas, dificilmente podrá improvisar sobre esta noticia. Se repentiza cuando existe una pista en la memoria, cuando disponemos de algún dato suelto que podemos contar. En cambio, improvisar de forma adecuada sobre un tema que se desconoce es imposible. Y aun así, oímos con frecuencia en las famosas tertulias rosas o azules a gente supuestamente profesional que improvisa a lo loco y sin empacho alguno sobre no importa qué cosa o dogma.
En la misma línea se manifestaba ya Rudolf Arnheim en la primera edición en inglés de su obra Estética radiofónic publicada en 1936, para quien el verdadero significado de la improvisación es elaborar una serie de ideas totalmente originales en el mismo momento de producirse el acontecimiento. Arnheim considera que si alguien domina un tema de tal manera que puede hablar de él, en cualquier momento y sin preparación, a esto no se le puede llamar improvisación. Este autor se lamenta de la escasa preparación intelectual que demuestra la gran mayoría de locutores- reporteros que utilizan la misma «receta» para cubrir la transmisión de desfiles, mítines, acontecimientos deportivos o fiestas foiclóricas. En su opinión la improvisación se limita a una fuga de ideas esquemáticas y cantidad de metáforas incorrectas de las que nadie llega a comprender su significado; se divaga, se cae en la parcialidad y en la exageración, olvidando que la persona que habla ha de tener en cuenta la consideración que merece el oyente y el hecho que ha de servir como modelo en asuntos lingüísticos. Arnheim concluye: «si la radio quisiera utilizar la improvisación como norma, la calidad media del programa se vería muy mermada, tanto desde el punto de vista del contenido como de la forma».
Existe la teoría generalizada de que la mejor improvisación es la mejor preparada y abundando en el tema no nos resistimos a citar un par de ejemplos.
Se cuenta del escritor francés André Maurois que al término de una reunión se le invitó a improvisar algo y él respondió: «cómo quieren que improvise si no me lo he preparado?». También se cuenta del político y escritor Emilio Castelar, orador por excelencia del parlamentarismo español del siglo xix, que al despedirse de unos amigos, éstos le preguntaron: «ése retira ya, don Emilio?», a lo que él respondió: «sí, porque debo prepararme, ya que dentro de unos días tengo que improvisar un discurso en las Cortes».
No es de extrañar, pues, que las referencias a una improvisación siempre vayan acompañadas de adjetivos tales como planificada, preparada, documentada, parcial... Porque las improvisaciones que resultan hábiles son las que se nutren, como mínimo, de un pequeño guión de ítems, unos breves detalles o pistas que permitirán edificar la arquitectura del discurso, una base para no actuar sin red utilizando el fácil símil del trapecista, pero no olvidemos que el trapecista ha ensayado una y otra vez sus ejercicios, por lo tanto, con o sin red, su actuación tampoco es en absoluto una improvisación.
Más puntos de vista para afrontar nuestro tema central. Podríamos considerar también que la improvisación tiene distintos grados y depende directamente de la capacidad, de ios conocimientos, de la facilidad de expresión y de la riqueza de vocabulario del improvisador. Estas podrían ser las bases fundamentales —y luego las anotaremos como un compendio final— sobre las que se asienta una buena improvisación.
La verdad es que se dan realmente pocos casos en los que se reúnan todas estas cualidades básicas. A veces sólo surge, esporádicamente, alguna de ellas, aislada de las demás: se tiene por ejemplo una idea clara sobre lo que se habla pero las palabras resultan torpes por el nerviosismo del momento; o la expresión fluye incontrolada y hasta brillante, abundando las bellas palabras, pero hace aguas el contenido —que es cuando el receptor se dice «muy bien, pero ¿de qué me hablas?»—; o se rompe la necesaria sincronización del discurso porque el verbo es tan fácil que se mezclan las ideas y se empieza hablando de tirios para acabar hablando de troyanos; o se abusa de frases hechas y conceptos manidos vengan a cuento o no, utilizando para hablar de feminismo, pongamos por caso, un malhadado lenguaje taurino. En fin, sólo nos atreveríamos a dar el nombre de un profesional, Iñaki Gabilondo, que sea capaz de improvisar un discurso perfectamente estructurado y sin apenas preparación previa. Pero, ¡claro!, es que se trata de un auténtico periodista-locutor con unas cualidades innatas para la comunicación, poseedor de una gran cultura —pues es lector empedernido, como a él mismo le gusta pregonar—, y con una larga experiencia profesional a sus espaldas, demostrada sobre todo durante muchas temporadas, a razón de 6 horas diarias, en el programa de la Cadena SERHoy por hoy, y posteriormente en el informativo prime time de la cadena de televisión Cuatro.
La improvisación verbal es un arte. Se puede llegar a aprender, desarrollar, perfeccionar... pero siempre a partir de un buen caudal de conocimientos, de un amplio bagaje cultural, de un pleno conocimiento de lo que se habla y una esponjosa experiencia en el quehacer de la comunicación. Para improvisar bien no existe la receta milagrosa, pero como nuestra misión y nuestra vocación es enseñar, intentaremos unas breves pautas metodológicas. El decálogo del aspirante a improvisador podría ser éste:
1. Procure no hablar de temas que desconozca.
2. Prepárese, antes que ninguna otra cosa, la primera frase.
3. Dibuje mentalmente (o incluso anote) una estructura de discurso. 4. Sea conciso, claro y concreto.
5. Hable de forma coloquial, no se atropelle. 6. Evite las construcciones gramaticales complejas.
7. No tenga miedo, recuerde que las pausas le permitirán pensar. 8. Concentre su atención en la audiencia, en un oyente preciso. 9. Relate lo que esté viendo, le ayudará a no divagar.
10. Acabe siempre las frases en cadencia.
A este decálogo deberá añadirle una buena dosis de autocon fianza.
Y si al final resulta que el comunicador o comunicadora son correctos profesionales, que leen informativos con esplendidez vocal, que estudian y se afanan, que mejoran cada día su actitud ante el micrófono o la cámara, pero que sin embargo no se sienten seguros y flaquean cuando deben improvisar porque carecen de ese misterioso don, sólo podemos recurrir, como en tantas cosas de la vida cotidiana, al pensamiento de Johannes Kepler, el mágico y sabio astrónomo del siglo xvi que, mirando las estrellas una noche, extasiado dijo: «por qué las cosas son como son y no de otra manera?».
PREGUNTAS MÁS FRECUENTES
¿ Cómo puedo conseguir que un discurso previamente elaborado parezca o suene a improvisado? Cuando se adquiere cierta práctica no resulta muy dificilflngir una supuesta improvisación. Por supuesto que hablamos de improvisación como fuente de sonido fresco y estimulante; nunca del tartamudeo o la negligencia en la manera de expresarse, puesto que tal cosa no es improvisación, sino ineptitud o torpeza.
Para conseguir ese lícito fingimiento hay que saber, fundamentalmente, jugar con las pausas: como si estuviésemos concediéndonos un tiempo para pensar las siguientes palabras que vamos a decir. Y en cierta forma deberá ser así porque aquello que debemos tener elaborado (aparte del arranque, como ya se ha dicho más arriba) es solamente el chasis, el esqueleto, los ítems del discurso, el meollo de la información, pero no las palabras exactas que vayamos a pronunciar. Pues no se trata de recitar un poema de memoria, lo que sería contraproducente Cuando uno pretende aprenderse un discurso de memoria casi siempre fracasa porque es imposible recordar todas y cada una de las palabras que estaban en el guión imaginario; ese esfuerzo es inútil y, además, nos hace prisioneros
de nuestra propia trampa ya que al no repentizar la palabra exacta que habíamos ensayado, quedamos bloqueados. Pero es importante subrayar que el fingimiento sugerido dará buenos resultados siempre que vaya acompañado de un conocimiento suficiente del tema sobre el que versará nuestro discurso. Si nosotros no estamos antes bien informados será imposible transmitir cualquier información.
En una improvisación, ¿las pausas deben ser breves?
Rotundamente sí. Las pausas son unas grandes ajadas de la improvisación, pero cuando intentemos unir los fragmentos de un discurso no deberemos jamás alargarlas. Aunque tampoco hemos de