Al hablar de la sugestión en general dijimos que, en realidad, la palabra empleada para emitir los mandatos de la sugestión lla mada verbal o hablada, no era en sí misma más que un artificio utilizado para reforzar la orden.
Pues bien; cuando actuamos sobre sonámbulos de sensibilidad suficiente, basta en ocasiones que les coloquemos en determinada actitud para que inmediatamente adopte el total de su organismo la situación correspondiente a lo que con aquélla pretendimos su gerir.
Parece como si, lanzados por fuerza irresistible, bastase un primer impulso para que continuara en ellos la acción de nuestra orden mental.
A continuación exponemos varios casos de nuestra experien cia particular:
Observación 112 (ya citada), sesión 16. — N. Gibson.
La mandamos por orden formal que duerma instantáneamente y el mandato se cumple inmediatamente.
Acto seguido practicamos sobre la sujeto unos pocos pases magnéticos y posteriormente apoyamos nuestra mano en su frente durante quince minutos.
Con estos procederes conseguimos una gran profundidad de sueño, de carácter sonambúlico.
La interrogamos:
—¿Se encuentra usted bien? —Estoy perfectamente. —¿Es intenso su sueño? —Sí, señor; es muy profundo. —Descanse usted en él.
Después, y sin que hayamos hecho la menor advertencia, po nemos un peine en sus manos, elevándoselas hacia la cabeza. Todo ello sin pronunciar una sola palabra.
De un modo lento y premioso, al principio, rápidamente y con seguridad en seguida, comienza a peinarse, dedicando a este acto todo el interés que las mujeres jóvenes acostumbran a em plear en él.
—¿Qué está usted haciendo? —Ya lo ve usted: peinándome.
—Y, ¿cómo se le ha ocurrido a usted hacer eso?
—Lo sabe usted tan bien como yo. Usted ha sido el que me ha colocado el peine en la mano.
—Aunque así sea. Yo no le he dicho que debía peinarse. —Ya sé que no me lo ha dicho usted; pero estaba en su pen
samiento y en su deseo.
Queda dormida breves minutos más y la despertamos después de haber formulado las convenientes sugestiones de bienestar.
En la observación que antecede, la misma enferma nos da la clave de la causa motivadora del acto que realiza con una apa- íiencia de espontaneidad automática.
En efecto: al advertirla que no habíamos expresado ninguna orden verbal sugeridora, nos ha respondido que el mandato estaba
en nuestro pensamiento y en nuestro deseo.
Sería difícil hallar una comprobación mejor ajustada a la opinión que en otro lugar hemos dejado expuesta: La sugestión tiene eficacia por lo que de orden mental encierra. La palabra con que la expresemos, las actitudes sugeridoras, no son sino me dios vehiculizadores del mandato de nuestra mente.
Observación 92 (ya citada), sesión 29. — D. R.
Unos segundos de fijación de su mirada en la nuestra bastan a producir un profundo sueño sonambúlico.
Le dejamos entregado a él varios minutos, y luego —sin que preceda advertencia de ningún género— colocamos en sus manos una pastilla de jabón, desprovista de perfume, y en una mesa cercana una palangana con agua.
Sin que el sujeto se detenga a mirar lo que en la mano le hemos colocado, se levanta y se dirige hacia la mesa. Llega adonde está la palangana y comienza a lavarse con una minuciosidad que sorprende.
Cuando acaba de hacerlo, le preguntamos: —¿Qué acabas de hacer?
— Me he lavado las manos.
—Y ¿para qué te las has lavado, si no tenías necesidad de ello? —Porque usted me ha ordenado que lo haga.
—Te equivocas. Yo no he hablado absolutamente nada. —No importa. Usted me lo ha mandado.
Le ordenamos que descanse. Pasada media hora le despertamos.
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No hay memoria al despertar de nada de lo ocurrido en el sueño.
Tan evidente como el anterior es el caso que acaba de ocupar nuestra atención.
El sujeto, apenas recibe en su mano la pastilla de jabón, co mienza a realizar aquello que nosotros hemos pensado.
No ha verificado examen de ninguna clase para cerciorarse de la verdadera naturaleza del objeto que le dimos. Es más: en la sesión siguiente a la que acabamos de reseñar repetimos la ex periencia estableciendo una pequeña modificación. En vez de darle una pastilla de jabón le entregamos un pedazo de madera (nuestra actitud mental era la correspondiente a sugerirle el deseo de la varse) y todo tuvo lugar como la vez primera.
Yernos también aquí que lo interesante en la sugestión es el núcleo mental que dentro Heve encerrado.
Instantáneamente conseguimos el sonambulismo recurriendo a la fijación de su mirada en la nuestra.
A los diez minutos le entregamos un ejemplar de la Biblia. Lo toma el sujeto, y después de entreabrirlo y de realizar la mímica correspondiente a una persona que leyera con atención, levanta su cabeza hacia el cielo, y todo en su actitud revela al místico.
Los labios se mueven como en un rezo. Teda la expresión de su semblante corresponde al de una persona entregada a la oración.
Después de ordenarle que se siente, sostenemos el siguiente diálogo:
—¿Qué es lo que estás haciendo? —Estaba rezando.
—Y ¿ese libro que tienes en la mano? — Es un libro de oraciones.
—Y ¿cómo sabes la clase de libro que es? —Usted mismo me lo ha dicho.
—No recuerdo haber articulado una sola palabra.
— B ueno.. . Ya sabe usted que aunque no me diga nada, es lo m ism o... Yo siento lo que usted me ordena... y . . . lo hago.
—Bien: duerme tranquilo.
Le abandonamos en descanso durante veinte minutos y, des pués de pasado este tiempo, reanudamos la experiencia.
Ahora colocamos en sus manos un número de The Punch que hay encima de nuestra mesa de despacho.
Hojea brevemente la revista y comienza a lanzar sonoras car cajadas.
Interrumpimos su risa para interrogarle: —¿A qué obedece esa risa?
— ¡Es que tienen mucha gracia! ¿No las ha visto usted? —¿A qué te refieres?
—A las caricaturas del periódico que me ha dado usted hace un momento.
Nuevamente le ordenamos que duerma con sueño tranquilo, y varios minutos más tarde le despertamos mediante un leve soplo dirigido a sus párpados.
Tanto en el curso de esta sesión como en la anteriormente citada el sujeto permaneció con los ojos cerrados.
Creemos que, después de leídas las observaciones que hemos reseñado, no quedará al discípulo la más nimia duda acerca de que la base, el fundamento de nuestras sugestiones todas, radica en la influencia mental desplega'da por el experimentador. De aquí la necesidad de acostumbrarnos a sujetar nuestra mente sobre aque llo en que pensemos para que —materializadas nuestras ideas— puedan golpear eficazmente las mentes receptoras, despertando en ellas la respuesta fiel a nuestros mandatos.
SUGESTIONES A DISTANCIA, EN EL TIEMPO