WILLIAN FARDWEL
HIPNOTISMO
ESTUDIO EXPERIMENTAL
15 de Noviembre 1149 Buenos Aires
Hecho el depósito que marca la ley 11.723.
Impreso en la Argentina Printed in Argentina Se terminó de imprimir en los Talleres Gráficos LUMEN, de Noseda y Cía. Tucumán 2926 - Buenos Aires en mayo de 1958
P R O L O G O
Hace ya varios años que —de haber cedido a las cariñosas pre siones de amigos y discípulos— hubiéramos lanzado a la publicidad el presente tratado.
Pero, a pesar de esta cordial insistencia, que agradecemos en lo mucho que vale, una represión —ajena a nuestra conciencia— hacía de freno sobre el propósito, apenas concebido.
Indudablemente en algún estrato de la supraconciencia ger minaba ya la idea que más tarde —vitalizada suficientemente— alcanzaría con sus raíces el terreno de lo consciente.
En efecto: una mañana, en conversación sostenida con uno de mis colaboradores, surgió aquella a mi mente con la claridad ue las cosas elaboradas y maduradas lentamente.
Fué en aquel momento cuando vi hasta dónde debía alcanzar él primer propósito: entonces puse la primera piedra del edificio de la “Biblioteca de Ciencias Esotéricas" de la que el presente es el primer volumen.
Al escribirlo nos hemos desviado del camino real seguido por cuantos han lanzado a la publicidad trabajos sobre Hipnotismo.
Hemos procurado dar a la obra un carácter eminentemente práctico, pero en todo momento hacemos mención —no sólo de la labor de los investigadores occidentales y de la llevada a cabo per nosotros mismos— si no también de los trascendentales y poco conocidos trabajos realizados en el mundo oriental, bajo cuya in fluencia aprendimos a conocer todos los errores de doctrina y todos los sectarismos de escuela de los primeros.
Queremos cerrar estas lincas expresando desde aquí nuestro reconocimiento a los colaboradores que no han desmayado un mo mento en la tarea, a los editores que han puesto siempre delante de su pantómetra la mira cultural y científica y a los discípulos y amigos que nos han alentado con su generosidad y su entusiasmo.
W . Fa r d w e l.
PRIMERA PARTE
EVOLUCION HISTORICA DEL HIPNOTISMO
El hipnotismo no es —como con demasiada frecuencia se cree — una adquisición moderna de la ciencia.
Lejos de edo, el conocimiento de las diversas prácticas quo conducen a la provocación del conjunto de estados extrafisiológi cos que integran la hipnosis, se remonta a la más remota anti güedad, hasta tal punto que pudiéramos decir que nació con la vida, como un arma poderosísima que la Naturaleza entregó a ciertas especies animales en su lucha con las que les servían de sustento. La observación de los insectos —por ejemplo— , ofrece indudables ejemplos que corroboran esta afirmación.
Refiriéndonos a la humanidad, el estudio de las costumbres de los pueblos más antiguos nos ofrece casos y hechos que no dejan en el ánimo la menor duda acerca de la frecuencia con que se recurría al empleo de maniobras hipnogénicas, principalmente por los que se dedicaban al arte de curar. Por otra parte, cuando se estudian las costumbres de aquellas razas que, al presente, no han recibido la luz de la civilización, puede verse que utilizan con diversos fines —el terapéutico principalmente— los efectos del hipnotismo.
Las investigaciones realizadas por el notable egiptólogo Pierre Plander —discípulo de Max Pero— llevan a quien las conoce a saber lo notablemente adelantados que en el empleo del hipnotismo se encontraban, ya en las primeras dinastías, en el maravilloso y casi desconocido país de los faraones.
Por los datos recogidos por este infatigable investigador, sa bemos que el sueño hipnótico era uno de los procedimientos cura tivos más en boga en el antiguo Egipto. En algunos curiosos pa piros que pudo recoger aquél se hace mención detallada de las fases operatorias empleadas por los hipnotizadores de la época, quienes unían a sus profundos conocimientos sobre esta materia ctros relacionados con la Astrología y las ciencias ocultas que les
6
daban aquel carácter de magos con que eran conocidos por o1 pueblo.
Los nobles, en multitud de ocasiones, acudían a someterse a estos magos, quienes les sumían en sueño hipnótico, unas veces para llevar a cabo la curación de sus dolencias y otras para ense ñar es procederes de áutohipnosis y autosugestión.
Posteriormente parece que —por causas no bien conocidas— se perdieron muchas de las valiosas adquisiciones de aquellos tiem pos, puesto que, en edades más modernas, no se han encontrado documentos probatorios tan demostrativos como los presentados por el céieore investigador Plander.
Lo poco que desgraciadamente se conoce sobre la civilización atlante, induce a pensar que llegaron a un grado de perfecciona miento en el empleo del hipnotismo como no se encuentra otro ejemplo en la historia. Todos los indicios hacen suponer que era una práctica corriente de la que extraían numerosos beneficios. Otro tanto pudiera añadirse respecto al esplendor que todas las ciencias ocultas alcanzaron entre los incas. El sabio arqueólogo Mantedile —cuyos trabajos son universalmente conocidos y apre ciados— da preciosas referencias e informaciones a este respecto. “Vi —dice en uno de sus escritos— unos pequeños anfiteatros colocados a poniente de los grades templos, que estaban destinados a lugar de celebración de prácticas esotéricas. Las paredes, cu biertas de inscripciones en un idioma jeroglífico desconocido, te nían una altura de cinco o seis metros, sin que en ellas se apoyara techado ninguno. Ah’ededor, y adosada al muro, existe una plata forma circular, en la que debían sentarse los asistentes a las ce remonias o sesiones. En el centro del anfiteatro había una espe cie de cama de piedra, en la que iba tallada —como un molde hueco— la mitad posterior de una figura humana; éste era el lugar que ocupaba la persona a quien hipnotizaba el gran sacer dote. En la cabecera de este reposorio hay un círculo que contie ne, escritas en él, las reglas que habían de seguirse para sumir i»l sujeto en estado hipnótico y para conseguir inmediatamente el sonambulismo. Todas estas camas de piedra están colocadas de tal manera que su orientación es norte-sur y en determinados días del año los primeros rayos de la luna vienen a caer sobre un lugar c.ue —colocada una persona en ellas— correspondería a la región precordial”.
También en una nación enclavada entre España y Francia y que hoy día pertenece a estas dos últimas —nos referimos a los países vasco-francés y vasco-español— existió en época muy re mota una especie de culto consistente en utilizar los datos sumi nistrados por un sensitivo a quien hipnotizaba previamente el jefe
de la tribu; pero faltan detalles acerca de la forma en que lle vaban a cabo sus ritos.
Pero el país en donde se han conservado quizá con mayor pu reza que en otro alguno las costumbres y aficiones ocultistas, el país en el que la practica de la hipnosis ha alcanzado una tras cendencia que no sospechan siquiera la mayoría de las gentes es la India. Y no nos referimos a ese hipnotismo de plazuela con que entretienen a los turistas europeos algunos menaigos que a sí mismos se denominan fakires, hacemos referencia a ia labor rea lizada por algunas sectas cuyos miembros dedican desde su inian- cia toda su energía, toda su actividad al desarrollo de poderes trascendentes que el mundo occidental ni siquiera imagina.
Los discípulos o txeiaa menos adelantados de aquellas agru paciones asombrarían a un público europeo con el prodigioso con trol que ejercen sobre sus facultades psíquicas. Dominan ia auto sugestión basta un grauo veruaaeramente maravilloso y obtienen ue su suosconciente una sene de datos que nosotros solo pouemos lograr mediante paciente y laborioso estudio.
A mediados del pasado siglo, un benemérito investigador, el doctor Jbehnunusen, tuvo ocasión ae visitar a los miemoros de una de estas sectas. i\o publicó cuanto le fue mostrado porque así se lo exigieron. Pero en carta dirigida a un amigo y colaborador ex presa en los siguientes párrafos su admiración y asombro:
“ . . . E i primer detalle que me dejo confuso y admirado fué el escuchar de labios de la persona que me conducía mi nombre y apellidos, siendo así que yo viajaba ocultando aquellos cuidado samente; y, sin embargo, esto no era nada para lo que vi después. “ i odas aquellas practicas hipnóticas que nosotros llevamos a cabo para obtener un sonambulismo lúcido han sido desterradas por el.os nace siglos.
“Proceden de una manera que da la apariencia de una senci llez elemental en todos sus actos investigáronos.
“Llegados que fuimos a la cámara de los maestros, nos sen tamos alreaeuor de un espacio circular que había en el centro, ¿enaiaao por una línea gruesa de color rojo. Todos permanecían en silencio y yo me limitaba a imitarles, verificando sus mismos mo vimientos y acusando sus mismas actitudes, difícilmente destaca r e s a causa de la semiobscundad que reinaba en la estancia.
“a i cauo de breves minutos, un murmullo —al principio im- percept.ole—, que se elevaba lentamente, me dió a entenuer que los asistentes al acto verificaban una especie de plegaria colec tiva, que e-los llaman momtram. Al mismo tiempo una tenue cia- riuad de tonos verdosos se difundía en la cámara, iluminándola con una, suave luz crepuscular. Cuando cesó aquel rezo me di cuen
8
ta de que —dentro del círculo dibujado en el centro de la sala— estaba un muchacho, como de unos doce años de edad, cubierto su cuerpo con una finísima túnica blanca.
“Al escuchar unas palabras, pronunciadas en lenguaje desco nocido para mí, por un anciano de blanca barba —a quien los demás trataban con un respeto especial—, el muchacho cerró los ojos y se sentó a usanza del país. Todos le imitaron, y yo con ellos. Entonces me pidieron algún objeto que yo llevara frecuen temente conmigo y, cuando les hube entregado un sencillo anillo de oro, el anciano que parecía jefe lo puso en manos del niño.
“Este comenzó por llevárselo a la frente y lo mantuvo a aquella altura unos segundos. Después, con una voz dulce y mo nótona, y en mi propio idiom a1, hizo detalladamente la descrip ción de una persona cuyas señas coincidían de modo exacto con las de mi mujer (el anillo que él tenía en la mano era el de mis desposorios). Acto seguido hizo lo mismo conmigo, y a continua ción renrió —con un lujo de detalles que me dejó asombrado— tedas las circunstancias y particularidades que habían concurrido en mi viaje.
“Pero no terminó aquí la cosa, sino que —sin interrumpirse lo más mínimo— continuó su relación, señalando los hechos más sabientes que habían de sucederme hasta finalizar el viaje que me había propuesto hacer.
“Detalle curioso: “Veo el camarote del barco que ha de lle varle a Londres (ciudad en donde yo tenía que finalizar mi excur sión) —dijo— cubierto de sangre” —y anadió— : “pero ningún peligro correrá usted”.
“Pues bien; todo cuanto me profetizó se cumplió después al pie de la la letra, incluso el detalle que le he subrayado; pues una mañana ei mayoruomo del buqué en que viajaba, penetró —en ocasión ue hallarme yo sobre cubierta— en mi camarote y se sui cidó utilizando una de mis navajas de afeitar. Ya había intentado hacerlo en otra ocasión lanzándose al mar, pero había sido salvado gracias al arrojo y heroísmo de uno de los tripulantes. . . ”.
Los más escogidos entre los discípulos de las sectas que hemos catado ingresan posteriormente —luego de las numerosas pruebas a que se les somete —como txelas de alguno de esos monasterios misteriosos del Thibet, en los cuales las ciencias ocultas han he- gauo al mayor grado de esplendor.
La histuna de pueblos como Grecia y Roma nos enseña cómo sus habitantes recurrían a prácticas hipnogénicas y magnéticas,
unas veces para consultar sobre aquello que podría, acontecerles en lo futuro, otras para conseguir la curación de sus dolencias. En tales casos los sujetos utilizados eran, o bien sonámbulos espontá neos lúcidos, o bien sensitivos que adquirían aqueha facultad me diante ciertas operaciones puestas en práctica de un modo empí rico, tales como la imposición de manos sobre la frente del sujeto y algunos movimientos parecidos a los pases magnéticos.
Sin embargo, no hay más remedio que reconocer que en el mundo occidental no pasaron de simples tanteos todas las manifes taciones de carácter ocultista que en su historia se registran. Y si algún astro de primera magnitud —un Parace.so, por ejemplo— , ha existido entre nosotros, no es menos cierto que toda la labor por él realizada fué ahogada por la equivocada com ente mate rialista y por el fanatismo religioso reinante. Fué el siglo xvm, con el advenimiento de Antonio Mesmer, el punto de partida de ios modernos trabajos sobre hipnotismo, emprendidos y continua dos con un fin casi exclusivamente médico.
M E S M E R I S M O
Pocas personalidades habrán sido objeto de tan diversos y contradictorios comentarios críticos como la de Antonio Mesmer, fundador de la teoría que lleva su nombre. Hubo en su época quie nes no tuvieron inconveniente en caliiicarle de farsante, charlatán y embustero. Para otros —por el contrario— fué un hombre que a sus muchas virtudes humanas un.ó el don divino de curar a los en fermos sin más que por su deseo de que la curación se realizase.
Su doctrina y toda su actuación, tanto pública como privada, fueron comentadas y discutidas en su época en todo el mundo. Na ció en ei año 1733, en el seno de una modesta familia de ongen is raelita. Desde su juventud tuvo particu ar inclinación a estudiar to da materia relacionada con la medicina, por lo que sus padres le enviaron a realizar estudios en la Facultad de Viena, considerada en aquel entonces como una de las más importantes de Europa. Dudante algunos años se dedicó en su pueblo al ejercicio de la pro fesión médica, empleando los momentos que ie dejaban libres sus enfermos en ampliar sus conocim.entos sobre asuntos ocultistas, a los que era especialmente aficionado, hasta el punto de haber deja do escritos varios folletos sobre materias astrológicas.
En su trato con enfermos afectos de histerismo descubre una serie de detalles que le ponen en la pista de lo que después va a
10
constituir el núcleo de su doctrina, que resumidamente está integra da por los siguientes principios, analizados por su autor en veinti- tantas proposiciones diferentes.
Mesmer. admite, en primer término, la existencia de un flúido espec4al, caracterizado por no poseer ninguna de las propiedades de los otros fluidos conocidos hasta el día, y por presentar, en cambio, una serie de particularidades especialísimas. A causa de su existen cia se darían los fenómenos de atracción de los cuerpos celestes. Los fenómenos de los imanes naturales y los del electromagnetismo obe decerían también a la existencia de dicho flúido, que lo llenaba todo, no variando más que en el modo de manifestarse. La desviación de la aguja imantada sería también un efecto de aquél.
La cristalización de los cuerpos disueltos se produciría por la fuerza de atracción de las moléculas cargadas de esencia íluídica.
Todas las fases de vida y crecimiento de los vegetales serían producidas por idéntico motivo.
En lo que se refiere ai mundo animal todavía sería más mar cada su influencia. Todas las funciones, de nutrición, de relación y de reproducción estarían dirigidas por aquella fuerza misteriosa que, al obrar sobre los seres superiores de la Naturaleza, fué bau tizada por Mesmer con la denominación de magnetismo animal.
Además, afirmaba Mesmer que —mediante procedimientos que mantenía en secreto— cabía la posibilidad de almacenar y de tras ladar el fiúido por él descubierto y que tenía una influencia bene ficiosamente positiva sobre la mayor parte de las enfermedades co nocidas, especialmente sobre las sufridas por el sistema nervioso del hombre.
En posesión Mesmer de su descubrimiento, su primera idea fué la de darle a conocer en su país natal, y para ello dirigió una comunicación a las sociedades científicas de Berlín, pero —por mo tivos no bien conocidos— fué acogida con extraordinaria frialdad, hasta el punto de que los que formaban parte de aquellas corpora ciones, no se dignaron dar una respuesta al comunicado.
En vista de este resultado negativo, traslada temporalmente su residencia a Inglaterra y allí se dirige a las Sociedades médicas de Londres reclamando atención y estudio para su descubrimiento, pero tampoco aquí le es propicia la fortuna.
Lejos de sentirse desanimado ante este segundo fracaso, em prende un viaje a París con ánimo de fijar allí su residencia y con vencer prácticamente a las gentes de la bondad de sus doctrinas, ya que las Academias cierran para él sus puertas.
A los pocos meses de vivir en la capital de Francia el hotelibo alquilado por Mesmer se ve diariamente invadido por una multitud de enfermos de toda clase que reclama la terapéutica por aquél ejer
cida. Los procederes que en sus primeros tiempos empleaba Mesmer para las magnetizaciones, consistían en encerrarse con el enfermo en un cuarto silencioso y débilmente iluminado, al que nada llegara del mundo exterior.
Colocaba al paciente sentado cómodamente frente a él y toma ba sus manos, estableciendo durante unos minutos un contacto de las yemas de los dedos pulgares. Después llevaba sus manos al pe cho de los enfermos y las hacía descender lentamente hasta el epi gastrio, región donde se detenía buscando con una imposición ma nual prolongada el enviar una fuerte corriente magnética a los ganglios nerviosos del plexo solar.
Esta maniobra la repetía varias docenas de veces, descansando cío tanto en tanto para enviar con las manos puestas en forma de cono, corrientes de magnetismo hacia las regiones enfermas.
En la consulta de Mesmer consiguieron ser admitidos algunos médicos franceses que fueron los portavoces más sonoros ue las excelencias de la terapéutica mesmeriana.
Entonces es cuando se decide Mesmer a presentar su descubri miento y su teoría ante la Academia de Medicina de París y esta vez consigue que sea admitida. Pero después de varios meses de de liberaciones, la comisión nombrada al efecto dictamina en el senti do de decir que todas las pretendidas curaciones del magnetismo no obedecían a la existencia de ningún fluido misterioso —como pre tendía el autor— sino que la virtud de la terapéutica empleada de pende únicamente de la imaginación de los pacientes.
Este dictamen tan desfavorable provoca paradójicamente en el público el efecto contrario al que era de esperar.
La afluencia de enfermos al consultorio de Mesmer aumenta de un modo inusitado. Ni empleando todo el día puede atender a la üécima parte de la clientela.
En vista de ello comienza Mesmer a practicar las magnetiza ciones colectivas, utilizando la cubeta de su invención y que lleva su nombre.
Esta cubeta estaba construida de madera muy seca y poco po rosa y tenía forma cilindrocónica de base inferior. En su parte in terna se vertía una cierta cantidad de agua dulce, cargada de li maduras de hierro. Además llevaba dentro un número bastante considerable de botellas de cuello ancho orientadas todas ellas de tal manera que la boca miraba hacia el centro del aparato y su po sición era oblicua, estando mediadas de un líquido de composición análoga al vertido en la cubeta.
De cada una de ellas salía un barra de hierro que al llegar a la parte central se verticalizaba para atravesar la cubierta de la cu beta y después se acodaba tomando una dirección horizontal,' vi niendo a terminar a cierta distancia del aparato.
12
Los enfermos que acudían a curarse se situaban alrededor de la cubeta, agarrándose cada uno de ellos a una de aquellas barras de hierro que nacían de su interior. Formaban así varias filas circula res en torno de aquélla.
Mesmer se situaba en un ángulo de la habitación, sobre una elevada plataforma y desde allí extendía sus manos hacia el centro del aparato para cargarle de magnetismo que después vendría has ta los pacientes a través de las barras de hierro que éstos tenían entre sus manos.
Al mismo tiempo, una pequeña orquesta situada en una habi tación próxima, llenaba el espacio con los sones de una música tris tona, monocorde y adormecedora.
Para aquellos enfermos que —por sus modestos medios econó micos— se veían imposibilitados de acudir a su consulta particu lar, magnetizó Mesmer uno de los árboles de un paseo público y allí acudían en peregrinación todos los que no podían pagar los honora rios de una consulta privada.
Después de varios años de luchas con sus compañeros, de per secuciones sin cuento, de ser objeto de injustas y odiosas acusacio nes, Mesmer se retiraba a pasar tranquilo el final de su existen cia en un apacible pueblecillo del norte de Europa.
TRABAJOS DEL ABATE FARIA
Unos veinticinco años después de que Mesmer presentara sus comunicaciones a las Academias científicas de Francia, París se veía sorprendido por los maravillosos hechos realizados en sus pla zas públicas por un fakir indio, apellidado Faria. Este colocaba de lante de sí a las personas que voluntariamente se prestaban a ello y después de reconocerlas ligeramente las aceptaba o rechazaba, pa ra sumirlas en sueño hipnótico y curar sus dolencias.
A las que consideraba como sujetos apropiados las ordenaba se sentasen en su presencia y a continuación las sumía en sueño hip nótico sin más que una orden formal, verbalmente expresada. El abate Faria prescindía en absoluto de toda otra maniobra. Ni con tactos, ni pases magnéticos. Toda su actuación quedaba reducida a expresar de palabra —imperiosamente— su voluntad de dormir al paciente. Su éxito alcanzó los límites de una simpática populari dad y reconocimiento.
PROCEDERES DE JAIME BRAID
A mediados del siglo XIX, el sabio médico inglés, doctor Braid, publicó una obra en que venían resumidas y explicadas las experien cias que había llevado a cabo durante varios años, sobre enfermos a los cuales había conseguido provocar el sueño hipnótico, por un procedimiento que él creía había sido el primero en emplear.
Consistía éste en hacer fijar la mirada del paciente en un objeto brillante, de forma esférica, que se colocaba a unos doce cen tímetros de distancia y seis de altura de los ojos del enfermo.
Los sujetos sometidos a experiencia comenzaban a experimen tar un cansancio particular por el estrabismo convergente a que se veian forzados sus globos oculares. Poco después se iniciaba un parpadeo rápido y acababan cayendo en un estado de sueño más o menos profundo, sueño que tenía una analogía extraordinaria con el provocado por la influencia magnética de los mesmeristas y con el originado a consecuencia de los métodos empleados por el abate Faria.
INVESTIGACIONES POSTERIORES
Hemos citado los trabajos de Mesmer, del abate Faria y del doctor Braid porque son ellos la base y el fundamento de toda la labor que posteriormente han venido realizando numerosos investi gadores dedicados al estudio de la hipnosis. Puede decirse que to da la obra llevada a cabo después, más bien ha sido de ordenación y clasificación de hechos. Y los que alaban el trabajo de los conti nuadores se olvidan lamentablemente y hasta llegan a condenar la obra de los predecesores, más difícil y meritoria sin duda alguna.
Casi todos los autores que se han ocupado de la evolución del hipnotismo en el mundo occidental, citan al marqués de Puysegur, considerándolo como de valía superior al mismo Mesmer. Nada más lejos de la verdad, sin embargo.
Puysegur no pasó de ser otra cosa que un vulgar magnetiza dor que utilizó el método mesmeriano sin introducir en él la más pequeña modificación. Lo único de original que se permitió fué una ridicula interpretación del flúido magnético considerándole como una corriente eléctrica. Respecto a sus memorias tiene más carác ter de obra literaria que científica.
Otro tanto puode decirse de Mac Salson, quien en Inglaterra realizó una labor que más que otra cosa sirvió para que las gentes
14
adquirieran cierta prevención para todo aquello que con el hipno tismo se relacionase.
En los Estados Unidos trabajó un tan meritísimo como modes te médico —el doctor John Nelson— recopilando su obra en varios folletos que, a pesar de su valía, apenas llamaron la atención del 7.<úblico, siendo únicamente conocidos por algunos especializados en la materia.
En Francia estos estudios llegaron a tomar un carácter cien tífico con las comunicaciones presentadas en la Facultad de Me dicina por el doctor Foissac, las cuales no contienen fundamental mente ninguna novedad. Son una repetición de las expuestas años atrás por Mesmer. Sin embargo, al ser puestas de nuevo sobre el tapete merecieron los honores de la discusión, cosa que hasta en tonces no había sido lograda.
Años más tarde, el eminente clínico Charcot, profesor de la Facultad de Medicina de París, emprendía sus estudios sobre el his terismo y admitía como hechos perfectamente demostrables todos los relacionados con el hipnotismo, clasificando con arreg'o a un cri terio particular bien fundamentado en la clínica, en varias modali dades las distintas formas del sueño hipnótico.
Al mismo tiempo la Facultad de Medicina de Nancy —con Ber- nhein a la cabeza— generaliza las aplicaciones de la hipnosis pro vocada, creando la escuela partidaria de la sugestión —como apli cación y como procedimiento—, con lo que en realidad no hace otra cosa que resucitar el sistema ya enseñado muchos años antes por el abate Faria.
Con esto queda el hipnotismo definitivamente incorporado a los conocimientos integrantes de la ciencia oficial y preparado el te rreno para los modernos investigadores.
HECHOS Y TEORIAS ACTUALES
Al mismo tiempo que desaparece la exclusividad de los méto dos utilizados para conseguir la provocación del estado de hipno tismo, surgen nuevas teorías que pretenden explicarnos el meca nismo de su producción y la esencia de los fenómenos.
El profesor Grasset de la Facultad de Montepellier comienza a ocuparse con todo detaRe y con todo rigor científico de estos asun tos y con su teoría de los dos psiquismos encuentra un medio de explicar si mecanismo de. ciertos actos y fenómenos de difícil com prensión, tales como los del hipnotismo, de la sugestión, etc.
El profesor Grasset supone que las neuronas o células nervio sas nobles constitutivas de los centros nerviosos superiores están funcionalmente reunidas en dos grupos fundamentalmente distin tos. Unas constituyendo un centro superior que él denomina con
trol, por atribuirle funciones directivas, y las demás repartidas en
varios subcentros encargados de trabajos más modestos, relaciona dos con las percepciones sensoriales.
Gráficamente expresa su teoría suponiendo un polígono en cuyo centro estaría situado el control 0 , y en cada uno de Jos vér tices los subcentros, A, B, C, D, E, etcétera, suponiendo además a O relacionado con A, B, C . . . por vías aferentes y eferentes.
En la vida ordinaria O. despierto, ejercería la función de con trol, de dirección sobre todo el polígono. Pero en ciertas circuns tancias (sueño, distracción, sonambulismo natural o provocado), O, se hallaría paralizado, ausente o dominado por el O de otro indi viduo y entonces los actos realizados por el sujeto tendrían un ca rácter automático. (Actos realizados con desagregación suprapoii-
gonal).
A pesar de lo seductora que es esta teoría, considerada a pri mera vista, cuando se pretende explicar con ella los actos más sen cillos aue se ofrecen en el hipnotismo, resulta de una absoluta in suficiencia.
En otro capítulo volveremos a insistir sobre este tema.
HIPNOTISMO TRASCENDENTAL
Cuando se dirige la atención hacia las normas seguidas por los distintos investigadores de Occidente en el estudio del hipnotismo y se las compara con los procedimientos y doctrinas de ciertos pue blos orientaos, se echa de ver en seguida la inmensa superioridad de que estos últimos dan muestra en éste como en todos los capí tulos de las ciencias esotéricas.
Al exponer en anteriores páginas un ligero bosquejo histórico del asunto, hemos señalado de pasada algunas pruebas de la altura que estos estudios han alcanzado en ciertas sectas de la India, que —bajo la apariencia de dedicarse exclusivamente a una labor reb- giosa— utilizan la mayor parte de sus esfuerzos en trabajos de ocultismo.
Cuantos hemos tenido ocasión de comprobarlo nos hemos visto obligados a modificar los procedimientos que considerábamos como
16
clásicos y del mismo modo hemos vanado las teorías que utilizan los investigadores occidentales para aclarar los hechos.
En Europa y América existe un vicio de origen que es la cau sa de la ohscuridad y de la confusión reinantes en todo lo que se refiere al asunto oue nos ocupa. Esta causa no es otra que el ab soluto desconocimiento de la verdadera naturaleza del hombre, de sus poderes, latentes, de las energías insospechadas que puede des arrollar poniéndose en las debidas circunstancias y sometiéndose a adecuadas condiciones.
Todos los hombres, absolutamente todos, pueden, sin más que poner en el’o el concurso de su voluntad, llegar a poseer los medios para -que su influencia personal se deje sentir sobre su mundo cir cundante. Y esta influencia no se limitará a actuar sobre sus seme jantes, sino que se hará extensiva a todo cuanto les rodee.
Pero para lograrlo es necesario no solamente llegar a conocer los métodos para poner a los demás en situación de recibir nuestra influencia. Es necesario, además, aprender el modo de que nuestro organismo sea una copiosa fuente de energía psíquica. De esta ma nera llegaremos a estar en posesión de los secretos del hipnotismo trascendental, practicado por los yoghis y por los brahmanes ar- ghys.
Con objeto de que el discípulo se adiestre de un modo progre sivo en las prácticas de la influencia personal, procederemos siguien do el sistema que suele dar más resultados y que consiste en ir de lo sencillo a lo complicado.
Con arreglo a este criterio, daremos, primero, unas nociones conducentes a conseguir el desarrollo del poder, y después le llevare mos a trabajar, sucesivamente, sobre las plantas, los animales, el hombre y el propio yo.
PREPARACION PERSONAL
Una de las primeras cosas a que debe dedicar el discípulo to dos sus cuidados es a colocarse en una situación de serenidad de alma y espíritu indispensables para el buen éxito.
Lo primero que se necesita es poner el cuerpo físico en condi ciones de ser un buen vehículo y emisor de influencia, con lo cual se tiene mucho adelantado para la consecución de aquella.
Para ello practicaremos un régimen de alimentación, del que se excluyan las bebidas alcohólicas y los excitantes de todo género.
El desiderátum sería llegar a un régimen exclusivamente vegeta riano, pero si esto no es posible, convendrá, al monos, que algún ali mento procedente del reino vegetal forme parte de las comidas prac ticadas durante el día. Los vegetales aportan al organismo tanta energía —por lo menos— como las substancias proporcionadas por las cspec’es animales que nos sirven de sustento, y tienen la enorme ventaja de no llevar en si todas sus substancias de origen cadavéri co que contienen estas últimas en proporción no despreciable.
Convendrá que las horas dedicadas al sueño sean las suficien tes y necesarias. Tan perjudicial es pecar por carta de más como por carta de menos.
Un adulto de edad media necesita ocho horas de sueño tranquilo para reparar el desgaste producido por la jornada de trabajo.
Los muy jóvenes deberán descansar mayor número de horas. Los ancianos, por el contrario, .tienen suficiente con un reposo menos prolongado.
También un ejercicio adecuado es factor digno de ser tomado en consideración. Lo mejor es practicar todas las mañanas, duran te unos minutos, varios ejercicios de gimnasia respiratoria, segui dos de un baño o ducha.
En una palabra: debemos considerar que así como una joya apreciada por su valor es guardada en un estuche apropiado, el cuer po físico debe acondicionarse debidamente a la misión que vamos a encomendarle.
Fuera de esto, nuestro género de vida corresponderá a la de una persona que use lógicamente de las funciones que le han sido otorgadas por la naturaleza, sin caer nunca en abusos o omisiones, siempre nocivos.
Tiene aquí buena aplicación el aforismo: “Mens sana in corpo- re sano”.
Es conveniente rehuir todo aquello que pueda nublar la clari dad de nuestro espíritu, y para ello llevaremos nuestro esfuerzo a apartar la mente de movimientos pasionales violentos y ofuscado res. Esto es más fácil de lo que a primera vista parece. En casi to das las grandes pasiones la responsable del incremento subyugador que llegan a alcanzar es nuestra propia imaginación, que presta un fondo engañoso y da un valor aparente a lo que en realidad no tiene ninguno o lo tiene escaso.
Terminaremos citando opiniones de sabios occidentales que se han ocupado de estas cuestiones.
“Es incomprensible *—dice Augusto Koller— el abandono en que a su cuerpo físico dejan muchas personas que pot su educación parece debían saber la importancia que para la vida de la mente
18
tiene la posesión de un vehículo físico sometido a las .reglas de la higiene. Pero —por presumir y blasonar de materialistas— sería de esperar que dedicaran toda su atención y todos sus cuidados al culto de lo que ello3 consideran su verdadera y única personafi- dad”.
Y G. Arthus dice a este respecto:
“Huid de las personas que tienen sobre su cuerpo estigmas de su falta de limpieza. Si insistís en convivir con ellos, acabaréis por descubrir las mismas turbiedades en su e s p ír itu ...”
“Os encontráis^ en el momento culminante de una pasión — escribe Peter Magsen—. Todo menos el objeto amado ha perdido valor para vosotros. Nada os interesa, fuera de ella. N! las alegrías r.i los dolores ajenos acusan en vosotros su huella. Hasta la misma vida ha perdido todo su valor. La entregariais gustosos por un ca pricho de la mujer a m a d a ... Pero pasados unos meses, el sólo re cuerdo de aquera pasión os llena de vergüenza al traer a vuestra memoria todas las claudicaciones de vuestra voluntad, todas las re nunciaciones que de vuestra personalidad hicistéis, la ecclavitud in necesaria y estúpida a que os reb ajastéis.. . ”
“Amad, quered, desead. . . ; pero dejar siempre en reserva, guardándoos la retirada, aunque nada más sea un átomo de vues tra voluntad, para que en el día del peligro ilumine vuestra mente haciéndoos ver la inconsistencia de casi todos los edificios senti mentales que creó vuestra im a g in a ció n ...” —dice en una de sus mejores obras David Gloesser.
Y cerrando estas líneas de consejos dedicados al discípulo, ha remos mención de las palabras de uno de los maestros arghys:
“Llegará el día es que os deis cuenta de la v e r d a d ... Vuestro cuerpo es el arca, el tabernáculo que encierra en su interior — profundamente oculto, pero no por eso menos real— el núcleo del YO, manifestación del Absoluto, del Todo, de la Causa y del Ori gen. Y estáis en el deber de tenerlo siempre dispuesto, como lago de aguas tranquilas y transparentes en cuya pureza y en cuya sereni dad pueda bogar sin un balanceo y reflejándose límpidamente en el cristal de su superficie, la nave de oro de vuestro Espíritu: LA PAZ”.
ACCIONES MAGNETICAS EJERCIDAS SOBRE LAS PLANTAS
Los maestros arghys enseñan a sus discípulos en las primeras lecciones prácticas la manera de actuar magnéticamente sobre los vegetales, y con este fin realizan una serie de experiencias que los
txellas deben repetir con éxito, sin ayuda ninguna.
Consiste una de días en tomar dos semillas gemelas (proceden tes de la misma planta) e introducirlas en dos recipientes llenos de tierra de la misma clase el uno y el otro. Los cuidados posteriores prestados a ambas siembras son análogos, es decir que el riego — por ejemplo— se verifica a la misma hora del día y con las mismas cantidades de agua para una y otra semilla.
En estas condiciones el magnetizador debe dirigir sus manos con los dedos agrupados en forma de cono sobre una de las semi llas enterradas deteniéndose en esta maniobra durante media hora cada día. La semilla enterrada en el otro recipiente no recibe ningu na influencia ya que su sólo objeto es servir de testigo.
. Si el magnetizador O) tiene condiciones de tal, verá pronto el fruto de su actuación demostrada por la prematura emergencia de la planta correspondiente a la semilla magnetizada.
Esta experiencia es fácil de repetir por los que sigan con in terés el presente curso de ocultismo. Sin embargo a los principian tes les será conveniente prolongar el tiempo de actuación. Cuando se llega a un mayor grado de desarrollo puede también llevarse al efecto la prueba siguiente:
En una planta en la que el tamaño de los distintos tallos co rresponda a la misma longitud, hágase sobre una de las ramas, du rante una hora por día, práctica de imposición de manos. Para ello deberá uno situarse delante de la rama elegida y extender hacia ella los brazos de modo que converjan las manos en la línea media v que sus palmas vengan a quedar a pocos centímetros sobre aqué lla.
El resultado positivo se señalará por un más rápido y fron doso crecimiento del tallo sobre que se haya actuado.
(i) Entiéndase que siempre que empleemos términos tales como magne tismo, magnetizador, etc., lo hacemos para la más fácil comprensión de los ha bituados a la terminología occidental.
20
El estado mental del actuante en ambas experiencias deberá ser de absoluta fe y confianza en el éxito.
Con la práctica se llega a provocar el mismo fenómeno, no en días, sino en horas solamente. El año 1893, el brahmán Kashnurti Causó en Londres la admiración de las gentes practicando a presen cia de numeroso público la experiencia antedicha.
Igual consecuencia puede obtenerse actuando por imposición de manos sobre flores no abiertas, las cuales rápidamente llegarán a su completa madurez. Esta experiencia es de más rápida realiza ción y más brillante, en apariencia al menos, que las expuestas an teriormente.
La sensación experimentada por el magnetizador cuando ejer ce su acción de un modo positivo, se traduce en una especie de co rriente fría que corriera por sus brazos en dirección del hombro ha cia la mano. Después, sus miembros superiores experimentan un cansancio particular que dura unas horas y todo su organismo pa rece que ha cedido algo de vitalidad.
Todos estos fenómenos sentidos por el experimentador respon den a la idea sostenida por los ocultistas de Oriente, quienes supo nen que el flúido vital —prana— emanado del magnetizador, se acumula en la planta, dando origen a un metabolismo rapidísimo en todas las células que la constituyen.
SUEÑO HIPNOTICO EN LOS ANIMALES
Existen diversas prácticas por medio de las cuales es posible hacer entrar a los animales en un estado que presenta todos los ca racteres del sueño hipnótico. En la India llega a constituir un ofi cio vulgar el de los llamados encantadores de serpientes. Estos pro ceden para conseguir su objeto de diversas maneras, siendo la más corriente la que consiste en utilizar un pequeño instrumento mu sical, semejante por su forma a un pífano, y que ellos llaman tzan-
dra, del cual consiguen extraer una serie de sonidos de carácter
dulce, monótono y adormecedor.
A ese propósito, refiere el coronel Moulton que durante mu cho tiempo tuvo la creencia de que las serpientes que manejaban los encantadores estaban desprovistas de la bolsita venenosa que or dinariamente llevan en la base de los dientes. Pero su asombro no tuvo límites cuando pudo convencerse de que se trataba de auténti cas najas, una de cuyas mordeduras ocasiona la muerte de un hom bre en breves horas.
En el mundo occidental han sido varios los investigadores que han trabajado para conseguir y estudiar los efectos de la hipnosis sobre las distintas especies animales. Una experiencia que, a pesar de su sencillez, se ha hecho clásica, fué la realizada a mediados del siglo XV por A. Kircher. Este experimentador cogía una gallina, y después de ligarle convenientemente las patas, la colocaba frente a una línea que previamente había trazado en el suelo con un trozo de tiza; inclinaba ligeramente la cabeza del ave y después abando naba ésta a sí misma. Durante varias horas —siete en una observa ción— permanecía el animal inmóvil en la postura en que se le ha bía fijado.
Alian Smuts verificaba con pichones y con pájaros una serie de notables experiencias. Consistía una de ellas en coger uno de aquellos y, con un movimiento brusco, colocarlo en la palma de la mano con el dorso del animal apoyado en ella. El pájaro so metido a esta maniobra permanece como privado de vida, pues únicamente se aprecian los movimientos respiratorios con un ritmo suave y lento. Este mismo resultado puede conseguirse por otros medios, tales como la presión sobre el vertex del cráneo de los ani males sometidos a experiencia, el rascamiento enérgico de la re gión occipital, la producción de un sonido agudo y penetrante ve rificada en las proximidades de aquellos o la presentación ante su vista de objetos brillantes o vivamente iluminados. (Cataplexia, de Gustavo Preyer).
En los gatos puede apreciarse un estado parecido al sueño hip nótico después de someterlos a la siguiente maniobra: Se toma al animal y se le coloca, echado sobre un costado, encima de una mesa. Inmediatamente se comienza a pasar una y otra vez la mano —de cabeza a rabo— con cierta energía y con bastante velocidad. A los pocos minutos se observa como una relajación de todos sus músculos; llegado este momento, aunque se abandone al animal, éste no cambia de postura ni realiza el menor movimiento en una media hora.
Los caballos también son animales extraordinariamente sensi bles a las influencias hipnógenas, y a esto ha sido atribuido por algunos el éxito de los famosos caballos de Eberfedt, que realiza ban operaciones aritméticas complicadas tales como la elevación a potencias y la extracción de raíces con una exactitud maravillosa.
indudablemente hay que pensar que ciertos efectos terroríficos y paralizantes ejercidos por unos animales sobre otros deben ser ocasionados por maniobras hipnóticas llevadas a cabo por el ata cante sobre la víctima. Dentro de esta clase de influencia estaría la ejercida por la serpiente sobre los pájaros —bastante menos
22
frecuente de lo que el vulgo supone— y la que ciertos insectos, bien estudiados por Fabre, ejercen sobre otros que les sirven de presa. Así se da el caso de que un diminuto insecto —la mantis
religiosa— deja inmóvil de terror, por algo que debe estar rela
cionado con una acción hipnótica, a insectos que la decuplican en volumen.
MAGNETIZACION DEL AGUA, DE OBJETOS, DE FLORES, etc.
Una de las cosas más fácilmente magnetizables es el agua. Para el o basta tomar un vaso lleno de este líquido y proceder con arreglo a la siguiente técnica: Puesto sobre una mesa, y a nuestro alcance, extenderemos nuestras manos del mismo modo que hemos dejado señalado en uno de los capítulos anteriores al estu diar ei modo de magnetizar las plantas. Después de media hora de actuación procederemos a dirigir los dedos de la mano derecha, dispuestos siempre en figura de cono, hacia la superficie del lí quido. Finalmente, un sop o suave y prolongado refuerza los efec tos obtenidos, considerablemente.
Aparentemente nada denunciará la modificación sufrida por el agua. Pero dad de beber de ésta a un grupo de personas, entre las cuales se hallen algunas bastante sensibles a las influencias magnéticas, e inmediatamente quedaréis sorprendidos al advertir que las tales comienzan pronto a experimentar los fenómenos precursores del sueño hipnótico. Bostezos, pandiculaciones, lagri meo, cansancio.. .
Y en el caso de que alguna de las que hayan bebido del agua presente una sensibilidad bastante acusada, no pararán las cosas aauí, sino que al cabo de unos minutos caerá en un sueño que re unirá todos los elementos características necesarios para poderlo asimilar al sueño hipnótico.
Las flores pueden ser objeto apropiado para recibir la impreg nación magnética, siempre que se las someta a idénticas opera ciones que las aconsejadas para el agua. Si así se procede, vere mos que al ser guardada por un sujeto sensible, pronto sufrirá éste los efectos de la influencia magnética.
Los resultados se producen siempre de un modo suave, sin tu multo. No hay que esperar efectos teatrales.
La influencia magnética así ejercida se manifiesta callada, pianísimamente, sin dejar por ello de ser tan eficaz como real.
Volveremos a insistir sobre un detalle: Para el buen éxito de todas nuestras actuaciones es indispensable un estado mental apropiado. El que actúa debe hacerlo con el convencimiento y la fe de que su influencia se dejará sentir de un modo indudable y categórico.
Cualquier otro objeto puede influenciarse magnéticamente si guiendo las reglas que hemos señalado: joyas, objetos de uso co rriente, etc.
Todo el mundo ha oído hablar en más de una ocasión de la existencia de amuletos que proporcionan especial felicidad a aque llos que los llevan consigo. Actualmente, en la mayor parte de los casos, se trata de supercherías llevadas a cabo con ánimo de ex plotar a los incautos, pero no es menos cierto que en varios países orientales aquellos tienen —no esas universales virtudes que les han atribuido—, pero sí una influencia magnética sobre el que los posee.
En general, todas las personas impregnan con algo suyo cuan tas cosas pasan por sus manos. Parece como si dejáramos una es pecie de perfume psíquico sobre todo cuanto tocamos. Unos en ma yor medida que otros. Los que poseen bien desarrollados sus po deres en mayor grado que los demás. Y luego —cuando cualquier objeto es utilizado en experiencia por un sensitivo a estas leves influencias, a estos tenues contactos— nos asombramos al escu char las exactas descripciones que hacen las personas y hechos re lacionados con el objeto que se usó en la experiencia.
A esta clase de fenómenos pertenece el acontecido al doctor Behnundsen, que citamos en las primeras páginas del presente volumen.
Al ocuparnos de la Psicometría tendremos motivo para dete nernos ampliamente estudiando numerosos ejemplos de esta clase. También es un hecho de observación el que hace referencia a la fatalidad que proporcionan a sus poseedores ciertas joyas famosas que parecen ir nimbadas de una aureola sangrienta.
Los sucesivos propietarios, en número de diecisiete, de un hermosísimo berilo, conocido en la India con el nombre de “satbha roshba”, murieron todos de muerte violenta, acaecida en las más trágicas y misteriosas circunstancias. Haremos notar que casi nin guna de estas muertes obedeció al móvil del robo de la fatídica piedra.
Una de las joyas que poseían los últimos zares de Rusia tenía igualmente una historia llena de crímenes y de horrores.
24
Y nada digamos de algunos de los objetos substraídos de las tumbas de los antiguos faraones. Casi todos los coleccionistas que codiciosamente han comprado a los usurpadores lo que éstos ha bían robado en las tumbas profanadas, han acabado por ceder a los Museos nacionales joyas y amuletos que parecían perseguirles con una mala ventura, que no terminó hasta que se separaron de ellos.
Hay una tendencia a explicar todos los hechos cuya esencia se nos escapa, atribuyéndolos a la casualidad, y esto ocurre con los que de momento nos están ocupando.
Y, sin embargo, tienen explicación admitiendo esa sutil im pregnación a que hemos hecho referencia en renglones anteriores.
Citemos algunos casos que así lo demuestren:
Los arghys, cuando tratan de enterarse de cuáles entre sus discípulos son los más sensibles a las influencias magnéticas e hip nogénicas, usan del siguiente proceder:
Dentro de una habitación colocan —distribuidos entre los de más— algunos objetos magnetizados previamente. Los discípulos penetran en ausencia del maestro, con orden de dar cuenta poste riormente de lo que en el cuarto hayan observado.
A la salida siempre hay varios de entre ellos que se encuen tran como avergonzados ai dar su explicación del contenido de la estancia, pues apenas aciertan más que a describir tres o cuatro cosas con verdadero detalle y estas son precisamente las que re cibieron el' influjo magnético.
Nosotros hemos verificado con frecuencia una parecida expe riencia.
Entre las diversas cosas distribuidas por nuestra mesa de trabajo dejamos al azar algún objeto impresionado magnéticamente.
Las personas sensibles que se sientan enfrente de mí comien zan a acariciar, de un modo disimulado, precisamente aquellas cosas sobre las que actué previamente. Cuando repite su visita al guno de estos individuos, siempre se distrae, mientras conversa conmigo, dando vueltas con sus dedos a uno de los objetos indicados.
Todos cuantos han estudiado con algún detalle los asuntos que están mereciendo nuestra atención, podrían aportar bastantes hechos de la misma clase.
L. Emery cita una experiencia por él realizada, que consistía en lo siguiente: ‘
Magnetizaba un pedazo cuadrado de papel blanco. Lo marca ba con un pequeño signo y a continuación lo doblaba varias veces. Otros cuatro o cinco papeles del mismo color y tamaño, que
nt recibían influencia alguna, eran doblados como el primero y mezclados con él, de tal modo que después de verificada esta mez cla, el experimentador quedaba incapacitado para distinguir cuál
de loa papeles era el sometido a influencia, a menos de desdoblar los todos para observar en cuál de ellos se había marcado el signo distintivo.
Repartidos todos los papeles a otros tantos sujetos hi per sen sibles, uno de ellos entraba en sueño hipnótico con relativa rapi dez. £1 resto permanecía indiferente.
El sujeto que había caído en sueño era el portador del papel previamente magnetizado y esto mismo tuvo lugar cuantas veces se repitió la experiencia.
Este sólo hecho destruye de un modo definitivo la hipótesis de Bernheim y de toda la Escuela de Nancy, los cuales suponen que sólo la sugestión es la causa de los fenómenos observados en e1 hipnotismo y fuerza a admitir la existencia de algo material (flúido magnético, flúido ódito, radiación nerviosa, influjo práni- c o . . . ) que emana del magnetizador.
Todavía queremos citar un último experimento practicado por el sabio investigador P. Ramón, que tiene muchas analogías con el que acabamos de mencionar.
Entre otras notabilísimas experiencias sobre sus sujetos, veri ficó el citado profesor la que a continuación exponemos:
De entre un cierto número de caramelos magnetizaba uno, en cuyo papel envolvente escribía una pequeña marca que después pu diera servir de control. Ofrecido a escoger un caramelo a un so námbulo —en estado de vigilia— siempre resultaba que el elegido era el portador de la señal. Aquí tampoco es posible hallar la menor traza de sugestión verbal ni mental.
Los hechos que acabo de ofrecer sirven para demostrar la existencia de ese aroma psíquico que dejamos sobre todo aquello que contactamos y que no es otra cosa sino una emanación —ate nuada— pero en todo semejante a la producida por medio de las maniobras que al principio de este capítulo hemos indicado como apropiadas para verificar la magnetización de los objetos.
Sirven también para demostrar la inconsistencia de las hipó tesis que buscan en la sugestión la explicación de todos los fenóme nos integrantes del ocultismo.
Y valen sobre todo para llevar a nuestro ánimo el conven cimiento de que los métodos y teorías seguidos en Oriente para el es tudio y cultivo de las Ciencias Esotéricas son más racionales y más provechosos que los utilizados por la mayor parte de los occi
26
dentales, a pesar del calificativo de empíricos con que éstos señalan a aquéllos.
Después de haber despreciado la obra y la memoria de Mesmer, tenemos que reconocer que éste vislumbró por lo menos algo que, aunque imperfectamente, recuerda las ideas sustentadas por los arghys y los yoghis, verdaderos maestros de la Ciencia oculta.
EL HIPNOTISMO EN LA ESPECIE HUMANA
Bajo el título antecedente nos proponemos estudiar no sólo los fenómenos hipnóticos propiamente tales. Abarcaremos también en este' extenso e importante capítulo todos los hechos relaciona dos con la influencia ejercida por unas mentes sobre otras, refi riéndonos al hablar así a aquellas influencias que escapan al con trol y a la observación corrientes, verificándose en un plano ajeno al de la conciencia ordinaria.
Escasas serán las personas que no hayan tenido ocasión de comprobar en sí mismos o en sus familiares alguno de esos fenó menos de transmisión mental, algún caso de telepatía. Pero la mayor parte no habrán pensado que tales hechos obedezcan a una causalidad bien establecida. La tendencia corriente es considerarlos ccmo casuales, como simples coincidencias no dependientes de una ley.
Esta defectuosa manera de pensar obedece a lo que en otra ocasión hemos señalado. Al desconocimiento en que ordinariamen te se vive respecto a la verdadera naturaleza y constitución del ser humano.
Estudiaremos en primer término los métodos mejores para conseguir la
INFLUENCIA EN ESTADO DE VIGILIA
Para que el discípulo llegue a adquirir fe en sí mismo, será conveniente que comience por practicar con algún amigo de su confianza.
Operará del siguiente modo:
A una hora determinada se encerrarán cada uno en sus ha bitaciones y ambos procurarán que hasta ellas no alcancen los
ruidos del exterior. Se acomodarán en un sillón e inmediatamente procederán a prestar a su cuerpo el mayor reposo posible. Con este objeto fijarán su atención en uno de sus miembros, el inferior derecho, por ejemplo, y relajarán todos los músculos del mismo; acto seguido verilicarán la misma maniobra con el izquierdo. Una vez que lo hayan conseguido tocará el turno a los brazos. Des pués a los músculos del cuello, tronco, etc. Ningún músculo debe quedar en estado de contracción.
A continuación dirigirán su voluntad a establecer un ritmo respiratorio conveniente.
La inspiración se hará por la nariz y procurando ventilar bien las bases pulmonares, para lo cual el tipo de respiración en esta fase es el abdominal. La espiración se realizará por la boca y uti lizando como músculo espiratorio el diafragma.
Un recurso muy recomendable para que el principiante se dé cuenta de que hace bien las cosas es el de colocar una hoja de papel sobre su abdomen. En los movimientos inspiratorios ésta debe elevarse como levantada por una ola y a la expulsión del aire deberá descender todo lo posible.
En estas condiciones, su cuerpo físico adoptará un estado mental de tranquilidad perfecta y comenzará a emitir de un modo suave, sin excesivos esfuerzos de concentración su pensamiento. (Antes de la experiencia habrán convenido en actuar, uno de trans misor y otro de receptor.) La transmisión no tendrá nunca los caracteres de una orden impuesta al que la recibe. Aclaremos esto con un ejemplo;
Si desea, verbigracia —el transmisor—, conseguir del recep tor que éste le envíe un libro determinado, no deberá influenciarle pensando: “Envíame tal iibro”. Su pensamiento irá encaminado a colocarse en el lugar del que recibe y pensar por él: “Voy a en viar este libro”. El transmisor, además, procurará formar una ima
gen Visual del acto de coger el libro (como si se hallara dentro
del cuerpo de su compañero) y del de trasladarlo.
Es conveniente que en las primeras comunicaciones se conven ga de antemano en establecer transmisiones sencillas, por ejem plo, de guarismos simples.
En tal caso el que transmite se habituará a la formación de la imagen visual recurriendo a un sencillo artificio, consistente en colocar delante de su vista una cartulina en la que vaya dibu jada claramente la cifra objeto de la transmisión.
El receptor, por su parte, no forzará su atención voluntaria sino que procurará mantener su mente en un estado de indife
28
rencia, de descanso, pero huyendo del sueño que al principio ten drá tendencia a invadirle.
Tendrá que tener presente que, de ordinario, se presentará ante él lo transmitido como una sensación visual o auditiva, y no como una revelación surgida de improviso.
Además —en el caso de transmisión de guarismos— conven drá que espere uno» minutos antes de decidirse a aceptar un nú mero, para ver si se refuerza la intensidad de la impresión reci bida, lo que es muy frecuente cuando se está en buen camino.
El tiempo destinado diariamente a la experiencia deberá ser de hora y media. En las primeras sesiones convendrá emplear un cuarto de hora para la transmisión de cada cifra y se colecciona rán los resultados por grupos de seis, anotando cuidadosamente la focha de las comunicaciones, al objetoo de poder apreciar los progresos que se vayan obteniendo.
l e ... 9 6 4 9 2 2 ___ ___ 3 9 7 6 3 2 2 P ... 3 5 2 7 3 6 ___ ___ 3 6 4 9 7 9 3 * ... 5 7 4 3 5 9 ___ ___ 1 0 1 5 6 7 4 9 ... 1 0 7 3 9 7 . . . 1 0 1 5 6 7 5 ^ ... 7 3 5 4 2 8 ___ ___ 7 3 7 4 7 7 6 ^ ... 8 4 2 6 4 3 ___ ___ 8 4 2 9 5 3 7 9 ... 9 4 2 6 4 3 ___ ___ 9 4 2 5 6 7 8 9 ... 6 5 5 7 8 0 ___ ___ 9 5 5 7 8 0 9 9 ... 6 6 6 4 3 5 ___ . . . . 6 6 6 7 6 4 1 0 e ... 1 0 1 0 5 6 ___ ___ 1 0 1 0 1 2 1 1 9 ... 8 6 7 4 5 3 ___ ___ 8 6 7 4 5 2 1 2 9 ... . . . 0 5 7 4 3 5 . . . . ___ 0 5 7 4 3 5 A partir del día 12 no hubo error ninguno en la recepción de las series transmitidas.
Entre otros muchos detalles que reclaman nuestra atención en esta experiencia figuran los siguientes:
La primera de las cifras transmitidas en cada sesión la ha recogido el receptor diecinueve veces de veintiuna. Y lo mismo ha sucedido con la emitida en segundo término. La transmitida en tercer lugar, diesiséis veces. La siguiente, catorce. La penúltima, doce, y la última, catorce.
Vemos, según esto, que el éxito va decreciendo a medida que la experiencia avanza. Lo cual podríamos interpretarlo como un fenómeno derivado del cansancio de los actuantes, hipótesis que