Por vivir en
la
misma calle
por José Contreras Quezada
Ellos vivían allí enlavieja calle, entre
'lacorrupción y la decencia.
Joe Evers
Todas las mafianas voy al café de Beny en las calles de San Juan de Letrán. Beny me cuenta interesantes historias de bandidos del siglo pasado y10hace con tal vehemencia que yo mismo me siento inclinado a escribir un libro que hable de ellos. Desde luego que a Beny le gusta mucho la idea.
-Sí, Dde. Sácalos de sus tumbas y hazlos cabal· gar otra vez al filo de la noche.
No tiene nada de noble la vida de los bandoleros, pero es por su condición de rebeldes que Beny les ~tribuye una realidad fantástica. Y no sé si es eso lo que les da un lugar en la historia y hasta en la literatura, pero no hay duda de que este es un filón poco explotado, una veta casi virgen para quien tiene talento. Todo esto me lo dice Beny con mucho entusiasmo y ademanes histriónicos muy ·sugerentes. Nos hallamos tan enfrascados en el tema que hasta nos olvidamos de la gente sentada a las mesas, y sus voces nos llega como el remanso de un oleaje que lame la fma arena de la costa. Es por eso que no vemos cuando entra Toño Batalla; lo peor es que ni siquiera me sorprendo de verlo junto' a mí. Pero, luego, me olvido de las historias de forajidos y me-detengo como tieso en mis pensamientos, porque si Toño Batalla está allí es porque algo va a suceder. Es un hombre como de veinticinco años, delgado, elegante y atractivo. Ueva un traje gris, de pura lana, -que combina con una camisa sport, negra, de seda. Se me queda mirando y me pasa el brazo sobre los hombres.
- ¡Diablos, Dde! ¿Dónde te metes?
Toño Batalla es muy sutil, al grado que no se sabe bien a qué atenerse con él, pero uno puede estar seguro de que cualquier sugerencia suya es perversa, así que le digo:
-Mira: Beny y yo estamos muy contentos. El ni siquiera me escucha, me agarra de un brazo y me jala aparte.
-¿Ya te olvidaste dónde naciste? -No, ¿pero qué tiene que ver?
-Mucho. ¿Cómo crees que dos tipos, como tú y yo, que aseaban calzado en las esquinas, cuando éramos mocosos, van a palmar la vellarina ahora?
La pregunta no deja de tener interés. Y es que Toño Batalla tiene su propia teoría de la vida, porque es eso lo que más le interesa por encima de cualquiera otra cuestión. Y no le falta razón. Es la única cosa que su madre le dio y no es dueño de nada más.
-Vivir sin un cochino níquel en la bolsa no sirve, Ilde. Te digo que no sUve.
-Esa es la maldita cosa -digo yo.
-Lo has dicho muy bien, Ilde. Esa es la maldita cosa. Bueno, ahora me voy, te veo luego.
A veces creo que está loco. Todo esto no tiene para mí ningún sentido, y me vuelvo con Beny porque sigo interesado en oír todo lo que él sabe de los bandidos del siglo pasado. Y así me paso la mañana. Pero esa noche, cuando voy camino de mi casa, en la calle de Santa María la Redonda, al pasar delante de la cantina El Barco de Plata, quien sale de allí y me topo con él a bocajarro es nada menos que Toño Batalla. Apenas me ve, abre los brazos y exclama:
- ¡Hola, Dde! Uegas a tiempo.
-¿A tiempo? -digo yo, muy extrañado.
-Sí. En unos cuantos minutos pasa el Ronco Peláez en el Buick.
- ¿Cómo? -pregunto, desconcertado. Pero él hace un gesto desenfadado y me dice: - Ya te lo expliqué en la mañana. Tú lo sabes bien.
En eso llega el Buick y se estaciona al hilo de la acera, y veo al Ronco Peláez al volante. Toño Batalla me jala por un brazo y dice:
- ¡Ya está aquí! ¡Entra!
Abre la portezuela y me empuja al interior del Buick. El Ronco Peláez oprime el acelerador y sale disparado en dirección de Bucareli, aquí agarra a la derecha, hacia el Monumento a la Revolución, y
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José Contreras Quezada (México, 1926) publicó reciente-mente otro cuento: Vengo por tl, en la Gaceta del Fondosigue indefinidamente ese rumbo enfocados por la luz eléctrica desparramada en fmos hilitos que flotan como vapor de noche. Después todo esto se .extingue y entramos a una calle en la cual los focos del alumbrado público han sido rotos, al parecer, a pedradas. Hago esta deducción por el número de piedras que hay por toda la calle, y es tal la cantidad de tales proyectiles que no dejan circular un carro libremente, lo cual me parece una cosa hecha más bien adrede, para que no pueda correr por allí nada que se parezca a un carro.
Al fin nos detenemos y el Ronco Peláez deja el volante, sale del Buick y se pone las manos en torno a la boca y empieza a silbar de un modo misterioso. Confieso que yo no me siento ni tantito tranquilo. Debe ser la oscuridad de la calle y la certeza de que ni Dios Padre puede impedir que se oscurezcan nuestras vidas en caso de un ataque a mano armada. De todos modos mi impaciencia es cada vez mayor entre aquel silencio de ruinas abrumadas por las sombras. De repente veo algo que se recorta al socaire de una pared, y empiezo a creer en los fantasmas, debido a lo extraño de aquella silueta, y, no obstante, parece que sus contornos van tornando la figura de un ser humano, enteramente vivo, pero amenazante y asaz maligno. El tipo a quien le dicen el Ronco Peláez vuelve a silbar al estilo de los bandidos de los viejos tiempos y me figuro que me encuentro en la madriguera de una bien organizada banda de. ladrones. Entonces mi imaginación
empie-za a desbordarse al cobijo de las sombras de la noche condensada de silencio. En este montón de ruinas y escombros hay, sin duda, todo un pueblo de mero-deadores nocturnos. Y así es, porque no tardan en aparecer nuevos miembros de esta extraña comuni-dad, al mismo tiempo que Toña Batalla y yo salimos del Buick para quedar
'al
descubierto; sólo que así, a pecho limpio, no me parece que estamos haciendo las cosas con la debida prudencia. De todos modos no puede ser de otra manera, porque eso es lo que dice el tipo a quien le dicen el Ronco Peláez. Todos aquellos individuos que salieron comonacidos de la tierra vienen silenciosamente hacia nosotros y nos rodean. Luego de un ligero recono-cimiento, es a mí a quien escrutinan con sus ojos de fulgor fiero, y me miran con instancia. El Ronco Peláez parece confundido y pregunta:
- ¡Moscas! ¿Y por qué tantos?
Ellos no contestan hasta después de unos minu-tos.
- ¿Quién es éste?
- Viene con nosotros -dice el Ronco Peláez. Pero el individuo que habla es desconfiado y sigue mirándome igual que los otros. Entonces Toña Batalla interviene:
-Qué pasa mis ñeros. ¿Hay algo que no está bien?
Eso parece que convence al sujeto que habla y a los otros, y el tipo de la voz dice:
-Sólo queríamos saber, Toña. Tú eres garante, ¿no?
-Soy garante.
Yo espero a que me pidan mi nombre y cosas así, pero algo curioso pasa en seguida: nadie quiere saber nada de mí, y se ponen a discutir entre ellos. Yo sólo alcanzo a oír entre dientes:
-Bueno, Ronco. Llévate al buen Rufino, ¿okay? -Okay.
Inmediatamente se desperdigan y desaparecen, y Toñú Batalla vuelve a jalarme del brazo y me lanza dentro del coche. En realidad yo quiero ya subir al Buick, por lo que no me molestan semejantes modales. El automóvil va como escurriéndose por las callejuelas sin luz, donde prolifera la gente llena de miseria, esa gente de la que luego hablan los periódicos con cierto resquemor, como si en reali-dad estuvieran hablando de los hijos putativos de la patria. O a la mejor es así, no sé. Lo cierto es que mis pensamientos van tornándose negros, es imposi-ble preservar limpia el alma aquí, yeso explica, con toda seguridad, por qué esta gente siempre tiene el ceño encanijado. Bueno, pero, al fin, agarramos una avenida por la que circulan veloces y bonitos auto-móviles, enzarzados en alta carrera, dejando detrás
suyo una estela iridiscente que lame el asfalto con largas lenguas de fuego. Las fachadas de los edificios ya no tienen ese impacto deprimente, que oprime el corazón, las contemplamos con placer y recrean nuestra imaginación: vemos el confort, la holgura, el bienestar y aun el derroche que proporciona belleza. Hermosas y grandes casas californianas, con extensos espacios a su alrededor cubiertos de césped. El alumbrado eléctrico es tan profuso que la luz res-plandece, alba y helada, a lo largo de las calles, en la calma de los paseos arbolados; el neón ilumina .el frontispicio de los centros comerciales, desparraman-' do sus colores de confeti que parecen lanzados al aire para engaianar el cielo. Aquí habitan los buenos ciudadanos de la ciudad, muchos de los cuales ciñen sus sienes con laureles cesareanos. Son los que han construido este país donde yo vivo sin otra preocu-pación que la de escribir una historia de bandidos. Por lo cual a mí me parece todo muy bien; y la verdad es que me embarga un sentimiento tan peculiar que, aun cuando sé que es falso, parece que estas residencias no son tan ajenas para mí y yo habitara en alguna de ellas. Y creo que algo seme-jante les ocurre a estos gandallas que vienen conmi-go, a juzgar por la expresión de gratitud manifiesta en sus caras duras de inmundos ganapanes. Pero tal vez me equivoco, al menos en un punto, porque Toño Batalla se encuentra concentrado como si tuviera metida, entre ceja y ceja, una idea muy cara para él. Y es que Toño Batalla no es amigo de sensiblerías refmadas como la devoción que muchos guardan al genio artístico, al prodigio cesareano de nuestros patricios y cosas así. Esto lo tiene bien sin cuidado, y lo mismo le da que exista el arte como si no. De suerte que cuando oigo la voz perentoria de Toña Batalla, yo dejo mis ensueños para reintegrar-me a mí mismo.
- ¡Detente! -le dice al tipo a quien llaman el Ronco Peláez.
Este obedece y pega el Buick al borde de la acera. A mi derecha hay una verja de hierro cuyos barrotes culminan en una especie de flor de lis, con
punta muy aguda, y luego sigue un prado circunda-do por una tapia sobre la que corren las enredaderas rebosantes de verde follaje. Yo todavía no entiendo por qué nos detenemos aquí, y es quizá por eso, también, que no entiendo a Toña Batalla. Mas cuando bajamos del Buick, las cosas quedan claras para mí, porque la voz de Toña Batalla es igualmen-te clara:
-nde, tú vigilas aquella esquina. En cuanto ves que hay moros en la costa, silbas algo. Lo que sea, tú silbas algo, ¿entiendes? Es todo lo que tienes que hacer.
Bueno, Tafia Batalla es tan claro ahora, que me
rebelo disgustado. '
-Oye -le digo-o Tú no me dijiste nada de todo esto; de modo ...
Toña Batalla no me deja terminar. Me agarra por un hombro y me dice muy calmado:
- ¡Qué pasa! ¿No te acuerdas de cuando éramos mocosos y aseábamos calzado en las esquinas de la calle de Santa María la Redonda?
y antes de C}!le yo abra la boca, el tipo a quien todos conocen como el Ronco Peláez se acerca:
- ¿No· me dijiste que tu amigo no era un gallina? - ¡Seguro! -responde Toña Batalla, y se dirige conmigo-: Oye, Ilde. Este tipo te está insultando.
- ¡Al infierno tú y ese tipo! -digo yo.
-¿Lo ves? -dice Toña Batalla-. Ilde no es ningún gallina.
Me suelto diciendo todas las maldiciones que me
sé desde cuando yo era niño y, como estoy'entram-pado, me voy a la esquina que me sefiala Toña Batalla. Y aunque estoy solo, yo sigo diciendo maldiciones, porque me sé muchas: digo, hijo de puta, aprovechado, padrote hijo de la tiznada, y me salen estas cosas con tal fervor que mis manos accionan en el aire describiendo ademanes contun-dentes. El guardia debe pensar que algo me pasa. Yo no sé de dónde sale allí un guardia; pero el caso es que lo veo preocupado por mí, tal vez porque ve que yo no estoy enteramente en mis cabales. Con voz amistosa me dice:
-Jovencito, usted tiene algo. Dígame si puedo ayudarlo.
Aquel acento amistoso me parece de 10 más normal y, de repente, en un pequeño lapso de enajenación, hasta creo que estoy en alguna esquina de Santa María la Redonda, por 10 que yo digo sin levantar siquiera la cabeza:
-No me pasa nada. Este hijo de toda su madre. -Quién -dice el guardia.
-El mismo de siempre. Toña Batalla.
El guardia ve hacia el otro lado de la calle y descubre el Buick. Entonces me toma de un brazo y echa a caminar.
-Ven conmigo, te calmará -dice él con voz mansa.
Entonces es cuando yo empiezo a entender. Suena el claxon del Buick y veo al buen Rufino corriendo, con un atado en la mano, a 10 largo de una cornisa de piedra. Salta al prado hermosamente cuidado y luego alcanza la tapia. El guardia apunta con su pistola, dispara, y, en el momento en que Rufino está por saltar, se desploma como desmade-jado. El Ronco Peláez sale por la puerta contraria y, de un puñetazo, derriba al guardia. Al mismo tiem-po Toña Batalla recoge al buen Rufmo y lo arrastra dentro del automóvil.
- ¡Adentro todos! -grita.
Entramos de un solo impulso al Buick y éste arranca de estampida sobre las calles. El buen Rufmo se queja amargamente, mientras se retuerce y se agarra una pierna, y yo veo que una mancha de sangre va extendiéndose en el pantalón. Todos guar-dan silencio dentro del Buick, a excepción de Rufino que sigue quejándose como un moribundo. Yo no sé por qué se ven tan apesadumbrados y supongo que es porque el Buick derrapa los neumá· ticos sobre el asfalto como si el mismo diablo hubiera tomado el volante. Yo temo que nos deten-gan de un momento a otro, pero no nos sigue nadie, y más adelante las calles vuelven a tomar esa dulzura helada que les da la flamante luz de los bares y hoteles con sus anuncios de whiskies tan bien presentados que llenan la vista. Pero no puedo
divagar en la regia belleza de las calles amortiguadas por la noche porque me molestan los quejidos del buen Rufino. De repente habla el tipo a quien conocen como el Ronco Peláez:
-Es el mocoso.
Sí, creo que la traen conmigo. Sin embargo, la mancha de sangre me recuerda que es la primera vez que yo veo a un individuo con una bala en el cuerpo, 10 cual es muy interesante en las historias de bandidos. Sólo que el buen Rufino, en cuanto se calma un poco, me lanza unas miradas endemonia-das, como si yo fuera quien le metió la bala en el cuerpo. Pero es claro que está equivocado y yo creo, más bien, que me trae tirria. De repente dice:
- Toña, por qué lo trajiste.
-Cálmate -dice Toña Batalla, y agrega-: nde no te hace nada. No te ha hecho nada.
- ¿No? ¿Qué no ves cómo estoy retorciéndome? -Bueno, ya. El no es -responde Toña Batalla. Luego alza la mano y muestra el atado con el botín adentro-o Hiciste un buen trabajo, Rufino.
Las caras duras de ruines ganapanes esbozaron una mueca relajada. Todos se sintieron contentos, salvo Rufino que sigue mirándome de muy mala manera. Lo bueno es que ya estamos en Santa María la Redonda, que es como estar de vuelta en casa, y el Ronco se dirige al club nocturno de Márquez Bedolla. Entramos por la puerta de traspa-tia, luego pasamos a la trastienda y el buen Rufino camina, en medio de las chicas del club, como un lisiado de guerra que muestra sus heridas para dolor de la gente. Las chicas están verdaderamente alarma· das y, particularmente, aquella que pretende el buen Rufino. Este dice, con voz de malo:
- ¡Pronto!
Lo cual quiere decir que las chicas deben andar de puntitas. Un camarero trae una botella de ron añejo, las chicas deshojan una navaja y, mientras todos le sostienen la pierna herida al buen Rufino, otra raja la tela del pantalón de un tajo y se dispone a practicar una intervención quirúrgica de emergen-cia. En esto yo veo que Toña Batalla no se deja llevar por el alboroto y se las entiende, aparte, con
una muchacha a quien todos conocen como la bella Oralia. No tarda en descubrirse que Rufmo sólo alcanzó un cochino rozón de bala, que le hizo un surco en el cuero, de suerte que no necesita más que un vendaje y la botella de ron enterita. Resuelta al fin la cuestión de la salud del buen Rufmo, éste pregunta por el atillo de las gemas, y se echa a gritar como un desatado:
- ¡Las gemas! ¡Donde están las gemas! -grita con los ojos desorbitados.
Entonces todos se preguntan por el atillo. Y cosa bastante rara: nadie sabe quién se guardó el saco de las joyas robadas. Entre tantas interrogaciones, el Ronco Peláez recuerda haberlo visto en las manos de Toño Batalla.
- ¡Mientes! -rechaza éste.
-No. Tú fuiste el último que lo tuvo en la mano -afIrma el Ronco Peláez.
-Entonces, mejor me registran -dice Toño Bata-lla.
El Ronco Peláez en persona procede al registro con toda escrupulosidad, pero nohallanada.
-Dealguna manera te deshiciste de él. -Eso crees.
-No pudo ser de otro modo.
-Okay, eso quieres hacerles creer a los otros. Pero este juego no va conmigo.
Sin pérdida de tiempo, Toño Batalla le mete un puñetazo en los dientes al Ronco, quien da un giro en redondo y va a caer repatingado de mala manera en un asiento. El buen Rufino enarbola en todo lo alto la botella de ron, pero yo voy y se la arreb"to antes de que salga de sus manos, ya él le partol.na
silla en la cabeza, con lo cual se queda más quit:to que nunca. Toño Batalla me jala por un brazo y salimos corriendo de la trastienda. Bueno, el flujo de la calle y el ruido que viene de los burdeles y clubes de noche como que nos devuelve el bienestar. Al otro día me despierto hasta ya tarde, en una pieza del hotel de al lado. En realidad abro los ojos porque allí tiene lugar una actividad inesperada o, si se quiere, inusitada. Según oigo decir, un oficial de policía inspecciona personalmente el hotel. Lo
acompaña una guardia armada con modernos instru· mentos de fuego. Todo esto me parece interesante y voy al lugar de los hechos, porque no hay nada mejor que hallarse en el teatro del drama. Y allí está el oficial de policía, metralleta en mano, rodea-do de toda su guardia. A esta hora ya tiene forzada la cerradura del cuarto marcado con el número 17,
Yen el piso se ve el c~erpo mutilado de la bella Oralia. Observo que todo el cuarto está revuelto y en un desorden total. El oficial no tarda en hallar la hebra del crimen y, llexándose la mano a la punta de la barbilla, diagnostica:
-Ujú... Como lo pensé. Un crimen pasional. Los guardias llevan a cabo el trabajo de registrar el cuarto y de recoger huellas; y de repente, encuen-tran un zaftro del tamaño de una avellana, debajo de un buró. Entonces, uno de ellos aventura una hipótesis:
-Parece que el móvil del crimen es el robo, señor.
El oficial levanta los ojos planos como platos. -Concrétese a cumplir órdenes.
-Sí, sefior.
- ¿Dónde trabajaba la chica? -pregunta el ofi-cial. Y yo veo la oportunidad de intervenir.
-En un club nocturno -le digo.
Entonces veo los ojos planos del oficial, me estudian despacio de arriba abajo.
- Tú pareces ser una ficha.
-Mejor se da una vuelta por lo de Márquez Bedolla, suerte y agarra un pájaro de veras grande -le digo.
Le estoy dando una buena información, pero creo que no es bien interpretada por el oficial, según me doy cuenta, por el modo cómo se me queda mirando. Al instante comprendo que lo co-rrecto es que yo desaparezca de su vista. Yeso hago. Ya por la tarde me entero de lo que el oficial y sus guardias estuvieron indagando en lo de Már-quez Bedolla. Alguien se acerca al oficial y dice:
- ¿Usted sabe algo de un tipo a quien le dicen Tofio Batalla?
-No -responde el oficial.
·--Bueno, pues, con él andaba la bella aralia. El oficial escribe algo en su libreta y da por terminadas sus investigaciones. Ahora sabe a quién echarle el guante y se van con toda discreción del club de Márquez y Bedolla. Suerte que yo tengo mi
propio servicio de información y hago llegar la noticia a Toña Batalla.
-Pírate -le estoy diciendo-o Alguien puso a los garftles sobre tu huella.
Toña Batalla es un hombre muy sensible, en • cuanto oye hablar de un garfi], hace una maleta y
sale como gato que le queman la cola.
- Voy a tomar las aguas -me dice, y parte sin otra explicación.
La verdad me cuesta trabajo averiguar la ruta por donde abandona la ciudad. Sin embargo puedo enterarme que se halla en las ricas aguas del puerto de Acapulco, lo cual me parece muy bien, pues bastantes angustias ha pasado ya en la capítal.
Es hasta mes y medio después que vengo a saber, que el buen Rufino ha dejado los peligrosos trabajos nocturnos a domicilio y su chica abandona el club de noche para convertirse en distinguida ama de casa, pues ambos contraen matrimonio y se instalan en una casa particular de muy buen gusto, pues ahora disponen, quién sabe cómo, de una renta estable, cosa que les permite llevar una vida regala-da. El buen Rufino es un caballero muy acicalado, respetuoso y respetado, ahora es de esos nobles señores que se quitan el sombrero en la calle cada que saludan a una dama, aunque aún no puede ocultar su incurable lujuria. Asiste a los cafés donde se reúnen los hombres de negocios junto con aque-llos que atienden los asuntos públicos, y con unos y con otros entabla charlas amenísimas que hacen reír a todo el mundo. Yo mismo me admiro de cómo ha progresado este Rufino, y por eso creo que en este país no prospera el que no quiere, el ejemplo que tengo a la mano es muy ilustrativo.
Su graciosa mujercita acude a las reuniones de beneficencia, ofrece sustanciosos donativos (a nom-bre de ella y de su marido) a los organismos pro
niños desvalidos, viste a la moda, va a las carreras de caballos y, en lo particular, a las reuniones de canasta. Y como es natural, una pareja de renta estable hace amistades todavía más estables, y entre aquellas que frecuentan a la señora, hay un mozo de no mal ver, a quien le fascina, por mera casualidad, el resplandor de las gemas. Y a fe mía que llega a ver aquel resplandor más de una vez, porque los puñetazos del buen Rufino hacen ver gemas de lo más resplandecientes, y todo un firmamento si se quiere, ya que Rufino no es nadie que se detenga a considerar la extensión de una amistad, como ocurre en altos círculos sociales, y cuando encuentra a su queridísima esposa disfrutando de los brazos de aquel mocetón, Rufino pierde su cortesía habitual y es tal la paliza que recibe su mujercita y el moce-tón, que los dos van a parar al hospital para una larga temporada de recuperación.
Entonces ella en aquel largo descanso se pone a reflexionar muy seriamente y, en cuanto sale del dispensario, va con el cuento al oficial de policía que tiene ya cerradas las averiguaciones sobre el crimen de la bella aralia.
-¿Está dispuesta a descargar como testigo? -pregunta el de la ley.
-Contra Rufino estoy dispuesta a descargar hasta una pistola -declara ella.
-Quizá no deba hacer eso -dice el oficial-; pero puede decir todo lo que sabe del robo de joyas y el asesinato de la bella aralia.
y la dama acepta a condición de que el oficial disponga una acción inmediata contra el buen Rufi· no.·Y el buen Rufino, ajeno a las andanzas de su mujer, fue sorprendido cerca de su domicilio y metido a punta de mojicones dentro de un carro. Esa misma semana es presentado ante un juez y enviado a la sombra.
Enterado yo de este final, cojo una pluma y redacto un telegrama en estos términos: "Toña, no hace falta que sigas tomando las aguas. El pájaro ya descansa en la jaula". y por mi parte creo que ya tengo la historia de bandidos.