1 Universidad Nacional de Rosario
Facultad de Humanidades y Artes Escuela de Historia
Historia de Asia y África I Prof. Tit.: María Rosa Oliver
LIVERANI, Mario (2008) “A che serve la storia” en Mundus Novus, N° 1, pp. 48-52 Traducción del italiano: Federico Luciani, 2014.
Para qué sirve la historia
[48] La reforma del ordenamiento didáctico de la universidad presenta aspectos positivos y problemas no resueltos, y el juicio que se emita sobre esto puede legítimamente variar acentuando lo positivo o el estado crítico. Creo que todos estaremos de acuerdo en colocar en el plato positivo de la balanza que se requiere aprender cosas útiles, funcionales en la construcción de los estudiantes de un futuro de trabajo y de inserción en la sociedad.
Quizás en una primera fase se ha insistido mucho en la inmediata funcionalidad o “utilidad", como se suele decir, de las competencias adquiridas. Ahora, creo, se razona en términos de una contextualización más amplia de las competencias adquiridas en un cuadro general de carácter social y cultural completo. Una preparación demasiado circunscrita en lo técnico puede desembocar solo en actividades ejecutivas de bajo nivel, mientras que para acceder a posiciones de responsabilidad o simplemente para comprender qué pasa en el mundo, se necesita poseer este contexto cultural de referencia más amplio.
Es sabido que en los últimos años (diría en los últimos veinte años) el rol y la función de la historia ha sido sometidos a un examen crítico ¿Sirve realmente para algo la historia? Años atrás, un sociólogo estadounidense de origen japonés, Francis Fukuyama, se volvió famoso por haber escrito un libro en el cual proclamaba el fin de la historia1. El triunfo del capitalismo y la democracia no dejaba espacio para ulteriores desarrollos, sino su propia difusión en todo el mundo. Ya no podía ocurrir nada innovador e importante, y como efecto colateral, entonces, resultaba inútil estudiar la historia; un depósito de curiosidades ya obsoletas. Esta sensación -de haber llegado al punto final del desarrollo- no era nueva. Imagino que en tiempos de la revolución neolítica (digamos hace 10.000 años), con el pasaje de la economía de caza y recolección a la economía de producción de alimentos; todos hayan pensado que ya -luego de aquella extraordinaria invención- no había nada más para inventar (grande o significativo), la humanidad había llegado a su punto cúlmine y la historia había terminado ya antes de comenzar. Lo mismo se habrá dicho con la primera urbanización y la formación de los estados temprano (digamos hace 5.000 años), cuando todos también debieron pensar que no quedaba nada más que expandir al mundo entero esta definitiva conquista, y nada más nuevo podía ser realizado, ni siquiera imaginado sobre cómo organizar las comunidades humanas. Quien hoy declare que estamos llegando al fin del recorrido, no solamente no tiene la menor idea del alcance colosal de los cambios
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ocurridos en el pasado sino también una escasísima imaginación sobre lo que nos depara el futuro: un poco de ciencia ficción podría ayudar.
Para nosotros -profesores y estudiantes- la “crisis de la historia” trae a la mente más bien el hecho mucho más banal de que el espacio dedicado a la misma en los programas escolares en todos los niveles se redujo notablemente, en favor de materias más prácticas, más profesionalizantes; que hacen relampaguear a los ojos de los jóvenes una rápida y adecuada inmersión en el “mercado de trabajo” (no directamente en el trabajo, sino en el mercado de trabajo). Por lo tanto, no por los motivos que planteaba Fukuyama sino por motivos muchos más prácticos, se difunde la idea de que la historia, el conocimiento del pasado, sirve poco o nada. Esta devaluación de la historia (o al menos de aquélla que no sea muy reciente) contrasta con la antigua convicción de que sólo conociendo el pasado se puede entender verdaderamente el presente y proyectar el conscientemente el futuro. Entre paréntesis debo confesar estar personalmente más apegado a la afirmación opuesta, no sabría exponer mejor que citando la célebre frase de Nietzsche2, que dice: “La palabra del pasado es siempre igual a una sentencia de oráculo, y no la entenderán si no son los conocedores del presente, los constructores del futuro”. Pero en el fondo los dos conceptos expresan las dos caras de la misma moneda: no se entiende el pasado si no es a luz del presente, y no se entiende el presente si no es a la luz del pasado. Por un lado el historiador profesional debe, para entender el pasado, escuchar las lecciones que le llegan del presente, y por lo tanto debe ser un activo partícipe de los acontecimientos de ese presente. Por otro lado, el político, para administrar el presente debe escuchar las lecciones que le llegan de las experiencias pasadas, y por lo tanto debe (digamos: debería) tener una buena cultura y sensibilidad histórica.
Pero sobre la relación entre pasado y presente ya hay (las ha habido siempre) dos opiniones opuestas. La primera [49] opinión es que el conocimiento histórico es útil porque el presente, el mundo en el cual vivimos, es igual al mundo del pasado, y entonces nos puede proveer de modelos de comportamiento válidos y ayudarnos en nuestras elecciones. Un poco banalmente, pero de modo muy eficaz, dice Ibn Khaldun, el gran sociólogo argelino del siglo XIII: “Pasado y presente se asemejan como dos gotas de agua”3. Era un principio común en la antigüedad clásica, cuando la élite dirigente se nutría de biografías de hombres ilustres para aprender la profesión: Aníbal, por ejemplo, leía la vida de Alejandro Magno para entender como se hace para convertirse en un heroico general y gran conquistador. Hasta en la más remota antigüedad oriental los escriban teorizaban que la empresa más grandiosa no sirve para nada si no se pone por escrito para enseñar a las reyes futuros.
La otra opinión, opuesta, es que la historia es útil precisamente porque los mundos del pasado eran distintos del nuestro, y por lo tanto resulta iluminador por medio de la contraposición y no de la repetición; la historia sirve para ampliar nuestro bagaje conceptual, para hacernos ver la pluralidad de las soluciones posibles, para subrayar la subjetividad (o mejor el condicionamiento cultural) de las interpretaciones. En este sentido la experiencia histórica es en algún modo análoga a la experiencia de
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La frase fue colocada por Giovanni Pugliese Carratelli en un epígrafe de su revista “La Parola del Passato” 3
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“no se entiende el pasado si
no es a luz del presente, y
no se entiende el presente
si no es a la luz del pasado”
los mundos y culturas diversas en el espacio (más que en el tiempo). Hay un buen libro de David Lowenthal que se titula The Past is a Foreing Country, que expresa bien esta analogía4. Y no es para nada una casualidad que la concepción del pasado como distinto haya dado lugar a la concepción del pasado como igual, más o menos en la misma época en la cual toma forma la etnología (luego convertida en antropología cultural). El conocimiento de tantos mundos diversos ha permitido adquirir el sentido del relativismo cultural.
Las dos concepciones (el pasado como igual o como distinto) están de tal manera simplificadas que inevitablemente contienen partes verdaderas y partes falsas. Existen estructuras de base en el comportamiento de las comunidades humanas que permanecen por tiempos larguísimos, y existen también innovaciones tecnológicas y culturales que dividen el tiempo con discontinuidad (que en general llamamos progreso). Todos sabemos bien que la característica propia de la historia es el estudio del cambio y de la discontinuidad, de las transformaciones en sus varias formas, de la más lenta a la más improvisada. Aplicada a nuestra propia cultura, la historia
nos muestra que es el producto de una larga transformación, de tantas discontinuidades estratificadas, de adquisiciones (pero también de descartes) sucedidas a lo largo del tiempo. Acá interviene el concepto de “raíces” de las que tanto se habla en estos últimos años -a propósito de la identidad europea y de su contraposición con otras culturas. No es que sea su fin último o único, pero de todos modos la historia es también la búsqueda de las raíces.
Hace años, cuando me convencieron para escribir un manual de historia antigua para las escuelas secundarias (que luego no fue adoptado por nadie)5, armé tres ejemplos de esta estratificación histórica de nuestra cultura, ciertamente más densificada en la contemporaneidad y en el pasado reciente pero con premisas que se hunden en un pasado completamente remoto. Los dos primeros ejemplos se daban por descontado, “clásicos” por decirlo de algún modo: uno era la imagen de la ciudad, con su estratificación de tejido urbanístico, de estilos arquitectónicos, de disponibilidad tecnológica, de estructuras administrativas -imágenes de un organismo constituido por partes bastantes antiguas y otras más o menos más recientes pero todas entrecruzadas para conformar algo único y reconocible. Por su parte, el campo está tan estratificado como la ciudad. El segundo ejemplo era la lengua que hablamos, con una estratificación lexical, hecha de préstamos, de dichos, de palabras en desuso y de neologismos; cada palabra con su “historia”… La lengua entera presenta la imagen de un organismo que fue creciendo a partir de sí mismo y en continuo cambio, con una relación entre norma y error que no es jamás definitiva sino siempre historizable. El tercer ejemplo se señalaba apenas pero creo que también es válido, y es el de la habitación, el de la mirada circular de la habitación en la cual estamos, en la búsqueda de los objetos de la vida cotidiana, cada uno con su historia a veces breve, a
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D. Lowenthal, The Past is a Foreing Country, Cambridge, 1985. El título es una cita del inicio del libro de L.P. Hartley, The Go-Between, Londres, 1953, que continúa “they do things differently there”.
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veces larguísima: la ventana tiene su historia así como también la manija, la mesa tiene una historia, el vaso tiene una historia, el reloj, la lámpara, el televisor, la computadora, etc. Algunos objetos no estaban presentes en la vida de nuestros padres, y nosotros mismos los hemos visto nacer, mientras que otros existen desde hace siglos, otro desde milenios.
Para enseñar y aprender qué cosa es la historia, mirar alrededor de una habitación o el paseo por la ciudad o el campo, son el modelo que lo que debería ser una ejercitación [50] de historia, mientras que el manual de historia debería ser el obvio y automático derrame de esa experiencia, que asigna a cada época y a cada contexto el origen de algunos elementos de nuestra cultura. Sobre cómo quisiera que estuviese hecho un libro de historia, y más específicamente un manual escolástico de historia; tengo una idea precisa, que me resulta al mismo tiempo obvia y sin embargo un poco loca. Y este modelo de libro nos devuelve a la cuestión inicial, para qué sirve la historia -porque me parecería extraño (y auto-lesionante) que una disciplina cualquiera, considerándose que sirve para algo, luego no tome en cuenta dirigirse a su público. Para modelar eficazmente un manual de historia es necesario saber para qué sirve la historia y actuar en consecuencia.
Ahora, si se entra hoy en una librería bien provista, se verá que los libros de historia nunca faltan -sean más serios y técnicos, sean más divulgativos, y al límite también (y quizás más numerosos) de ciencia ficción. Todos estos libros, ¿fueron quizás concebidos para adoctrinar a la clase dirigente?, ¿fueron quizás concebidos para transmitir los antiguos modelos de comportamiento?, ¿establecen un nexo entre conocimiento del pasado y acciones presentes? Diré precisamente que no. ¿Aclaran la cuestión de las así llamadas “raíces”? Raramente y de modo parcial. Casi todos los libros fueron escritos para un fin del todo distinto, que es entretener, distraer, curiosear: en otras palabras fueron escritos para ocupar el tiempo libre y no para formar actividades profesionales. Entre paréntesis: de aquí deriva el diluvio de la fiction de ambientación histórica, y el límite siempre débil entre pasado y futuro, entre historia verdadera e historia inventada, como también entre realidad y puesta en escena. Pero “¿Qué es la verdad?”, objetaba ya Poncio Pilatos, quien se encontraría a gusto en el mundo de hoy. Hablaba yo del tiempo libre, que del resto del tiempo se está convirtiendo en el más importante; en una sociedad post-industrial, con jóvenes que permanecen desocupados hasta pasada la madurez, y con ancianos que disfrutan la jubilación mucho antes que en décadas anteriores. El tiempo libre, en el fondo, es la vida.
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obvia y auto-referencial, como en definitiva si el interés estuviera automáticamente garantizado por ser historia antigua.
Mi propuesta es que un buen manual de historia, paralelamente a la narración de un episodio o al análisis de un fenómeno del pasado, debería explicitar por un lado cuáles son las palabras y los conceptos que se engarzan a aquel episodio o a aquel fenómeno, y por otro lado cuáles son las obras culturales (de arte, literatura, cine, música, etc.) que los ilustran o en algún modo se refieren. Solo de este modo la relación entre nosotros y ese evento del pasado se vuelve consciente y críticamente valorable. Solo estableciendo tal relación se volverá natural “recordar” la historia, que de otro modo (transformada en un conjunto de fechas y nombres de gente muerta hace tiempo, de eventos que no nos dicen nada, de problemas que no son los nuestros) se convierte en un tipo de tortura sádica, o un mosaico explosivo y enloquecedor.
Para explicarme mejor presento un ejemplo, escogiéndolo (me perdonarán) de mi campo de estudio, que es el antiguo oriente: elegiré por lo tanto la torre de Babel. Todos saben que en el libro bíblico del Génesis, en el capítulo 11, se narra el proyecto ambicioso, concebido por nuestros antecesores hace tanto tiempo, de construir una torre que llegase hasta el cielo, y el castigo divino consistente en la confusión de las lenguas. Muchos de ustedes sabrán también (o lo entenderán fácilmente) que dicho texto se ubica en la época en la cual los judíos, deportados de Babilonia, estaban implicados (o veían a otros deportados implicados) en trabajos de construcción y de restauración de los edificios babilónicos, entre ellos la famosa torre templar o ziqqurat. Pocos sabrán en cambio que la confusión de las lenguas es un derrame de la ideología imperial asirio-babilónica, que veía en los trabajos de los deportados el instrumento para la unificación lingüística y técnico-cultural6. En definitiva, la historieta de la torre de Babel es una página de historia bastante compleja, con su contexto preciso, con una estratificación de interpretaciones, que se podría contar así, o al menos así lo contaría yo:
En el paisaje babilónico, un plato a vuelo de pájaro, se yerguen las ruinas antiguas, la torre que llega al cielo. Los exiliados judíos en su país de origen no tienen nada similar. En Palestina el paisaje natural es variado, los hábitats humanos se adosan a las colinas y casi se esconden en ellas. Las montañas que tocan el cielo [51] son obra de Dios, Los hombres antiguos, que construyeron la torre, ¿querían quizás competir con Dios? No era esta la motivación original, los constructores antiguos querían establecer un punto de encuentro entre el cielo y la tierra (esto más o menos significa el nombre sumerio de la torre Etemenanki), querían facilitar el descenso divino en el mundo humano, simbolizar la aspiración humana al cielo. Pero quizás soñar un encuentro entre el hombre y Dios es ya un acto de enorme arrogancia.
La torre está incompleta, y porque los constructores han debido interrumpir su multitudinaria empresa, por cierto bloqueados por Dios. En realidad, la torre había sido completada, pero ahora está en ruinas. Las ruinas parecen un proyecto inacabado. Y a la vez una marca de la transitoriedad de las construcciones humanas. El ladrillo crudo se deshace con el tiempo y la intemperie. Cada tanto se necesita proceder a una restauración. El rey re-edifica las partes caídas, re-escribe las
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inscripciones de sus predecesores, las vuelve a poner en su lugar y agrega la suya, es un relevo ideal que dura milenios.
El imperio universal y multi-étnico pone a trabajar a turbas de deportados para restaurar la torre. Los supervisores hablan babilónico, pero los operarios hablan una miríada de lenguas diversas: hay arameos y árabes, hebreos y fenicios, medos y elamitas, frigios y urarteos. Les cuesta entenderse y entender las órdenes de los jefes de escuadras. El mito dice que en una época no existía este problema, que todos los hombres hablaban una sola lengua, la lengua perfecta creada por Dios; pero que luego las lenguas -confiadas a los hombres- se corrompieron y diversificaron hasta volverse incomprensibles una respecto a la otra. El imperio dice lo opuesto: las lenguas de origen son diversas (como son diversas sus ropas, las leyes, las religiones), pero la unificación imperial y el trabajo en común producirán la unificación lingüística. El gran Sargón de Asiria así lo expresa: “Gente de las cuatro partes del mundo, de lenguas diversas, de expresiones intraducibles, habitantes de montañas y llanuras, pero todos súbditos a la luz de los dioses, señor de la totalidad; yo los deporté por orden de mi señor Assur, y por la potencia de mi cetro, yo los unifiqué y los instalé. Asirios, capaz de enseñarles el temor de dios y del rey, yo los designé como escribas y supervisores”. En otro lugar dice de haberlos convertido “en una sola boca”, es decir en una sola lengua. Si alguna vez existió una lengua única y originaria, esta se había perdido o confundido, pero ahora el imperio universal reúne pueblos, reunifica las lenguas, juzga a todos bajo la misma ley, pone a todos a trabajar juntos, todos a temer de los mismos dioses -los del emperador.
El mito bíblico y la propaganda imperial hablan de la misma cosa pero de modos diversos, y no sé cuál de los dos refleja de modo menos peor la realidad. El mito busca una explicación atrás en el tiempo y nos habla de una perfección originaria que luego se fue corrompiéndose por la maldad humana y la punición divina. El imperio expresa un proyecto pensado para el futuro, y nos dice de haber unificado el mundo entero y de haber completado la obra divina de la creación. En el medio aparece una realidad hecha de fatigoso trabajo y de dura servidumbre, de paisajes desagregados y cubiertos de ruinas, de una incomprensión y de un conflicto, de desarraigo y deculturación.
Así contaría yo este pequeño segmento de historia, basándome en un texto, volviéndolo a colocar en su ámbito histórico, develando sus implicaciones ideológicas, su finalidad política y religiosa, el conflicto en las interpretaciones. Hasta aquí se trata del trabajo habitual del historiador, y este segmento de historia yo lo colocaría en la parte central de la página, en una columna entre otras dos.
En la columna de la izquierda colocaría las palabras (o expresiones) y los conceptos que derivan de aquella página de historia, y que han llegado a formar parte de nuestra cultura. Así, incluiría obviamente el término “Babel” para indicar la confusión (nosotros decimos la “Babel de las lenguas” pero también la “Babel de las reglas” o la “Babel del tráfico”, etc.), quizás explicando que en el propio texto bíblico se da la falsa etimología del nombre de Babel como una derivación del verbo hebreo
bÇlal que significa “mezclar” y por extensión “confundir” (en tanto que en lengua babilonia Bab-ili
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“¿Cultivar la historia o
abandonarla?, ¿ampliarla a
nuevos horizontes o
marginarla?, ¿re-elaborarla
o fosilizarla?”
castigo (divino)”, presente en tantas filosofías de la historia. En definitiva, en la columna de la izquierda pondría todo lo que a nivel lingüístico y conceptual encuentra sus raíces en el episodio o fenómeno histórico expuesto en la columna central.
A la derecha, colocaría en cambio todas las obras de arte y de literatura que derivan de aquel episodio o fenómeno. En nuestro caso, incluiría naturalmente un par de representaciones pictóricas de la torre de Babel (como la de Brueghel el Viejo, que es la más famosa pero hay otras), y las reconstrucciones pre-arqueológicas de Babilonia (como la de Atanasio Kircher) con su torre que sobresale en el medio, y también las reconstrucciones arqueológicamente fundadas. Pondría obras literarias pertinentes -se me viene a la cabeza “La biblioteca de Babel” de Borges. Pondría también una obra lírica como el Nabucco, que no habla precisamente de la torre, sino del exilio babilónico. Pondría una película que haga referencia a aquella situación [52] (ahora no recuerdo ninguna pero seguramente debe haber). Pondría una mención a los primeros exploradores
que viajaron a la Mesopotamia en búsqueda de la torre de Babel (desde Benjamín de Tudela hasta Pietro della Valle, y a todos los que siguieron en el siglo XIX), pondría una referencia a las excavaciones arqueológicas alemanas que al inicio del siglo pasado sacaron a la luz a la verdadera Babilonia, y también -por qué no- al más reciente proyecto de restauración (bastante extravagante a decir verdad) del ziqqurat. Porque los viajeros y arqueólogos y restauradores forman parte de nuestra cultura y sus actividades son financiadas por nuestras instituciones
políticas y culturales. Y finalmente, si un episodio está ligado a un lugar y si este lugar conserva todavía trazas de aquél, forma parte de nuestra cultura como el saber dónde está, cómo se llega, qué hay para ver y cuánto cuesta. En el caso de Babilonia aconsejaría esperar un poco.
Una vez hecho el trabajo, las dos columnas de derecha y de izquierda pueden resultar más o menos completas. Si están completas, quiere decir que aquel episodio histórico narrado en la columna central tuvo y tiene aún un fuerte impacto sobre nuestra actualidad, nos dice algo, forma parte -como se suele decir- de las raíces de nuestra cultura. Si en cambio las columnas laterales aparecen vacías, significa que el episodio no pasó a formar parte de nuestra cultura, y fue inútil o ajeno. Podemos abandonar este último episodio, dejarlo en manos solo de los especialistas, historiadores profesionales. Naturalmente, se obtendría una densificación de los materiales ilustrativos en los periodos más cercanos a nosotros, con respecto a aquellos más antiguos; y en las regiones más cercanas con respecto a los países lejanos. Nada de malo ni de extraño, el detalle de la historia se esfuma hacia la imprecisión a medida que se aleja de nosotros, aquí y hoy, de nuestra cultura y sociedad actual. Pero, ¡atención!, ciertos elementos de base de nuestra cultura material y de nuestro aparato conceptual se retrotraen a una remota antigüedad: intenten escribir la historia del campo o del pozo, ¡imaginen el atractivo de una historia de la manija o de la tapa!
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una gran ilusión. La explicación más simple es que los historiadores nunca se han tomado en serio la cuestión de las “raíces”; normalmente concibieron su campo de actividad como sustancialmente autorreferencial, asignándole las funciones, sin explicitar las relaciones con el mundo en cual vivimos. Por esto, no resultaría fácil escribir un manual pensado de ese modo, sin todo el trabajo preparatorio: para recabar datos se necesitarían cientos de tesis de grado, decenios y decenios de trabajo de tantos especialistas coordinados, financiamiento plurianual, PRIN y FIRB*, congresos internacionales, etc. Nadie quisiera tomarse todo este trabajo para escribir un manual escolar que luego no sería adoptado por nadie.
Pero intentemos expandir el horizonte e imaginar que libros de historia de este tipo se producen en varios países del mundo. ¡Cuánto se aprendería al compararlos entre ellos, al ver lo que cada uno de ellos selecciona como relevante, para buscar las propias raíces! Es obvio que el manual chino será muy pero muy distinto del italiano, pero en menor medida este último será distinto del manual inglés o español. Es más, al interior de Italia habría ejemplares diversos del manual de historia destinado a las escuelas de Cerdeña, de Friuli o de Calabria. Tomo nota de citar como cosa normal o notoria la cuestión del suplemento histórico regional, como si fuese una realidad, mientras que es solo una vieja obsesión mía: que en las escuelas italianas, además de usarse un manual histórico de base, de corte ítalo-europeo, se debería usar un “suplemento regional” (con fuerte arraigo territorial), se deberían usar también “suplementos étnicos” destinados a los hijos de los inmigrantes a los cuales se les debe enseñar no solo nuestra historia sino también la suya. Cuántos ilusiones, dirán ustedes, mientras que las horas destinadas a la enseñanza de la historia se restringen y dejan afuera milenios y continentes enteros.
¿Cultivar la historia o abandonarla?, ¿ampliarla a nuevos horizontes o marginarla?, ¿re-elaborarla o fosilizarla? Son decisiones estratégicas, las líneas directrices tomadas por la clase política, pero que luego dejan a la sociedad civil, e incluso al simple individuo, la posibilidad de introducir correcciones. La elección del más reciente pasado, en el sentido de la marginación de la historia era una decisión minimalista: deliberadamente o no, se trataba de formar una generación de técnicos de bajo nivel cultural, y quizás un pueblo de fácil sujeción socio-política, que pedía a un Gran Hermano las directrices ideológicas válidas para todos. Se advierten ahora las señales de un replanteo, de una re-evaluación del conocimiento histórico como factor irrenunciable para adquirir una conciencia cultural digna de personas completas y libres.