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FRONTERAS EN LA CIUDAD

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Academic year: 2018

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EN LA CIUDAD

(re)producción de desigualdades

y conflictos urbanos

Martín Boy y Mariano Perelman

(coordinadores)

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noma de Buenos Aires: Mariano Daniel Perelman, 2017. 212 p.; 20 x 13 cm.

ISBN 978-987-42-3044-7

1. Desigualdad Social. 2. Ciudad. 3. Conflictos Sociales. I. Perel-man, Mariano Daniel

II. Perelman, Mariano Daniel , comp. III. Boy, Martín Guillermo, comp.

CDD 303.6

Imagen de tapa: ”Tinta china” de Gustavo Cosacov

ISBN: 9789874230447

Fronteras en la ciudad

Compaginado desde TeseoPress (www.teseopress.com)

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Introducción ...9

Martín Boy y Mariano Perelman

1. Pensando la desigualdad urbana desde el trabajo

callejero ... 19

Mariano Perelman

2. Cuerpos e identidades extranjerizados: vecinos/as y travestis en disputa... 45

Martín Boy

3. Sobre la productividad social de un conflicto urbano .. 65

María Laura Canestraro

4. Construyendo un barrio “de clase media” ... 95

Natalia Cosacov

5. La villa “playón de Chacarita”: surgimiento y

expansión, conflictos entre nuevos y viejos vecinos ... 129

Verónica Paiva

6. Jóvenes frente a la fragmentación socioespacial ... 147

María Rosa Privitera Sixto

7. El conflicto como abordaje de la conformación

urbana ... 169

Marianne von Lücken

Acerca de los autores ... 203

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MARTÍN BOYY MARIANO PERELMAN

Este libro es producto de un trabajo colectivo que un grupo de investigadores formados y en formación venimos reali-zando desde hace ya varios años desde diferentes discipli-nas. Las líneas de trabajo que guían nuestras preocupacio-nes académicas se encuentran atravesadas por la desigual-dad urbana y los procesos de interacción/negociación en cuanto al acceso y al uso del espacio urbano protagonizados por grupos sociales que gozan de legitimaciones dispares.

En un reciente libro, Gabriel Kessler se preguntaba por qué elegir igualdad y desigualdad como punto de mira para analizar el decenio 2003-2013 (Kessler, 2014). Para el autor, ello se debe –en gran medida– a que esta preocupación se encuentra en el centro de las preocupaciones actuales. Y al mismo tiempo, dice, permite dar cuenta de los múltiples procesos, temporalidades y tendencias contrapuestas de lo ocurrido en los últimos años en Argentina.

En una línea similar, los textos que componen este libro buscan aportar a un campo de debate sobre el tema pero desde una perspectiva en la que lo urbano –o más precisamente lo territorial– es un componente central de la desigualdad.

La noción misma de desigualdad nos ha posibilitado un diálogo fructífero para entender procesos que, vistos bajo este prisma, nos permiten comprender la relacionalidad de los procesos sociales y dar una explicación en su conjunto de lo que para los actores –y para muchas investigaciones– aparece como separado.

Transexuales, travestis y transgéneros que ejercen la prostitución o el trabajo sexual, los mendigos, los vende-dores ambulantes y los cartoneros que se ganan la vida

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vendiendo y recolectando en los barrios porteños; los asen-tamientos informales en Buenos Aires y Córdoba; los jóve-nes de barrios pobres haciendo uso del espacio urbano aso-ciado a las clases altas; los sectores medios diferenciándose de otros sectores, han sido algunos de los casos de estudio. Ello nos ha permitido comprender no sólo lo que ocurre con los “de abajo” sino la producción de diferencias tanto verticales como horizontales que ocurren entre diferentes actores en el espacio urbano.

Con esto queremos marcar la importancia de indagar en ciertas tendencias generales para pensar los procesos de desigualdad urbana pero también las propias dinámicas dentro de los grupos sociales. Y, sobre todo, las dinámi-cas espaciales que –antes que ser un telón de fondo en los procesos de desigualdad social– son constitutivas. El abordaje territorial de distintos casos permite avanzar en la comprensión de los modos en que los “otros urbanos” se construyen de manera compleja. A su vez ilumina las tem-poralidades y las narrativas morales que construyen tam-bién a los espacios urbanos. Es por ello que durante las investigaciones atendimos a las diferencias que existen a nivel barrial (e intrabarrial) y a la eficacia y legitimidad que adquieren argumentos y discursos sobre la desigualdad (la estética, el ambiente, la cultura, el patrimonio, el delito, lo ilegítimo, etc.) en diferentes escalas territoriales. El análisis de los grupos en relación permitió complejizar las acciones, los posicionamientos, los discursos y las prácticas que los diferentes actores ponen en juego al momento de “recla-mar” y de ejercer el acceso a la ciudad. Ese acceso entendido de manera amplia (hábitat, trabajo, diversión, tránsito) nos permitió complejizar las visiones más economicistas del “derecho a la ciudad”.

En este contexto es entendible el lugar que los conflic-tos han tenido para nuestras indagaciones. Analíticamente nos permitió dar cuenta de los argumentos y de las prácticas que las personas esgrimen para constituirse como actores legítimos para utilizar el espacio urbano. Pero a su vez, el

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uso –en tanto apropiación– es constitutivo de los procesos sociales, y las prácticas de los actores que no pueden ser pensadas por fuera de esa espacialidad.

La productividad analítica de poner en una misma línea distintas situaciones sociales permite apreciar no sólo las diferencias que existen dentro de cada ciudad –en fun-ción de actores, espacios, relaciones, interacciones– sino también las negociaciones con las moralidades presentes en esos espacios barriales, las agencias de los diferentes actores. Esas negociaciones y maniobras son las que per-miten construir relaciones jerarquizadas entre los actores involucrados. Al mismo tiempo, el Estado y el mercado, a través de diferentes agencias, contribuyen también a cons-truir esas relaciones.

Pensando la desigualdad más allá de los procesos económicos

Nuestro punto de partida es pensar la complejidad de los procesos de desigualdad urbana. En principio, la misma idea de “desigualdad” implica un recorte dimensional que va más allá de lo económico. Esto quiere decir que la desigual-dad se compone de otras muchas dimensiones.

Como ha planteado Segura (2014: 3), desigualdad y espacio urbano se vinculan de modo complejo. “[L]as desigualdades socioespaciales no se reducen a la traducción mecánica y unilateral entre la sociedad y el espacio, no se puede asumir acríticamente la ‘tesis del espejo’, que propone una correlación automática entre desigualdad y segrega-ción”, ni la desigualdad se basa solamente en los procesos de separación espacial de las poblaciones. Esto es central ya que en los últimos años el crecimiento económico en Argentina se expresó generando procesos simultáneos y, en apariencia, contradictorios. En Buenos Aires, por ejemplo, la falta de políticas de acceso masivo a la vivienda y el

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constante aumento del precio del suelo y de los alquileres –aún en un contexto de constante crecimiento económico– contribuyeron en la generación de un marco de posibili-dad para la aparición masiva de grupos que se ganan la vida en las calles (venta ambulante, feriantes, limpiavidrios, cuidacoches, cirujas) y que viven en una situación preca-ria (tomas de tierras, crecimiento de villas, hoteles-pensión, adultos y jóvenes que viven en las calles, etc.). Estas trans-formaciones han generado un doble proceso centrípeto y centrífugo: han generado una creciente segregación socio-espacial que refiere a una mayor distancia y a un menor contacto de grupos sociales; pero, a la vez, ha ido surgien-do una creciente presencia de estos “otros” en las calles ubicadas en el centro de la ciudad (Boy, Marcús y Perel-man, 2015). Sin embargo, como hemos planteado (Cosacov y Perelman, 2015), los encuentros no hablan directamente de una “sociedad más abierta” o más igualitaria. Antes que un ejercicio de medición proponemos pensar cómo en esos encuentros se (re)produce la desigualdad social en territo-rios determinados.

Bajo esta idea, y pensando en la necesidad de “‘trabajar en los márgenes’, flujos y entre-lugares para evitar la reifi-cación” de los grupos populares en tanto objeto de estudio (Fonseca, 2005: 119), el proyecto se centró en múltiples espacios rompiendo con la visión apriorística “segregacio-nista” que algunos abordajes tienen sobre los sectores popu-lares aún sin buscarlo y logrando un efecto reificador.

Como hemos planteado (Cosacov y Perelman, 2015: 528), centrarse en la construcción de las desigualdades implica pensar los procesos sociales de forma relacional, compleja y como producto de un devenir histórico de lar-ga duración. Gootenberg y Reylar-gadas (2010) refirieron a que las desigualdades parecen ser “indelebles” (indelible) en América Latina ya que están basadas en procesos de larga duración y en un entramado multicategorial producto de procesos concretos de desigualación social. Para Reygadas (2008) la desigualdad se (re)construye en un entramado de

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desventajas, en una “red” que tiene una base estructural de larga data. Para comprender cómo se produce es necesario centrarse en el plano relacional y, así, observar interac-ciones y narrativas que legitiman esas relainterac-ciones, basadas muchas veces en las categorías y en los atributos “indivi-duales” de los agentes. Las interacciones permiten apreciar los momentos en que esas narrativas se ponen en juego y avanzar en dar cuenta de los procesos que contribuyen a la (re)producción de las desigualdades. Pero sobre todo el aná-lisis de las interacciones en el territorio permite compren-der el papel del espacio en la producción de la desigualdad.

Como los cambios, las rupturas y las continuidades se producen sobre territorios con historia, construidos bajo relaciones de poder. Tanto el crecimiento de las desigualda-des en algunas dimensiones como su desigualda-descenso en otras con-tribuyeron a transformar las subjetividades y los modos de supervivencia de los sectores medios, de los “vecinos” y de los grupos subalternos. Pero estos cambios se enraízan en el espacio público. La desigualdad social y urbana, entonces, debe pensarse en una temporalidad de larga duración ya que en este espacio se entrelazan dispositivos físicos, mora-lidades, relaciones con procesos de más corta duración.

Los territorios y los espacios que están socialmente construidos por relaciones de poder (Lefebvre, 2005; Mas-sey, 1994; Gupta y Ferguson, 1992) pueden verse como un espacio de disputa basada en tensiones y experiencias históricas (Gordillo, 2010). Cierto es que el espacio es pro-ducto de relaciones sociales que están materializadas espa-cialmente y hechas cuerpo en los actores. Pero también el espacio tiene un rol central en la producción de sujetos y de identidades. Desde aquí es que pensamos que resul-ta necesario indagar bajo qué prácticas y qué tecnologías ciertos grupos concretan su presencia –legítima o ilegíti-ma– en el espacio, y el modo en que a partir de ello se producen grupos con capacidades diferenciales de interve-nir y de hacer uso del espacio urbano. Los espacios están

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construidos por discursos que construyen la desigualdad. En este proceso los comportamientos –basados en valores morales– se tornan centrales.

Un abordaje atento al territorio, como espacio dispu-tado y productor de sentidos y sujetos, permite examinar los procesos de negociación en torno a su acceso y, desde allí, hacer visibles las tácticas que despliegan los sectores subalternos y los grupos consolidados para ser parte de la ciudad (Cosacov y Perelman, 2015).

Sobre la estructura del libro

Este libro se compone de ocho capítulos que abordan dife-rentes casos atravesados por el conflicto urbano generado a partir del encuentro de desigualdades de clase, de género y de trayectorias migratorias disímiles en tres ciudades: Ciu-dad de Buenos Aires, Mar del Plata y Córdoba.

El análisis de los conflictos urbanos permite explorar los modos en que los diferentes actores involucrados defienden su posición. A su vez, los conflictos son instancias propicias para dar cuenta de los contenidos de las narrati-vas que construyen que, muchas veces, exceden el conflicto concreto y apelan a (pre)conceptos o mitos que se encuen-tran presentes en la conformación histórica de la ciudad.

Los contenidos comunes de los capítulos que confor-man este libro pueden leerse en forma transversal; si no, cada uno de ellos podrá ser abordado independientemente uno del otro. Cada lector podrá elegir su propia aventura. A continuación se detallan los contenidos centrales de cada uno de los escritos que componen este libro.

Mariano Perelman abre la seguidilla de capítulos recu-perando sus resultados de dos trabajos de campo exten-sos en los que abordó diferentes dimensiones presentes en la recolección de residuos por parte de los cartoneros y en la venta ambulante. Perelman aborda estas actividades

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expandiendo aquellas lecturas que las circunscriben a la dimensión económica y recuperando el territorio como un elemento clave. Este capítulo permite recuperar la territo-rialización de los procesos económicos y explorar detalla-damente qué sucede ahí para problematizar los reconoci-mientos, el estigma social y la conformación de redes de soporte.

Martín Boy da cuenta de un conflicto urbano atravesa-do por lo que despertó la oferta callejera de sexo en el barrio de Palermo (Ciudad de Buenos Aires). Vecinos/as del barrio se manifestaron en contra de esta actividad y de las travestis que la ejercían. En este capítulo se problematiza cuál es el umbral de tolerancia que puede tenerse con la sexuali-dad no hegemónica: ¿cuánto corresponde hacerla pública y cuánto debe ser recluida a la esfera de lo íntimo? En este conflicto urbano se puso de manifiesto qué debe entenderse por uso (i)legítimo y cómo lo geográficamente cercano pue-de ser completamente extranjero, ajeno, foráneo.

El capítulo de María Laura Canestraro desarrolla un análisis de un conflicto urbano en un territorio marplatense bien concreto pero que da cuenta de aspectos más generales vinculados a cómo se construye ciudad. La llegada del Plan Pro.crear y la edificación de viviendas en la Canchita de los Bomberos ubicada en el barrio Parque Luro, el caso que la autora analiza, pone a dialogar tensamente al Estado y a los vecinos/as establecidos/as que se autoconvocan y organizan para promover el desarrollo de un espacio verde para la comunidad y así evitar la llegada de nuevos vecinos/ as. El caso de la Canchita de Bomberos pone al descubierto cómo desde el Estado se promueven políticas públicas que no implican en su diseño e implementación a los diferentes actores y cómo estos desarrollan acciones de resistencia.

Natalia Cosacov analiza en su capítulo un conflicto localizado en el barrio de Caballito, Ciudad de Buenos Aires, que tuvo dos vertientes simultáneas. Por un lado, los/ as vecinos/as que residen en casas de planta baja y primer piso se oponen a la instalación de grandes torres de edificios

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que cambiarán la identidad barrial pero también traerán aparejados problemas con la provisión de servicios públi-cos. Por otro lado, los mismos vecinos impulsaron el des-alojo de un asentamiento cartonero. Para Cosacov, ambos conflictos tienen como protagonista a una clase media blan-ca, moderna y europea, que se enfrenta con las dos caras del

boominmobiliario: las torres destinadas a las clases medias altas y los asentamientos como representantes del incre-mento del déficit habitacional que afecta particularmente a los sectores populares.

Verónica Paiva en su capítulo da cuenta de un nuevo tipo de asentamiento informal que se instala en los espa-cios intersticiales de la Ciudad de Buenos Aires y explora las repercusiones que provoca en los/as vecinos/as de clase media históricos del barrio. El playón de Chacarita, ubicado en la Ciudad de Buenos Aires, es un reflejo de la historia del abandono de la infraestructura ferroviaria y de cómo el avance de nuevas dinámicas urbanas atravesadas por la pobreza, la migración y la especulación inmobiliaria fagoci-tan aquel pasado de opulencia. En este capítulo se abordan las huellas fronterizas que se (re)producen cuando desigual-dades de clase y de trayectorias se topan en un espacio público contiguo pero fragmentado.

El capítulo escrito por María Rosa Privitera Sixto tra-baja con una dinámica de uso del espacio público que no fue planificada. Jóvenes de sectores populares de la zona sur de la ciudad se trasladan a Puerto Madero, barrio con el valor del metro cuadrado más elevado de la Ciudad de Buenos Aires, para desarrollar prácticas deskatey longboar-ding. La presencia de estos jóvenes en estos espacios pondrá en evidencia una ciudad fragmentada socioespacialmente pero que se sigue conflictuando al encontrarse en el espacio público. Este capítulo recupera cómo estos jóvenes contra-experimentan la ciudad y cómo conviven con estos otros urbanos, encarnados en los/as vecinos/as, que protagoniza-rán maniobras de expulsión.

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Finalmente, este libro cierra con el capítulo de Marian-ne von Lücken, quien poMarian-ne de manifiesto que las dinámi-cas de conflicto urbano se encuentran mediadas por los intereses de cada uno de los actores involucrados. La auto-ra tauto-rabaja con un proyecto impulsado por el Gobierno de la ciudad de Córdoba que consistía en la construcción del puente Letizia para unir la villa La Maternidad y el barrio Juniors. Este proyecto se insertó en un conjunto de otras reformas urbanas y despertó la oposición de los/as vecinos/ as. De esta forma, las situaciones de conflicto son revelado-ras de las relaciones de fuerza que obligan a los actores a la toma de posición y cristalizan las relaciones que tiene la población con el espacio y las capacidades, las estrategias y los recursos que los actores pueden poner en juego cuando defienden sus intereses a la hora de construir ciudad.

Ya presentados los capítulos, sólo queda desear una buena lectura, cruzada o fragmentada, que intenta colabo-rar en cómo miramos y problematizamos lo que acontece en las ciudades que habitamos y experimentamos en nues-tra cotidianeidad.

Referencias

Boy, Martín, Juliana Marcús y Mariano D. Perelman (2015). “La ciudad y el encuentro de la diferencia. Adultos que viven en la calle y mujeres que habitan en hoteles-pensión. Ciudad de Buenos Aires, 2007-2011”.Estudios demograficos y urbanos, 30 (2) (89), pp. 369-404.

Cosacov, Natalia y Mariano D. Perelman (2015). “Struggles over the Use of Public Space: Exploring Moralities and Narratives of Inequality. Cartoneros and Vecinos in Buenos Aires”.Journal of Latin American Studies, 47 (3), pp. 521-542.

Fonseca, Claudia (2005). “La clase social y su recusación etnográfica”.Etnografías contemporáneas, 1, pp. 117-138.

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Gootenberg, Paul y Luis Reygadas (2010).Indelible Inequa-lities in Latin America : Insights from History, Politics, and Culture. Durham [N.C.]: Duke University Press.

Gordillo, Gastón (2010).Lugares del diablo. Tensiones del espa-cio y la memoria. Buenos Aires: Prometeo.

Gupta, Akhil y James Ferguson (1992). “Beyond “Culture”: Space, Identity, and the Politics of Difference”.Cultural Anthropology, 7 (1), pp. 6-23.

Kessler, Gabriel (2014). Controversias sobre la desigualdad. Argentina, 2003-2013. Buenos Aires: FCE.

Lefebvre, Henri (2005). The Production of Space. Oxford: Blackwell.

Massey, Doreen (1994).Space, Place, and Gender. University of Minnesota Press.

Reygadas, Luis (2008). La apropiación: destejiendo las redes de la desigualdad. Rubí, Barcelona; México, D. F.: Anth-ropos ; UAM, Unidad Iztapalapa, Division de Ciencias Sociales y Humanidades.

Segura, Ramiro (2014). “Conexiones, entrelazamientos y configuraciones socioespaciales en la (re)producción de desigualdades en ciudades latinoamericanas (1975-2010)”. Working Paper 65. Berlín: Ibero-Amerikanisches Institute- DesiguALdades.net.

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Pensando la desigualdad urbana desde

el trabajo callejero

MARIANO PERELMAN

Introducción

Desde hace más de diez años que hago trabajo de campo con cartoneros (recolectores informales) y vendedores ambu-lantes en Buenos Aires. En estas actividades el espacio público es central. Los que realizan estas tareas lo hacen en las calles, en los trenes, en los colectivos. Y para ello nece-sitan ser reconocidos como cartoneros o como vendedores para poder realizar la actividad.

En 2002 comencé mi primera investigación con ciru-jas1 que realizaban la tarea de recolección en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Partía del supuesto de que el marco jurisdiccional y normativo era relevante para com-prender la actividad. Imaginariamente, además, la ciudad solía oponerse al “conurbano”, que aparece a los ojos de par-te de la sociedad como “la cristalización de todos los males del país, de la descomposición, de las grandes desigualda-des y de los miedos sociales” (Kessler, Svampa y Gonzalez Bombal, 2010: 16).

1 Se utilizarán como sinónimos los términos “ciruja” y “cartonero”, salvo

cuando se indique lo contrario.

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El cartoneo era realizado por personas que eran vistas por una gran cantidad de “vecinos” como fuera de lugar. Sin embargo, con el trabajo de campo fui comprendiendo que, pese a la importancia de estos marcos normativos (las dife-rentes legislaciones en la ciudad y en los municipios), con ello no alcanzaba. Los recolectores seguramente “llegaban” y también desarrollaban alguna parte de la tarea fuera de los límites jurisdiccionales de la Ciudad de Buenos Aires. Ade-más las fronteras físicas y simbólicas no concordaban con los límites administrativos de la capital argentina. Y las más de las veces no interesaba en el transitar si los cartoneros eran o no del conurbano. En las prácticas y en los discursos de los cartoneros, “la ciudad” adquiría diferentes contornos, sobre los que se establecía un adentro y un afuera.

Algo similar me ocurrió con los vendedores ambulan-tes. En 2011 empecé mi trabajo de campo con vendedo-res que realizaban su tarea en los trenes. Si con el cirujeo era posible comprender una diferenciación entre algo que, medio laxamente, era “la ciudad” (o “el centro”) y los barrios donde los recolectores vivían, en los vendedores estas dis-tinciones espaciales eran completamente diferentes.

Tanto cartoneros como vendedores –así como miles de personas– van a la capital para trabajar y traspasan fronte-ras jurisdiccionales y, sobre todo, simbólicas. En estos casos, el espacio público es un lugar de acceso a la reproducción social. A su vez, da cuenta de una inserción social problemá-tica que va constituyendo formas de desigualdad social.

A partir de los trabajos de campo que vengo desarro-llando así como de los debates en los diferentes equipos de investigación en los que participo, el capítulo propone algu-nas líneas de indagación para el abordaje de los procesos de trabajo considerados informales en el espacio urbano. Para los casos a los que me voy a referir, las formas de trabajo (como prácticas culturales enmarcadas en experiencias de clase) marcan maneras sociales de inserción urbana y de constitución de vidas dignas.

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En tanto la venta ambulante y el cirujeo suelen ser abordados como formas de obtención de dinero y recursos, el capítulo propone una visión que va más allá de las visio-nes centradas en los procesos económicos como un campo autónomo. Las dos experiencias de campo me han permi-tido comprender el modo en que los procesos económicos están territorializados o, para decirlo de forma más precisa, las prácticas de obtención de dinero son inescindibles de la constitución del territorio y esta se produce a partir de la apropiación del espacio físico (y sus constreñimientos) así como de las relaciones interpersonales que se construyen alrededor de aquel.

El capítulo está dividido en tres grandes secciones. En la primera de ellas, me focalizo en la dimensión urbana de la desigualdad marcando la necesidad de pensar el espacio no sólo como el lugar donde ocurren cosas. Luego, busco complejizar los procesos de desigualdad a partir de pensar las formas de ganarse la vida no sólo desde la adquisición de bienes materiales o de la esfera de lo económico sino como modos de vida que tienen diferentes niveles de aceptación y que, al mismo tiempo, tienen efectos objetivos sobre la vida de las personas. En función de la desigualdad territorial construida socialmente y de la desigualdad que se genera a partir de los diferentes modos de ganarse la vida, en la tercera sección doy cuenta de las relaciones personales que vendedores y cirujas generan y mantienen, y que les permite acceder al espacio y a la reproducción social.

Espacio público, conflictos y constitución de desigualdades urbanas

Las desigualdades se construyen a partir de elementos materiales y simbólicos, históricamente producidos, social y territorialmente contextualizados. La desigualdad es un fenómeno socialmente producido que tiene

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nes y articulaciones espaciales claras y, a su vez, se nutre de ellas (Di Virgilio y Perelman, 2016). Para comprender las desigualdades urbanas, un punto de partida central es tener presente que las ciudades y los múltiples territorios que la constituyen pueden ser vistos como espacios morales en disputa. También es importante pensar que en el espa-cio urbano se conjugan procesos con distintas temporalida-des. Esto implica reconocer que existen diferentes órdenes urbanos entendidos como un conjunto de normas y reglas tanto formales como informales (Duhau y Giglia, 2004: 258) en pugna, donde los actores tienen diferentes capacidades de incidir sobre el espacio. Ello es particularmente noto-rio en los espacios públicos. Las disputas, los conflictos, son momentos privilegiados –como lo han mostrado lar-gamente los estudios antropológicos– para comprender el universo social y las moralidades en pugna. Las actividades que producen conflictos en el orden urbano y por él se tornan iluminadoras.

El movimiento de los actores en el espacio permite apreciar que, si bien es posible pensar la existencia de fron-teras simbólicas (Lamont y Molnár, 2002)2 dentro de la ciudad, existen territorialidades enraizadas basadas en los múltiples territorios construidos por los grupos sociales y por las personas. En los casos de la venta ambulante y el cirujeo, estos están basados en relaciones de carácter eco-nómico así como en relaciones personales y grupales que exceden por mucho los momentos de trabajo (pero que son constitutivos de éstos). Seguir las personas en movimiento, entonces, permite comprender las diferentes temporalida-des y espacialidatemporalida-des de la ciudad. En tanto la capacidad de apropiación y de imposición de modos de estar, transitar, habitar es diferente, a partir de aquí es posible comprender

2 Aún sin problematizar la noción misma de “espacio” y pensando en un

espa-cio relativamente “grande”, la posición de Gupta y Ferguson (1992) sobre los peligros que presenta el isomorfismo del espacio, del lugar y de la cultura resulta pertinente como advertencia para no reificar en una escala menor la relación entre moral y territorio.

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el modo en que las relaciones sociales en el espacio público, y que al mismo tiempo lo construyen, son productoras de desigualdades sociales.

Decía Geertz que

el lugar de estudio no es el objeto de estudio. Los antro-pólogos no estudian aldeas (tribus, pueblos, vecindarios…); estudianenaldeas. Uno puede estudiar diferentes cosas en diferentes lugares, y en localidades confinadas se pueden estudiar mejor algunas cosas, por ejemplo, lo que el dominio colonial afecta a marcos establecidos de expectativa moral. Pero esto no significa que sea el lugar lo que uno estudia” (Geertz, 2003: 33).

Esta frase –muchas veces mal interpretada– ha sido la punta argumentativa de un debate dentro de la antropolo-gía para diferenciar la antropoloantropolo-gíaenla ciudad de ladela ciudad (Agier, 2015; Segura, 2015).

Ahora bien, si el espacio (físico y vivido) es constitutivo de los procesos sociales y si los procesos sociales constitu-yen el espacio físico, resulta necesario pensar la experiencia de los actores (en tanto experiencia urbana) más allá de la dicotomía deen la ciudad o de ella. El territorio, con sus relaciones y sus moralidades, no es un lugar donde las cosas ocurren. Tomando en serio la hipótesis de la espacialidad de la práctica (Gordillo, 2004) y la constitución espacial de los sujetos, es posible comprender cómo la espacialidad es constitutiva tanto de las personas que realizan las activi-dades así como de los mercados de trabajo o de compra y venta de mercancías.

La producción de las desigualdades sociales no está “fuera” de los sujetos ni “fuera” de los espacios. Esto porque las identidades se constituyen relacional y espacialmente (Cosacov y Perelman, 2015). Las identidades o identifica-ciones pensadas de manera territorial permiten ver toda esta multiplicidad que está entrelazada con procesos que tienen otras temporalidades y que deben ser tenidos en cuenta al comprender los procesos que van sedimentando

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las prácticas sociales. Ello no quiere decir que todas las investigaciones tengan que abordar la dimensión espacial,3 pero sin duda ella es un componente central de los procesos de producción de desigualdad, de precariedad y de margi-nalidad social en los contextos urbanos.

Además, como recuerda Segato (2007), las personas llevan su territorio a cuestas. El espacio se corporiza y se memoriza. Ello no siempre es perceptible o en algunos casos no tiene efectos. Sin embargo, en los casos de la venta ambulante y del cirujeo, tiene implicancias dobles. Por un lado, las personas pueden tornarse vendedores o recolecto-res en contextos y momentos determinados. Por otro lado, llevan consigo marcas tempo-espaciales que los acompañan en el pasaje de esa doble territorialidad: la del trabajo y la de los espacios donde circulan. O sea, se combinan territo-rialidades yuxtapuestas (estos espacios morales dentro de la ciudad). Pero a diferencia de las visiones más estructurales de la ciudad construida a partir de regiones morales, un estudio desde las prácticas de las personas da cuenta de la constante pugna en torno a esos espacios que no son fijos.

Centrarse en personas que se ganan la vida haciendo uso del espacio público permite comprender, además, cómo los procesos de categorización, de diferenciación y de desigualdad se construyen territorial y cotidianamente. Ello porque algunas personas que acceden a la reproducción social en la ciudad suelen ser vistas por algunos actores como “fuera de lugar”. En este sentido, la confección de recorridos y de relaciones cotidianas funcionan al mismo tiempo como mecanismos de estabilización y como modos activos de justificación de una presencia problemática.

Así el espacio tiene un rol central en la producción de sujetos y de identidades, y el uso de argumentos en tanto arena de producción de sentidos, de conflictos, de

3 Bachiller ha expuesto para el caso de la ciudad de Comodoro Rivadavia lo

que una propuesta de análisis centrada en la territorialidad no permite. Ver Bachiller (2015).

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dominación, de resistencia y de transformación está espa-cializado. Es por ello que el análisis de la producción de las desigualdades debe centrase en territorios históricamente construidos, con sus complejidades y sus contradicciones, en tanto espacios morales en disputas, de redes de rela-ciones y de campos de poder. Son en este contexto donde tienen lugar los procesos de producción de condiciones legitimantes, como narrativas y prácticas justificatorias (y desigualadoras).

Cruzar fronteras sociales y simbólicas produce dife-rencias en los modos en que son vistos y en que se cons-tituyen, lo que genera conflictos por el reconocimiento y disputas sobre las “condiciones legitimantes” basadas en relaciones históricamente construidas en torno a quiénes son los habitantes legítimos y qué comportamientos son aceptados en los barrios de la ciudad.4 ¿Qué quiero decir con esto? Por un lado, que la residencia, pero también la movilidad y los modos en los que se accede a la reproduc-ción social, son formas de construcreproduc-ción de diferencias que pueden transformarse en desigualdades sociales. Muchas de ellas van más allá de la clase social y se basan en otras condi-ciones, como puede ser el género o la “raza”. Es por ello que es necesario comprender los movimientos de las personas en el territorio poniendo énfasis en los lugares de residen-cia, de trabajo, así como los recorridos que hacen. Esto es importante porque los lugares se construyen en relación con otros lugares y los procesos de experienciación están marcados por estas relaciones. Así la ciudad se construye en contraposición a otro lugar, un lugar memorizado y expe-rienciado por los actores que da sentido a la diferencia y que posibilita construir fronteras territoriales y simbólicas.

4 Recupero la noción de condición legitimante de Thompson (1995). En

Argentina algunos investigadores han trabajado esta línea para analizar los procesos de recuperación de fábricas (Fernández Álvarez, 2007), de organi-zaciones “piqueteras” (Manzano 2007) o la construcción de idea de trabajo digno en cartoneros (Perelman, 2011).

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Vendedores y cartoneros cruzan fronteras y desafían los territorios construidos. Una de las formas en que se pro-duce desigualdades es la de la construcción de sujetos legí-timos dentro de un orden público determinado. Tanto car-toneros como vendedores ambulantes se configuran como trabajadores (Perelman, 2011 y 2013). Algunas actividades, algunos trabajos, son permitidos mientras otros son per-seguidos (y más aún no son vistos como trabajo). Algunas tareas están reguladas en el marco de derechos y otras –por estar reguladas en el marco de derecho– son consideradas ilegales. Todo esto produce negociaciones y negaciones en torno a la reproducción social y contribuyen a formas de explotación que van cimentando la desigualdad.

Configurarse como trabajadores es producto de un doble proceso. Por un lado, hacia ellos mismos en tanto forman parte de un modo de pensar el acceso legítimo a la reproducción social. Por otro lado, hacia afuera en tanto es una forma de apelar a un discurso público legitimante. Al ser actividades públicas, inscribir la tarea en el universo simbólico del uso legítimo del espacio público es una forma de justificar esa presencia problemática.

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Como marcó Grimson (2009), el cruzar ciertas zonas de la ciudad los pone en una situación desigual. Las interac-ciones son centrales en este doble proceso: el expulsor y el constructor de diferencias. La construcción de la diferencia se da al mismo tiempo que la expulsión física o simbó-lica. Centrarse en esta dinámica permite comprender que las desigualdades se sustentan en relaciones sociales y en interacciones dinámicas que interactúan con y (re)definen condiciones de desigualdad estructural.

Las formas de ganarse la vida más allá de la economía

Como he desarrollado en otro lugar (Perelman, 2017), refe-rirse a formas de ganarse la vida y de significarlas no se reduce sólo a las estrategias de obtención de dinero. Es necesario comprender los modos en los que los actores se (re)construyen en pos de sus trayectorias de vida, de sus experiencias grupales y de clase en espacios determinados. Al mismo tiempo es importante dar cuenta de los efectos que estas formas de ganarse la vida –en un sentido amplio– tienen en las condiciones objetivas de vida.

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explicar las múltiples formas en que se mezclan las transac-ciones económicas y los lazos íntimos –entre amantes, amigos, parientes, socios, clientes– en un sentido amplio (compartir secretos, tener acceso a archivos confidencia-les, brindar consejos, proporcionar información económica privilegiada, brindar consuelo y prestar servicios corpora-les que incluyen la promesa o la amenaza de una interac-ción afectiva más intensa y de mayor transcendencia que las relaciones sociales cotidianas y que requieren un traba-jo relacional). Al abordar los procesos económicos, Zelizer refiere a la necesidad de pensar en circuitos de comer-cio.5Cada circuito tiene una frontera, un conjunto de lazos interpersonales significativos, unas transacciones económi-cas asociadas y un medio de intercambio. Los estudios de las finanzas y las monedas (Wilkis y Roig, 2015) también han dado cuenta de estos procesos y han contribuido a des-naturalizar, desde el centro mismo de “lo económico”, que la economía no puede ser sólo analizada desde la economía. Pero la paradoja, como bien recuerda L’Estoile (2014), los que pueden considerarse los estudios sociales de la econo-mía siguen pensando en términos económicos. Yo agregaría que insistir tanto con esta diferenciación termina tenien-do un efecto de refuerzo de lo que se quiere criticar: la existencia de esa esfera como algo dado. Es por ello que también es importante centrarse en segundo lugar, más allá de lo económico, e indagar qué es una vida digna o una forma legítima de ganarse la vida (Perelman, 2011), donde la espacialidad de la práctica tiene un lugar central.

Ello permite, antes que circunscribir a priori proce-sos, relaciones o eventos, indagar en múltiples relaciones sociales. Como plantean Narotzky y Besnier (2014: s5), “la reproducción social implica dar cuenta de diferentes esca-las y de los términos en los que la gente ordinaria evalúa

5 La idea de comercio para Zelizer refiere a conversación, intercambio,

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la posibilidad de continuidades, de transformaciones o de barreras”. Ya que las formas en que se reproduce y se piensa la vida (making a living) “no sólo depende de la venta de la fuerza de trabajo a cambio de un salario en el mercado –o alternativamente vendiendo productos o servicios por fuera de los marcos regulatorios del Estado (…). Envuelve también dinámicas que no son usualmente pensadas como ‘económicas’” (Narotzky y Besnier, 2014, p s6, traducción del autor).

Otros trabajos han dado cuenta de la necesidad de pensar por fuera de la racionalidad económica (Bourdieu, 2001), centrada en la razonabilidad de los actores. La pro-puesta de una antropología de la evaluación (Cottereau y Marzok, 2012), en la que la pregunta remite a qué es lo que importa para la gente, va en esta línea. De esta forma, la pregunta no es por el valor sino por evaluación que las personas hacen.

Ahora bien, si estas dinámicas terminan siendo econó-micas aunque no han sido pensadas como tales, ¿por qué no pensar a la inversa o de manera más amplia? Para analizar los procesos de la casa, L’Estoile refiere a la posibilidad de pensar en términos de vivir una vida digna (living a good living) y, en términos más amplios, deoikonomia. Busca así correrse del lenguaje de la economía y centrarse en los procesos de vida a partir de las vivencias y las categorías nativas. Estos esfuerzos son sin duda meritorios en tanto buscan centrar los procesos “económicos” dentro de una totalidad centrada en las importancias nativas.

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I.

En relación con la recolección informal en 2002, cuando comencé mi trabajo de campo, era posible diferenciar per-sonas dedicadas a esa actividad que la consideraban como algo digno mientras que otras se sentían sumamente aver-gonzadas del modo en que vivían. Estas diferentes expresio-nes en torno al cirujeo habilitan a pensar que el análisis de las formas de vivenciar, de pensarse, no puede entenderse sino en el marco de los procesos de los cuales los sujetos forman parte. En el caso del cirujeo, es posible pensar que si bien el desempleo y subempleo, el deterioro de las condi-ciones materiales de vida y el incremento de la pobreza y de la indigencia, el hambre, son condiciones, no explican en sí mismas el incremento de la cantidad de personas que viven de esta tarea; dicho de otra forma, no habilitan directamen-te el paso al cirujeo. Es necesario, por lo tanto, dar cuenta de otros elementos que, sumados a la dimensión econó-mica (o de obtención de dinero), terminarían de explicar la llegada a la recolección y su conceptualización en tanto modo legítimo de ganarse la vida. Por lo tanto, creo que es necesario buscar cómo se construyen los modos “deseables”, para lo cual hay que tener en cuenta las condiciones y los parámetros morales en los cuales los cirujas construyen la realización de la actividad.

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representan manifestaciones mutuas de consideración y de aprecio. Lo que me interesa recuperar para el análisis de los cartoneros remite a la necesidad de pensar la noción de dignidad en relación con el reconocimiento y vinculada a la categoría de trabajo, con su relación existente entre las argumentaciones legitimantes. Pero también como formas de pensar su presencia en el espacio.

Abordar los procesos de legitimación en el marco de una lucha por el reconocimiento permite articular diferen-tes dimensiones: el trabajo en tanto categoría abstracta y como categoría empírica social y personalmente significa-da; así como también la presencia de personas en el espacio público y de sus modos amplios de reproducción social (por ejemplo qué hacen además de recolectar, cómo se compor-tan, qué piensan, cómo se visten, qué consumen, etc.). Desde esta perspectiva, entonces, es posible pensar que

complacencia, satisfacción, sufrimiento, infelicidad o insatis-facción, no son tomados en lo que ellos tienen de expresión de la interioridad de la vida psíquica de las personas, ni como ‘percepciones subjetivas’ en el sentido corriente, que podrían, por eso, ser erróneas, sino porque entendemos que esos sen-timientos hallan sus fuentes legítimas en la configuración sociocultural que da sentido a lo querible, deseable, proyec-table, etc. Sentidos, a su vez, que se mantienen en disputa en diferentes ámbitos institucionales y socio-culturales de la vida social y que, en gran medida, co-existen en tensión. Precisamente esas tensiones se presentan como exigencias incompatibles para los individuos (Grassi y Danani, 2009: 18-19).

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II.

Cuando comencé mi trabajo de campo con vendedores ambulantes en 2011 rápidamente reparé en las diferencia-ciones que existían entre los que se dedicaban a lo que gené-ricamente se denomina “vendedores ambulantes”. Dentro de las personas que se dedican a la venta ambulante existen diferentes grupos que se caracterizan no sólo por lo que ofrecen o por la actividad que realizan, sino por una serie de prácticas que hacen de la venta ambulante un modo de vida. Uno de ellos son losbuscas. Ellos se oponen a otros acto-res que se dedican a la misma actividad (Perelman, 2013; Pires, 2010 y 2013) ya que reivindican el ser busca como un modo de vivir.

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en torno a los modos de conseguir el dinero y de gastarlo se entrelazaban dos mundos morales en torno no sólo a lo eco-nómico, sino también a una forma de vida. Es por ello que resulta necesario pensar en términos de qué implica una vida digna.6La venta ambulante, en términos económicos o de ingresos, garantiza la supervivencia pero en términos de lo que ellos entienden por vivir una buena vida, el tiempo del trabajo y el del no trabajo no puede escindirse.

Relaciones personales y territorio

La presencia de cartoneros y de vendedores ambulantes no sólo puede ser indagada desde lo discursivo. Presentarse como trabajadores no es mera retórica justificativa. Tiene fuertes implicancias sobre elself así como signa prácticas concretas. A su vez, la “laborización” de la actividad estuvo fomentada por diferentes actores entre ellos el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

Las personas van constituyendo un territorio que les es propio. Ellos se configuran a partir de los procesos de venta o recolección pero los exceden por mucho. En ambas actividades los intercambios –incluso cuando refieren a la compra y venta de productos– no pueden entenderse sólo como “hechos económicos” (Perelman, 2017).

Los diferentes actores están constantemente activando relaciones de afinidad que van produciendo interdependen-cias entre ellos. Son estas relaciones las que posibilitan que se vaya produciendo un mercado de circulación, de con-sumo de bienes y un circuito de comercio. La

individua-6 Estoy usando aquí “vida digna” no como una categoría nativa sino como una

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lización de los vendedores y cartoneros, no ya meramente como parte de un grupo o como una persona moral (“car-tonero”; “vendedor”; “pobre”), a partir de relaciones per-sonales va permitiendo la apropiación del espacio y con ella el acceso a recursos materiales y simbólicos. Y así se van constituyendo formas de trabajo. Son estas relaciones las que van produciendo “derechos” mutuos investidos de moralidad que contribuyen a la estabilización de los mer-cados de producción y de consumo. Son estas relaciones estables las que van permitiendo, a partir de la construcción de un territorio, acceder a la ciudad.

El espacio físico y las relaciones espaciales tienen fuer-tes implicancias en el modo en que se regulan las activi-dades. En el caso del cirujeo, son los recolectores los que individualmente van confeccionando sus recorridos a partir de la generación declientes (personas que les guardan los residuos). Ellos son “posesión” individual y requieren un constante trabajo de mantenimiento de confianza.

El cirujeo se fue generalizando como actividad pública con la crisis de 2001. Es posible decir que ya en 2002 se fueron generando una serie de procesos que perdurarán y que tendrán diferentes efectos de refuerzo y de impugna-ción sobre los que se irá solventado la desigualdad.

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histórica relación entre dignidad-trabajo experienciada por los sujetos, sino también a la creencia de que en el espacio público el ser trabajador es un modo aceptable.

Es por esta razón que pienso que las moralidades terri-toriales son constitutivas de las desigualdades sociales y tienen una temporalidad más larga a la de la crisis, la del desempleo o incluso la del intento del Gobierno de la Ciu-dad de Buenos Aires de naturalizar el cirujeo.

Los cartoneros se transforman en cartoneros en un espacio determinado no sólo por la tarea que realizan. Ser cartonero o ser vendedor en un espacio/tiempo específi-co no puede ser pensado sólo a partir de la actividad de obtención de recursos que realizan. A las personas se les imprime una serie de imaginarios sobre la actividad en sí. A la actividad se le fijan una serie de imaginarios en torno a los sujetos que las realizan.

Es por ello que las interacciones se vuelven una suerte de antídoto. En los contactos con vecinos (así como con depositeros y otros actores7 se produce una transforma-ción del estigma en confianza A partir de los lazos perso-nales, los cartoneros pueden generar cierta predictibilidad. Estas relaciones van construyendo un territorio basado en el mantenimiento de los contactos personales que se cons-tituyen en relaciones de don y contra don. Así, las obliga-ciones que se establecen entre los actores producen pre-dictibilidad. Al tiempo que, para los cartoneros que tienen que mantener la relación, funcionan como una forma de estabilización en la tarea (aunque ellos no quieran). Ello es posible a partir de los comportamientos correctos que lo que terminan logrando es que se conviertan, aun sin que-rerlo, en mejores cartoneros.

El caso de la venta ambulante permite iluminar otro tipo de construcciones cotidianas de diferencias que se construyen como desigualdades. Los vendedores ambulan-tes que trabajan en los trenes, a diferencia de los

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tores, construyen colectivamente el territorio. Si bien cada uno cuenta con un trayecto y con la posibilidad de vender determinado producto, el territorio pertenece al grupo. Es un espacio abierto que es cerrado por un grupo y reapro-piado. Ello les posibilita tener una menor regularidad en la asistencia pero genera obligaciones con los otros actores que conforman la configuración. El ir a vender algunos días si y otros no perjudica al que no va.

A diferencia de los cartoneros, la percepción del ven-dedor ambulante no refiere tanto a una pobreza extrema como en el caso de la recolección. En los trenes, existe una diferenciación entre las personas basada en formas de obtener dinero y de gastarlo. Son formas de acción que se van cosificando en dos modos diferentes de supervivencia: “trabajar” y “pedir” o “mangear”. Los grupos están consti-tuidos –podría decirse– como diferentes tipos de personas. Mientras que los vendedores suelen ser hombres “en con-diciones de trabajar”, los que piden contarían con algún atributo que no les permitiría hacerlo. En los mangueros

la pobreza suele ser utilizada como un recurso legitiman-te para la realización de la actividad y debe mostrarse y performarse. Esto es, para manguear (pedir) hay que ser (parecer) pobre. En cambio, en losbuscas esta relación es más compleja. Esto lleva a diferentes tipos deperformance

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(Gootenberg y Reygadas, 2010). Y los modos de categoriza-ción (trabajo/no trabajo;busca/manguero; etc.) y su puesta en relación son una puerta para comprender el modo en que se van naturalizando y resignificando en prácticas culturales y en contextos concretos.

Por otro lado, la territorialidad de la desigualdad está presente. Así por ejemplo las percepciones de los compor-tamientos de los vendedores en dos líneas de trenes son diferentes. Existen percepciones diferenciales sobre el esta-tus de los vendedores, como trabajadores o como pobres. Así, por ejemplo, mientras en la Línea Roca que va hacia el sur del conurbano bonaerense, los vendedores cuentan con un estatus similar al de los pasajeros, en la línea Mitre que va hacia el norte, una de las zonas más ricas del conur-bano, parece existir una diferenciación de clase entre unos y otros. En tanto las personas que usan el transporte tienen diferentes trayectorias de clase, la construcción que vende-dores y pasajeros hacen unos de otros también lo son. Esto es un punto importante ya que permite la construcción de un territorio de venta.

Asi, mientras las calles y la cantidad de edificios, comercios, depósitos, etc. genera la posibilidad de una mayor oportunidad de generar rutas en el caso de la reco-lección de residuos,8 en la venta ambulante son los trenes y los recorridos que éstos realizan los que deben dividirse. Los límites de lo posible son muchos menos en el segun-do caso.

Entonces estos procesos son importantes a la hora de comprender la producción de la desigualdad social ya que tienen efectos sobre la apropiación del territorio y de los modos de supervivencia. Que ellos se expresen en prácticas y discursos cotidianos, que se produzcan y reproduzcan en las interacciones es importante a la hora de generar

8 Siempre y cuando los cartoneros trabajen de forma individual. En los

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diferencias sociales y capitales distintos. En el territorio es posible ver los componentes de desigualación de larga duración (como los sujetos legítimos) así como los de más corta duración en función de los ingresos y las expulsiones cotidianas de los cartoneros.

A modo de cierre

Kessler (2014), analizando diferentes dimensiones, da cuen-ta la existencia de tendencias contrapuescuen-tas en relación con lo ocurrido con la desigualdad en Argentina en la última década. Segura (2014: 2) dice que en las ciudades latinoa-mericanas en la última década es posible ver un

movimiento paradójico en las relaciones entre ciudad y desigualdad en la América Latina contemporánea: mientras por un lado en la última década muchos países de la región han implementado políticas que lograron reducir (levemente) la desigualdad de ingresos, por el otro continúa la expansión de áreas metropolitanas fragmentadas (…) [que] incrementa no solo la desigualdad en el acceso a la ciudad y a sus bienes, servicios y oportunidades, sino que también consolida (…) redes y circuitos sociales segregados, que reducen las posibi-lidades de movilidad social ascendente.

Para Segura, si bien las desigualdades se objetivan en el espacio urbano (en tanto acceso desigual), también es el mismo espacio –con sus múltiples temporalidades– el que condiciona la (re)preoducción de las desigualdades (2014: 3). Ambos autores marcan la necesidad de pensar de manera compleja los procesos de desigualdad social a partir de múl-tiples dimensiones y procesos que no son unidireccionales.

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las condiciones espaciales van constituyendo formas de desigualdad social en el espacio que impactan en las vidas de las personas de diferentes formas. Tanto el espacio físico como los procesos sociales espacializados van constituyen-do formas de desigualdad social. En algunos casos, es la propia forma de vida la que es negada en el espacio urbano, que va erosionando las formas dignas de vivir. Recono-cer esto no implica negar que incluso las elecciones y los diferentes modos de vida tengan efectos concretos en las condiciones objetivas de vida. Tampoco implica desconocer los condicionantes históricos de las formas de elección.

Indagando en las trayectorias de vida es posible com-prender las prácticas cotidianas compartidas de discrimina-ción, explotadiscrimina-ción, humillación enmarcadas en experiencias de clase. Pero también experiencias y prácticas de diver-sión, identificación, sensibilización, producción de discur-sos sobre sus vidas que constituyen las diferentes formas de vida. Las identidades o las identificaciones pensadas de manera territorial permiten ver toda esta multiplicidad que está entrelazada con procesos que tienen otras temporali-dades y que deben ser tenidos en cuenta al comprender los procesos que van sedimentando las prácticas sociales.

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que una misma acción o un mismo grupo puede ser vecino, cartonero, extranjero, trabajador, etc. Y ello tiene efectos en los modos de ganarse la vida y de inserción social. Las etiquetas funcionan territorialmente y a partir de ellas se producen relaciones de desigualdad.

Es por ello que es necesario un fuerte esfuerzo de des-construcción para subjetivizar a las miles de personas que viven de actividades callejeras informales mostrando sus particularidades y sus modos de vida.

Para ello hay que tener cuenta su agencia, sus senti-mientos, la dominación y sus resistencias, las imposiciones. Para ello es imprescindible abordar los fenómenos sociales tanto en las dimensiones estructurales como en los procesos subjetivos. Esta misma línea es retomada por los estudios que buscan complejizar los estudios de los procesos eco-nómicos dando cuenta de los procesos históricos y de los modos en que las personas entienden lo que es una vida que vale la pena vivir, los modos dignos y legítimos de acceder a la reproducción social. Esta visión implica centrarse en los procesos de reproducción social no sólo como formas de obtención de dinero sino como maneras de integración social y como modos de vivir que pugnan socialmente por ser reconocidos.

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Cuerpos e identidades extranjerizados:

vecinos/as y travestis en disputa

El caso de la zona roja de Palermo, 1996-2005

MARTÍN BOY

1. Introducción

La autonomía político-administrativa que adquirió la Ciu-dad Autónoma de Buenos Aires (CABA) en 1996 instaló en la agenda pública y política la derogación de los deno-minados “edictos policiales” y la creación de un Código de Convivencia. Este proceso político fue promovido por los diferentes actores involucrados bajo el argumento de la necesidad de democratizar el acceso a la justicia y de quitarles facultades a las fuerzas policiales para otorgarle así mayor protagonismo al Poder Judicial. Este proceso abrió un debate público que involucró a vecinos/as, funcionario/ as, religiosos, travestis, organizaciones de la sociedad civil, entre otros grupos, y tuvo como uno de sus principales ejes el dilema de qué hacer con la oferta de sexo callejera.

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de discusión pública: la de Palermo. ¿Qué particularidades tenía esta área? Pueden identificarse rápidamente dos: por un lado, los/as vecinos/as que residían en este barrio eran de clase media y media alta, contaban con un nivel socio-económico notoriamente más elevado que los/as vecinos/ as que habitaban en las otras zonas rojas; por otro lado, quienes ofertaban sexo en el área de Palermo eran exclusi-vamente travestis1y, en este sentido, los discursos del resto de los actores adquirieron particularidades que giraron en torno a la extranjerización de las travestis anclada en la ajenidad y en la abyección de ciertos cuerpos y prácticas.

En este trabajo se problematizarán los discursos que fueron publicados en dos medios gráficos (Clarín y La Nación) entre 1996 y 2002 sobre la zona roja de Palermo, ya que sus vecinos/as, posiblemente debido a su capital social y político asociado a su clase social, fueron quienes lograron instalar la oferta de sexo de travestis como un conflicto urbano que tuvo eco en la agenda pública y política de la ciudad. No sucedió lo mismo con las otras áreas donde habitaban vecinos/as de clase media baja y baja. En el con-flicto urbano de Palermo, se pusieron en disputa cuáles eran los usos legítimos e ilegítimos del espacio público, para qué actores era o debía ser la ciudad, quién merecía vivir en ella, quiénes eran los extranjeros o forasteros y quiénes los/as nativos/as. En este escrito se debatirá sobre la otredad que ciertos actores construyeron a partir de narrativas morales que promovieron la preminencia de ciertos grupos e iden-tidades y expresiones de género por sobre otros en espacios públicos. Tanto la moral como el género son variables que deben de tenerse en cuenta a la hora de problematizar las

1 Se decidió utilizar la categoría travesti ya que para el período que se estudia

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formas y los procedimientos a través de los cuales se cons-truyen espacios urbanos. A continuación se presentará un apartado útil para contextualizar lo enunciado.

2. Breve presentación del caso: la zona roja de Palermo

La CABA comenzó a ser autónoma en 1996 y sus habitantes por primera vez votaron a su Jefe de Gobierno. Esta autono-mía implicó algunas reformas institucionales de importan-cia, tales como la creación de una Constitución propia,2de un Poder Legislativo así como la derogación de los edictos policiales, entre otras.

Los edictos policiales comenzaron a regir en la ciudad en la década de 1930 y tuvieron la característica de regular los comportamientos cotidianos de la población, como por ejemplo no salivar en el espacio público, no utilizar másca-ras, prohibir los festejos de carnaval (en épocas dictatoriales, sobre todo), no gritar en el espacio público, sancionar las prácticas viciosas de los homosexuales y el vestir ropas del sexo opuesto. Los edictos, además, facultaban a las fuer-zas policiales a arrestar, multar y sentenciar. Esto quiere decir que éstas no necesitaban apelar al sistema judicial para poder operar. Cuando la CABA logró la autonomía, desde los poderes Ejecutivo y Legislativo se resuelve comenzar un proceso de democratización del acceso a la justicia a raíz de la presión ejercida por la sociedad civil. Esto tuvo como resultado la derogación de los edictos para comenzar con la construcción de un Código de Convivencia que tuvo como referente al sistema judicial y que le quitó libertad de acción a la fuerza policial.

2 Argentina cuenta con un sistema político federal. Esto quiere decir que cada

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En 1996 se derogaron los edictos3 y se inaugura un espacio de debate que incluyó a los/as vecinos/as a la hora de planificar y construir el Código de Convivencia. En este momento fue cuando la zona de Palermo se instaló en la agenda pública y política. Los/as vecinos/as, las organiza-ciones de la sociedad civil, los/as funcionarios/as públi-cos/as, el empresariado y hasta las autoridades de la Igle-sia Católica se pronunciaron sobre qué debía hacerse con la oferta de sexo en la calle. En este artículo me centra-ré, principalmente, en los discursos de los/as vecinos/as y se recuperarán algunos testimonios de activistas trans que recuerdan aquel momento.

La zona roja de Palermo puso en contacto en el espacio urbano a otredades de género y de clase que comenzaron a disputarse los límites y los alcances de lo público. Por un lado, los/as vecinos/as representaban a los estabilizados en el territorio y, por el otro, los cuerpos travestis apa-recían como parte del flujo de un espacio público al que no pertenecían en términos de clase, de identidad o expre-sión de género y de trayectoria barrial y habitacional. Ante esto, surgió un interrogante: ¿de dónde venían las travestis que ofertaban servicios sexuales? ¿Cómo fueron construi-dos sus cuerpos y sus identidades desde la perspectiva de los/as vecino/as?

3. (In)migraciones travestis: puntos de partida y de llegada

Diferentes estudios indicaron que un alto porcentaje de la población trans que vivía en la CABA no nació en la ciu-dad. Hasta este momento, existen tres informes que brindan

3 Vale aclarar que cada una de las provincias de Argentina (veintitrés más la

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información sobre las características sociodemográficas de la población trans de Buenos Aires. En 1999 el primer estu-dio realizado por la Defensoría del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires en conjunto con la Asociación de Lucha por la Identidad Travesti y Transexual (ALITT) titulado “Informe preliminar sobre la situación de las travestis en la Ciudad de Buenos Aires” (Adjuntía en Derechos Humanos de la Defen-soría del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires; Asociación de Lucha por la Identidad Travesti y Transexual, 1999) indi-có que, en una muestra de 133 travestis encuestadas en la CABA, sólo el 38% era originaria del Área Metropolitana de Buenos Aires: el 41% provenía de las provincias del noroes-te, el 11% de provincias del noresnoroes-te, el 10% eran extranjeras (el 57% de países no limítrofes y el 43% de países limítrofes), el 5% de provincias del Centro, el 2% de provincias del Oeste y el 2% de provincias del Sur de Argentina. El 62% de las travestis encuestadas en la Ciudad de Buenos Aires no había nacido en la ciudad, era (in)migrante.

El estudio más reciente, realizado en 2007, fue publi-cado en el libro titulado Cumbia, copeteo y lágrimas (Ber-kins, 2007) donde también se indagó sobre el lugar de nacimiento de las trans.4 La particularidad de este trabajo es que relevó características sociodemográficas relativas a migraciones en la población trans en otras provincias sin incluir a Buenos Aires: Salta y Tucumán (Noroeste), Cór-doba (Centro), Mendoza (Oeste) y Neuquén (Sur) con una muestra total de 257 casos. Los resultados fueron interesan-tes porque indicaron que las travestis encuestadas en Salta (92,4%) y en Córdoba (94%) eran originarias de la provincia. En Mendoza, el 81,4% era de la provincia y en Tucumán y Neuquén los porcentajes descendían al 69,4% y 51,1% respectivamente. Una posible interpretación, teniendo en cuenta los resultados del estudio ya citado de 1999, es que hay provincias que son expulsoras de trans y que no son

4 Es importante aclarar que los estudios citados sólo incluyeron a identidades

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receptoras. El ejemplo de esto paradigmático es Salta ya que en 1999 se detectó que la mayoría de las migrantes trans en CABA eran del Noroeste. Sin embargo pocas trans decidían migrar hacia Salta.

Si se comparan los datos estadísticos de las (in)migraciones de travestis hacia la CABA con las de la población en general que reside en la ciudad, el contraste es aún mayor. Según la información relevada por la Encuesta Anual de Hogares realizada en 2014, el 25,8% de la pobla-ción total de la ciudad proviene del resto del país y el 12,1% son extranjeros (6,8% de países limítrofes, y 5,3% de países no limítrofes). Esto quiere decir que el 62,1% de los residen-tes de CABA nacieron en la ciudad, no son (in)migranresiden-tes. Recordemos que el estudio realizado por la Defensoría del Pueblo (antes citado) de 1999 había indicado que el 62% de las travestis era (in)migrante. La misma cifra pero al revés: el 38% de la población de la ciudad era (in)migrante y, para el subgrupo de las travestis, el porcentaje de las nacidas en la ciudad ascendía solamente al 38%.

Más allá de las conjeturas que puedan hacerse, estudios muestran que la (in)migración en la población trans es una alternativa concreta y cercana: la (in)migración atraviesa sus trayectorias familiares, residenciales, educativas y labo-rales. Otro de los elementos que cruza a esta población es la oferta de sexo como una actividad que permite la super-vivencia a edades tempranas. En este sentido, los grandes centros urbanos se convierten en polos de atracción por-que existe un mercado sexual y porpor-que es en éstos don-de puedon-den gozar don-de cierto anonimato que las protege don-del estigma familiar, barrial o comunitario. Al decir de Del-gado Ruiz (1999), el

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Esa masa corpórea lleva consigo todas sus propiedades, tanto las que proclama como las que oculta, tanto las reales como las simuladas.

Este autor señala que en el espacio público es donde se producen las relaciones de tránsito, los vínculos ocasio-nales que muchas veces se encuentran en la frontera de no ser relación en absoluto. En el cruce de las personas que ocurre en los grandes centros urbanos se produce una desatención cortés,

consiste en mostrarle al otro que se le ha visto y que se está atento a su presencia y, un instante más tarde, dis-traer la atención para hacerle comprender que no es objeto de una curiosidad o de una intención particular. (Delgado Ruiz, 1999)

Referencias

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