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Violencia novelada, una mirada comparativa a las novelas Muerte de fiesta y los ejércitos, del escritor colombiano Evelio Rosero Diago

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Academic year: 2017

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Violencia novelada, una mirada comparativa a las novelas Muertes de fiesta y los ejércitos del escritor colombiano Evelio Rosero Diago.

Wílmer Vera Castro

Pontificia Universidad Javeriana

Facultad de Ciencias Sociales

Maestría en Literatura

Bogotá, D.C.

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Violencia novelada, una mirada comparativa a las novelas Muertes de fiesta y los ejércitos del escritor colombiano Evelio Rosero Diago.

Wílmer Vera Castro

Trabajo de grado presentado como requisito parcial para optar por el título de Magíster en Literatura

Pontificia Universidad Javeriana

Facultad de Ciencias Sociales

Maestría en Literatura

Bogotá, D.C.

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Pontificia Universidad Javeriana Facultad de Ciencias Sociales

Rector de la Universidad

Padre Joaquín Emilio Sánchez García, S.J.

Decano Académico

Germán Mejía Pavony

Director del Departamento de Estudios Literarios

Cristo Rafael Figueroa Sánchez

Directora de la Maestría en Literatura

Graciela Maglia

Director del Trabajo de Grado

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Yo, Wílmer Vera Castro, declaro que este trabajo de grado, elaborado como requisito parcial para obtener el título de Magister en Literatura en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Javeriana es de mi entera autoría excepto en donde se indique lo contrario. Este documento no ha sido sometido para su calificación en ninguna otra institución académica.

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Tabla de contenido

1. Introducción 7-11

2. Del siglo XX al siglo presente: aproximaciones al proceder de algunos aspectos

violentos en la sociedad colombiana 12-13

2.1 La masacre de las bananeras 13-17 2.2La guerra contra Perú 17-18 2.3Gaitán 18–20

2.4Las nuevas guerrillas y los sucesos del 8 y 9 de junio de 1954 21-22 2.5El Frente Nacional 23-24

2.6El narcotráfico y su injerencia en el poder 24–27

3. Algunas novelas del siglo XIX abordo de la violencia en Colombia 28–30 3.1Novelas representativas del decimonónico 30-34

4. Perspectivas teóricas en torno a la literatura de la violencia y la novela de la violencia

35

4.1Literatura de la violencia 35-38

4.2Poesía y cuento colombianos al límite de la literatura de la violencia 38-40 4.3Novela de la violencia 41–45

5. Literatura de la violencia y novela de la violencia en las novelas Muertes de fiesta y Los ejércitos 46

5.1 Muertes de fiesta y Los ejércitos en la literatura de la violencia 46-50 5.2 Muertes de fiesta y Los ejércitos en la novela de la violencia 51-56

6. Intertextualidad en la dinámica de las novelas Muertes de fiesta y Los ejércitos 57

6.1 Acercamiento al nivel intrínseco de las obras 57-59

6.1.1 Intersubjetividad y modernidad en la interpretación de la novelas 59-61 6.1.2 La relación de las fechas en la publicación de la novelas 61-63

6.1.3 Personajes principales en el juego intertextual 63-65

6.1.4 El tiempo y el espacio como categorías inseparables en las novelas 65-67 7. Conclusiones

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1. Introducción

La violencia como característica social en Colombia ha abarcado un sinnúmero de historias, mitos y fantasías. Desde la llegada de los españoles (octubre 12 de 1492) no sólo se extiende este fenómeno por todo el territorio americano, sino que se asienta en lugares concretos que luego van a ser avasallados por los invasores, estas circunstancias dan como resultado la fundación de las urbes y pueblos, en los que siglos más tarde seguiría cobrando vigencia dicha situación a raíz de las luchas por la igualdad, los derechos de los esclavos a ser hombres libres, y la independencia. Todo esto, y otros sucesos, acabaron con territorios de grandísima riqueza humana, mancillados por el odio y la violencia del yugo español, dejando poco a poco vestigios en la historia de América que luego serían narrados y analizados.

En Colombia la violencia no tiene un único asidero, son diferentes las razones por las cuales existe y habita en la memoria y el presente de muchos de sus hijos. Desde las luchas de independencia hasta el presente, el país ha tenido esa característica ya casi propia de ser un territorio violento y, es quizás, esa violencia,1 legada por la conquista española desde sus inicios en tierras amerindias, lo que probablemente ha hecho a este país un lugar de constante tragedia, durante siglos. Además de esta continuidad de la violencia en Colombia con todo y sus formas de presentación, continúan apareciendo diferentes fuentes de provecho que aseguran el eterno camino de este flagelo: la explotación laboral, el robo de tecnologías, las políticas neoliberales internacionalistas, el sectarismo religioso y otras.

En relación a lo anterior, como características propias del conflicto en el país, Alejandra Jaramillo en el texto Nación y melancolía literaturas de la violencia en Colombia, comenta al respecto: “Se debe tener en cuenta que la violencia económica de exclusión, o las políticas de no fortalecimiento de canales fuertes y directos para la participación política o social –el racismo, el machismo y los varios ismos- juegan un papel fundamental en el mapa del conflicto colombiano” (29).

1 Se trata de la violencia en el robo de oro, tierras, el vasallaje, la esclavitud y el exterminio de comunidades

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A pesar de lo que dice Jaramillo, en los intentos por salir de alguno de estos problemas, se continúa cobrando víctimas desde todos los sectores del ámbito social nacional. Además, en la búsqueda por aplacar diferentes actores de la violencia sin reconocer que muchos de los factores por los cuales ellos existen, son producto directo de las malas administraciones políticas que se han fomentado y, sin embargo, se sigue pensando que la paz llegará cuando los violentos dejen las armas.

En Colombia no ha habido un estudio que dé cuenta del balance de la mortandad en cifras de personas que han muerto desde la llegada de los españoles y los hechos posteriores que igualmente dejaron miles de compatriotas asesinados, pasando por la colonización hasta llegar a la época del narcotráfico, lo que sí tiene eco y es ventilado a viva voz por estudiosos del fenómeno de la violencia en el país, son los hechos o casos que la generan. Hablar de etiología de la violencia en Colombia como fenómeno multicausal y sucesivo, ha requerido estudios arduos y enteramente cuidadosos2. En el país se pueden observar situaciones de toda índole de manifestación de violencia, desde la armada hasta la psicológica, considerada en este caso como una función de la conducta individual impuesta por la misma persona.

Desde este punto de vista, la violencia se ha tratado en distintos estudios dejando una cantidad amplia de textos escritos que, a la par con producciones fílmicas como películas y novelas de televisión, resulta siendo un tema importante que la literatura no dejaría por fuera entre los diversos contenidos que trata. En la novelística colombiana, desde el siglo XIX3, se ha venido escribiendo sobre el particular y tratándolo en diferentes perspectivas con respecto a sus formas de aparición en la sociedad.

Ya en el siglo XX aparecen nuevas formulas literarias para escribir “novela de la violencia” y acuñar el término “literatura de la violencia.” La novela Muertes de fiesta,

2El libro Violencia en Colombia, escrito por Orlando Fals Borda, Germán Guzmán y Eduardo Umaña, es un

ejemplo de investigación y análisis sobre el tema.

3En este siglo hay una aparición considerable de novelas literarias que presentan diversos temas que de alguna

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publicada en el año 1995, escrita por el escritor colombiano Evelio José Rosero Diago (Bogotá, 20 de marzo de 1958), es una de esas obras literarias que se junta a las demás escritas antes de su aparición, tratando el tema de la violencia como un epítome más de la cantidad de novelas de la violencia producidas en el país. Es un resultado más de las pretensiones que la literatura colombiana produjo en ese siglo. Este texto aborda la calamidad social de un adolecente (Eduardo Ulchur) que se ve envuelto en el “trajín” de su existencia diaria en una pensión de una pequeña ciudad de provincia, en donde vivir resulta un paradigma anatémico y una desventura por mantenerse en pie contra las adversidades de la violencia de los años cincuenta4.

Tiempo después, en el año 2007, aparece Los ejércitos, la novela literaria que lo haría merecedor del premio Tusquest. Presenta en ella el fenómeno de la violencia en Colombia como un acto mítico, que no deja de reproducirse y que se trae a colación con la evocación de los actores implicados en el asunto. La complicidad del escritor con su imaginación y las lecturas hechas5 sobre la violencia que aqueja al país, mantenida por partidistas, guerrilleros y paramilitares junto con las Fuerzas Armadas del Gobierno, desde la muerte del caudillo Jorge Eliecer Gaitán el 09 de abril de 1948, en la ciudad de Bogotá, hace que se tenga en cuenta estrategias y formulas textuales en la que el autor escribe el texto e inserta a los personajes en una sola trama y una triste realidad, para dar a leer una novela inmersa en las mayúsculas y oscuras esferas del violento sinsentido de las luchas por territorio.

El título de la obra, como apertura semántica, advierte la noción de “algunos”, de no

saber quiénes sean los autores de la violencia a lo largo del texto. Este paratexto introduce la noción de vaguedad que convoca al imaginario del lector a suponer grupos armados. Es de tal relevancia, que de alguna manera recoge las primeras impresiones al acercarse al

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En esta época de la historia colombiana se debe tener en cuenta los hechos que ayudarían a marcar el rumbo del futuro del país: septiembre de 1953, cuando el golpista General Gustavo Rojas Pinilla sella la paz con las guerrillas liberales, y los brotes de violencia el 8 y 9 de junio de 1954 por parte de estudiantes de la Universidad Nacional –sede Bogotá-, lo que puede llevar a pensar que el autor tiene en cuenta esa década en la novela, en concordancia con el desarrollo de la misma para la inserción de los personajes y sus en el espacio y tiempo de esta década.

5En una entrevista dada por Evelio Rosero a la web “razónpublica.com”, el domingo 24 de abril de 2011,

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desarrollo completo de la obra. Se puede percibir la connotación que procura el escritor en este título durante la lectura del texto.

En este sentido, Rosero cumple la labor de compromiso social al mostrar que en estos textos hay representantes del conflicto, tan afincados a las convenciones del mismo, que ya no se discrimina quién es el autor de la guerra. Aparece en esto la mitificación6 de la violencia contemporánea en Colombia, debido a que el proceder y las políticas con que los violentos actúan los hace ser casi parecidos, llevando por estandarte el mismo fin: la toma del poder. Son los “ejércitos” en Colombia quienes de alguna forma se han encargado de mitificar la violencia dejando en el imaginario del colombiano zozobra y dolor como parte de la tradición social. Aferrarse a la idea de la violencia como mito en este País, supone aferrarse a diferentes estrategias para sobrellevar el abrupto paso de ésta por la vida.

La violencia en la literatura ahora tiene más resonancia, porque, al parecer, ella recoge lo que se ha mencionado como trasfondo (muerte y tragedia) en algunas obras literarias colombianas7. En Muertes de fiestas y Los ejércitos el producto confesionario sobre la realidad violenta que vive el país se sumerge en la intrínseca reclamación y demanda que el autor hace como parte de su responsabilidad con la realidad en aras de revelar lo que aqueja al pueblo. El compromiso que ejerce Rosero en estas novelas lo sitúa como un escritor dedicado a presentar los por mayores que ensombrecen al país.

En las novelas se pretende reconocer el valor negativo que tiene el conflicto armado y a la vez supone un acto de valentía, de denuncia, que deja ver cómo las cosas siguen de mal en peor. En cuanto a estas pretensiones reveladoras del escritor de novela de la

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Roland Barthes diceque el mito no se puede definir con base en el objeto de su mensaje, sino por la forma

en que éste se formula y expresa (Barthes “la forma y el concepto” en Mitologías 128), lo que significa que

las diferentes formas de presentación de la violencia, como es el caso de los estereotipos culturales en el sentir de sus participantes como una manifestación de sentimiento (la música, las vestimentas y los objetos de consumo), hacen pensar que mitifican la violencia en el sentido de crear misticismo, historia y significaciones como aspectos semiológicos que componen al mito.

7 Dado el caso de su contemporaneidad y los sucesos que todavía existen se hace esta aseveración, al igual

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violencia, Pablo González Rodas dice en Colombia: novela y violencia.: “La novela de la violencia es, esencialmente una literatura de compromiso, tácito o explícito. Al autor abordar esta temática sabe que tiene que tratar el tema desde un ángulo personal, individual, que de todas maneras le exigirá tomar una posición respecto a los hechos que narra.

Escribir es comprometerse, bien en favor o en contra de lo que se escribe” (56).

En este sentido, desde las novelas traídas a colación, teniendo en cuenta la proximidad temática que manejan ambas, y reconociendo las fechas de publicación de las

mismas, se puede pensar en una “suerte” de relación literaria, buscando las posibles marcas que lleven a una intertextualidad, a un ejercicio de literatura comparada en el que, para este caso, se dé razón, desde los alcances y limitaciones propios de lo literario, cómo estas novelas logran un equilibrio entre lo estético y lo sociológico para presentar el problema de la violencia.

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2. Del siglo XX al siglo presente: aproximaciones al proceder de algunos aspectos

violentos en la sociedad colombiana

Desde el siglo XX8 hay una tradición de violencia armada y de causa enteramente de lucha de clases y de tenencia de tierras, usando como blanco al pueblo y contrincante de éste a grupos armados al margen de la ley y algunos al servicio del gobierno de turno. Son características propias de ese siglo que se asientan más con el paso de los años y que ya venían haciendo eco desde el siglo anterior. Son hechos predominantes hasta antes de la gran violencia de la que aún el país no se libera (desde la muerta de Jorge Eliécer Gaitán): la Guerra de los Mil Días9 que se venía librando desde 1899 y se extendió hasta 1902, la Batalla de Palonegro en Bucaramanga en 1901, el robo del Canal de Panamá por parte de los Estados Unidos de Norte América en 1903 hasta llegar a aquel fatídico 6 de diciembre de 1928.

La usurpación de tierras a los indígenas en el Departamento del Cauca provocan el alzamiento de los nativos al mando de Manuel Quintín Lame quien se levanta con una cantidad mínima de hombres por la justa causa de la reclamación de las tierras de sus antepasados y el no pago de terraje a los terratenientes. Quintín Lame aparece en noviembre de 1916 dirigiendo a unos cuantos indígenas que se encaminaron a Inzá, donde fueron repelidos por las autoridades y por los indígenas que se le oponían, encabezados por Pío Collo. El enfrentamiento, en el que las fuerzas de Lame fueron repelidas, dejó un saldo de seis muertos, catorce heridos y varios indígenas paeces detenidos. Después de ese hecho, en1931, fue encarcelado como en ocasiones anteriores lo había sido, cuando la violencia política llegó hasta San José de Indias (Departamento del Cauca). En esa oportunidad fueron masacrados 17 indios del lugar, mientras otros 37 quedaron heridos.

8 Se empieza hablando de los aspectos violentos en el país desde este siglo teniendo en cuenta, además, la

delimitación necesaria del tiempo pasado en Colombia para no presumir de un trabajo de historia o sociología, más bien las materias fluyan a través del desarrollo literario que es lo que convoca este trabajo.

9 Incluso, antes desde las guerras civiles que empiezan con la guerra entre centralistas y federalistas

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Al igual que en décadas anteriores en las que los gobiernos de turno comulgaban mancomunadamente con oligarcas y terratenientes, para la sustracción de tierras, se seguía ejerciendo el abuso de poder, pero en esta ocasión la mano dura se impuso más fuerte y el tratamiento a los detractores fue peor como lo comenta Renán Vega en el libro Gente muy rebelde:

Los violentos hechos de Inzá estaban relacionados con la actitud del gobierno central que en Bogotá había pedido mano dura contra las huestes indígenas de Quintín Lame. Miguel Abadía Méndez, Ministro de Gobierno, recomendaba al gobernador del Cauca «escarmentar los sediciosos» para recuperar la tranquilidad en la región. Luego de la masacre de Inzá, el gobernador pensaba que el «escarmiento sufrido por indígenas y (el) oportuno auxilio llegado allí de la vecina población Belalcázar ha servido para evitar un nuevo ataque aventurero, instigador de Lame y sus secuaces» (Vega 44).

Esos hechos demuestran la actitud guerrerista propuesta por el gobierno de turno una vez los alzados se mantienen en su lucha por las tierras y otros derechos negados. Ya se anuncia la continuación de los asesinatos y desapariciones a quienes no están de acuerdo con los planes propuestos. Seguiría la violencia tomando fuerza en terratenientes y campesinos despojados de sus tierras.

2.1 La masacre de las bananeras

Esos hombres que lucharon en esa época y aquellos que desde el 6 de diciembre de 1928 en Ciénaga, Magdalena (lugar donde se registra la huelga bananera de la cual tomaría el nombre la masacre), trataron por algunos medios de reivindicar sus derechos laborales. Protagonizaron los primeros brotes de violencia para lo que más tarde vendría a dar como resultado la creación de grupos armados al margen de la ley, con la creación de guerrillas10 conformadas en un principio por campesinos y que luego se extendería a las urbes hasta recibir simpatía de muchos ciudadanos quienes se unirían a las causas que promovían en su

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Las primeras guerrillas en Colombia se dieron al paso de la guerra de independencia. Para ese entonces, la

guerrilla, en tanto ejército no convencional, irregular, puesto que era conformada por civiles alzados en armas,

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momento. En esa masacre, la de las bananeras, se dio luz al primer brote de violencia que para esa época el país viviría como resultado de las malas políticas de estado que cobijaban los intereses extranjeros y privilegiaban las economías mercantilistas.

En un artículo de prensa del diario El Espectador, titulado “Nueve muertos y veinte heridos en la zona bananera” del año 1928, del mes en que sucedió tal matanza, anuncia lo que tal vez se venía preparando entre los intereses de la empresa norteamericana United Fruit Company y los del gobierno colombiano. Pero más adelante, cuando se creía que solo era esa cifra y que no pasaría de ella como lo habían anunciado las fuerzas militares, el día siguiente había cambiado. Eso indicaba que era un hecho de completa manipulación de cifras con respecto a muertos y heridos y de la verdad sobre lo ocurrido.

El 9 de diciembre de ese mismo año, el mismo diario en otro titular de su portada

anunciaba: “Los huelguistas armados y dueños hoy de la situación, libran combates con el ejercito” y un subtitulo que decía “Los huelguistas siembran el pánico y atacan al ejercito”

como haciendo una aserción que no tenía reveces ni detractores sobre esa “verdad” porque

para la época era escasa la comunicación en los diferentes medios que proliferaban. Este

segundo titular decía en su desarrollo: “Los huelguistas, divididos en grupos, decidieron atacar los campamentos donde se encontraban acantonados los distintos regimientos, y sembrar el pánico en toda la comarca destrozando las plantaciones y apresando a cuantas personas se encontraban a su paso; para detener a toda la gente, empleados de la compañía etc., constituyeron varias cárceles provisionales en toda la región del país” (El Espectador

p.4).

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calculada de muertos, ya cuando parecía que todo había terminado era de alrededor de mil para mediados de enero del año 1930.

Esta probable verdad aunque se quede en el camino de haber sido un hecho real y termine convirtiéndose en una falacia, en la que el incorrecto razonamiento para declarar como válidos los hechos en que los soldados dispararon indiscriminadamente aun cuando

“los huelguistas marchaban con palos y azadones” (El Espectador 4) y presentado de forma amañada por el General Carlos Cortés Vargas, de ninguna manera iba a terminar con lo que algunos observadores presagiaban como un oscuro continuum para el país. En una de

las columnas críticas titulada “De la huelga a la revuelta”, de El Espectador, se comenta11:

En el país existe, sin que a nadie le sea dado negarlo, un estado de desequilibrio social y de perturbación política favorable a la propaganda de gérmenes revolucionarios. […] La propaganda más o menos inteligente de teorías encuentra en ese conglomerado de fuerzas en dispersión, un campo propicio, y no es imposible que dentro de un plazo relativamente breve, llegue a constituir una verdadera amenaza para la estabilidad social y política. […]Se le ha abandonado a la dirección de caudillos insensatos e irresponsables: se ha formado en ellos una conciencia revolucionaria, se les ha inducido inmaterialmente a la violencia; y ya están comprometidos en una lucha desigual en que no perecerán ellos solos. El país entero sufrirá las consecuencias de esa situación preparada fríamente por las altas autoridades y por los dirigentes de la tradición política (9).

Esta suerte de premonición tan fatídica no tuvo ninguna palabra de desacierto, todo se ha venido cumpliendo. Y es muy cierto que los poderes de los hombres que regían el país en ese momento se concentró en la lucha por la decisión de las masas y la explotación laboral que muchas veces era ejercida por empresas privadas extranjeras bajo visto bueno del mismo gobierno de turno. La brutalidad y la ignorancia a la que fue expuesta la mayoría de la sociedad colombiana tendieron el palco para lo que sería la constante de la violencia.

11 Es preciso anotar que en el periódico traído a colación, en sus artículos para ese año (1928), no aparecían

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Jorge Eliecer Gaitán en su disertación El debate sobre las bananeras, comenta la manera como las Fuerzas del Estado abusan constantemente de la población civil una vez se ha perpetrado la masacre en Ciénaga. El caudillo pone en evidencia el abuso del poder del mismo Gobierno y la forma amangualada en su trato con muchos ciudadanos de ese lugar. Se puede leer en el texto:

Aquí la tragedia, provocada por la United, con la complicidad de militares inescrupulosos y de un gobierno incapaz de comprender las nociones del deber. El Magdalena es un departamento en el cual todo lo ha arrebatado la United. No son sólo obreros, son también comerciantes, son los productores de banano, los esclavos económicos de aquella compañía. Con la memoria del ministro de industrias demostraré que aquella compañía da dinero a los empleados nacionales y de allí mismo se desprende que las aguas están controladas por la United […] (91).

Esta mirada crítica y certera de Gaitán con respecto a esa realidad inalienable es el resultado de su análisis de aquello que los intereses de los Estados Unidos pretendían. Álvaro Tirado Mejía, historiador del proceso de comercialización y producción con fines capitalistas, asegura en su libro Aspectos sociales de las guerras civiles en Colombia, que desde la Constitución de Río Negro, cuando los comerciantes se integran a la tierra como factor de producción y los terratenientes se sirven de los dotes que la exportación brinda como posibilidad para asegurar el crecimiento económico, el país encontraría su traspiés en los fundamentos capitalistas y neoliberales que se perfilaban desde las toldas burguesas:

“sería interesante revisar el manido concepto de lucha entre comerciantes y terratenientes a

mediados del siglo XIX, a propósito del libre cambio, y preguntar dónde estaría el interés de los terratenientes en que no se importarán artículos de lujo para su consumo y en que hubiese aranceles que gravaran la exportación de productos agrícolas” (28).

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economía colombiana no se dará sino hasta después de la segunda guerra mundial. La perdida de la independencia a manos del imperialismo norteamericano no fue un hecho súbito, sino que obedeció a un proceso iniciado antes del robo del Canal de Panamá con fenómenos como el establecimiento en la década de 1890 de lo que más tarde se convertirá

en la United Fruit Company” (60).

Entonces, lo que de alguna manera pesa en el interés de los trabajadores y los escasos políticos a fin con las causas justas de los derechos del proletariado y el pueblo, viene a ser el detonante que volvería a poner en rivalidad esas dos fuerzas: justicia e injusticia. Aunque éstas pueden estar a favor de unos y en contra de otros, siempre van a encontrar simpatizantes y adeptos quienes, de alguna manera, trabajarán a hombro para llevar a cabo sus propósitos, y ese es el caso claro del resarcimiento que ofreció el gobierno del Presidente Miguel Abadía Méndez, en ese momento de la historia.

2.2 La guerra contra Perú

Desde esa fecha de diciembre de 1928 hasta 1948, como la pulsación del corazón en ad infinitum se mantuvieron refriegas violentas, en algunos casos manipulados por el poder gubernamental y otros por la empresa privada extranjera como se ha leído anteriormente. Pero continuaría latente la desigualdad social y el abuso de poder por las autoridades. Los latifundistas seguían extendiendo sus latifundios, la empresa privada abarcaba cada vez mayor terreno, la educación no llegaba al campo, apenas se podía saber de los hechos de interés nacional mediante la palabra hablada porque la palabra escrita tenía pocos lectores debido al gran nivel de analfabetismo12.

La guerra contra Perú entre los años 1932 y 1933 a causa de la violación de vías limítrofes y el desalojo a las autoridades colombianas por parte de civiles peruanos, nutre el ámbito violento del que todavía no se reparaba Colombia años antes. En una de las

12En un artículo de investigación sobre la educación en Colombia, publicado en la web

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consideraciones que hace Gamboa Amador, citada por Antolín Díaz en su texto Lo que nadie sabe de la guerra (1933), con respecto a algunos vejámenes a los que eran sometidos los indios Sionas del Departamento del Putumayo por parte de las misiones catequizadoras capuchinas, dice:

Las misiones catequizadoras, que auxilia el gobierno con largueza, también explotan al indígena, sin compasión, sin misericordia. Las tierras buenas del Valle

de Sibundoy, se hallan hoy en poder de los Capuchinos catequizadores. […] Se les

explota en el trabajo y en el amor. Soportan la más odiosa esclavitud. Son despojados de sus pequeños fundos cultivados. Son engañados y tratados como bestias (Díaz 110).

Estos sucesos de la historia colombiana presentan sustancialmente efemérides que ayudan a reconocer el recorrido hecho por el fenómeno de la violencia en la historia nacional y que de alguna manera va a repercutir en la identidad que se continúa construyendo en Colombia.

2.3 Gaitán

Ya en 1948, cuando parecía que la historia giraría a favor de las masas proletarias, es asesinado el 09 de abril en Bogotá, Colombia, el caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán Ayala. Un político legislador que pensaba en el futuro y la independencia del país como una suerte de utopía que había que lograr desde los esfuerzos mancomunados entre Gobierno y trabajadores. El asesinato de este líder, que terminó por convertirse en uno de los más grandes hechos de violencia que ha vivido el país (el Bogotazo), dio inicio años más tarde a la creación de nuevas guerrillas.

Gaitán era el orador perfecto y sus propuestas políticas eran bien pensadas apenas para confrontar los problemas que tenía el país en el momento. La lucha por el poder que se discutía hizo que fuerzas oscuras, tal vez desde el mismo Gobierno, tomarán la opción de su asesinato. Era casi un hecho el triunfo en las curules por parte del caudillo liberal. Los

“gaitanistas” revientan enardecidos cuando asesinan a su líder, y el Gobierno y algunos de

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Las garantías de brindar una política que emprendiera el camino hacia la implementación de justicia social en el país como política bandera de Gaitán, jamás se llegaron a ver. La economía tembló, las labores habituales de los colombianos se vieron perturbadas por que la violencia que empezó como un brote de terror en Bogotá, se extendió por todo el país. La hecatombe empezaba a arrojar sus primeros frutos. Gonzalo Sánchez, en su ensayo Los días de la revolución: Gaitanismo y 9 de abril en provincia, comenta respecto al papel que el “gaitanismo” consolidaría como alternativa de cara a los

problemas que Colombia venía sobrellevando:

En realidad, el gaitanismo rompe la estabilidad del bloque de poder, lo pone en crisis. Al absorber las bases populares sobre las cuales dicho bloque ejercía su

hegemonía y dominación. De hecho, el “pueblo liberal”, bajo la conducción del

gaitanismo no tenía la misma connotación que el “partido liberal” bajo la dirección del bloque dominante. Hacía parte de dos campos ideológico-políticos diferentes, más aún, antagónicos. Prueba de ello es que, como lo ha demostrado convincentemente Gloria Gaitán, la hija del caudillo, el inicio de la violencia no se da contra el partido liberal como tal, sino contra el pueblo gaitanista. Es esta

diferenciación de “partido” y “pueblo” la que posibilita también la simpatía y el apoyo del “pueblo conservador” a Gaitán, y la que hace igualmente que Gaitán se erija más que como jefe político, como líder social […] (12).

Bajo las circunstancias en que se quería legislar las políticas pensadas por Gaitán, después de una masacre de cientos de muertos, después de la guerra contra Perú, la continuación del dominio norteamericano en Colombia, el maniqueísmo mercantil y de explotación en el campo por parte de terratenientes; esa idea de un poder nuevo, de nuevas legislaciones para el bienestar del pueblo como nunca se ha visto hasta ahora, fueron el detonante para suscitar más violencia.

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inicio a lo que algunos estudiosos del hecho histórico llaman la segunda violencia13 y que resucitaría la vieja idea de grupos al margen de la ley. En esta cruzada de violencia aparecen nuevos grupos14 que van a rivalizar con sus contrarios ayudados por las fuerzas del gobierno o las acciones directas o indirectas del pueblo.

2.4 Las nuevas guerrillas y los sucesos del 8 y 9 de junio de 1954

Es una época de la historia nacional en la que los reveces de la democracia darían como resultado, por lo menos, 200.000 muertos hasta el año 1963. Luego, en 1964 se crean los grupos guerrilleros que hoy en día existen: FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia por sus siglas) y ELN (Ejército de Liberación Nacional por sus siglas).

Pero se presentaron otros hechos de violencia antes de la aparición de estos grupos insurgentes como es el caso de los ocurridos los días 8 y 9 de junio de 1954 con respecto a

13 Se reconoce por parte de los eruditos de la materia (violentólogos, politólogos, historiadores, antropólogos)

que la violencia que precede a la que continúa con la muerte de Gaitán va de un periodo de 1940 a 13 de septiembre de 1953, cuando el golpista General Gustavo Rojas Pinilla sella la paz con las guerrillas liberales al mando del máximo jefe Guadalupe Salcedo Unde, por medio de una amnistía que garantizaba la plena condición de hombres reivindicados a la sociedad.

14

Esos grupos al margen de la ley realmente ya venían proliferando en la sociedad con su accionar desde

antes de la época del “gaitanismo”, los “pájaros”, por ejemplo, un grupo de hombres armados protegidos por

las fuerzas del gobierno conservador, que actuaron de la década del 40 al 50 en el Departamento del Valle del Cauca, el siglo pasado. Su función era ejercer control sobre la población civil mediante la violencia hacia quienes integraran corrientes religiosas, políticas o de otra índole que no estuviera en el orden del conservatismo. Además como lo menciona Sánchez y Merteenes en el libro Bandoleros, Gamonales y Campesinos. El caso de la Violencia en Colombia con respecto a este grupo cuando dicen: “[…] los “pájaros”, verdaderos asalariados del delito, quienes cumplieron una clara función de expropiación y despojo

campesino al servicio de los pujantes empresarios azucareros” (55). Otro grupo, que al parecer fue preliminar

a las guerrillas que se conocen hoy día fueron “los bandoleros”, quienes se los conocía en una suerte de

división según sus intereses: “bandoleros comunes” por su accionar de pillaje y asesinatos indiscriminados, y

el “bandolero político” (aunque éste realmente no se conoce concretamente en los anales de la historia) que

actuaba dentro de las ideas de un “bandolerismo político”, -para la segunda mitad de los años 50 y por lo

menos hasta 1965-, Sánchez y Merteenes (25). De igual manera, una vez Rojas Pinilla hace las paces con las

guerrillas se da el pseudónimo de “bandolero” a todo campesino alzado en armas que no se hubiese

desmovilizado, lo que en términos judiciales quería decir, que el campesino pasaba a ser tratado como un delincuente común, sin ninguna filiación política e ideológica. Dentro de esta aserción se dificultaba reconocer a las mismas guerrillas por parte de ciudadanos y gente del campo. Por otro lado aparecen “los

chulavitas” a quienes se denominan así por ser un grupo armado de élite en Colombia, conformado por

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las manifestaciones de los estudiantes de la Universidad Nacional con sede en Bogotá, Colombia. Al parecer los grupos comunistas que ya se estaban empezando a mover en las direcciones estudiantiles de las universidades públicas del país, se mezclaron con las marchas estudiantiles en esos días, buscando una especie de refriega que resultara en enfrentamientos sangrientos con las Fuerzas Armadas del Gobierno y así justificar una posible toma del poder. Esto lo comenta Pedro Luis Belmonte en su texto Antecedentes históricos de los sucesos del 8 y 9 de junio de 1954, en el que dice:

Veamos cómo los jóvenes estudiantes, sin saberlo, pusieron todo el caudal de sus inquietudes generosas al servicio de un enemigo bifronte en los aciagos días de junio; enemigo que sí consiguió un éxito, no una victoria, al lograr ostensiblemente que el país no conmemorara, como era su deseo y aspiración, la fecha del 13 de junio. Abortó la intentona de derrocar el régimen, incendiar la República y lanzarla

al vórtice de la barbarie. […] la universidad, como queda dicho, ha sido siempre la

mayor preocupación del comunismo en todas partes, donde sus adeptos actúan en calidad de dirigentes. Colombia no podía ser mirada con indiferencia, mucho más existiendo, como existen entre nosotros, elementos caracterizados del comunismo internacional y a quienes15 el público conoce ampliamente (17).

Este episodio de la historia del país hizo pensar al Gobierno e intelectuales en la posibilidad de un giro de la violencia hacia otros horizontes, porque el fenómeno comunista ya se fraguaba en Nicaragua y otros países de Latinoamérica y se estaba gestando en universidades. Pero en Colombia, años más tarde, tomaría su verdadero rumbo con las guerrillas marxistas-leninistas y aquellas de orden guevarista en las que una mixtura de ideologías y políticas se unirían para dar forma a lo que sería un proyecto que aún perdura.

Las FARC y el ELN como la continuación de los grupos armados que alguna vez lucharon contra las fuerzas del Gobierno, siguieron con el avance violento de sangre y

15Según el mismo autor, los elementos” referidos son: Diego Montaña Cuellar, Manuel zapata Olivella,

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fuego. Se los llamó bandoleros16 al igual que a otras guerrillas anteriormente, sólo que esta vez existían unos estatutos17 y leyes internas en estas organizaciones los cuales los eximía de ser el blanco de los señalamientos por parte de ciudadanos y campesinos como gentes sin fin político y aporte social.

Más adelante, en 1965 se funda el EPL (Ejército Popular de Liberación por sus siglas), pero es en 1968 que empieza a tener su accionar militar en el país. Este grupo armado llevaba como bandera política el ideario del Partido Comunista Colombiano, brazo armado de dicho movimiento. Sigue vigente el grupo armado al igual que el político. De igual manera, en 1970 aparecería otro grupo subversivo conocido con el numerónimo M-19 (Movimiento 19 de abril) el cual nace a raíz del supuesto fraude electoral en las que se daba por ganador al General Gustavo Rojas Pinilla. Este grupo rebelde se proclamaba como una guerrilla social y política, los pilares que se atribuían las demás para ese entonces. Deja las armas en 1991.

2.5 El frente nacional

En un intento por buscar la paz entre Gobierno y grupos armados, antes de volver a las viejas y tradicionales formas de gobernar por parte de los políticos amañados en el poder, nace el Frente Nacional (1958-1974) el cual fue considerado una burla a los intentos de unidad y democracia que venían buscando los rebeldes como garantías para dejar las armas.

Este acto de coalición política llevado a cabo entre conservadores y liberales haría que la violencia se incrementara debido a que los intereses fundados por ambos partidos realmente buscaban legitimar su estadía gobernando cada cuatro años. La proliferación de

16 Para Eric Hobsbawn, en su texto Rebeldes primitivos: Estudio sobre las formas arcaicas de los

movimientos sociales en los siglos XIX y XX este fenómeno es visto como una protesta campesina que responde a los valores locales de las sociedades rurales y que se antepone a los del Estado en momentos de grandes cambios estructurales. Igualmente en Hobsbawn el bandolerismo es definido como respuesta social del campesinado, tiene éstas características: prepolíticas, premodernas, primitivas y precapitalistas, debido a que "su fuerza se encontraba en proporción inversa a los movimientos revolucionarios agrarios organizados bajo la égida del socialismo o comunismo" (15).

17De hecho, en el capítulo “la ley del sur del Tolima” del libro La violencia en Colombia, se habla de las

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estatutos, las reglamentaciones y las contradicciones y afrentas al interior de los partidos se hacían cada vez más intolerables.

En “Un historial de la violencia”, artículo escrito por el académico Luis López de

Mesa para El Tiempo y publicado el domingo 30 de septiembre de 1962, comenta:

Y como quiera que las causas son los logaritmos de los efectos, y como quiera que los actos se emancipan de su autor y siguen curso autónomo, el estadista colombiano encuéntrase ahora con problemas que no soñaron sus seudo-homónimos, los iniciadores de la violencia. Ocurre pues que la masa campesina y la turbamulta de las barriadas de suburbio, y, a mi juicio, la totalidad del pueblo colombiano, cambió de nociones, y, así, hogaño siente de otro modo, piensa de otro modo, quiere de otro modo, y actúa conforme a sus mutaciones de su personalidad. De ahí que ya no se trata de retrotraer nuestras costumbres a su vigencia de catorce años atrás, sino de poner en órbita jurídica nuevas estructuras sociales y un nuevo espíritu de convivencia. La antinomia de regir lo presente con regulaciones de un pasado abolido, explica que la violencia continúe a pesar de haberse extinguido su motivación primigenia y semeje a ojos ingenuos un hecho absurdo, una teratología

insoluble. […]

En este fragmento del total del texto, el autor confiere a las mentes entendidas del conflicto que libraba el país en ese momento, la idea de cambio y continuidad que la

sociedad vivía debido al empecinamiento que los gobiernos y sus “seudo-homónimos”

continuarían como una especiede conveniencia para el augusto bienestar de sus vidas.

2.6 El narcotráfico y su injerencia en el poder

A todas esas violencias surgidas por los motivos agrarios que venían haciendo transito desde antes del siglo XIX, se sumaría una nueva forma de acabar por pedazos la integridad

del país: el narcotráfico. Desde el año 1960 en la llamada “bonanza marimbera” en la que

las principales y más grandes producciones se dieron en la Costa Atlántica, principalmente en la Sierra Nevada de Santa Marta, empieza con pulso acelerado todo una “fiebre” por la siembra de “cultivos ilícitos” (marihuana y amapola) los cuales no muy tarde se verían

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internacionaliza, el que se comercializa por todo el mundo especialmente en Estados Unidos.

Este surgimiento del narcotráfico como un problema más para la sociedad y el Gobierno, empezaría por cundir todos los estratos de la sociedad. Algunos pobres haciéndose ricos de la noche a la mañana, algunos ricos yéndose del país y manejando sus finanzas desde el exterior, el campesino dejando a un lado el cultivo tradicional para

sembrar la nueva ola de “semillas alucinógenas”, empresarios del narcotráfico, todo un “boom” de negocios macabros, porque detrás de éstos estaba la violencia que tomaba otros

apelativos.

Los grupos armados al margen de la ley al igual que las Fuerzas Armadas del

Gobierno y dirigentes del mismo se untaron, se contagiaron de esa “fiebre” de los millones

de pesos, de los “narco-dólares”, del poder que luego se ejercía sobre la población civil y la

mayoría de las dependencias del estado colombiano. En 1970 aparece una nueva economía fuerte, blindada, fugaz de las manos de las leyes, porque su amparo estaba bajo la custodia de las mismas: la economía de la coca. Las guerrillas empezaron a traficar cocaína, a desvariar en su ideario político.

Aparecen en el año 1980 jefes del narcotráfico con sus propias organizaciones

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Ciertos sectores y representaciones de la cultura18 se permearon del “encanto” del imaginario narco que se perfilaba en casi todas las esferas de la sociedad. Hoy en día goza de representaciones claras en el imaginario de algunos colombianos y se perfila en los internacionales como es el caso de México, país que se encuentra sumido en la ola de narco-violencia que Colombia alguna vez vivió.

Los paramilitares que por esa época ya empezaban a ejercer poder en varias regiones del país, igualmente se comprometieron en el sustento y provecho sacado de este fenómeno. Las fuerzas más poderosas de Colombia eran narcotraficantes, ahora la cuestión no era de confrontaciones políticas, la cuestión parecía dejar a un lado el problema agrario y de tierras, pero en realidad ese seguía siendo el mayor problema porque los cultivos, los territorios para ejercer poder por medio del narcotráfico, esta vez se vieron más asediados que antes debido a los intereses de lucro que representaban.

Por otra parte, El profesor Jaime Alejandro Rodríguez, en un artículo escrito en la Revista Universitas Humanística, comenta sobre la importancia de las manifestaciones de los grupos armados pero desde el fenómeno del narcotráfico que se inserta como una nueva posibilidad de ajusticiar personas a la sazón de los intereses más triviales sin importar quien esté de por medio. En esta medida, en el presente no se sabe con certeza si hay algún grupo de narcotraficantes disputándose el lugar de los episodios de violencia o ayudando a otro grupo al margen de la ley.

El narcotráfico en Colombia, desde su aparición en la década de los ochenta, juega un papel determinante detrás de estas hordas violentas, pues ha permeado instituciones públicas y privadas, y hasta los elementos intelectuales con que algunas guerrillas existían se hibridaron al punto que el mismo pueblo las rechaza. Rodríguez comenta entonces:

El narcotráfico ha sido el factor que mayor complejidad le ha dado al estado de guerra del país en la actualidad: no solo es capaz de corromper las fuerzas estatales,

18 La expansión de la economía de las drogas durante la década de 1970 y 1980 permeó a la sociedad

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sino a otros actores como a la guerrilla misma y los paramilitares. Es por eso que hoy, en Colombia, los muertos en la guerra no se saben de dónde vienen: las relaciones corruptas entre narcotráfico y guerrilla, estado y paramilitarismo han impedido cualquier acción conjunta de reacción (112).

Es entonces que los muertos no tienen un autor definido en la realidad colombiana. La muerte como constante en la violencia no discrimina de qué lugar vienen y a qué condición social pertenecen sus víctimas. El narcotráfico hizo lo mismo con los antiguos grupos armados: mató sus ideologías y asoló los principios de las causas revolucionarias y las causas de defensa de los grupos armados del Estado. Las realidades que vive el país debido a la violencia y sus representación cometidas por los grupos armados al margen de la ley y algunas autoridades del Gobierno, son las características ya casi propias del país, las cuales politólogos, violentólogos y literatos tratan de entender desde sus más profundas entrañas.

Hoy en día, con más problemas de orden social que hace 60 años, se sigue develando apartes de la historia. Se puede leer el artículo investigativo completo que El Epectador publica en septiembre 5 de 2009 con el título “Chiquita sigue en Colombia”, en

el que devela la forma como empresas que alguna vez hicieron mucho daño a cierto gremio del pueblo, siguen haciendo presencia en el país:

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Esa forma cíclica en la que Colombia vuelve la cara al pasado y se inventan nuevas estrategias violentas de amedrantamiento, hacen que la historia sea una línea paralela al futuro en la que se vislumbra con tristeza el porvenir del país.

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3. Algunas novelas del siglo XIX abordo de la violencia en Colombia

En el siglo XIX se escribe una cantidad inequívoca de novelas que presentan algunas formas de la violencia de esa época, y que para ese tiempo hacía curso en algunas comunidades de la sociedad colombiana. Las guerras civiles colombianas, por ejemplo, aportaron al imaginario de los escritores de aquel tiempo, para escribir lo que sería décadas más tarde, novelas que retratarían la historia de esas luchas. Ese episodio de la historia colombiana probablemente hace parte del génesis de la novelística moderna del país.

Quizás, la creación literaria de aquella época, desde la novela, hace creer que las raíces de esta misma tienen su inicio en la violencia como tema central, teniendo en cuenta personajes militares y políticos (quienes en ese momento eran protagonistas de algunos hechos de violencia en el país). Es en esto que se debe entender el fenómeno de la violencia como una factor fundamental en el desarrollo de la novela actual que se lee en Colombia. Gonzalo España comenta al respecto en Narrativa de las guerras civiles colombianas: “En

la creación literaria que de las guerras civiles colombianas hicieron los novelistas se destaca la perspectiva desde los personajes históricos y especialmente los altos mandos que tomaron parte de la contienda. […] en otros casos los novelistas recrean casi por completo el contexto de la guerra” (España 92, volumen III).

Por tal razón, se observa que en las guerras civiles colombianas se fecunda una buena parte de las narraciones que las novelas decimonónicas tienen por tema. Pero no solo la violencia como argumento central de ese siglo se perfila como iniciadora de la novela actual, diversos tópicos también tuvieron su mediación en la transformación y continuidad de esta forma literaria. Arbey Atehortúa dice lo siguiente: “Las novelas decimonónicas y de

principios del siglo XX, representan valiosos documentos tanto de la vida política de

Colombia, como de las costumbres, los gustos y prácticas cotidianas de dicha época”

(Atehortúa34).

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trataban los escritores: el amor, el odio, la soledad, la pobreza y otros se verán reflejados en estas novelas. Y es de conocimiento público que, aunque por aquella fecha la violencia era el centro de las sociedades colombianas, no todas las novelas la tenían como su elemento principal.

En la literatura de las guerras civiles tal vez se desarrolla la idea de hablar de violencia sin necesidad de incurrir en la creación del texto panfletario, del texto convertido en estulticia de consumo masivo. Atehortúa reconoce el valor literario e histórico que contienen estas novelas y supone que pueden llegar a ser una narrativa que, aunque trata el tema de la violencia, pudieran diferenciarse del de la novela de la violencia:

[…] es posible hablar de una narrativa de las guerras civiles y diferenciarla de la Novela de la violencia. El fenómeno tematizado, la propuesta en la visión del mundo y aspecto de tipo estético nos llevan a plantear su organicidad, su autonomía y su significación en el campo literario colombiano. Igualmente ayudan a plantear la especificidad de esta narrativa la forma de la descripción, la presentación de los personajes, la presencia de enunciados y las referencias al lector (narratario), entre otros (Atehortúa 366).

En este sentido, se debe entender que no corresponden propiamente a la “novela de

la violencia” novelas que de alguna forma tenían como referente el hecho violento, porque

la idea principal se desarrollaba a través del amor, el trabajo, los viajes u otras cuestiones. Pero sí algunos contenidos permiten un acercamiento y una mejor comprensión de los roles sociales que se tejían en la sociedad colombiana de aquel momento, reflejando, en cierto modo, varias manifestaciones de la violencia.

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paisajismo, criollismo y otros que a la par influenciarán a algunos escritores del siguiente

siglo aun cuando éstos se apartarían de esos “ismos” literarios.

Esas novelas, las del siglo XIX, que en cierta forma calcaban la realidad de ese momento en que aparecían, pretendieron abordar con claridad las características de algunas sociedades colombianas: la idiosincrasia, los anatemas políticos y el desarrollo del acontecer nacional en cuanto a sus situaciones sociales. Por esto, se tienen en cuenta al momento que se quiera hacer un estudio acucioso de las narraciones literarias que dan razón de la historia del país, las novelas decimonónicas19 como documentos de gran valor cultural y de ineludible consulta en diferentes ejercicios académicos.

3.1 Novelas representativas del decimonónico

En este sentido, novelas que datan desde el año 1841, en su publicación, como es el caso de María Dolores o la historia de mi casamiento, escrita por José Joaquín Ortiz (1814-1892), en la que se acoge los valores católicos y la tradición capitalina reunidos en medio de un noviazgo dispar, pero que como dice Álvaro Pineda Botero en su texto La fábula y el desastre: estudios críticos sobre la novela colombiana 1650-1931: “Aunque muchos

párrafos parecen ser un esbozo susceptible de ser mejorado, se destacan la belleza de la

metáfora, la armonía de la adjetivación y la economía del lenguaje” (pineda 99), se debe

pensar que hubo un buen inicio de la novela colombiana para este siglo.

En adelante, novelas como Yngermina o la hija del calamar con edición del año 1844, en dos volúmenes, escrita por Juan José Nieto (1804-1866), en la que se fija el espacio-tiempo en un periodo preciso de la Conquista “tratando insistentemente sobre la veracidad de los hechos” (Pineda 102), en los que retoma personajes de la historia real como Pedro de Heredia o Rodrigo de Bastidas. El oidor, romance del siglo XVI, escrito por José Antonio de Plazas (1809-1854) editada hacia el año 1845, en ella el autor narra aventuras pasionales que se tejen en la Bogotá de la primera época colonial, poco después

19 En adelante se tendrá en cuenta el texto La fábula y el desastre: estudios críticos sobre la novela

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de su fundación, y convierte en un melodrama la historia de pasión que se da entre Andrés Cortés de mesa y María de Ocando.

En este mismo orden cronológico aparece la novela El mudo. Secretos de Bogotá, de Eladio Vergara y Vergara (1821-1888), en la que se retrata el ambiente hostil de los años 1827-1829, que desarrolla como trasfondo el atentado contra el libertador Simón Bolívar, en 1828. Pero llama la atención de esta novela el sentido panfletario y la caracterización política del autor, que como dice Pineda Botero:

El autor no vacila en tomar partido, en atacar a sus enemigos y defender sus posiciones ideológicas. En este sentido, más allá de los méritos o las fallas literarias, la obra se constituye en un documento de indudable interés histórico. Se trata, en realidad, de una novela panfletaria; una diatriba que ataca con palabras gruesas y, a veces, sin fundamento, las ideologías opuestas y, en especial, la institución de los jesuitas (113).

El Dr Temis (1851), de José maría Ángel Gaitán (1819-1851), igualmente hace alusión a diversos temas que para la época estaban en la hogaza de cada día: la discusión ideológica, la crisis moral y los asuntos políticos, pero con un grado desmesurado del peso que el autor le otorga a la moral. Por otro lado, en el año 1858 aparece la novela Viene por mi i carga por usted, de Raimundo Bernal Orjuela. De esta novela Pineda comenta: “la

novela tiene por objeto, al igual que otras obras de su época, denunciar el fanatismo religioso y político de algunos grupos sociales; fanatismo que; en el caso de ciertas

mujeres, se expresa mediante el chisme y la difamación” (Pineda 127). Lo anterior señala

que las novelas del siglo XIX tienen como base los diferentes temas que se traman en la sociedad de aquel siglo.

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como resultado el descreimiento de muchas personas con relación a la política del país y sus representantes.

Este texto publicado hacia el año 1858 cuenta con la aprobación de algunos críticos y estudiosos por su contenido histórico y cultural, pero declina en la calidad de su desarrollo, aseveran igualmente. En el capítulo que corresponde a esta novela en el libro traído a colación de Pineda Botero, se puede leer con respecto a la importancia de esta obra:

“[…] En consideración a sus méritos literarios y a su carácter auténticamente nacional, Manuela, escrita en 1856, es, sin duda, la obra más acabada y de mayor importancia de estos primeros años fundadores” (Pineda 133). En consecuencia, la idea de plasmar el

acontecer de la república, desde sus hechos, llevaba a algunos escritores aponerse al día de la realidad circundante.

Manuela presenta aspectos ideológicos a la vez que hace crítica social de una forma implícita con respecto a los hechos políticos, trata de atacar el eurocentrismo y se pronuncia en debate frente a la iglesia católica. Puede decirse que esta novela es un suplemento de la historia literaria colombiana con respecto a la novela de hoy día, y ello se debe a la relación literatura-sociedad, lo cual implica una dualidad fundamental en el panorama de la novelística contemporánea. En este sentido, la novela de Eugenio Díaz ayuda a consolidar con mayor razón tal propósito como guía de consulta literaria, histórica y de valor cultural.

Del mismo autor sale a la luz en 1873 la novela El rejo de enlazar, pero ésta no tiene la misma recepción como le sucedió a Manuela, y hoy día no cuenta con los mismos criterios que sí tiene esta otra. En adelante20 hay que mencionar cuatro novelas del decimonónico que describen las tramas y perjuicios que la sociedad colombiana de aquel siglo presentaba: María (1867), de Jorge Isaacs; Olivos y aceitunos todos son uno (1868),

20 Siguiendo como referencia el texto ya mencionado, de Pineda Botero, algunas de las obras que suceden a

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de José María Vergara y Vergara; El poeta soldado (1881), de José María Samper; El moro (1897), de José Manuel Marroquín.

De María puede decirse que no es propiamente una obra costumbrista, pero contiene elementos que aluden claramente al costumbrismo: “vestidos, formas del habla, provincialismos y las maneras del trato (uso de “usted”, del “tú”, y “su merced” (Pineda

219). La naturaleza, la mujer, la esclavitud y el mestizaje como temas principales que se tejen en la obra, se presentan como características propias de lo que el mismo Pineda

Botero llama “identidad nacional” (228) y constituyen parte fundamental para acercarse a

aquello que fue, quizás, Colombia en el siglo XIX.

Olivos y aceitunos todos son uno tiene como trasfondo la lucha partidista e ideológica que la hacen ser una novela testimonial de las situaciones políticas y sociales de aquel siglo. De igual manera, El poeta soldado, de José maría Samper, al parecer alude al dilema de las armas y las letras, pero que de continuo, en su desarrollo, pareciera existir una clara pasión política y una parcialización ideológica con respecto a las vicisitudes que se gestaban en la época desde las situaciones bipartidistas.

El moro es una obra representativa de este siglo ya que es la novela, que al parecer, cierra el ciclo de la novela costumbrista, o mejor, es la última novela costumbrista escrita

en el decimonónico: “En ella aparecen el mundo, los seres, las costumbres, y no se les juzga […] ni siquiera busca un mejor trato para los animales domésticos, propone un mundo que sería más placentero si las personas actuaran, pensaran, aceptaran y amaran con

la espontaneidad y la inocencia que lo hacen los animales” ( Pineda 363).

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[No caben en esta valoración de las tendencias narrativas] novelescas cuya historia se enmarca en cronotopos diferentes al periodo de la Violencia, aunque refieran a la violencia bipartidista. Bajo esta consideración, nos parece que no hace parte de este

corpus novelas […] cuyas historias desarrollan anécdotas sobre violencias enmarcadas en otros periodos (Osorio 104).

Se debe decir, entonces, frente a lo anterior, que la novelística del siglo XIX, con su temática variada, ayuda a fundar las cimientes de lo que será la novela del siglo XX y en adelante. Esto no significa que los siguientes novelistas continúen sonsacando novelas del legado de aquel siglo, todo lo contrario, las temáticas cambian, se desarrollan con nuevas estrategias y mejores estilos: hay una disposición de responsabilidad en algunos casos y un descuido inconsciente en otros. Todo esto permite suponer que la novela en el presente es un testimonio y legado en continuum como “recurso social intelectual” que las nuevas y

futuras generaciones tienen a disposición para entender el trasegar de la historia del país desde una mirada literaria que toma distancia de los cánones políticos y las ideologías que alguna vez marcaron a escritores y lectores.

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4. Perspectivas teóricas en torno a la literatura de la violencia y la novela de la

violencia

4.1 Literatura de la violencia

La literatura de la violencia permite que el tema principal pase de ser un fenómeno escabroso en la sociedad colombiana a ser literario, con visos de denuncia y testimonio, desde otra óptica. Esa relación que se pone en desarrollo desde la literatura y el tema de la violencia, ofrece otra manera de ver este fenómeno en Colombia y aceptar, de pronto, con menor grado de alteración, los pormenores que llevan a que ésta se perpetúe en el imaginario colectivo de las personas.

Con respecto a la literatura de la violencia se ha comentado por parte de algunos críticos21 que ésta no ha abonado mucho a un nivel de calidad artístico semejante al de otras, pero que de alguna manera es esta literatura la que se encargará de reflejar los por mayores que la sociedad colombiana ha venido viviendo con más ahínco desde hace sesenta años. En relación a esta particularidad de la literatura de la violencia pareciera que el estilo y el desarrollo de los hechos son tentativamente sencillos, asequibles como formula propia de los textos literarios. Augusto Escobar Mesa comenta con respecto a algunas características propias de la literatura de la violencia haciendo notar lo que en forma y contenido supone se verá reflejado:

Hasta ahora se ha llamado “literatura de la violencia” a toda literatura que se ha

escrito con relación a dicho fenómeno sin establecer diferencia alguna en cuanto a la calidad estética ni a la manera que trata dicha temática en las novelas que se

escribieron antes del Plebiscito nacional de 1958 […] La llamamos así cuando hay

un predominio del testimonio, de la anécdota sobre el hecho estético. En esta novelística no importan los problemas del lenguaje, el manejo de los personajes o la estructura narrativa, sino los hechos, el contar sin importar el cómo. Lo único que motiva es la defensa de una tesis. No hay conciencia artística previa a la escritura; hay más bien una irresponsabilidad frente a la intención clara de la denuncia (Escobar 23).

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Esto que supone un acercamiento certero a la composición y contenidos de literatura de la violencia, hace pensar que es un producto destilado de la efervescencia de la violencia misma, producto resultante de décadas de horror y empobrecimiento. Pero tal podría resultar la riqueza imaginativa del escritor que el efecto causado después de leer una

“novela de la violencia”22, por ejemplo, podría dar a pensar que el tema que se desarrolla, y la totalidad de su contenido, no son más que una forma simple de hacer escritura, de abordar la realidad del país desde otro ángulo. A decir verdad no es así. El asunto, conforme lo plantea Jaramillo Escobar, es una apuesta por lograr decodificar las características del problema de la violencia desde una mirada que no es totalizante, que merece ser vista con los ojos del asombro desde la sencillez de la trama y la calidad en el estilo para lograr eso que en una primera lectura se puede ver simple, plantee y desarrolle un alto nivel estético concretando un excelente producto escrito.

El mismo Augusto Escobar vuelve sobre el tema y hace la reflexión de lo que verdaderamente significa la novelística que aborda el problema de la violencia:

[…] En esta novelística la experiencia vivida o contada por otros, el drama histórico depende de la reflexión y mirada crítica sobre la violencia que actúa como reguladora y a la vez como factor dinámico. Aquí no importa lo narrado como la manera de narrar. Interesa el personaje como “estructura redonda”, en su status

semiológico. Lo espacio temporal, instancias en que se desarrolla el texto narrativo, está regulado por leyes específicas, algunas veces por el proceso mental de quien proyecta uno o varios puntos de vista sobre el acontecer. Es el ritmo interno del texto lo que interesa, que se virtualiza gracias al lenguaje; son las estructuras sintáctico-gramaticales y narrativas las que determinan el carácter plurisémico de esos discursos de ficción(Escobar 24).

Sí es necesario tener en cuenta algunas verdades bajo la salvedad de la justicia, es decir, reconociendo los buenos textos que se escriben al emplear el tema de la violencia

22 El término “novela de la violencia” probablemente fue acuñado, en primer lugar, por el crítico Hernando

Téllez, quien, desde comienzos de la década de los cincuenta, comentaba en las “lecturas dominicales” de El

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desde la literatura. Ya se ha comentado desde hace algunas décadas el infortunio que corrió este tema al ser abordado desde las novelas literarias. Se escribieron varias novelas con poco trabajo de calidad, se aparentó crear nuevos estilos, intentos de literatura de calidad y perdurable a la posteridad; el resultado fue otro, en muchos casos. Esto implica que haya una visión de pronto de desinterés por parte de algunos escritores que decidieron

aventurarse a narrar hechos sin ninguna “responsabilidad artística” del tema y que podrían

resultar mejor contados desde la tradición oral o en palabras del mismo Jaramillo Escobar

“[…] no importan los problemas del lenguaje, el manejo de los personajes o la estructura narrativa, sino los hechos, el contar sin importar el cómo” (Escobar 23).

De alguna manera, la forma como se pretenda manejar el tema de la violencia hace que los textos surtan el efecto merecido en el imaginario lector, esto significa que el cuidado en el estilo y el abordaje de la temática y demás características insertas en una novela, merecen ser tratadas con el mayor efecto creativo y cualitativo para merecer el lugar que corresponde. Además de esta innegable razón que hace textos escritos de calidad, es bueno suponer que, aunque la temática, como es el caso de la violencia y sus diversas formas de representación, se debería desarrollar bajo la tutela del gusto y el disfrute por el ejercicio de la escritura.

Pero no solo hay novelas literarias alrededor de la literatura de la violencia: ensayos, cuentos, poemas, crónicas y una cantidad de artículos de opinión como fuerte de algunos diarios, conforman todo el surtido de esta literatura. Puede, entonces, decirse que la poesía al igual que la cuentística que abordan este tema, hacen parte de la literatura de la violencia, y en este sentido, reconocer que no solo es la novela de la violencia lo que aquí supone un todo.

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literatura de la violencia, pero para que sea así por lo menos debería cumplir unas mínimas precisiones, entre ellas:

- que el contenido no sea una copia fiel de un suceso violento al punto de volverse noticia, pero sí, aunque la situación pueda ser real, que no tenga vicios noticiosos, sino que al contrario, haya un aire de inventiva en la cual el lector pueda captar que la realidad está transitada por la imaginación del escritor.

-Que incluso el mismo título de la obra como apertura semántica, insinúe al lector una proyección de algo diferente a la realidad, insertando algún “rastro” que permita suponer o imaginar del contenido de la obra.

-Que los actantes, espacio y tiempo estén marcados por lo verosímil con ligeros visos de invención, por lo menos.

Estos mínimos requisitos23 pueden ayudar a que el texto no tenga alguna fisura en su composición y desarrollo haciéndolo parecer pasquín o panfleto de alguna idea política o hecho violento. Por tanto, la literatura de la violencia refleja un estilo propio y unas características particulares en su forma y en su desarrollo que la hacen ver como otra propuesta literaria salida del abanico de posibilidades que habita en el terreno de la escritura. Entonces se puede hablar de que la literatura de la violencia contiene novela, poesía y cuento (delimitando un poco las artes que pueden abordar el tema de la violencia, como el teatro, por ejemplo, en sus guiones), por lo menos como textos que la representan y la hacen ser una propuesta con características exigidas en esta literatura.

4.2 Poesía y cuento colombianos al límite de la literatura de la violencia

El escritor colombiano Juan Manuel Roca en la Revista CASA SILVA No.15, en el

artículo: “Poesía y violencia en Colombia: La poesía colombiana frente al letargo”,

comenta el devenir de la poesía como elemento fundamental en la literatura colombiana

23 Dado el caso de las observaciones y críticas hechas por Augusto Escobar Mesa y Vogdan Piotrowsky en

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