5. Literatura de la violencia y novela de la violencia en las novelas Muertes de fiesta y
5.2 Muertes de fiesta y Los ejércitos en la novela de la violencia
27 La cita tomada de ese ensayo, aunque no se está hablando de la obra total del escritor en este trabajo, brinda
Evelio Rosero comenta en una entrevista a Belles Étrangères 2010 (Festival Literario Anual de Francia), el compromiso que el escritor de “novela de la violencia” adquiere, al momento de contar la cruda realidad del tema de la violencia colombiana, tomándolo como estandarte, para presentarle a diferentes culturas, otros países, otros lectores, lo que la realidad nacional suscita desde su acontecer diario:
“(…) que el trabajo del escritor es útil, es necesario, en la medida en que muestra una realidad de una manera muy distinta como la podría mostrar un trabajo periodístico o un trabajo de reflexión directa. Yo creo que cuando la novela aborda ese aspecto humano, estamos comulgando con los demás, con personas de otros países que ni siquiera habían oído mencionar a Colombia sobre una realidad, y eso crea una conciencia general, universal, que puede ser por su puesto, una ayuda vital
para la historia de un pueblo”.
El escritor de novela de la violencia tiene entonces esa responsabilidad de comentar, criticar y presentar desde la novela, como lo afirma Rosero, lo que en otros pueblos ignoran sobre la realidad nacional colombiana, permitiendo así una conciencia universal de los hechos que empañan la vida de los colombianos. Muertes de fiesta y Los ejércitos amplían el panorama de la violencia que vive el país desde una conciencia y una historia criticada por parte del autor, globalizando la realidad del conflicto desde la literatura.
En el capítulo: “Visión desafectada y resingularización del efecto violento en los Ejércitos de Evelio Rosero” escrito por Héctor Hoyos para el libro de Mabel Moraña: El lenguaje de las emociones. Afecto y cultura en América Latina, el autor comenta: “la anestesia de un sujeto contemporáneo mediatizado por el consumo de imágenes violentas como una recurrencia de tradición novelística en la que la narración imaginaria revela sucesos horribles los cuales se sitúan en una práctica historiográfica” (284). De igual manera, el autor se sitúa en una distancia afectiva en cuanto a los horrores de la guerra, en lo que él mismo ha querido llamar el locus terribilis que contiene la obra, colocando a la realidad violenta del país como un conjunto de lecturas que se deban analizar siempre.
Esta percepción y las anteriores sobre las dos obras de Evelio Rosero, muestran el ambiente literario en que está plasmada la realidad, el cual busca estar en completo equilibrio con las tareas de la literatura y la violencia como tema sociológico. Por tanto, la novela de Rosero tiene pautas y continuidades de la tradición novelística de la violencia, las cuales recogen y agregan elementos propios de este tipo de narrativa para seguir con la tarea de presentar los acontecimientos violentos del país.
La literatura de la violencia combina realidad e imaginación, elementos propios para llegar a escribir novela de la violencia, en las novelas comentadas. La realidad es atravesada por la imaginación del escritor cuando inserta personajes de la vida real, pero con un fino toque de imaginación, pues se sujetan a la tragedia y el heroísmo, una conjugación que reclama siempre esa dualidad. La tragedia, visto desde la literatura de la violencia, aparece como hilo conductor de las experiencias que viven los personajes, quienes se sujetan a las vicisitudes narradas, para lograr un desenlace propio del héroe: superar la tragedia aferrándose a su supervivencia.
Además, reconociendo que la literatura de la violencia no tiene como precedente la visión del héroe mitificado, pone al hombre común en el imaginario del lector. Esto en la novela de la violencia es práctico para el escritor, tal parece, y en estas novelas de Rosero, las imágenes que proyectan los personajes principales no son otras que las de individuos en constante desafío con su tiempo y la muerte:
[…] Eduardo dijo adiós mientras doblaba la esquina. El incendio, a sus
espaldas, era un resplandor lejano que crecía. Era una fascinación de techos y ventanas que caían. Años y encierros que se desplomaban. Gritos y miradas que se arrojaban por última vez. Hacía frío, y el frío ahondaba en los cuerpos a medida que avanzaban. Y, cuando ya se encontraban lejos, al final de una calle desierta, como al borde de un valle de hielo, oyó por fin la voz de Alegría. (Muertes defiesta 327)
No era posible adivinar qué horas eran, crecía la oscuridad, cerré los ojos: que me encuentren durmiendo, ¿no me mataron mientras dormía? Pero no conseguía dormir, no podría, aunque me tragara la tierra. Tenía que salir al huerto, contemplar el cielo, imaginar la hora, abrazar la noche, el rumbo de las cosas, la cocina, los Sobrevivientes, la silla tranquila, para dormir otra vez (Los ejércitos 201)
Es visible la imagen alentadora de salir del caos propiciado por la violencia, aun cuando queda el sinsabor de haber sobrevivido a la muerte y otros acontecimientos irreparables. No hay opción para rendirse y mirar atrás, solo el tiempo resarce las heridas dejando algunas cicatrices imborrables, eso lo presenta Rosero, con claridad, al final de los textos.
Las novelas pertenecen al orden de la novela de la violencia, porque más allá del tema, está implícita la labor testimonial del escritor, llegando a tomar posición frente a la realidad del país, una posición responsable debido a que asume con imaginación, desde la narración, hechos que empañan la realidad del país. Hay notoriedad del nivel de afectación de la realidad en ambas novelas. Se sondea los abismos de la violencia. Se reconoce la experiencia que el autor ha tenido en cuanto a la realidad social. No se quiere entrar en disputas ideológicas ni políticas, simplemente se aborda el tema y se desarrolla con habilidad literaria:
Sin embargo, el conjunto de este tipo de literatura realza su factor testimonial y demuestra que los hechos históricos no se borran de la memoria colectiva, mucho menos si son sucesos fundamentales. De todas maneras, es un hecho sorprendente
pero verídico el de que en la literatura hallamos más tramas […] (Piotrowski 85).
Entonces Muertes de fiesta y Los ejércitos cumplen con estas características que señala Piotrowski. No se alejan de la realidad, sino, al contrario, la reivindican y la concretan por medio de hechos reales, que a la suerte de lo que vive el país (como pueblo sin memoria y sedado por los medios de comunicación), al día siguiente se teje la misma historia debido a la recurrencia de los actos.
En Los ejércitos el desarrollo de la temática, al igual que en Muertes de fiesta, en palabras de Mabel Moraña, se contrasta la “emocionalidad y desapego”, “rechazo y
atracción, seducción y repulsión”, logrando una obra propia de la literatura de la violencia,
llena de matices y elementos semiológicos28 que logran las características propias de la novela de la violencia.
En cuanto a las variaciones que Rosero presenta en ambas novelas, hay libertad en la inclusión de estrategias, personajes y abordaje del tema, como lo comenta Héctor Hoyos con respecto al proceder en el desarrollo de su novelística de la violencia:
Como puede apreciarse, Rosero conserva algunas y renuncia a muchas de las estrategias consagradas de representación de violencia en el campo literario y cultural colombiano. Su marca radica en articular una experiencia centrada en la efectividad en la inmanencia y la secularidad. La incomprensión de los personajes hacia las razones tras el conflicto es total, pero no por obstáculos epistemológicos o de conciencia política, sino porque éstas se encuentran por fuera del círculo de sus afectos (287).
Se trata de ver que el autor presenta movimientos estratégicos en sus textos debido a la necesidad de narrar con otras estrategias, con percepciones claras de los problemas que presenta el país, encontrando nuevos personajes y creando atmósferas que no se apartan de los propósitos de la literatura de la violencia. Los ejércitos y Muertes de fiesta son claros ejemplos de manifestación de articulación de experiencias urbanas y de pueblo. Estos lugares ayudan a comprender, desde las novelas, el curso que hace la violencia en el territorio colombiano, cuestión que la novela de la violencia acoge como espacios importantes para presentar la realidad que converge en la mayoría de esta novelística.
Por otro lado, la visión de transformación ideológica de los grupos al margen de la ley y los del gobierno, en las novelas, se percibe desde la afectación directa de la violencia
ejercida por ellos hacia la población civil (sobre todo en Los ejércitos). En la literatura de la violencia cabe presentar agentes de la violencia como instigadores de los problemas que aquejan a una comunidad determinada, en estas novelas sucede esto. Si en la novela de la violencia de unas décadas atrás, se hablaba de hechos en los que en algunos casos predominaba la anécdota, en su desarrollo, hoy día la formula cambió. Por lo menos así se puede asegurar desde las novelas comentadas aquí.
El desarrollo es más estético y obedece a resultados de maduración de la visión que tiene el escritor frente al tema. Es una sucesión de tradición literaria en la que el producto es más elaborado con el tiempo y los insumos son mejor tratados para que el resultado sea de calidad y vigente. Los personajes no son verticales en relación con los sucesos propuestos en las novelas, sino que se traman situaciones en los que éstos piensan su proceder ante diversas circunstancias, deciden la relación con su entorno, se lamentan y avanzan sobre hechos escabrosos, cuestiones que no se habían concebido antes en la novela de la violencia:
Pero poco a poco, a medida que la violencia adquiere una coloración distinta al azul y rojo de los bandos iniciales en pugna, los escritores van comprendiendo que el objetivo no son los muertos, sino los vivos; que no son muchas las formas de generar la muerte, sino el pánico que consume a las próximas víctimas. Lentamente los escritores se despojan de los estereotipos, del anecdotismo, superan el maniqueísmo y tornan hacia una reflexión más crítica de los hechos, vislumbrando una nueva opción estética y, en consecuencia, una nueva manera de aprender la realidad […] (Jaramillo
23).
Las novelas Muertes de fiesta y Los ejércitos logran lo que muchas novelas no
lograron antes, porque, como lo manifiesta anteriormente Jaramillo, “el objetivo ya no son los muertos, sino los vivos”. Estas novelas están despojadas de estereotipos y anecdotismo, lo que las hace figurar en los parámetros de la presente novela de la violencia. Por ello, el resultado es más fructífero, algunas formas de escribir novela de la violencia han cambiado
y se han acoplado nuevas estrategias de escritura y nuevas visiones del tema de la violencia, en su desarrollo.
En la literatura y la novela de la violencia, la forma como se aborde el tema es lo que permite la calidad de los textos. La parafernalia en la que muertos, masacres, desapariciones, incursiones armadas y secuestros, recrean hechos de la vida real deteniéndose en el encantamiento por lo anecdótico, no ayuda. Más bien, avanzar en la narración en procura de un mejor texto, teniendo en cuenta el grado imaginativo inserto en la obra, puede arrojar excelentes resultados. Esto último lo ha logrado Rosero.